Atropéllame otra vez Capítulo 9
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Capítulo 9

Carmen

Alejandro volvió al carrito el viernes siguiente, y también el otro.

Al tercero ya sabía dar el cambio sin contar con los dedos y había dejado de ponerse la gorra, porque en la puerta del hospital lo conocía todo el mundo y no tenía sentido disimular.

Paco le guardaba sitio en el aparcamiento y Charo le traía un café de la máquina de enfermería en su descanso.

Manolo le preparaba el bocadillo de calamares sin que se lo pidiera, con una ración de bravas aparte, y no le cobraba.

Alejandro protestaba que podía pagarlo, y Manolo le contestaba que en su bar los voluntarios comían gratis.

No sabía qué éramos los viernes por la tarde.

En la oficina era mi jefe de siempre, con sus cuatro reglas en el corcho y sus cafés pedidos por favor.

En el carrito era otra cosa, algo para lo que todavía no tenía nombre y que tampoco me atrevía a buscarle.

Mi madre, en cambio, estaba rara. No rara de mala manera, sino de buena, y eso me tenía más escamada que si hubiera estado de mal humor.

Desde hacía unas semanas la encontraba más animada los jueves por la noche.

Me preguntaba por el carrito con mucho interés, cosa que no hacía nunca, y me escuchaba sonriendo, como si supiera algo que yo no.

Luisa, que antes me contaba todo lo que pasaba en el edificio, se había vuelto muy discreta.

Cuando le preguntaba por mi madre, me contestaba que bien, hija, muy bien, y cambiaba de tema.

También noté otras cosas. Mi madre había acercado la silla a la tele más de lo normal, y una noche la pillé con un libro de crucigramas y la mano sobre un ojo.

Le pregunté si necesitaba gafas nuevas y me dijo que no, que era el cansancio.

La creí, porque yo también estaba cansada y porque una no quiere ver lo que le da miedo ver.

El jueves de la cuarta semana se puso a llover a media tarde, con una de esas tormentas de otoño que vacían la calle en un momento.

En la puerta de un hospital, cuando llueve, no compra flores nadie, porque la gente entra y sale a la carrera, y nadie se para delante de un carrito con el paraguas en una mano y la bolsa del pijama en la otra.

Tapé las flores con el plástico, se lo llevé a Manolo al almacén y me fui a casa mucho antes de lo habitual.

Subí las escaleras con el pelo empapado y las bailarinas encharcadas.

La puerta del piso estaba entornada, como siempre que Luisa sube a media tarde.

Ya tenía la mano en el picaporte cuando oí la voz de mi madre en el salón.

Hablaba con alguien, y me paré a escuchar, porque contaba una historia que yo conocía de memoria y que ella no le contaba nunca a nadie.

—Se lo llevó todo —decía—. El coche, los ahorros de la cartilla y hasta la hucha de la niña, que era un cerdito de barro que le había regalado su abuela. Lo encontré roto en el suelo de la cocina. Ni siquiera se molestó en esconder los trozos.

—¿Y nunca volvió a saber de él?

Era la voz de Alejandro. Me entró un mal presentimiento.

—Nunca. Se fue con una deuda de juego que nadie sabía que tenía.

Se jugaba la nómina a las cartas en el bar de la esquina, todos los viernes, y yo me creía que hacía horas extras.

—Mi madre soltó una risa corta, sin ninguna gracia—.

Eva lo esperó junto al teléfono del pasillo dos años enteros.

Todas las tardes, al volver del colegio, se sentaba en el suelo con la mochila puesta.

Un día dejó de hacerlo y no volvió a nombrarlo. Tenía trece años.

—Ella no me ha hablado nunca de su padre.

—Ni le hablará. Eva no habla de las cosas que le duelen, las carga. Eso lo ha sacado de mí, me temo, y no es lo mejor que le he dado.

No podía quedarme allí a escuchar. No era justo, ni para ellos ni para mí.

Empujé la puerta y entré en el salón con el pelo pegado a la cara.

Alejandro estaba sentado en el sofá de la manta de cuadros, con una taza de las buenas en la mano, en el mismo sitio que la primera vez.

Mi madre estaba en su silla, junto a la mesa camilla.

Encima de la mesa, entre la caja de pasteles de la calle Serrano y el vaso de los claveles, había una carpeta de cartón azul con unos papeles fuera.

Me dio tiempo a leer el membrete de la primera hoja antes de que nadie dijera nada: «Hospital Clínico San Carlos. Unidad de Esclerosis Múltiple».

Alejandro se puso de pie. Mi madre no se movió.

—Has llegado pronto —me dijo.

—Llueve. —Dejé la mochila en el suelo sin quitarle la vista a la carpeta—. ¿Qué es esto?

Nadie contestó. Me acerqué a la mesa y cogí la primera hoja.

Era una carta dirigida a mi madre, firmada por una doctora llamada Elena Sanz, jefa de la unidad.

Le confirmaba una cita para la semana siguiente, con el fin de valorar su inclusión en un ensayo clínico con un tratamiento nuevo para las formas progresivas de la enfermedad.

Debajo había un informe de una resonancia, que yo no sabía que le hubieran hecho, con una fecha de hacía diez días.

