Capítulo 6
Reglas del juego
El viernes de aquella primera semana le pagué a don Anselmo las tres mensualidades.
Recursos Humanos me había ingresado el anticipo el miércoles, con una rapidez que me hizo sospechar que alguien había dado un toque desde la planta treinta y dos, aunque Begoña me juró que era el procedimiento normal y yo decidí creerla.
Saqué el dinero del cajero de la plaza en billetes de cincuenta, porque don Anselmo no acepta transferencias, y bajé al bajo con el sobre en la mano.
Me abrió en zapatillas de cuadros, con el periódico debajo del brazo.
Contó los billetes dos veces encima de la mesa del recibidor, sin prisa, con el dedo mojado en la lengua, y me firmó un recibo en una hoja de libreta.
—Ya sabía yo que su novio respondería —comentó al darme el papel.
—No es mi novio, don Anselmo. Ese dinero es mío. Lo he ganado yo.
—Ya, ya. —Me guiñó un ojo—. Dele recuerdos de mi parte.
Subí las escaleras con el recibo en la mano y se lo enseñé a mi madre sin decir nada.
Ella lo leyó, lo dobló y me lo devolvió.
Luego me pidió que lo pegara con celo en la puerta de la nevera, al lado del calendario de la farmacia, y allí sigue.
No sentí alivio, o no solo alivio. Sentí orgullo, que es una cosa que en mi casa se ha tenido que esconder mucho tiempo, porque el orgullo con la nevera vacía queda ridículo.
Aquella noche no había nada que esconder, y cenamos sin hablar de dinero.
Ya ni me acordaba de cuándo había sido la última vez.
La segunda semana empezó la guerra. No una guerra de gritos, porque Alejandro no grita nunca, sino de acabar con la paciencia del otro.
Él estaba acostumbrado a pronunciar una palabra y ver cómo el mundo se ponía en marcha.
Decía «Café» desde su sillón, sin levantar la vista, y alguien aparecía con una taza.
Decía «Gonzalo» y Gonzalo subía en el ascensor con su carpeta azul.
Yo había crecido en una casa donde las cosas se pedían por favor, aunque fuera un vaso de agua, y no pensaba cambiar de costumbres por mucho que el despacho tuviera Madrid entero a los pies.
El lunes me llamó por el interfono.
—Café.
No me moví de la mesa. Seguí con lo mío, que era aprender a mover las reuniones del calendario sin borrarlas por accidente, cosa que ya me había pasado dos veces. Al rato volvió a sonar el interfono.
—Eva. Café.
—Le he oído a la primera.
—¿Entonces?
—Entonces nada. Espero el resto de la frase.
Hubo un silencio largo al otro lado. Después se abrió la puerta del despacho y Alejandro asomó la cabeza, con el ceño fruncido y la corbata aflojada.
—¿Qué resto?
—El que empieza por «por» y acaba en «favor». Son solo dos palabras, no le van a costar dinero.
—Eres mi asistente.
—Y usted es mi jefe, no mi dueño. A mi madre le digo por favor cuando le pido que me pase la sal, y eso que la pobre tiene una mano que no le cierra. Usted tiene las dos manos perfectas.
Me sostuvo la mirada. Por un momento pensé que me despediría allí mismo, y me sorprendió descubrir que no me daba miedo.
Me daba curiosidad. Al final dio media vuelta, cruzó la antesala con sus zancadas largas y se fue a la máquina del fondo del pasillo.
Volvió con un vaso de plástico en la mano y la mandíbula apretada.
Esta vez llevaba monedas, porque le había dejado un puñado en el cajón de su mesa el primer día, en una bolsita con una etiqueta que decía «Para la máquina. Cincuenta céntimos cada café».
—Me lo he traído yo —anunció al pasar a mi lado.
—Muy bien. Ya ve que no es tan difícil.
Cerró la puerta. No de un portazo, porque Alejandro tampoco da portazos, pero sí con más fuerza de la necesaria.
Así fueron los días siguientes. Él dictaba correos de una línea, secos a más no poder, y yo se los devolvía con un «Buenos días» al principio y un «Un saludo» al final.
Él quería fijar una cena con unos inversores de Dubái a la hora en que yo salía para el carrito, y yo le cambiaba la cena a un desayuno.
A veces ganaba yo. A veces ganaba él, cuando tenía razón, y yo se lo reconocía en voz alta, porque una cosa es tener carácter y otra muy distinta ser una cabezota.
Lo que no hacíamos nunca era dejar de discutir.
Lo de la porra lo descubrí el jueves, en la cocina de la planta.
Fui a lavar una taza y me encontré a Rubén, uno de los chicos de comunicación, el mismo que se había tapado la boca para no reírse delante de Gonzalo, con una hoja de papel pegada con imanes en la puerta del frigorífico.
Tenía una tabla dibujada a boli, con nombres en una columna y fechas en la otra.
Arriba, en mayúsculas, ponía: «¿CUÁNTO DURA LA NUEVA?
». Rubén se puso colorado hasta las orejas cuando me vio.
—Es una broma —se apresuró a decir—. Lo hacemos con todas.
—Ya lo veo. —Me acerqué a leer la tabla—. ¿Y cómo van las apuestas?
