Capítulo 11 #2
La tormenta nos alcanzó pasado Requena, ya de noche.
Empezó con unas gotas gordas contra el parabrisas y en un momento se convirtió en una cortina de agua que no dejaba ver ni las líneas de la carretera.
Alejandro redujo la velocidad hasta casi pararse.
En la radio cortaron las coplas para dar un aviso de la Dirección General de Tráfico: la autovía estaba cortada a la altura de Minglanilla por el desbordamiento de un río, y se recomendaba no circular.
Al poco rato vimos las luces azules de la Guardia Civil cruzadas en la calzada.
Un guardia con un chubasquero amarillo se acercó a la ventanilla y nos explicó que hasta el día siguiente no se pasaba, y que en el pueblo de al lado había un hostal de carretera.
—¿Y no hay otra ruta? —le preguntó Alejandro.
—Hay una por Cuenca, pero está peor. —El guardia se asomó a mirar el coche, luego me miró a mí y luego a él—. Hágame caso, que con este trasto se le va a quedar el morro en un charco.
El hostal se llamaba Los Pinos y tenía un letrero de neón al que le faltaban dos letras. Lo llevaba una señora de unos sesenta años, con bata y zapatillas, que nos miró de arriba abajo cuando entramos, empapados de arriba abajo.
—¿Una habitación o dos?
—Dos —contestamos los dos a la vez, demasiado deprisa.
La señora sonrió por debajo de la nariz y nos dio dos llaves con un llavero de madera, la siete y la ocho, una frente a la otra.
Antes de subir llamé a casa. Me contestó Luisa, porque mi madre estaba en el baño, y le conté lo de la tormenta y la autovía cortada.
Al otro lado se oyó a mi madre gritar desde el baño que muy bien, que no se nos ocurriera conducir con aquel tiempo, y que si el hostal tenía una sola habitación tampoco pasaba nada, que ya éramos mayorcitos.
Luisa le mandó callar entre risas. Colgué con la cara colorada y Alejandro, que lo había oído todo, se dedicó a estudiar con mucho interés un cartel de la feria del pueblo que había en la pared.
Cenamos en el comedor del hostal, que era también el bar del pueblo.
En una mesa del fondo, cuatro hombres mayores jugaban al dominó, y en la tele ponían un partido de fútbol al que nadie hacía caso.
La señora nos sirvió unas migas con uva y un vino de la zona en una jarra de barro, y no nos dio la carta porque no la tenía.
Alejandro se comió las migas con un hambre de lobo.
Los cuatro hombres del dominó dejaron de jugar para mirar al forastero de la cazadora de piel que rebañaba el plato, y uno de ellos le preguntó si era de Madrid.
Alejandro dijo que sí. El hombre le contestó que ya se le notaba, porque los de Madrid comían con prisa, por miedo a que se les escapara el plato, y toda la mesa del dominó se echó a reír.
Alejandro también se rio. Le hizo un gesto a la señora y les pagó una ronda de vino a los cuatro, y uno de ellos le dio una palmada en la espalda y le enseñó a colocar las fichas.
Acabó por jugar una partida con ellos mientras yo me terminaba el vino junto a la estufa de leña.
Perdió. Uno de los viejos le dijo que para ser de Madrid no lo hacía mal del todo, y Alejandro le dio las gracias muy serio, orgulloso de su derrota.
Lo miré desde la estufa con la jarra de barro en la mano.
Pensé en el hombre que me había empapado de jabón azul en un semáforo, el de la cartera y el sobre en el cubo, y no conseguí encontrarlo por ninguna parte.
En su lugar había un hombre que jugaba al dominó con cuatro jubilados en un hostal de carretera, con la camisa remangada y el pelo todavía húmedo de la lluvia.
Me habría gustado que no se diera cuenta de cuánto me gustaba verlo así.
Subimos a las habitaciones tarde, cuando la señora apagó la estufa y nos dijo que el comedor cerraba.
La escalera era estrecha, de madera, y crujía a cada paso.
El pasillo de arriba tenía una sola bombilla en el techo, que daba una luz amarillenta, y nuestras puertas estaban una frente a otra.
Me paré delante de la siete, con la llave en la mano.
Él se paró delante de la ocho. Nos dimos la vuelta a la vez.
—Buenas noches —le dije.
—Buenas noches.
Ninguno de los dos se movió. El pasillo era tan estrecho que nos separaba menos de un metro.
