Capítulo 8
El carrito
Fernando Arrieta llamó el lunes, tal como Alejandro había dicho.
Encargó el Castell Siete en burdeos y no mencionó a su mujer en toda la conversación.
Antes de colgar, sin embargo, me pidió que le pasara con el señor Castell, y cuando Alejandro salió de su despacho al rato, se quedó de pie junto a mi mesa, con las manos en los bolsillos.
—Fernando quiere escribirle una carta a tu madre —me dijo—. Una carta de disculpa, de su puño y letra. Me ha preguntado si podía pedirme la dirección.
—¿Y qué le has dicho?
—Que te lo preguntaría a ti. —Señaló con la barbilla la hoja del corcho—. Regla número uno.
Me quedé un momento callada. No esperaba que cumpliera las reglas con tanta seriedad, y menos con algo tan pequeño.
Le dije que sí, que se la diera. La carta llegó el jueves, en un sobre de papel grueso con un sello de lacre que mi madre tardó un buen rato en romper con su mano buena.
La leyó dos veces en silencio. Después la dobló, la metió debajo del recibo de don Anselmo, en la puerta de la nevera, y no quiso contarme lo que ponía.
Solo me dijo que aquel hombre siempre había tenido mejor letra que su mujer.
Después de la gala, Alejandro y yo fingimos durante toda la semana que no había ocurrido nada.
Él volvió a ser mi jefe y yo volví a llamarle de usted, aunque se me escapaba el tú de vez en cuando y él no lo comentaba nunca.
Discutíamos por la agenda como siempre. Me pedía las cosas por favor como siempre.
A veces levantaba la vista y lo encontraba mirándome.
Yo hacía como que no me había dado cuenta, pero me pasaba el resto de la mañana pendiente de él.
Aquella semana descubrí que se puede trabajar con una persona ocho horas al día sin decirle lo único que importa, y que eso cansa más que cualquier agenda.
En la planta tampoco ayudaban. El martes apareció en la intranet de la empresa una galería de fotos de la presentación del Castell Siete, y en la cuarta foto salíamos Alejandro y yo en la escalinata del palacete, yo con el vestido de Luisa y él con la mano en mi brazo.
Rubén me la enseñó en la cocina, con el móvil delante de la cara, muy serio.
—Han puesto debajo «El director general con su asistente» —me explicó—. Pero en comunicación tenemos otra versión del pie de foto.
—Prefiero no saberla.
—Te la digo igual. Dice «El director general con la única persona que le ha hecho bajar la cabeza».
—Eso es porque miraba los escalones, Rubén. Los zapatos me quedaban grandes.
—Él no miraba los escalones —replicó Rubén, y se fue con su café antes de que pudiera contestarle.
El miércoles, Alejandro me pidió la carpeta de los proveedores de Getafe.
Se la llevé al despacho y, al dársela, nuestros dedos se tocaron encima del cartón.
Fue un roce de nada, de los que pasan cien veces al día entre dos personas que se pasan papeles.
Los dos retiramos la mano a la vez, y la carpeta se cayó al suelo con todas las hojas sueltas.
Nos agachamos a recogerlas sin decir una palabra, cada uno por su lado de la mesa, y cuando terminamos, él dijo «Gracias» y yo dije «De nada», con la misma voz con la que se habla del tiempo en un ascensor.
Volví a mi mesa con la cara encendida. No estaba avergonzada por el roce.
Estaba avergonzada porque llevaba la semana entera a la espera de algo así, y no me había dado cuenta hasta que pasó.
El viernes por la tarde monté el carrito en la puerta del hospital, como todos los días.
Lo tengo guardado en el almacén del bar de Manolo, en la esquina de la avenida de Córdoba, porque Manolo me lo deja a cambio de un ramo de margaritas los lunes para la barra.
Era una tarde de otoño de las buenas, fría pero con sol, y había mucho movimiento en la parada del autobús.
Colocaba los claveles en los cubos cuando una sombra se me puso delante y me tapó el sol.
—Buenas tardes. Quería una docena de rosas, por favor.
Levanté la vista. Era Alejandro, aunque me costó reconocerlo.
Llevaba unos vaqueros, una cazadora de piel marrón y una gorra azul calada hasta las cejas.
No se había afeitado. Parecía cualquier otro hombre de los que pasaban por la acera, si no fuera porque ningún hombre de los que pasaban por la acera tenía aquella espalda ni aquellos ojos.
—¿Qué haces aquí?
—Comprar rosas.
—¿Con gorra?
—Para que no me reconozcan. —Se tocó la visera—. El chaval del Rayo me reconoció en Urgencias. No quiero que vuelva a pasar.
—Paco te ha visto desde la garita. Te saluda con la mano.
Alejandro se volvió. Paco le saludaba, en efecto, con una sonrisa de oreja a oreja. Alejandro le devolvió el saludo con poco entusiasmo y se bajó la visera un poco más.
