Capítulo 12 #2
—No es la primera vez que la gente habla de esta familia —me dijo—.
Cuando se fue tu padre, en este barrio se habló durante un año entero.
Que si me había dejado por otra, que si yo lo había echado, que si se había ido por deudas.
Y aquí seguimos. Que hablen, hija. A mí no me quita nada que sepan que estoy en una silla.
Lo que me quitaría algo es que tú dejaras de hacer lo que quieres por miedo a lo que digan.
Asentí sin poder hablar. No me sentía mejor.
Me sentía peor, porque mi madre tenía razón, y aun así no conseguía quitarme de la cabeza la idea de que todo aquello era culpa mía.
Si yo no hubiera aceptado la cena, si no hubiera apuntado la reserva en la agenda, si no hubiera puesto la mano encima de la suya delante de una ventana.
Alejandro me llamó cuando yo todavía estaba en el cuarto de mi madre.
Había visto la revista en el quiosco de la Castellana, de camino a la oficina, y estaba furioso, con una furia fría que le había oído pocas veces.
Me dijo que ya había hablado con sus abogados.
Me dijo que podía demandar a la revista por intromisión en la intimidad, o comprarla sin más, si hacía falta, que eso le saldría más barato que el pleito y mucho más rápido.
—No —le dije.
—Eva…
—Regla número uno. Esto también es mi vida. Y la de mi madre.
Se quedó callado al otro lado. Lo oí respirar.
—¿Entonces qué quieres que haga?
—De momento, nada. Lo que está escrito ya no se borra con dinero, y si compras la revista, mañana sale otra que cuente que el millonario ha comprado una revista para tapar a su novia.
—Me levanté de la cama de mi madre y salí al pasillo—.
Lo que quiero es saber quién se lo ha contado. Y creo que lo sé.
Se lo conté todo. La palabra «cuneta» y la agenda compartida. Alejandro no me interrumpió ni una sola vez. Cuando terminé, se quedó un rato en silencio.
—Lo echo hoy mismo —anunció.
—No.
—¿Cómo que no?
—Si lo echas hoy, sin pruebas, será mi palabra contra la suya.
Y Gonzalo lleva doce años en la empresa y era el hombre de confianza de tu padre.
Saldrá en la próxima revista para contar que lo has despedido por culpa de tu novia.
—Respiré hondo—. Primero hay que demostrarlo. Luego haces lo que quieras.
—¿Y cómo lo demostramos?
—No lo sé todavía. Pero lo pienso esta noche y mañana te lo digo. —Hice una pausa—. Hoy no voy a ir a la oficina, Alejandro. No puedo. Media planta habrá visto la revista.
—Lo sé. No vengas. —Su voz cambió, se volvió más suave—. ¿Cómo está tu madre?
—Dice que sale muy guapa en la foto de la silla.
Se le escapó una risa corta, sin ganas, que al menos era una risa.
—Tu madre es la persona más valiente que conozco.
—Ya lo sé. Por eso me da tanta rabia que la hayan metido en esto.
Pasé el día en casa. No bajé al carrito, porque Paco me mandó un mensaje para decirme que en la puerta del hospital había dos fotógrafos con cámaras que preguntaban por la florista.
Don Anselmo subió a media mañana con la revista bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja, para preguntarme si ahora que era la novia de un millonario le iba a pagar los alquileres por adelantado.
Le cerré la puerta en las narices con mucha educación.
Lourdes, la de la farmacia, me llamó para decirme que no me preocupara, que en el barrio todo el mundo estaba de mi parte, y que la del tercero había dicho que yo era una lagarta pero que a la del tercero no le hacía caso nadie.
A primera hora de la tarde me llamó Rubén al móvil, en voz baja, desde los baños de la planta.
Me contó que en la oficina no se hablaba de otra cosa, que Begoña había retirado la revista de la sala de espera de Recursos Humanos y que Gonzalo se había pasado la mañana muy serio en su despacho, sin salir ni a por café.
—Y otra cosa, Eva —añadió—. Lo de la cuneta. En la planta nadie se lo cree. Todos sabemos quién lo dijo, porque lo oímos todos.
—Saberlo no sirve de nada, Rubén. Hay que poder demostrarlo.
—Ya. —Titubeó—. Pues si necesitas a alguien que lo demuestre, cuenta conmigo. Desde lo de la porra, te debo una.
Por la tarde llamó Charo desde Urgencias y me dijo que había roto la revista en cuatro trozos y que ya estaba harta de que hablaran de mí. Me reí con ella por teléfono hasta que se me saltaron las lágrimas, y luego lloré un rato más después de colgar, ya sin reírme.
Al anochecer, Luisa se bajó a su casa y yo le preparé la cena a mi madre.
Ella estaba en su silla junto a la ventana, con la tele apagada, y miraba la calle.
Yo fregaba los platos cuando sonó el timbre del portal.
No era el timbre de don Anselmo, que nunca llama al portero automático, ni el de Luisa, que tiene llave.
Me sequé las manos en el delantal y descolgué el telefonillo.
—¿Sí?
—Traigo un ramo de flores para Eva Morales.
Era una voz de hombre, ronca y un poco temblorosa, con un acento que no supe situar.
Pensé que sería Alejandro, o alguien de su parte, aunque Alejandro sabía muy bien que no me gustaban los ramos de floristería.
Pensé también que podía ser un periodista.
Me asomé a la ventana del salón, junto a la silla de mi madre, pero desde arriba solo se veía el toldo del portal.
—Déjelo en el buzón —contesté.
—No cabe en el buzón. Es un ramo grande. —Hubo una pausa al otro lado—. Por favor.
Le abrí el portal. No sé por qué lo hice.
Quizá fue el «por favor», que en aquella casa se había vuelto una palabra importante.
Oí los pasos en la escalera, lentos y pesados, de un hombre que no estaba acostumbrado a subir dos pisos a pie.
Abrí la puerta del piso con la cadena echada.
En el descansillo había un hombre de unos sesenta años, con un abrigo gris demasiado grande, el pelo blanco peinado hacia atrás y un ramo enorme de rosas rojas envuelto en celofán.
Las rosas eran de importación, de las que no se mueren nunca.
Tenía los ojos verdes. Los mismos que veo cada mañana en el espejo del pasillo.
Detrás de mí oí el ruido de la silla de mi madre, que se acercaba por el pasillo. Luego oí que se paraba de golpe.
El hombre del descansillo me sonrió, con una sonrisa que yo había olvidado y que reconocí al instante. Tenía los ojos húmedos.
—Hola, Evita —dijo.
Hacía dieciocho años que nadie me llamaba así. Me vi otra vez con once años, la mochila puesta y el oído pendiente del teléfono del pasillo.