Podía ver una gota de lluvia que todavía le brillaba en el pelo, junto a la sien, y el pulso que le latía en el cuello, por encima de la camisa abierta.
Pensé en decir algo gracioso, algo sobre los jubilados o el dominó, para romper aquello.
No se me ocurrió nada. Me quedé callada, que ya es raro en mí.
—Eva —dijo él, en voz muy baja.
—¿Qué?
—Nada. Solo quería decir tu nombre.
No sé quién se movió primero. Creo que fui yo, aunque me gustaría pensar que fue él.
Lo que sé es que de pronto ya no había un metro entre nosotros, y que sus manos estaban en mi cara, a los dos lados, y me sujetaban con mucho cuidado, igual que me habían sujetado las manos en el asfalto el primer día.
Me besó despacio, con una suavidad que no esperaba de un hombre así, y luego no tan despacio.
Me agarré a su camisa. Noté la puerta de la habitación siete contra la espalda, y el corazón desbocado, el suyo y el mío, y la llave, que se me cayó de la mano y rebotó en el suelo de madera.
No pensé en nada. Fue la primera vez en nueve años que no pensé en nada.
Entonces sonó el móvil.
Era el mío, en el bolsillo del abrigo, con la melodía de serie que no he cambiado nunca porque no sé cómo se cambia. Nos separamos de golpe. Saqué el teléfono con las manos temblorosas y vi en la pantalla rajada la palabra «Mamá».
—Es mi madre —dije, sin aliento.
—Contesta.
Contesté. Mi madre me llamaba para preguntarme si habíamos cenado, porque Luisa le había dicho que en los hostales de carretera se cena muy mal, y para decirme que se iba a la cama.
Hablaba despacio y con mucha calma, ajena a todo, y yo le contestaba con monosílabos mientras Alejandro, a un paso de mí, se pasaba la mano por el pelo y miraba la bombilla del techo.
Cuando colgué, el pasillo me pareció más estrecho que antes, y la bombilla más amarilla.
—Tu madre tiene un don para la oportunidad —comentó él, con una sonrisa torcida.
—Lo tiene desde que nací.
Me agaché a recoger la llave del suelo. Él se agachó también, y nuestras manos se encontraron encima de la madera, igual que con la carpeta de los proveedores. Esta vez ninguno de los dos retiró la suya enseguida. Luego me levanté, abrí la puerta de la siete y me quedé en el umbral.
—Buenas noches, Alejandro.
—Buenas noches, Eva.
Cerré la puerta. Me quedé de pie al otro lado, con la espalda contra la madera y la llave apretada en el puño, hasta que oí cerrarse la puerta de la ocho.
No dormí. A ratos me reía sola, con la cara contra la almohada, y a ratos me daban ganas de llorar.
No estaba arrepentida de haberle besado.
Estaba asustada de lo mucho que había querido hacerlo, y de lo poco que me había importado todo lo demás mientras lo hacía.
A la mañana siguiente bajamos a desayunar a la vez.
La señora nos sirvió café con leche y unas tostadas con aceite, y nos preguntó si habíamos dormido bien, con una sonrisa que me hizo sospechar que las paredes de Los Pinos eran tan finas como las de mi edificio.
Contestamos que sí, muy bien, los dos a la vez.
La autovía estaba abierta. Volvimos a Madrid con la radio puesta en las noticias, porque esa vez no protesté, y hablamos del Castell Ocho, de Iñaki y de los jubilados del dominó.
No hablamos del pasillo. Ni una palabra.
Él conducía con las dos manos en el volante, a la velocidad exacta de las señales, y yo miraba por la ventanilla los campos de La Mancha, todavía mojados de la tormenta.
Al llegar a mi portal, se despidió como cualquier lunes en la oficina.
Yo le di las gracias por el viaje, como cualquier empleada a su jefe. Subí las escaleras despacio.
Mi madre me esperaba en la silla, junto a la ventana.
—¿Qué tal el mar?
—Frío.
—¿Y lo demás?
—No ha pasado nada más, mamá.
Ella me miró por encima de las gafas, con la cabeza ladeada, y no me creyó ni por un segundo.
Yo tampoco me creí. Habíamos decidido los dos, sin decírnoslo, fingir que no había pasado nada, y a mí me pareció bien, porque era lo más sensato.
Lo malo de fingir que no ha pasado nada es que, para fingirlo, hay que acordarse todo el tiempo de lo que pasó.