Capítulo 6 #2
Abrí la boca y volví a cerrarla. Tenía razón, y me fastidió muchísimo que la tuviera, porque yo había entrado en aquel despacho convencida de que la razón era toda mía. Me senté en la silla de piel. Él se sentó en el borde de la mesa, frente a mí, como el día del trato.
—Entonces hacemos reglas —propuse.
—¿Reglas?
—Reglas del juego. Si vamos a seguir juntos en esto, hacen falta. —Le quité el bolígrafo de la mano y arranqué una hoja de mi libreta—. Primera: usted no se mete en nada de mi vida sin preguntarme antes. Nada de sobres ni de peritos.
—Segunda —dijo él—: tú no me mientes. Aunque sea para protegerme. Sobre todo si es para protegerme.
Lo escribí. Me costó, pero lo escribí.
—Tercera: usted pide las cosas por favor.
—Eso no tiene nada que ver con lo otro.
—Tiene todo que ver. Una persona que pide las cosas por favor se acostumbra a pensar que los demás pueden decirle que no. Usted no se ha acostumbrado nunca, y por eso se dedica a organizarme la vida.
Lo pensó un momento. Luego me quitó el bolígrafo y escribió debajo, con su letra apretada y recta: «Cuarta: Eva me avisa cuando tenga miedo». Le di la vuelta a la hoja para leerlo bien. Se me hizo un nudo en la garganta, y para disimularlo le señalé la frase con el dedo.
—Esa es muy rara.
—Es la que más me importa.
—¿Y si no tengo miedo nunca?
—Entonces no tendrás que avisarme nunca. —Me miró a los ojos—. Pero te tiembla la mano desde los veinte años. Tú misma lo has dicho.
Firmamos los dos, abajo, cada uno con su nombre.
Clavé la hoja con una chincheta en el corcho de mi mesa, al lado del calendario, donde la veía cualquiera que pasara por la antesala.
Alejandro fue a la comida con Salvatierra, porque ya estaba firmado y anularla habría sido peor.
Antes de irse se paró en la puerta del despacho.
—¿Puedo ir a comer, por favor?
—Puede —le dije, y me reí por primera vez en todo el día.
La semana siguiente empezó a dejarme regalos.
El lunes me encontré encima de la mesa una caja con un móvil último modelo, todavía con el plástico.
Venía con una tarjeta que decía «Para que no se te apague cuando refresque».
Lo devolví a su despacho sin abrirlo y le dejé una nota encima de la caja: «Mi móvil funciona.
Regla número uno». El martes me encontré un ramo de flores enorme en un jarrón de cristal, de una floristería de la calle Serrano que cobra por un ramo lo que yo gano en una semana con el carrito.
Me acerqué al despacho con el ramo en brazos.
—¿Esto también es para compensarme?
—Es un ramo. A las mujeres les gustan los ramos.
—A las mujeres que venden flores nos gustan los ramos bien hechos.
—Lo dejé en su mesa—. Esto tiene lirios, que se mueren en tres días, mezclados con rosas de importación que no huelen a nada porque las cultivan para que aguanten el viaje.
Le han cobrado una fortuna por algo que dentro de una semana estará en la basura.
—¿Entonces no lo quieres?
—No. Pero me lo llevo. —Lo recogí otra vez—. Se lo voy a dar a Charo, la enfermera de triaje. Ella sabe apreciar las flores, aunque se mueran pronto. Allí todo se muere pronto.
Me fui con el ramo. Lo oí reírse a mi espalda, con esa risa grave y corta que cada vez le salía con más facilidad.
Aquella noche se lo conté a mi madre mientras le untaba la crema en las piernas, que es el momento del día en que hablamos de verdad, porque ninguna de las dos puede escaparse. Le hizo mucha gracia lo de los lirios. Luego se quedó callada un rato.
—¿Y se lo diste a Charo?
—A Charo, sí.
—Hija, vendes flores desde hace nueve años y a esta casa no has traído ni una margarita.
Me quedé con el bote de crema en la mano.
Tenía razón. Las flores que no vendo se las devuelvo al proveedor o se las regalo a Paco, el vigilante, para su mujer.
Nunca se me había ocurrido subirlas a casa, porque para mí las flores eran trabajo, como para un panadero el pan, y uno no se lleva el trabajo a la mesa.
No me sentí culpable por las flores. Me sentí culpable porque mi madre llevaba meses sin salir de aquel salón, con la vista en la misma mancha de humedad del techo, y yo no me había dado cuenta de que a ella sí le habría gustado tener algo vivo en la mesa camilla.
Al día siguiente le subí un manojo de claveles rojos, de los que aguantan.
Los puso en un vaso de agua junto a la ventana y no lo comentó.
Durante toda la tarde la vi mirar el vaso de reojo.
Me prometí que no volvería a faltar un ramo en aquel vaso mientras yo tuviera el carrito, y hasta ahora lo he cumplido.
El miércoles no hubo regalos. Hubo algo mejor, aunque yo no lo supe hasta que pasó.
Estábamos en la sala de juntas, en una reunión con todos los directores, y Gonzalo tenía su informe trimestral encima de la mesa.
Alejandro levantó la vista de los papeles, me buscó con los ojos en el otro extremo de la sala, donde yo tomaba notas, y me habló delante de todo el mundo.
—Eva, ¿me consigues las cifras de Getafe del mes pasado, por favor?
Se hizo un silencio extraño en la sala. Gonzalo se quitó las gafas.
Begoña se tapó la boca con una carpeta. Yo me levanté a buscar las cifras con mucha tranquilidad, sin darle ninguna importancia.
Al pasar junto a la puerta vi a Rubén, que había asomado la cabeza desde el pasillo, llevándose las manos a la cara.
—¡Has ganado la porra! —me susurró al pasar—. ¡Lo ha dicho delante de Gonzalo!
Esa misma tarde recogí el bote de la porra, con los cincuenta euros de Gonzalo dentro. Rubén me lo dio en un sobre, muy solemne. No lo abrí delante de él. Cuando me quedé sola en la antesala, entré en el despacho de Alejandro con el sobre en la mano y se lo dejé encima de la mesa.
—¿Qué es esto?
—Lo que he ganado en la porra gracias a usted. Me parece justo darle la mitad.
—No quiero tu dinero.
—Ya lo sé. Por eso se lo doy, para que vea lo que se siente.
Se echó a reír. Abrió el sobre, sacó un billete de cinco euros, uno solo, y me devolvió el resto.
—Esto para la máquina del café. El resto es tuyo.
—Gracias por decir por favor delante de Gonzalo.
—De nada. —Me miró desde el sillón con la cabeza ladeada—. ¿Ves como no era tan difícil?
—Ya ves que no —contesté, y me di la vuelta para salir.
Me paré en seco con la mano en el picaporte.
Lo había tuteado. Llevaba dos semanas tratándolo de usted y acababa de tutearlo sin darme cuenta.
Por culpa de la dichosa porra. No me volví.
No hacía falta, porque sabía que él también lo había oído, y que no diría nada para no estropearlo.
Eso fue lo peor. No que lo hubiera tuteado, sino que él supiera callarse justo cuando hacía falta, igual que había sabido hablar en el semáforo cuando a mí no me quedaba aire.