Capítulo 12
La fotografía
Fingir duró tres días. El miércoles por la tarde, cuando yo ya tenía la mochila al hombro para irme al carrito, Alejandro salió del despacho y se plantó delante de mi mesa, con las manos en los bolsillos y un gesto nervioso que no le conocía.
—¿Cenarías conmigo el viernes? —preguntó—. Por favor.
—Los viernes tengo carrito.
—Después del carrito.
—Después del carrito tengo las uñas negras y el pelo lleno de hojas.
—Me dan igual tus uñas. —Bajó la voz, aunque en la antesala no había nadie—. No quiero fingir que no pasó nada, Eva. Lo he intentado tres días y no sé hacerlo. Si tú sí sabes, me lo dices y no te lo vuelvo a pedir.
Me ajusté la mochila en el hombro. Pensé en decirle que no, que lo sensato era fingir, que él era mi jefe y yo su asistente y que en la planta treinta y dos ya había bastantes porras.
Pensé, sobre todo, en el pasillo de Los Pinos y en la llave que se me cayó al suelo, y supe que yo tampoco sabía fingir.
—Vale —le dije—. Pero elijo yo el sitio.
—¿Por qué tú?
—Porque si eliges tú, me llevas a un sitio donde un plato cuesta lo que gano en una semana, y me paso la cena con la calculadora en la cabeza.
Se echó a reír y me dijo que de acuerdo.
Luego, al día siguiente, con mucha educación, me pidió que por lo menos le dejara elegir a él, porque los sitios que yo conocía no cogían reservas.
Tenía razón. Al final quedamos en un término medio: un restaurante pequeño en la calle de Lagasca, que él conocía de toda la vida, con mesas de mármol y comida de casa.
Yo hice la reserva desde el ordenador de la oficina, a su nombre, para dos personas, el viernes por la noche, y la apunté en su agenda como hacía con todas sus cenas.
No le di ninguna importancia. Fue el error más grande que cometí en todo aquel otoño.
El viernes cerré el carrito antes de lo normal y subí a casa a cambiarme.
Me puse el vestido negro de punto que me había regalado Luisa por mi cumpleaños hacía dos años, y que no me había puesto nunca porque no había tenido dónde.
Mi madre me peinó desde la silla, con la mano buena, mientras yo me sentaba en el suelo delante de ella, igual que cuando era pequeña.
No me preguntó nada. Solo me dijo, al terminar, que llevaba el pelo igual que ella el día que conoció a mi padre, y que esperaba que a mí me fuera mejor.
Lo dijo sin pena, con una media sonrisa, y me dio un beso en la coronilla.
Alejandro me esperaba en el portal, apoyado en el coche, con un jersey azul oscuro y sin corbata. Media calle de la Madreselva estaba asomada a las ventanas. Cuando me vio salir se enderezó, y por la cara que puso supe que el vestido negro había sido una buena idea.
El restaurante era pequeño, con las paredes de azulejos blancos y unas mesas de mármol muy juntas, y el dueño, un señor gallego de pelo blanco, saludó a Alejandro por su nombre de pila y le dio un abrazo.
Luego me dio dos besos a mí y me contó sin que nadie se lo preguntara que aquel muchacho iba a su restaurante desde los siete años.
Lo llevaba una señora muy alegre los jueves por la tarde, la cocinera de su casa, y se comían a medias una ración de croquetas en la barra mientras ella le contaba chistes.
Miré a Alejandro. Se había puesto colorado.
—Paquita —dije en voz baja.
—Paquita —asintió él—. No había vuelto desde que se jubiló. Hasta hoy.
Nos sentó en una mesa del fondo, junto a la ventana. En el centro había un jarrón con una rosa de las de importación, de las que no se mueren nunca, y antes de que me diera cuenta ya la había sacado del agua para mirarle el tallo.
—¿Qué haces? —se rio Alejandro.
—Comprobar cuánto lleva cortada. —La volví a meter en el jarrón—. Una semana, por lo menos. Dile a tu amigo que le timan.
—Se lo diré. Ahora, por favor, mira la carta.
La miré. Los precios eran altos, pero no de los que dan miedo, y respiré aliviada.
Pedimos croquetas y una merluza para compartir, y un vino blanco que eligió él y que me pareció lo mejor que había bebido nunca, aunque no se lo dije para que no se le subiera a la cabeza.
Durante un rato hablamos de cualquier cosa, de Iñaki y de los jubilados del dominó, y también de la cara que puso Gonzalo cuando se enteró de que yo había conducido el Siete en Cheste.
Me contó que regaba la maceta de violetas los lunes con un vaso medidor, tal como le había dicho, y que seguía viva.
Luego, cuando nos trajeron la merluza, dejó el tenedor en el plato sin probar otro bocado.
—Lo del hostal —empezó.
—Lo del hostal.
—No me arrepiento.
—Yo tampoco. —Me sorprendió lo fácil que me salió—. Pero me da miedo.
—¿Qué te da miedo?
Lo pensé antes de contestar. Él esperó, igual que en el banco de la parada, sin meterme prisa.
