Capítulo 10
Lo que hay debajo
Alejandro salió del portal de la calle de la Madreselva sin paraguas y no llamó a ningún taxi.
Echó a andar bajo la lluvia por la avenida de Córdoba, con las manos en los bolsillos de la americana, mientras el agua se le colaba por el cuello de la camisa.
No se detuvo hasta que dejó atrás el hospital, el bar de Manolo y la parada del autobús donde los viernes se comía un bocadillo de calamares.
Ni siquiera notaba el frío. Lo que de verdad le preocupaba era la vergüenza que había pasado delante de Eva.
Eva le había dicho que callar era lo mismo que mentir, pero más cómodo, y Alejandro había reconocido en aquella frase a su padre con una nitidez que le revolvió el estómago.
Ernesto Castell no había mentido nunca. No le hacía falta, porque nunca contaba nada.
Se limitaba a callar y a decidir, y los demás se enteraban de sus decisiones cuando ya no había forma de deshacerlas.
Así se enteró Alejandro de que se marchaba al internado a los nueve años, por una maleta hecha a los pies de su cama.
Así se enteró también, a los quince, de por qué se había ido su madre.
Toda la vida se había jurado que no sería como él, y una limpiacristales de Usera acababa de demostrarle en una sola tarde que lo era, al menos en lo que más importaba.
Cogió un taxi en la glorieta de Legazpi, empapado hasta los huesos.
El taxista lo miró por el retrovisor con cara de pocos amigos, por la tapicería, y no le dio conversación.
Alejandro se lo agradeció. Cuando llegó al ático de Chamberí, se quitó la ropa mojada en el recibidor y se quedó de pie en el salón, descalzo, con una toalla sobre los hombros.
El piso tenía doscientos metros, una terraza con vistas a medio Madrid y unos muebles que había elegido un decorador que no le había preguntado nada, porque Alejandro no le había dado ninguna indicación.
Todo estaba limpio y en su sitio. No había nada vivo, ni una planta ni un vaso con claveles en la ventana.
Hasta aquella noche nunca le había molestado.
Ahora le molestó, y supo muy bien por qué: acababa de pasar tres jueves en un salón de cuarenta metros con una mancha de humedad en el techo, y había sido más feliz allí que en todos los años que llevaba en aquel ático.
No durmió. A ratos pensó en Carmen y en el ojo que no veía.
A ratos pensó en Eva sentada en la silla de enfrente, con el pelo pegado a la cara y la carpeta azul en las manos, y en el momento en que se echó a llorar.
Le había costado más no abrazarla que cualquier cosa que hubiera hecho en su vida.
No lo hizo porque supo que ella no se lo habría perdonado, y porque en aquel momento él no tenía ningún derecho.
Le había escrito el mensaje desde el taxi, con los dedos fríos, y lo había borrado y reescrito cuatro veces antes de enviarlo.
Ella no había contestado. A las tantas de la madrugada miró el móvil por última vez, vio que seguía sin respuesta y lo dejó en la mesilla, boca abajo, del mismo modo que había visto hacerlo a ella.
Antes de que amaneciera se levantó y abrió el último cajón del escritorio del estudio.
Allí guardaba las felicitaciones de Navidad de su madre, todas las que habían llegado desde que él cumplió los dieciocho años, sujetas con una goma.
Diecisiete sobres con sello de Portugal y una letra inclinada y elegante.
No había abierto ninguno. Los guardaba porque no se atrevía a tirarlos, y no los abría porque temía lo que pudiera encontrar dentro, una disculpa o, peor aún, una felicitación sin más, de las que se mandan por compromiso.
Se quedó un rato con el fajo en la mano, sentado en el suelo del estudio.
Pensó que Eva habría sabido qué hacer con aquellos sobres, o al menos le habría dicho lo que pensaba sin rodeos, y que eso era justo lo que él necesitaba.
Pensó también que no se lo había contado nunca a nadie, ni siquiera a Elena Sanz, que lo conocía desde los nueve años.
Volvió a meter el fajo en el cajón y lo cerró.
No estaba preparado. Lo que no sabía era que, a partir de aquella noche, le costaría mucho más que antes fingir que le daba igual.
El viernes llegó a la oficina antes que nadie, igual que el primer lunes.
Se sirvió un café de la máquina con las monedas de la bolsita de Eva y se sentó en su despacho sin encender el ordenador.
No sabía si vendría. Pensó que, si no venía, lo tendría bien merecido, y que no la buscaría, porque buscarla sería volver a decidir por ella.
Lo pensó con mucha firmeza, y a la vez supo que era mentira, que si no venía la buscaría por todo Madrid.
Llamaron a la puerta. Dos golpes cortos, con los nudillos.
—Pasa —dijo, demasiado deprisa.
Eva entró con los vaqueros de siempre y un jersey gris.