Leí las palabras «neuritis óptica» sin entender del todo lo que significaban, aunque entendí lo suficiente.

—¿Qué resonancia, mamá?

—Una que me hicieron en el Doce de Octubre. —Mi madre se alisó la falda con la mano buena—. Luisa vino conmigo en un taxi adaptado. Los dos vecinos que nos ayudan cuando tengo que salir me bajaron en la silla estrecha. Les pedí que no te dijeran nada.

—¿Cuándo?

—Un martes por la mañana, mientras tú estabas en la oficina. Les pedí ayuda al hijo de la del tercero y a Vicente, el vecino del primero derecha.

—¿Y por qué te hicieron una resonancia?

—Porque veo borroso de un ojo desde hace un mes, hija. Se lo dije a la médica de cabecera y me mandó al neurólogo de urgencia. —Me miró a la cara—. Es un brote. No es grave. Ya me lo tratan.

Me senté en la silla de enfrente porque las piernas no me sostenían. El crucigrama. La silla pegada a la tele. La mano sobre el ojo. Hacía un mes que mi madre veía mal, y yo le había preguntado si necesitaba gafas. Me volví hacia Alejandro, que seguía de pie junto al sofá.

—¿Y tú qué pintas en todo esto?

—Tu madre me lo contó hace tres semanas —contestó él, muy despacio—. La doctora Sanz es amiga mía desde hace años. Su unidad lleva un ensayo con plazas libres para pacientes con el perfil de tu madre. Solo hice una llamada para que la viera.

—¿Hace tres semanas?

—Desde que vengo los jueves.

—¿Vienes los jueves?

—Le invité yo —intervino mi madre—. Tenía su tarjeta, la que dejó en el sobre del cubo. Le llamé un día que me aburría y le dije que viniera a tomar café. Viene todos los jueves desde entonces, y nos lo pasamos muy bien.

No contesté enseguida. Notaba el agua de la lluvia en la nuca, fría, y no hice nada por secármela.

Hice cuentas. Tres semanas en las que yo salía del carrito y le preguntaba a mi madre qué tal el día, y ella me contestaba que bien, hija, que como siempre.

Tres semanas en las que Alejandro me pedía los cafés por favor en la oficina y los viernes me ayudaba con los cubos en el carrito, sin decirme ni una palabra de lo que hacía los jueves en mi casa.

—Regla número uno —le dije, sin levantar la voz—. No te metes en nada de mi vida sin preguntarme antes.

—No me he metido en tu vida. Tu madre me pidió ayuda y yo se la di.

—¿Y te parece que la salud de mi madre no es mi vida?

—Me parece que es la suya.

Lo dijo con calma, sin desafío, y eso fue lo que más me enfureció. Me levanté de la silla.

—Llevo nueve años con esto, Alejandro. Nueve años.

He aprendido a ponerle las inyecciones y a moverla de la cama a la silla sin que se me caiga.

Me peleo con la farmacia y con la lista de espera de la fisioterapeuta.

Me sé de memoria cada pastilla que toma, a qué hora y con qué.

Y resulta que tiene un brote, que le han hecho una resonancia y que la van a meter en un ensayo, y yo me entero porque llueve.

—Eva…

—No. Déjame terminar. —Me temblaba la voz y no me importó—.

No estoy enfadada porque la hayas ayudado.

Si esa doctora puede hacer algo por ella, te lo agradeceré toda mi vida.

Estoy enfadada porque lo habéis hecho a mis espaldas, los dos, durante tres semanas, como si yo fuera un estorbo al que hay que mantener al margen.

Y estoy enfadada porque firmaste una hoja que está clavada en el corcho de mi mesa, delante de toda la planta, y la has roto sin decirme nada.

Me pediste que no te mintiera nunca. ¿Y tú qué has hecho?

—No te he mentido.

—Me has callado. Que es lo mismo, pero más cómodo.

Alejandro abrió la boca para contestar y la volvió a cerrar.

Se le había endurecido la mandíbula, igual que en el despacho el día del sobre.

Por un momento pensé que se defendería, que me diría que yo había hecho lo mismo con el perito, que yo le había mentido a la cara con lo de «se han equivocado».

Tenía todo el derecho a decírmelo. No me lo dijo.

Me miró en silencio, con una expresión que no supe interpretar, y fue mi madre quien habló.

—Siéntate, Eva.

—No quiero sentarme.

—Pues de pie. Pero me vas a escuchar. —Mi madre tenía la voz firme, la misma que ponía cuando yo era pequeña y volvía del colegio con una nota—.

Alejandro no ha hecho nada sin que yo se lo pidiera.

Fui yo quien le contó lo del ojo, y fui yo quien le pidió que no te dijera nada hasta tener los resultados.

Me dio su palabra, y la ha cumplido, aunque le ha costado.

Si quieres enfadarte con alguien, enfádate conmigo.

—Estoy enfadada contigo, mamá.

—Me parece muy bien. Pero escúchame. —Se inclinó hacia delante en la silla—. Esta enfermedad es mía, hija. No es tuya. Tú me cuidas, y Dios sabe que no podría vivir sin ti, pero el ojo que no ve es el mío y la resonancia me la hicieron a mí. Tengo derecho a decidir a quién se lo cuento y cuándo.