—Que eres mi jefe. Que tienes todo el dinero del mundo y yo tengo un carrito y un anticipo de nómina que todavía no he terminado de devolverte.
Que si esto sale mal, me quedo sin trabajo, y mi madre empieza el ensayo el mes que viene y necesita que yo tenga un sueldo.
—Respiré hondo—. Y que la gente piense que estoy contigo por lo que tienes. Eso es lo que más miedo me da.
—A mí me da miedo lo contrario.
—¿Lo contrario?
—Que no estés conmigo por lo que tengo. Porque entonces solo te quedaría lo que soy, y no estoy seguro de que sea suficiente.
Lo dijo muy serio, sin una pizca de autocompasión, y se me hizo un nudo en la garganta. Alargué la mano por encima de la mesa de mármol y la dejé encima de la suya, igual que en el banco. Esta vez él dio la vuelta a la suya y me cogió los dedos.
—Despacio —le dije—. Vamos despacio. Sin prisas, sin regalos y sin que nadie se entere todavía.
—Despacio —repitió él.
Nos quedamos así un rato, con las manos cogidas encima de la mesa, junto al jarrón de la rosa que no se moría nunca.
No me di cuenta de nada. No vi al hombre que había en la acera de enfrente, junto a un portal, con una cámara de objetivo largo.
No vi el destello, porque no hubo destello, ya que los que se dedican a eso saben trabajar sin que se note.
Al salir del restaurante, Alejandro me puso su chaqueta por los hombros, porque hacía frío, y me dio un beso en la sien, uno solo, junto al coche.
Tampoco vi entonces al hombre de la cámara. Solo lo vi después, en las fotos.
La revista salió el miércoles siguiente.
Me enteré a primera hora por Luisa, que subió a casa en bata con la revista enrollada en la mano y la cara blanca.
Se llamaba «Corazón Hoy» y la compraba la mitad del barrio para la peluquería.
En la portada, en una esquina, había una foto pequeña de Alejandro y yo junto al coche, con su chaqueta en mis hombros y su boca en mi sien.
El titular decía: «El soltero de oro, cazado».
Dentro había una doble página. Las fotos de la mesa del restaurante, con las manos cogidas, eran tan nítidas que se veía la rosa del jarrón. El texto era peor que las fotos.
Lo leí de pie en la cocina, mientras se me enfriaba el café en la taza.
Decía que Alejandro Castell, «el soltero más codiciado de España», había sido sorprendido en una cena romántica con su asistente personal, una joven de veintinueve años llamada Eva Morales.
Hasta ahí, me dio igual. Lo que vino después me revolvió el estómago.
Decía que yo vivía en Usera, «en un modesto piso de alquiler», con mi madre, «enferma de esclerosis múltiple y en silla de ruedas».
Decía que vendía flores a la puerta de un hospital y que hasta hacía poco limpiaba cristales en un semáforo del barrio de Salamanca, «el mismo semáforo donde, según fuentes de la empresa, el magnate la sacó de una cuneta para convertirla en su mano derecha».
Terminaba con una pregunta, en letra cursiva: «¿Cuento de hadas o la jugada maestra de una chica lista? ».
Dejé la revista encima del hule y me senté en la silla de la cocina.
Luisa me miraba desde la puerta sin atreverse a decir nada.
No me dolía lo de la chica lista, que era lo que más le habría dolido a cualquiera.
Me dolía mi madre. Habían metido su enfermedad y su silla en una revista de peluquería, entre un anuncio de cremas antiarrugas y las vacaciones de una cantante, para que media España supiera que la novia del millonario tenía una madre que no podía bajar la escalera.
Mi madre, que no había querido contarle ni a su propia hija que veía borroso de un ojo.
Entonces volví a leer la frase. «Según fuentes de la empresa, el magnate la sacó de una cuneta».
Cuneta. La palabra se me quedó clavada en los ojos.
Solo una persona en todo Castell Motors la había usado delante de mí, en voz alta, delante de media planta.
Y solo había una persona en la planta treinta y dos, aparte de Alejandro y de mí, con acceso a la agenda compartida de la dirección, donde yo había apuntado la reserva del restaurante con su dirección y su hora, como apuntaba todas las cenas.
—Gonzalo —dije en voz alta.
—¿Quién es Gonzalo? —preguntó Luisa.
—Uno que no olvida.
Mi madre estaba despierta. Me oyó desde su cuarto y me llamó, y no tuve más remedio que llevarle la revista.
La leyó en la cama, con las gafas puestas y la luz de la mesilla, muy despacio, y yo me quedé de pie junto a la puerta sin respirar.
Cuando terminó, cerró la revista y la dejó encima de la colcha.
—Salgo muy guapa en la foto de la silla —comentó—. No sé de dónde la habrán sacado.
—Es de la gala, mamá. De cuando te bajamos al primero. Alguien hizo una foto desde la calle, por la ventana de Luisa.
—Pues que me manden una copia, que yo no tengo ninguna así. —Me miró por encima de las gafas—. Eva, ven aquí.
Me senté en el borde de la cama. Me cogió la mano con la suya, la buena.