Capítulo 7
La gala
Alejandro me lo pidió un lunes, con varios días de antelación y por favor, que era la única manera en que podía pedírmelo sin saltarse las reglas que teníamos clavadas en el corcho.
Entró en la antesala con dos cafés de la máquina, me dejó uno en la mesa y se sentó en el borde, con el suyo en la mano. Ya solo con eso supe que quería algo.
—El sábado presentamos el Castell Siete —me explicó—. Es una cena en un palacete de la calle Fortuny con los doscientos mejores clientes de la casa. Gente que se compra un coche como tú te compras unas medias.
—Yo no me compro medias. Me las coso.
—Pues gente que se compra un coche como tú te coses unas medias. —Bebió un sorbo de café—. Necesito que vengas. Por favor.
—Los sábados por la noche son de mi madre.
—Lo sé.
—¿Entonces para qué me lo pide?
—Porque te necesito allí. Tú conoces la agenda mejor que nadie, sabes con quién me he reunido y con quién no, y eres la única persona de esta empresa que me avisa cuando estoy a punto de meter la pata. —Dejó el vaso en la mesa—. Y porque no quiero ir solo.
Esa última frase la dijo más bajo que las otras, y fingí no haberla oído.
Le contesté que me lo pensaría, que era lo que me contestaba siempre que no sabía qué contestar.
Él asintió y volvió a su despacho sin insistir, cosa que habría sido impensable dos semanas antes.
Antes de cerrar la puerta se dio la vuelta.
—Si necesitas a alguien para cuidar a tu madre, yo…
—Regla número uno.
—Lo sé. Solo te preguntaba qué necesitas.
—Necesito pensármelo —le dije—. Y no necesito que me pague nada.
Aquella noche se lo conté a mi madre. Luisa estaba en casa, porque los lunes sube a ver la novela con ella, y las dos me escucharon desde el sofá con las mismas caras de interés.
Les expliqué lo de la cena, lo del palacete y lo de los doscientos clientes.
No les conté lo de que no quería ir solo, aunque mi madre me lo sacó a los cinco minutos con dos preguntas, porque mi madre es así. Cuando terminé, se volvió hacia Luisa.
—El sábado te quedas a cenar conmigo, ¿verdad?
—Si me haces tortilla de patatas, me quedo a dormir.
—Pues ya está. —Mi madre me miró—. Lo de la cena resuelto. ¿Qué más necesitas?
—Un vestido, mamá. No tengo nada que ponerme en un palacete.
—Ese hombre te lo compraría con los ojos cerrados.
—Ese hombre tiene prohibido comprarme nada, y lo ha firmado. Además, si me presento con un vestido que me ha pagado él, todos los que estén allí lo sabrán. Esa gente sabe lo que cuesta cada trapo con solo verlo.
Luisa se había quedado callada. Al rato se levantó del sofá con un quejido, porque las rodillas le pesan, y me pidió que la acompañara al primero.
La seguí escaleras abajo sin entender nada.
Su piso es igual que el nuestro, pero con más cosas, porque Luisa no ha tirado nada desde que enterró a su primer marido.
Me llevó al dormitorio del fondo, abrió un armario de luna y sacó de lo más alto una funda de tela blanca, muy bien doblada.
—Yo fui costurera en un taller de la calle Ayala durante veinte años —me contó mientras deshacía los nudos de la funda—.
Cosíamos para señoras que salían en las revistas.
Este lo hice yo, a mano, para una clienta que se murió antes de venir a recogerlo.
La familia no lo quiso, y la dueña del taller me lo regaló.
Nunca he tenido ocasión de ponérmelo, porque a mí no me cabía ni el día que lo terminé.
Era un vestido largo de seda, de un verde oscuro de botella, con la espalda descubierta y una caída que se movía sola cuando Luisa lo levantó. No tenía ni un adorno. No le hacía falta ninguno. Me quedé sin palabras, y a mí eso no me pasa casi nunca.
—Luisa, no puedo ponerme esto.
—¿Por qué no?
—Porque es suyo. Porque lleva cuarenta años guardado.
—Lleva cuarenta años a la espera de alguien con esa espalda —replicó—. Y con esos ojos, que son del mismo color. El jueves subo a tu casa y te lo meto de cintura. Lo de tu largo me lo arreglo con un par de alfileres.
El jueves, después del carrito, Luisa subió a casa con el vestido y el costurero.
Me tuvo de pie encima de una silla más de lo que me habría gustado, con la boca llena de alfileres y las gafas en la punta de la nariz.
Mi madre se quedó a nuestro lado, en su silla, dando instrucciones toda la tarde, a cuál más inútil.
Cuando Luisa me dejó bajar y me miré en el espejo del armario, mi madre se calló.
Se le humedecieron los ojos. Luego se recompuso y se volvió hacia Luisa.
—Esa espalda la ha sacado de mí, que conste.
—Esa espalda es de tu padre —corrigió Luisa—. Tú eras más bien de pecho.
Los zapatos me los prestó Charo. Tiene un pie más grande que yo, pero con una tira de algodón en la punta me servían, y eran de tacón fino, de los que se llevan en las bodas.
