Capítulo 11
Los Pinos
La doctora Elena Sanz nos recibió el martes en un despacho pequeño del Clínico, con la mesa llena de carpetas y una planta de poto que se le caía por la estantería hasta casi tocar el suelo.
Era una mujer de la edad de Alejandro, con el pelo canoso cortado muy corto y unas gafas de pasta roja que se subía a la frente para leer.
No nos dio ni una palmadita en la espalda.
Nos explicó el ensayo con una claridad que me dejó sin aliento, los riesgos primero y las esperanzas después, y cuando mi madre le preguntó si aquello la curaría, le contestó que no, que lo más probable era que no la curara, pero que con suerte la enfermedad iría más despacio.
Mi madre le dio las gracias por no mentirle.
La doctora Sanz se rio y le contestó que con Alejandro Castell de por medio no le quedaba más remedio, porque si le mentía a alguien que le importaba a él, se enteraría y no le volvería a hablar en la vida.
Mi madre me miró de reojo al oír aquello. Yo miré la planta de poto.
Salimos de allí con una fecha para empezar el tratamiento el mes siguiente y un montón de papeles que firmar.
En el taxi de vuelta, mi madre me cogió la mano y no me la soltó hasta el portal.
No dijo nada. No hacía falta, porque llevábamos nueve años sin una noticia que no fuera mala, y aquella no lo era del todo.
Al día siguiente, de camino a la oficina, me paré en un vivero de la calle de Toledo y compré una maceta pequeña de violetas.
Me costó doce euros, que para mí eran muchos, y los pagué con gusto.
La dejé encima de la mesa de Alejandro antes de que llegara, junto a la maqueta del coche en la urna, con una tarjeta de cartulina que escribí con mi letra redonda: «Gracias.
Riégala los lunes. No la ahogues». Cuando entró en el despacho y la vio, se quedó un rato de pie delante de la mesa, sin quitarse la americana.
Luego salió a la antesala con la tarjeta en la mano.
—¿Violetas?
—Las del señor de la boina. Me pareció que en tu despacho no había nada vivo, aparte de ti, y a veces ni eso.
—No sé cuidar plantas.
—Pues aprendes. También aprendiste a dar el cambio.
No dijo nada más. Se volvió a meter en el despacho y cerró la puerta.
A través del cristal lo vi colocar la maceta junto a la ventana y cambiarla de sitio dos veces para buscarle el sol.
Al final tardó en decidirse a hablarle. Me volví hacia la pantalla del ordenador antes de que se diera cuenta de que lo miraba yo a él.
El viaje a Valencia me lo pidió el jueves, en mi casa, delante de mi madre y de una caja de pasteles, que es una forma muy tramposa de pedir las cosas.
Había llegado en su coche, como le había exigido yo, y lo había aparcado en la puerta del portal, donde media calle de la Madreselva se asomó a la ventana para verlo.
Mi madre estaba encantada. Le había sacado las tazas buenas otra vez y le había preguntado por la doctora Sanz y por la comida del internado, que por lo visto era un asco.
Cuando mi madre se cansó de preguntar, Alejandro se volvió hacia mí.
—El sábado probamos el prototipo del Castell Ocho en el circuito de Cheste —me explicó—. Es la primera vez que sale a pista. Me gustaría que vinieras. Por favor.
—¿Para qué me necesitas en un circuito? Yo no sé nada de coches.
—Para tomar notas. Los ingenieros hablan muy deprisa y yo me olvido de la mitad. —Hizo una pausa—. Y porque me gustaría que lo vieras.
—Volveríamos tarde.
—Volveríamos para la cena. Son tres horas y media de carretera.
Estuve a punto de decirle que no, por mi madre, pero mi madre se me adelantó.
—Va —anunció—. Luisa se queda conmigo, que el sábado no hay bingo.
—Mamá…
—Hija, llevas nueve años sin salir de Madrid. La última vez que viste el mar tenías diez. —Se volvió hacia Alejandro—. Llévela a ver el mar, aunque sea un ratito. Se lo pido yo.
—Hecho —contestó él antes de que yo pudiera abrir la boca.
Salimos el sábado de madrugada, todavía de noche.
Alejandro conducía el Castell Siete gris, el mismo modelo que me había atropellado, y conducía con las dos manos en el volante, a la velocidad exacta que marcaban las señales y con el móvil apagado en la guantera.
Se lo dije. Me contestó que desde el semáforo de Príncipe de Vergara no había vuelto a coger el móvil al volante, ni una sola vez, y que pensaba seguir así.
No encontré ninguna respuesta. Pusimos la radio.
Él quería las noticias y yo quería música, y acabamos, después de una negociación muy larga, con un programa de coplas que le hizo poner una cara de sufrimiento tan grande que me pasé media Mancha muerta de risa.
