Atropéllame otra vez Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Mi madre dice que me pasé dos años junto al teléfono del pasillo, a la espera de mi padre —dijo Eva al fin—.

Ya lo sabes, porque te lo contó. Lo que no te contó es que guardé los trozos de la hucha.

El cerdito de barro. Los tengo en una caja de zapatos debajo de la cama.

Nunca se lo he dicho a nadie. Ni a ella.

Alejandro pensó en el cajón del estudio y en los diecisiete sobres sin abrir. No dijo nada de ellos, porque aquella noche le tocaba escuchar a él.

—¿Por qué los guardaste?

—No lo sé. Supongo que para acordarme de que a la gente que se va no se la espera.

—Arrugó la servilleta—. Ayer, cuando te vi en mi sofá con la carpeta, pensé que eras igual.

Que te habías metido en mi casa y en la vida de mi madre como él se metió en mi hucha, sin preguntar, porque podías.

Y luego te fuiste sin discutir, y no supe qué pensar.

—Me fui porque me lo pediste.

—Ya lo sé. Por eso no supe qué pensar. —Se volvió hacia él—. ¿Por qué no me dijiste que ibas los jueves? Lo del ojo lo entiendo, mi madre te hizo prometerlo. Pero lo de los jueves, no. Eso era cosa tuya.

Alejandro dejó el bocadillo en el banco. Había preparado una respuesta durante toda la noche y todo el día, y en aquel momento comprendió que ninguna de las que había preparado era verdad. La verdad era otra, y no la había dicho nunca en voz alta.

—Porque tenía miedo de que me lo prohibieras —le dijo—. Y porque tu casa es el único sitio en el que me han querido sin saber lo que tengo en el banco.

Eva no dijo nada. Lo miró sin parpadear, y él continuó, porque si se paraba ya no podría empezar otra vez.

—Mi madre no se fue de casa, Eva. Mi padre le pagó para que se fuera.

Lo supe a los quince años, porque me lo dijo él mismo, en su despacho, el día que le pregunté por qué no venía nunca a verme al internado.

Me explicó que se habían divorciado de mutuo acuerdo y que mi madre había renunciado a mi custodia a cambio de una cantidad que me dijo con todos sus ceros, sin bajar la voz.

Lo dijo igual que me habría dado las cifras de ventas de un trimestre.

Luego me aconsejó que no se lo tuviera en cuenta, porque todo el mundo tiene un precio, y que la única diferencia entre la gente es la cifra.

—Alejandro…

—Déjame terminar, que si no, no termino.

—Se pasó la mano por la cara—. Mi madre vive en Oporto.

Me manda una felicitación por Navidad todos los años, sin falta, con una letra muy bonita.

No le he contestado ni una vez. Mi padre murió de un infarto en su despacho, el mismo en el que trabajo yo, cuando yo tenía veintiséis años.

Me dejó la empresa porque no tenía a nadie más, y me dejó también la idea de que todo se compra.

Por eso te metí el sobre en el cubo. Por eso llamé a la aseguradora sin decirte nada.

Por eso llamé a la doctora Sanz. No sé arreglar las cosas de otra manera, porque nadie me enseñó otra manera.

Y desde entonces, cada mujer que se me ha acercado, cada amigo y cada socio, me ha hecho preguntarme cuál era su cifra.

Tú eres la primera persona que me devuelve el dinero a la cara.

Se calló. Le había temblado la voz al final, y lo sabía. No recordaba la última vez que le había temblado la voz delante de alguien. Quizá en aquel despacho de su padre, a los quince años.

Eva tardó en hablar. Cuando lo hizo, no le dijo que lo sentía, ni le habló de su madre, ni intentó consolarlo. Le dijo otra cosa.

—Mi madre me lo dijo anoche, antes de dormirse. Que estás más solo que la una, y que tienes tanto dinero que no se nota. —Hizo una pausa—. Yo pensé que exageraba.

—No exageraba.

—Ya lo veo.

Se quedaron callados. Hacía frío, y la marquesina de la parada no protegía del viento.

Eva sacó las manos de los bolsillos del abrigo y se las frotó.

Luego, sin decir nada, alargó una mano por encima del sitio donde habían estado los bocadillos y la dejó encima de la de Alejandro, en el banco.

No le cogió la mano. Solo la dejó encima, quieta, y Alejandro tampoco movió la suya, porque tuvo miedo de que si la movía ella la retiraría.

Se quedaron así un rato largo, con las manos juntas encima de la madera fría del banco y la vista en la puerta del hospital.

—¿Cuándo es la cita con la doctora Sanz? —preguntó Alejandro al cabo de un rato.

—El martes. Voy yo con ella. Me lo ha pedido.

—Elena es muy buena. Y muy directa. Le dirá la verdad aunque no le guste.

—Mejor. En mi casa ya hemos tenido bastantes mentiras para un año. —Eva suspiró—. ¿Y tú cómo la conoces?

—Fuimos juntos al internado. Era la única que se atrevía a decirle al director que su comida era un asco. Me recuerda un poco a ti.

—¿Porque digo que la comida es un asco?

—Porque no te callas nada.

Eva soltó una risa corta por la nariz y no contestó, pero Alejandro notó que la mano que tenía encima de la suya se relajaba un poco.

—Hay que cambiar la regla número uno —dijo Eva al fin.

—Como quieras.

—Lo de mi madre lo decide mi madre. Tiene razón, es su enfermedad. Pero yo quiero saberlo, aunque me quite el sueño. Y tú no me callas nada que tenga que ver con ella. Si te lo pide, le dices que no, o le dices que me lo vas a contar.

—De acuerdo.

—Y el jueves que viene mi madre te espera a las cinco, con pasteles. —Le apretó un poco la mano, apenas—. Pero vienes en tu coche. Ya está bien de dejarlo en Chamberí, que te cuesta un dineral el taxi.

Alejandro se echó a reír, y la risa le salió un poco rota. Eva también sonrió, aunque no del todo. Luego retiró la mano, se levantó del banco y se ajustó el abrigo de su madre.

—Me voy, que mi madre está sola. Luisa tiene bingo los viernes.

—¿Te llevo?

—Vivo a un paseo. Ya lo sabes. —Se dio la vuelta para irse y se detuvo—. Alejandro.

—Dime.

—El lunes, en la oficina, te voy a llamar de usted, como siempre.

—Ya lo sé.

—Pero no es porque esté enfadada. Es porque si no te llamo de usted allí, no sé qué va a pasar.

Se marchó por la calle de la Madreselva antes de que él pudiera contestar.

Alejandro se quedó solo en el banco, con la servilleta arrugada en la mano y la mano todavía caliente donde ella la había dejado.

Pensó en todas las cosas que no le había dicho.

No le había dicho que pensaba en ella al despertarse ni que había aprendido a dar el cambio para que se riera de él.

Tampoco le había dicho que la noche de la gala, en la terraza, había estado a punto de besarla y no lo había hecho porque supo que, si lo hacía, ya no podría volver atrás.

No se lo había dicho porque ella no estaba preparada, y él tampoco.

Había llegado a aquel banco convencido de que no sabía arreglar las cosas sin dinero, y se iba con la sensación de que acababa de arreglar algo con solo contar la verdad.

No sabía cuánto duraría. Al mirarla no se puso a calcular nada. Le gustó darse cuenta de eso.