Tenía ojeras, aunque se las había tapado con maquillaje, y el pelo recogido en una coleta tirante que le endurecía la cara.
Le dejó encima de la mesa la agenda del día impresa, como hacía todas las mañanas desde que había descubierto que él no miraba la pantalla.
—Buenos días. A las diez tiene a Gonzalo con el cierre del trimestre. A las once, la videoconferencia con Stuttgart. Le he dejado libre la hora de comer, como siempre.
—Eva…
—Si necesita algo, estoy fuera.
Le había vuelto a hablar de usted. Alejandro lo encajó en silencio y la vio salir del despacho con la espalda muy recta.
No intentó retenerla. Pasó la mañana entera al otro lado del cristal de una mujer que trabajaba sin levantar la cabeza, que contestaba el teléfono con su calma de siempre y que no lo miró ni una sola vez.
Gonzalo notó algo en la reunión de las diez.
Repasaron el cierre del trimestre con la puerta cerrada, y cuando terminaron, el director financiero recogió sus papeles con mucha calma y se quedó sentado.
—¿Puedo decirte una cosa, Alejandro? Como amigo de tu padre.
—Tú nunca fuiste amigo de mi padre, Gonzalo. Fuiste su empleado. Igual que eres el mío.
Gonzalo encajó el golpe con una sonrisa fina.
—Como quieras. Pero te lo digo igual. Tu padre tenía una norma, y le fue muy bien con ella. En esta casa no se mezcla la empresa con la cama.
—Mi padre tenía muchas normas —repuso Alejandro sin alzar la voz—. Casi todas le dejaron solo. Si vuelves a hablar de mi asistente en ese tono, te puedes buscar otra empresa donde aplicarlas.
Gonzalo se levantó, se abrochó la americana y salió sin despedirse.
Al pasar por la antesala se detuvo junto a la mesa de Eva, con la carpeta azul bajo el brazo, para observarla.
Alejandro lo vio a través del cristal y tomó nota de algo que no le gustó.
Gonzalo no era de los que olvidan. Rubén también lo notó, y en la cocina de la planta, según supo Alejandro más tarde, abrieron una porra nueva.
La pregunta era si aquello era una pelea de jefe y asistente o algo peor.
Poco antes de mediodía, Eva entró sin llamar, dejó una hoja doblada encima de su mesa y volvió a salir sin decir nada.
Alejandro la desdobló. Era la misma letra redonda y un poco infantil del primer día.
Ponía una sola palabra, «COMER», subrayada dos veces.
Alejandro se quedó con la hoja en la mano más rato del necesario.
Estaba enfadada con él, con toda la razón del mundo, y aun así se había acordado de que no comía.
Dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo interior de la americana, con la otra.
A mediodía Eva recogió la mochila, como todos los viernes, para irse al carrito. Antes de marcharse se paró en la puerta del despacho. Alejandro levantó la vista de unos papeles que no había leído.
—Esta tarde no voy a ir al carrito —se adelantó él—. No te preocupes.
—No me preocupaba.
—Lo sé. Solo quería que lo supieras.
Ella asintió y se fue. Alejandro se quedó solo en la planta treinta y dos, con la hora libre para comer que no aprovechó y la videoconferencia con Stuttgart, en la que Klaus Becker le preguntó dos veces si se encontraba bien.
Por la tarde despidió a todo el mundo pronto y se quedó en el despacho hasta que se hizo de noche, mientras las luces de la Castellana se encendían una a una al otro lado del cristal.
Entonces le vibró el móvil encima de la mesa.
Era un mensaje de Eva. Era la primera vez que le escribía. Decía: «Cuando cierre el carrito. En el banco de la parada».
Llegó a la avenida de Córdoba en su coche, porque ya no tenía sentido esconderlo, y lo dejó en el aparcamiento del hospital, en el sitio que Paco le guardaba los viernes.
Paco había terminado el turno y no estaba en la garita.
El carrito ya no estaba en la acera. Eva estaba sentada en el banco de la parada del autobús, sola, con el abrigo de lana de su madre y las manos metidas en los bolsillos.
Tenía a su lado dos bocadillos de calamares envueltos en servilletas de papel.
Alejandro se sentó en el otro extremo del banco, y entre los dos quedó el sitio de los bocadillos.
—Manolo me los ha dado al cerrar —le explicó ella sin mirarlo—. Dice que el voluntario no puede quedarse sin cenar por mucho que la jefa esté de morros.
—Manolo es un sabio.
—Manolo es un cotilla. —Le pasó un bocadillo—. Come, que luego dices que no cenas.
Comieron un rato en silencio. Pasó un autobús, se paró, abrió las puertas y volvió a cerrarlas sin que nadie subiera.
Alejandro esperó. Había aprendido en el carrito que la gente cuenta las cosas cuando está lista, no cuando le preguntan, y que Eva funcionaba igual que los clientes de la puerta del hospital.