Capítulo 8 #2
No pude más. Me eché a reír allí mismo, en mitad de la acera, con las manos en el carrito para no caerme.
Me reí como no me reía desde hacía años, con lágrimas y con dolor de tripa, hasta que tuve que sentarme en el banco de la parada del autobús.
El señor de los gemelos acabó por reírse también, y se llevó dos ramos de rosas amarillas que le preparé yo, uno por cada niño.
Alejandro se quedó junto al carrito, con el delantal del proveedor y la gorra torcida.
Me observaba con una expresión que no le había visto hasta entonces.
Al principio pensé que estaba ofendido. Luego me di cuenta de que también se reía.
No con su risa grave y corta del despacho, sino con una risa larga, que le doblaba por la mitad, y que yo no le había oído nunca.
Charo salió a fumar en ese momento, en su descanso de la tarde, con el pijama verde de enfermera y una chaqueta de lana encima. Nos vio a los dos y se detuvo en seco.
—¿Ese no es el del atropello?
—El mismo.
—¿Y qué hace vendiendo flores?
—Aprender —contesté, todavía con lágrimas en los ojos—. Se le da fatal.
Charo lo miró de arriba abajo, con su delantal verde y su gorra, y se encendió el cigarro.
—Pues que aprenda despacio —sentenció—, que por fin tienes cara de persona.
Después del señor de los gemelos, algo cambió.
Alejandro dejó de explicar prestaciones y empezó a escuchar.
Se fijaba en la gente antes de que llegara al carrito, igual que yo, y adivinaba con bastante acierto quién venía de Maternidad y quién de Oncología.
Al anochecer se acercó un hombre muy mayor, de ochenta años largos, con boina y bastón, que quería flores para su mujer.
Llevaban sesenta años casados, nos contó, y ella estaba ingresada en la planta de cuidados paliativos.
No sabía qué llevarle. Antes de que yo dijera nada, Alejandro le preguntó qué flores le había regalado el primer día.
—Violetas —contestó el hombre sin pensarlo—. Las compré en la Puerta del Sol, en un puesto que ya no existe. Ella llevaba un vestido azul.
—No tenemos violetas —se lamentó Alejandro, y me miró.
Yo tenía unas pocas en la trastienda del carrito, en un cubo aparte, porque las violetas se estropean enseguida y casi nadie las compra.
Se las preparé en un ramito pequeño, atado con una cinta azul que corté de un rollo que guardo para los bautizos.
El hombre las cogió con las dos manos. Le temblaban.
Alejandro le cobró lo justo y le dio el cambio sin equivocarse.
Contó las monedas una a una en la palma de la mano del anciano.
Lo vimos alejarse hacia la puerta del hospital, despacio, con el bastón en una mano y las violetas en la otra.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Luego Alejandro se aclaró la garganta.
—¿Esto pasa todos los días?
—Todos los días pasa algo. Unos días es un señor con gemelos y otros días es un señor con violetas. —Me encogí de hombros—. Por eso no dejo el carrito. En tu despacho la gente compra coches. Aquí la gente me cuenta su vida, y a veces les ayudo un poco a cargar con ella.
Recogimos al anochecer. Le enseñé a meter los cubos uno dentro de otro, a tapar las flores sobrantes con papel de periódico y a empujar el carrito hasta el almacén del bar de Manolo sin que se le escaparan las ruedas en la cuesta.
Manolo nos vio llegar desde la barra y se quedó con el trapo en la mano.
Luego me guiñó un ojo y nos invitó a un bocadillo de calamares a cada uno, que nos comimos sentados en el banco de la parada del autobús, envueltos en servilletas de papel.
Alejandro se lo comió entero. Hasta se chupó los dedos.
—Hacía años que no me reía así —me dijo de pronto, con la vista en la puerta del hospital—. Desde que era un crío. Desde antes de que se fuera mi madre, creo.
No supe qué contestar. Me quedé con el último trozo de bocadillo en la mano.
—En mi casa no se reía nadie —continuó—.
Mi padre pensaba que la risa era una pérdida de tiempo, y la gente que trabajaba para él pensaba lo mismo, por si acaso.
Solo se reía Paquita, la cocinera, cuando mi padre no estaba.
Me escondía en la cocina con ella para oírla.
—Se volvió hacia mí—. Hoy me has recordado a ella.
No en la cara, ni en la voz. En la manera de reírte de mí sin hacerme sentir pequeño.
—Te lo merecías. Lo de la corona a un señor con gemelos…
—Me lo merecía —admitió—. Por eso ha sido tan bueno.
Nos quedamos un rato callados. Pasó un autobús, se paró en la parada, abrió las puertas y volvió a cerrarlas al ver que no subíamos. Entonces le contesté a la pregunta de la tarde, aunque él ya no se acordaba de habérmela hecho.
—Sí que quiero algo con mi nombre.
—¿Cómo?
—Me has preguntado antes si no quería algo con mi nombre.
—Arrugué la servilleta del bocadillo—. Cuando era pequeña, antes de que se fuera mi padre, mi madre me llevaba los domingos a ver escaparates por la calle de Toledo.
Había una floristería en una esquina, con un toldo blanco y unas letras doradas, y yo me quedaba pegada al cristal.
Le dije a mi madre que de mayor tendría una igual, con mi nombre en las letras doradas.
Luego pasó todo lo que pasó y se me olvidó.
O me obligué a olvidarlo, que no es lo mismo.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo un carrito con un toldo de rayas, y ya es más de lo que tiene mucha gente. —Me encogí de hombros—. Pero hay días, cuando cierro, que me acuerdo de las letras doradas.
Alejandro no dijo nada. No me ofreció un local ni un préstamo, ni me habló de planes de negocio. Asintió despacio, con la vista en la puerta del hospital, y agradecí que no insistiera con el dinero ni con los planes. Lo había entendido.
Me acompañó a pie hasta mi portal, porque había dejado el coche en el aparcamiento del hospital.
Fuimos despacio, por la calle de la Madreselva, con las manos en los bolsillos y los hombros a punto de rozarse.
No nos rozamos. En el portal se quitó el delantal verde del proveedor, lo dobló con mucho cuidado y me lo devolvió.
—¿Puedo volver el viernes que viene? —preguntó—. Por favor.
—Si prometes no venderle más coronas a nadie.
—Lo prometo.
—Entonces vuelve.
Se quitó la gorra para despedirse, y pude verle la cara entera, sin visera.
Tenía los ojos brillantes de tanto reírse y una mancha de tinta de rotulador en la mejilla, de cuando había escrito un precio en la pizarra y se había rascado sin darse cuenta.
Estuve a punto de quitársela con el pulgar.
No lo hice. Le dije que tenía una mancha y él se la frotó con el dorso de la mano, sin acertar, y me reí otra vez.
Subí las escaleras con el delantal en la mano y el corazón desbocado. Mi madre estaba en la silla junto a la ventana, que da a la calle, y supe enseguida que lo había visto todo.
—¿Ese era tu jefe?
—Era un florista en prácticas.
—Pues el florista en prácticas te ha mirado desde la acera hasta que has cerrado el portal. —Mi madre sonrió—. Y tú has subido la escalera cantando, que te he oído desde aquí.
No sabía que había cantado. En mitad del salón, con el delantal verde entre las manos, me di cuenta de que las ventas habían sido bastante malas y, sin embargo, estaba contenta.
Estaba contenta porque un hombre que lo tenía todo se había pasado la tarde en mi carrito, en ridículo, para entender mi vida, y lo había hecho sin pagar ni un céntimo.
Eso, para mí, valía más que cualquier sobre.
Lo malo era que mi madre también lo sabía.