Me los dio en el control de enfermería un viernes por la tarde, dentro de una bolsa del supermercado, y me hizo prometer que se los devolvería con las suelas enteras.
El sábado llegué a la calle Fortuny en metro, con el vestido de Luisa debajo del abrigo de lana de mi madre y los zapatos de Charo dentro de una bolsa de tela.
Me los cambié en la acera, apoyada en una farola, con las bailarinas en la mano.
Un señor que paseaba al perro me miró desde la otra acera con mucha curiosidad. Le sonreí y siguió su camino.
El palacete tenía una verja de hierro con dos porteros vestidos de negro y una alfombra que llegaba hasta la calle.
En el jardín de la entrada, sobre una plataforma iluminada, habían colocado el Castell Siete, gris oscuro, igual que el coche que me atropelló, solo que más bajo y más largo.
Alejandro estaba junto a la escalinata, con un esmoquin negro y una copa en la mano, rodeado de gente.
Le reconocí por la espalda, por la forma de ladear la cabeza cuando escucha a alguien que no le interesa.
Me quité el abrigo, se lo di a una chica del guardarropa y subí los escalones con mucho cuidado, porque los zapatos de Charo me quedaban un poco grandes.
Se volvió cuando yo iba por la mitad. Interrumpió la conversación con la copa a medio levantar.
No dijo nada. Me miró de arriba abajo, igual que en el semáforo el primer día, solo que aquella vez no me sentí una mancha en el cristal.
Me sentí otra cosa, algo que me dio un calor incómodo en la nuca.
Yo había preparado una frase para ese momento, algo ingenioso sobre el metro y la farola, y se me olvidó entera.
—Buenas noches —fue lo único que me salió.
—Buenas noches —contestó él.
Nada más. Para un hombre que tenía una opinión sobre todo, aquel silencio me pareció lo más elocuente que le había oído decir nunca. Me ofreció el brazo y entramos juntos en el salón principal.
La cena fue larga. Yo me senté a su derecha, en la mesa presidencial, con una tarjeta que ponía mi nombre debajo de las palabras «Asistente de Dirección».
Tenía delante cuatro copas y más cubiertos de los que había usado en toda mi vida, pero Luisa me había dado una clase rápida mientras me cosía el bajo: de fuera hacia dentro y sin prisas.
Gonzalo estaba en la mesa de al lado y me lanzó una mirada larga cuando me vio llegar del brazo de Alejandro.
Le devolví la mirada con una sonrisa. Durante el primer plato, Alejandro me preguntaba en voz baja por la gente que se le acercaba a saludar, y yo le susurraba lo que sabía: con quién se había reunido, qué le habían pedido y qué le había prometido él.
Más de una vez le salvé de prometer lo mismo a dos personas distintas.
Al tercer rescate se inclinó hacia mí con la servilleta delante de la boca.
—¿Cómo te acuerdas de todo?
—Porque lo apunto. Usted promete y yo apunto. Alguien en esa planta tiene que acordarse de lo que dice.
—¿Y dónde lo apuntas?
—En la libreta de espiral, que no se cuelga ni se queda sin batería.
Se echó a reír tan alto que la señora de enfrente se volvió a mirarnos.
Me di cuenta de que media mesa estaba pendiente de nosotros, de cada vez que él se inclinaba hacia mí y de cada vez que yo le susurraba algo al oído.
No me gustó. No por la gente, que me daba igual, sino porque descubrí que a mí también me gustaba que se inclinara, y eso no entraba en ninguna de las cuatro reglas del corcho.
El problema llegó con el postre. A nuestra mesa se acercó una pareja de unos sesenta años.
Él era un señor alto, de pelo blanco, que me pareció tímido.
Ella llevaba un traje de chaqueta de color crema y un collar de perlas de tres vueltas, y hablaba con una voz aguda que se oía desde la otra punta del salón.
Alejandro se puso de pie para saludarlos.
—Eva, te presento a Fernando y Pilar Arrieta. Fernando es uno de nuestros mejores clientes. Tiene seis Castell en el garaje.
—Siete a partir de esta noche —corrigió la señora Arrieta con una carcajada—. Ya le he dicho a Fernando que el gris no, que el gris es de pobres. Lo queremos burdeos.
Me quedé helada. No por el comentario, que era una tontería, sino por el apellido.
Mi madre había trabajado seis años para una familia Arrieta en La Moraleja, de lunes a viernes, antes de que le diagnosticaran la esclerosis.
Hablaba de la señora Pilar a menudo y sin rencor, porque mi madre no le guarda rencor a nadie salvo a uno.
Me sabía de memoria la historia del juego de café de porcelana de Limoges, que se le escurrió de las manos a mi madre un martes, cuando todavía nadie sabía por qué se le dormían los dedos.
La señora Pilar le descontó las tazas del finiquito y la despidió aquella misma semana.
Mi madre me lo contó una noche, con la voz muy tranquila, y yo me fui al baño a llorar para que no me viera.
La señora Arrieta se sentó en la silla que le ofreció un camarero, junto a la mía, y me inspeccionó de arriba abajo con mucha atención. Se detuvo en el vestido.