Capítulo 9 #2
—¿Y por qué se lo cuentas a él y no a mí?
Mi madre tardó en responder. Luego me contestó con una voz más baja, que me partió por la mitad.
—Porque a él no le iba a quitar el sueño, y a ti sí.
Me eché a llorar. No lloré por el brote ni por el ojo de mi madre, aunque me daban miedo los dos.
Lloré porque comprendí que hacía meses que las dos hacíamos lo mismo, una y otra vez.
Ella me escondía su ojo y yo le escondía la carta del abogado.
Yo le contaba que me había caído en el metro y ella me decía que veía borroso por el cansancio.
Nos queríamos tanto que nos habíamos convertido en dos mentirosas, y la única persona de aquella habitación que nos había dicho la verdad a las dos era un hombre al que conocía desde hacía un mes y medio.
Alejandro se acercó despacio. No me tocó. Se detuvo a un paso de mí sin llegar a tocarme.
—Tienes razón en lo de la regla —me dijo—. Debí decirte que venía los jueves. Eso no tenía nada que ver con el ojo de tu madre, y me lo callé porque me gustaba venir y temía que me lo prohibieras. Eso es culpa mía.
—Sí. Es culpa tuya.
—Lo sé. —Hizo una pausa—. ¿Quieres que me vaya?
—Quiero que te vayas —le dije—. Hoy, al menos.
Asintió. Recogió la americana del brazo del sofá, se despidió de mi madre con un beso en la mejilla, cosa que no le había visto hacer nunca, y se fue sin decirme nada más.
Lo oí bajar las escaleras despacio. Esta vez no oí el motor del coche.
Me di cuenta de que la casa se quedaba muy grande sin él, y eso me enfadó todavía más.
Al poco rato subió Luisa, con la bata de casa y las zapatillas, porque lo había oído todo desde el primero. En aquel edificio las paredes son de papel. Se quedó en la puerta del salón con las manos juntas, muy compungida.
—No te enfades con tu madre, hija. Ni conmigo. Lo hicimos con buena intención.
—Ya lo sé, Luisa. De buenas intenciones está lleno el cajón de los cubiertos.
—El taxi adaptado lo pagó tu madre con su pensión —se apresuró a aclarar—.
Él quiso pagarlo y ella no le dejó. Le dijo que en esta casa ya había una que no se dejaba pagar nada y que no pensaba ser menos.
—Bajó la voz—. Y venía en taxi los jueves, no en ese coche suyo.
Para que no lo vieras aparcado si volvías antes de tiempo. Lo dejaba en Chamberí.
No supe si eso me enfadaba más o menos. Me quedé con la frase de mi madre en la cabeza, la de que en esta casa ya había una que no se dejaba pagar nada, y me pregunté si aquello era de verdad un elogio. Luisa se marchó escaleras abajo con un suspiro, y mi madre y yo nos quedamos solas.
Me senté a su lado en la mesa camilla. Estuvimos un rato calladas, con la lluvia contra los cristales de la ventana.
Luego cogí la carpeta azul y leí todos los papeles, uno por uno, con mucha calma.
Mi madre me explicó lo que yo no entendía.
La neuritis óptica era una inflamación del nervio que le estaba haciendo perder visión.
Ya había recibido un ciclo de corticoides por vena durante tres días seguidos en el hospital de día.
Luisa la había acompañado y los vecinos la habían ayudado a bajar y subir las escaleras.
El martes siguiente tenía una revisión para comprobar cómo iba el ojo.
El ensayo de la doctora Sanz era otra cosa, un tratamiento nuevo que todavía no estaba aprobado, y que podía frenar un poco el avance de la enfermedad, o no hacer nada.
No lo sabía nadie todavía. Por eso se llamaba ensayo.
—¿Y quieres entrar?
—Quiero ir a la cita y que me lo expliquen. —Mi madre me cogió la mano con la suya, la buena—. Y quiero que vengas tú conmigo. No Luisa ni Alejandro. Tú.
—¿Y el ojo?
—El ojo va a mejor. Ya veo tu cara. —Me apretó los dedos—. Y la tienes hecha un cuadro, hija, que pareces un gato mojado.
Me reí con la cara llena de lágrimas, y ella se rio también. Luego me puse seria otra vez, porque había una cosa que todavía me escocía.
—¿Y lo de papá? ¿También tenía que saberlo?
—Me preguntó una tarde por qué no te dejas ayudar por nadie.
—Mi madre se encogió de hombros—. No supe contestarle sin empezar por tu padre, porque ahí empieza todo, hija.
Tú tenías once años cuando aprendiste que la gente que dice que te quiere se puede ir un domingo por la mañana con tu hucha debajo del brazo.
Desde entonces no le has dejado a nadie la oportunidad de hacértelo otra vez.
—Eso no es verdad.
—¿Ah, no? ¿Cuántos novios te he conocido?
No le contesté, porque la respuesta era ninguno, y mi madre lo sabía.
Había tenido algún que otro amigo, alguna cena, algún beso en un portal.
Nada que durase más allá del día en que el otro empezaba a ofrecerme cosas.
En cuanto alguien quería pagarme un café o arreglarme el grifo, yo me iba.
Nunca lo había pensado así hasta que mi madre lo dijo en voz alta, en la mesa camilla, con la carpeta del hospital entre las dos.
—Él tampoco se deja ayudar —añadió mi madre—. Por eso os entendéis tan bien, y por eso os peleáis tanto.
Después le preparé la cena, la ayudé a acostarse y le di las pastillas de la noche. Las conté dos veces. Antes de apagar la luz de su cuarto, me llamó.
—Eva.
—Dime.
—No seas muy dura con él. Durante tres semanas, en ese sofá, me ha contado cosas que no le ha contado a nadie. De su madre, sobre todo. —Se dio la vuelta hacia la pared—. Ese hombre está más solo que la una. Lo que pasa es que tiene tanto dinero que no se nota.
Cuando volví al salón, vi que tenía un mensaje en el móvil.
Era de Alejandro. No me había escrito nunca fuera del trabajo, porque yo le había dado mi número a Recursos Humanos y no a él, y él lo había respetado hasta entonces.
Decía: «Tienes razón. No volveré los jueves si tú no me lo pides.
Mañana te espero en la oficina como siempre.
Por favor, ven». No le contesté. Miré su nombre bajo la raya de la pantalla rajada y dejé el teléfono boca abajo en la mesa camilla.
Me fui a la cocina y me senté en el suelo, con la espalda contra la nevera, que es donde me siento siempre que tengo que pensar.
Por encima de mi cabeza seguían pegados el recibo de don Anselmo y la carta de Fernando Arrieta.
Estuve allí a oscuras hasta que me dolieron las piernas.
Me dolía que mi madre hubiera confiado en Alejandro antes que en mí.
Y me molestaba darme cuenta de que entendía sus razones.
Yo había cargado con todo durante nueve años para que mi madre no tuviera que cargar con nada, y lo único que había conseguido era que no se atreviera a contarme que perdía la vista de un ojo.
Él había tardado tres jueves en conseguir lo que yo no había conseguido en nueve años.
Y eso, aunque fuera injusto, no se lo podía perdonar todavía.