El circuito Ricardo Tormo está en Cheste, en mitad de un campo de naranjos, y es tan grande que desde la entrada no se ve el final.
En el box de Castell Motors nos esperaban cuatro ingenieros con chalecos naranjas y un camión entero de ordenadores.
También estaba Iñaki, un piloto de pruebas vasco con la cara curtida y unas manos enormes.
En medio del box, bajo los focos, estaba el Castell Ocho.
Era de color blanco mate, con unas líneas que parecían talladas a cuchillo.
Hasta yo, que no entiendo de coches, me quedé con la boca abierta.
Tomé notas toda la mañana. Los ingenieros hablaban de pares de torsión y de temperaturas de frenos, cosas que yo no había oído en mi vida, y yo lo apuntaba todo en la libreta de espiral, tal cual, aunque no entendiera nada.
Alejandro se pasaba de vez en cuando por detrás de mi hombro, leía lo que había escrito y asentía.
A mediodía, mientras comíamos unos bocadillos de embutido en el box, Iñaki se volvió hacia mí.
—¿Y tú conduces, maja?
—Tengo carné desde los dieciocho. Pero no tengo coche.
—¿Y con qué conduces?
—Con la furgoneta de mi proveedor de Mercamadrid. Cuando su hijo está malo, me la deja para repartir los encargos de las funerarias.
Iñaki soltó una carcajada que retumbó en todo el box. Luego miró a Alejandro, que se había quedado blanco, y me guiñó un ojo.
—¿Quieres dar una vuelta?
—¿En ese?
—En ese no, que vale más que todo Cheste. En el Siete, que es de serie. Te llevo yo de copiloto y te digo dónde frenar.
—Ni hablar —intervino Alejandro.
—¿Por qué no? —le pregunté.
—Porque es peligroso.
—Me atropellaste con uno igual y aquí estoy. —Me levanté de la silla de plástico—. Además, me lo has pedido por favor, que viniera, y no me has dicho en ningún momento que tuviera que estarme quieta.
Iñaki ya se ponía el casco, pero Alejandro se lo quitó de las manos y se lo puso él.
Dijo que si alguien iba a morir en aquel coche conmigo al volante, sería él.
Lo dijo muy serio, y los cuatro ingenieros se rieron a la vez.
Me senté al volante del Castell Siete con un casco que me quedaba grande y los guantes de Iñaki, que me sobraban por todas partes.
Alejandro se sentó a mi lado con el casco puesto y la mandíbula apretada, agarrado a la manilla de la puerta.
—Ahora sabes lo que se siente —le dije antes de arrancar.
—¿El qué?
—Que otro decida por ti a qué velocidad vas.
La primera vuelta la di despacio, porque me temblaban las piernas.
La segunda, menos. En la tercera, cuando llegué a la recta de meta y vi el asfalto tan largo delante de mí, pisé el acelerador a fondo.
El coche rugió. Me empujó contra el respaldo del asiento con una fuerza que no había sentido nunca, y por un momento tuve la sensación de que todo lo que llevaba encima, el alquiler y el ojo de mi madre, se quedaba atrás, en la línea de salida.
Grité. No sé lo que grité. Alejandro también gritó, aunque lo suyo fue algo más parecido a un insulto.
Frené donde Iñaki me había dicho, con la vista en el cono naranja, y el coche se clavó en el asfalto.
Cuando volví al box y me quité el casco, tenía la cara empapada de lágrimas y no sabía por qué.
Bueno, sí lo sabía. No lloraba de miedo.
Me había pasado tan bien aquellos minutos que ahora no sabía ni qué hacer con las manos.
Alejandro salió del coche con las piernas flojas. Se quitó el casco y se apoyó en el capó.
—Nunca más —dijo.
—Has gritado.
—Tú también.
—Yo he gritado de gusto. Tú has gritado una palabrota.
Iñaki se acercó, me dio una palmada en la espalda que casi me tira al suelo y le dijo a Alejandro que yo tenía mejores manos que la mitad de los pilotos de la escudería.
Alejandro le contestó que lo despediría si me volvía a dejar un casco.
Luego me miró a mí, todavía con la cara blanca, y sonrió de oreja a oreja y no se le quitó hasta la hora de recoger.
Fuimos a ver el mar a la playa de la Malvarrosa, porque se lo había prometido a mi madre.
Era tarde y hacía viento, y la playa estaba casi vacía, con las sombrillas cerradas y un par de perros que perseguían las olas.
Me quité las bailarinas y metí los pies en el agua, que estaba helada.
No me importó. Alejandro se quedó en la arena, con los zapatos puestos y las manos en los bolsillos, y no se acercó.
Me dejó sola con el mar un buen rato, y se lo agradecí.
Le hice una foto con el móvil para mi madre.
Luego le hice otra a él sin que se diera cuenta, de espaldas, con la cazadora y el pelo revuelto por el viento, y no se la enseñé a nadie.