—No vengo a comprarte rosas —admitió al fin—. Vengo a pedirte que me dejes quedarme. Por favor.
—¿Quedarte para qué?
—Para ver cómo trabajas. Tú has visto cómo trabajo yo durante tres semanas, y yo no sé nada de esto. —Señaló el carrito con un gesto vago—. No pienso pagarte nada ni meterme en nada. Solo quiero estar aquí.
Lo pensé mientras terminaba de colocar los claveles. No quebrantaba ninguna regla, porque me lo había pedido por favor y no había venido a resolverme la vida. Además, sentía curiosidad por verlo detrás de un carrito de flores, y la curiosidad, en mi caso, siempre gana a la prudencia.
—Puedes quedarte con una condición —le dije—. Si te quedas, trabajas. Aquí no hay sitio para mirones.
—Hecho.
—Y me tuteas, porque los floristas no se hablan de usted.
—Hace tres semanas que te pido eso.
—Pues ya ves que aquí se consiguen las cosas más rápido.
Le di un delantal verde que uso cuando llueve, con el nombre de un proveedor de Mercamadrid bordado en el pecho.
Se lo puso encima de la cazadora sin protestar, y aquello ya me pareció un milagro.
Luego le expliqué lo básico: los precios, que van escritos con tiza en una pizarra pequeña; cómo se envuelve un ramo en papel de estraza con una cinta de rafia, y la regla de oro de la señora Remedios, que es no venderle nunca lirios a nadie que vaya a ver a un enfermo, porque en mi barrio los lirios son de difuntos.
La primera media hora fue un desastre. La segunda, peor.
Alejandro vendía flores igual que vendía coches, o sea, a base de explicar las prestaciones.
A una señora mayor que quería un ramo de margaritas para su hermana, ingresada en Traumatología, le explicó durante un buen rato las diferencias entre las margaritas y las gerberas, el tiempo de duración en agua y la mejor manera de cortar los tallos.
La señora le escuchó con mucha paciencia y al final le dijo que muchas gracias, que ella solo quería unas margaritas.
A un chico joven que quería una rosa para su novia le preguntó si la novia prefería el rojo intenso o el rojo pasión, porque no era lo mismo.
El chico se quedó tan desconcertado que se fue sin rosa.
—¿Rojo pasión? —le pregunté cuando el chico se marchó—. ¿De dónde has sacado eso?
—Es un color de la gama del Castell Cuatro.
—Esto no es un concesionario. La gente que viene a la puerta de un hospital no quiere elegir. Quiere que le digas qué llevarse para no tener que pensar, porque ya tiene bastante con lo que tiene dentro.
En los ratos muertos, que en una tarde de carrito son muchos, se dedicó a mejorarme el negocio.
Primero me propuso poner un datáfono, porque según él nadie lleva ya monedas encima, y yo le recordé que él mismo no había sabido pagar un agua en la máquina de Urgencias.
Luego me habló de una tarjeta de fidelización, con un sello por cada ramo y un ramo gratis al llegar a diez.
Le expliqué que la mayoría de mis clientes no vuelven, y que cuando vuelven no es buena señal, porque quiere decir que siguen con alguien ingresado.
Se quedó callado un buen rato después de aquello.
Al final propuso cambiar el toldo de rayas verdes por uno con un nombre, para que la gente supiera cómo se llamaba el puesto.
—El puesto no tiene nombre —le dije.
—Todos los negocios tienen nombre.
—Este es el carrito de la señora Remedios. Lo fue cuarenta años y no dejará de serlo aunque lo empuje yo. En el barrio lo conoce todo el mundo así.
—¿Y tú no quieres algo con tu nombre?
No le contesté, porque en ese momento se acercó una clienta. Pero la pregunta se me quedó dentro, como una piedra en el zapato, durante el resto de la tarde.
Lo peor fue el cambio. Alejandro no había manejado dinero suelto en su vida, y cuando una señora le pagó un ramo de siete euros con un billete de veinte, se quedó delante de la caja de galletas donde guardo las monedas sin saber por dónde empezar.
Contó con los dedos. Se equivocó. Le devolvió a la señora quince euros, y la señora, que era honrada, le devolvió dos.
Yo me tuve que dar la vuelta para que no me viera la cara.
El momento cumbre llegó con un señor de unos cuarenta años, con prisa y una sonrisa enorme, que se acercó al carrito a buscar algo para su mujer.
Alejandro, que ya le había cogido el gusto a lo de recomendar, le señaló la corona de crisantemos blancos que yo tengo siempre en un lateral, por encargo de la funeraria de enfrente.
—Esa es la más elegante que tenemos.
El señor se quedó blanco.
—Mi mujer acaba de dar a luz —balbuceó—. A gemelos.
—Ah. —Alejandro miró la corona, miró al señor y me miró a mí—. Entonces quizá no.