Capítulo 7 #2
—Qué vestido tan original, querida. ¿Es de alguna tienda nueva? No lo reconozco.
—Es de un taller de la calle Ayala. Lo cosieron a mano hace cuarenta años.
—Ah, vintage. —Lo dijo con una sonrisa que no le llegó a los ojos—.
Qué valiente. Yo no me atrevo con la ropa usada, nunca sabes quién la ha llevado.
—Se volvió hacia Alejandro—. Por cierto, Alejandro, tú que conoces a tanta gente, ¿no sabrás de alguien de confianza para la casa?
Se me ha vuelto a ir la interna. No hay manera, de verdad.
Hoy en día ya no se encuentra servicio como el de antes.
Se te van al primer catarro, o te rompen la mitad de la vajilla y luego quieren que les pagues como si fueran ingenieros.
Alejandro abrió la boca para contestar algo amable, como se contesta a los clientes que tienen siete coches. Me adelanté. No levanté la voz. Puse la mano encima de la mesa, junto a la de la señora Arrieta, y le hablé con toda la educación que Luisa me había enseñado con los cubiertos.
—Mi madre trabajó en su casa seis años, señora Arrieta. Se llama Carmen Ruiz. Le limpiaba la plata los jueves y le planchaba las camisas al señor Fernando los viernes.
La señora Arrieta parpadeó. El señor Arrieta levantó la vista del plato de postre y levantó la cabeza para mirarme.
—Un martes se le cayó un juego de café de Limoges —continué—.
Usted le descontó las tazas del finiquito y la despidió esa misma semana por descuidada.
No era descuido. Era esclerosis múltiple.
Todavía no se lo habían diagnosticado, por eso se le dormían las manos.
—Le sonreí—. Se lo cuento por si algún día se le duermen a usted, para que sepa que no es culpa suya.
A veces, el cuerpo empieza a fallar antes de que nadie te diga por qué.
Se hizo un silencio en toda la mesa. La señora Arrieta se puso colorada debajo del maquillaje. Abrió la boca, la cerró y buscó a su marido con los ojos. Fernando Arrieta no la miraba a ella. Me miraba a mí.
—Carmen —repitió en voz baja—. La de Albacete. La que me cosía los botones de las camisas sin que se lo pidiera nadie.
—La misma.
—¿Cómo está?
—Mal de las piernas y muy bien de la cabeza. Se ríe más que usted y que yo juntos.
El señor Arrieta asintió despacio. Luego se volvió hacia su mujer, se levantó de la silla y le tendió el brazo.
—Pilar, nos vamos.
—Pero Fernando, si todavía no hemos…
—Nos vamos.
Se la llevó del brazo entre las mesas, con las perlas de tres vueltas, que tintineaban a cada paso.
La gente de alrededor fingía no mirar, aunque todo el mundo miraba.
Gonzalo se había quedado con la copa a mitad de camino hacia la boca.
Yo me quedé sentada con las manos encima de la mesa, muy quieta, porque si me movía me echaría a temblar.
No estaba orgullosa. Temblaba de rabia, una rabia de nueve años que había guardado en la misma caja que la de mi padre, y que acababa de salir sin pedirme permiso en el peor sitio del mundo.
—Lo siento —le dije a Alejandro sin mirarlo—. Te acabo de costar un coche.
Él no contestó. Me cogió del codo con suavidad, me levantó de la silla y me llevó a la terraza del jardín, que estaba vacía porque hacía frío.
Allí me soltó. Yo me apoyé en la balaustrada de piedra y respiré hondo, como él me había enseñado.
Él se quedó a un metro, con las manos en los bolsillos del esmoquin.
—Me has tuteado otra vez —comentó.
—Ha sido sin querer.
—Me da igual cómo haya sido. —Se acercó un paso—. Y no me has costado ningún coche. Fernando Arrieta me llamará el lunes para encargarlo. Burdeos, gris o del color que sea, pero lo encargará, y vendrá solo. Lleva treinta años pidiéndole perdón a todo el mundo por su mujer.
—¿Y si no llama?
—Entonces me habrás ahorrado tener que venderle un coche a una señora que despidió a tu madre por estar enferma. —Hizo una pausa—. Eva, has estado increíble.
—He estado a punto de tirarle el postre por la cabeza.
—Por eso has estado increíble. Porque no lo has hecho.
Me volví hacia él. La luz de la terraza era muy tenue, y desde allí se oía la música del salón, amortiguada por los cristales.
Alejandro me miraba sin disimular, tanto rato que terminé bajando los ojos.
Creo que los dos sabíamos ya lo que estaba pasando.
Llevábamos tres semanas juntos a diario, y aquella noche era la primera vez que me veía de verdad.
—Hace frío —dije, por decir algo.
Se quitó la chaqueta del esmoquin y me la puso sobre los hombros. No me fijé en nada más que en el calor, que era el suyo, y en que no retiró las manos de mis hombros tan deprisa como debería.
—El vestido —murmuró—. ¿De dónde lo has sacado?
—Me lo ha prestado Luisa, la vecina del primero. Lo cosió ella hace cuarenta años para una señora que se murió antes de estrenarlo.
—Dile a Luisa que ha esperado cuarenta años para nada. —Retiró las manos al fin—. Le queda mucho mejor a quien lo lleva esta noche.
Me llevó a casa en su coche, a pesar de que yo insistí en volver en metro.
Al final cedí por los zapatos de Charo, que me habían hecho una ampolla en el talón.
No hablamos durante el trayecto. La ciudad pasaba por las ventanillas, y él conducía con las dos manos en el volante y el móvil apagado en el bolsillo.
Cuando paró delante de mi portal, en la calle de la Madreselva, se quedó con el motor en marcha y las manos en el volante.
—Gracias por venir —me dijo.
—Me lo pediste por favor.
—Ahora me lo has vuelto a hacer.
—¿El qué?
—Tutearme.
Me quité su chaqueta de los hombros y se la dejé en el asiento. Abrí la puerta del coche. Antes de salir me volví hacia él, con los zapatos de Charo en una mano y las bailarinas en la otra.
—Es que esta noche no eras mi jefe —le dije—. El lunes vuelves a serlo, así que no te acostumbres.
Cerré la puerta antes de que pudiera contestar.
Subí los dos pisos descalza, con el vestido recogido en el puño.
Mi madre y Luisa se habían quedado dormidas en el sofá delante de la tele.
Las tapé con la manta de cuadros sin despertarlas y me quedé un rato en la cocina, a oscuras, con la espalda contra la nevera.
No pensé en la señora Arrieta. Pensé en las manos de Alejandro sobre mis hombros, y en lo mucho que me había costado decirle que el lunes volvería a ser mi jefe.
Lo había dicho para protegerme. Lo malo era que cada día tenía menos ganas de mantenerlo a distancia.