—Bueno… La mayoría dice que dos semanas. Gonzalo ha apostado cincuenta euros a que no llegas al viernes.
—¿Gonzalo juega a la porra?
—Gonzalo la organizó con Marta, el primer día. Dice que es una tradición de la casa.
Abrí el bolso, saqué el monedero y conté veinte euros en billetes de cinco.
Era lo que había sacado el día anterior de las flores, y me dolió soltarlo, pero hay cosas que hay que hacer.
Le di los billetes a Rubén, cogí su boli y escribí mi nombre al final de la columna.
En la casilla de la fecha puse: «Hasta que él aprenda a decir por favor».
—Eso no es una fecha —protestó Rubén.
—Es mejor que una fecha. Si gano yo, nadie más gana nada, porque no habrá fecha. Si pierdo, me habré ido y no me importará.
Rubén contempló la hoja con la boca abierta. Al día siguiente, según me contaron, la mitad de la planta había cambiado su apuesta.
El problema de verdad llegó el viernes. Llevaba toda la semana peleándome con la agenda de Alejandro, que estaba conectada con la de media empresa y se movía sola cada vez que alguien aceptaba o rechazaba una reunión.
Había aprendido a fijarme en los cambios, porque si no me fijaba, al día siguiente aparecían citas que nadie me había consultado.
Aquella mañana encontré una. La había metido él mismo, a su nombre, en la hora del mediodía que yo le había reservado para comer.
Ponía: «Comida. R. Salvatierra. Atlántica Seguros».
Me quedé un rato quieta delante de la pantalla.
Atlántica Seguros era la compañía con la que estaba asegurado el coche que me había atropellado, lo sabía porque el nombre venía en la copia del atestado que tenía en el cajón de casa.
También era la compañía del perito que me había llamado el lunes anterior, el de la testigo y el cubo.
No quise sacar conclusiones antes de tiempo.
Busqué el teléfono de Atlántica en internet y pedí que me pasaran con la secretaría del director general. Contestó una mujer muy amable.
—Buenos días. Le llamo de la oficina del señor Castell, de Castell Motors —dije con la voz más profesional que tengo—. Quería confirmar la comida de hoy con el señor Salvatierra, y de paso preguntarle si necesitan que llevemos alguna documentación.
—Ah, sí, muy bien. No, no hace falta nada, gracias. Ya hablaron la semana pasada por teléfono, y el señor Salvatierra ha dado orden de cerrar el expediente del accidente de Príncipe de Vergara tal como pidió el señor Castell. La comida es solo para firmar la conformidad.
—¿Tal como pidió?
—Sí, que la compañía asuma el cien por cien de la responsabilidad del conductor, sin más diligencias. El señor Castell fue muy claro. Dijo que no quería que se molestara a la señora Morales ni a ningún testigo. —Hizo una pausa—. ¿Usted es su nueva asistente?
—Soy la señora Morales —contesté, y colgué.
Me quedé sentada con el teléfono en la mano.
Luego me levanté, crucé la antesala sin mirar a nadie y entré en el despacho sin llamar.
Alejandro estaba de pie junto a la ventana, con el móvil en la oreja.
Debió de verme la cara en el reflejo del cristal, porque colgó sin despedirse, como hacía siempre, aunque esta vez no me pareció tan mal.
—Atlántica Seguros —le dije—. Comida a mediodía con el señor Salvatierra. En mi hora de comer.
No lo negó. Eso tengo que reconocérselo, porque otro hombre lo habría negado.
—Iba a contártelo después.
—¿Después de qué? ¿Después de firmar?
—Eva, ese perito te iba a buscar la ruina. Tu testigo vio el cubo. Si llegan a abrir diligencias, te caía una multa que no habrías podido pagar, y a mí…
—A usted lo pillaban mintiéndole a un policía. Ya lo sé. Por eso no le dije nada.
—Por eso me mentiste. —Se apartó de la ventana—. «Nadie. Se han equivocado». Lo dijiste mirándome a la cara.
—No le miré a la cara. Miré la pantalla del ordenador.
—Peor me lo pones.
Respiré hondo. Tenía ganas de gritar, pero sabía que si gritaba perdía, porque Alejandro no grita y el que grita en una discusión con alguien que no grita siempre parece el que no tiene razón.
—Le voy a explicar por qué estoy enfadada, para que no se equivoque —le dije—.
No estoy enfadada porque haya llamado a su aseguradora, que al fin y al cabo es suya.
Estoy enfadada porque yo le dije a ese perito que no tenía nada más que declarar, y lo tenía controlado.
Usted no me preguntó. Se enteró de algo mío y decidió por mí, otra vez, igual que con el sobre del cubo.
—¿Lo tenías controlado? —Alzó una ceja—. Te temblaba la mano.
—Me tiembla la mano desde los veinte años y he sacado adelante una casa con ella. No necesito que nadie me la sujete.
Se quedó callado. Me pareció que aquello le había dolido, porque había sido él quien me había sujetado las manos en el asfalto, y lo dije sabiéndolo. No me arrepentí. O me arrepentí un poco, pero no se lo dije.
—Tú tampoco me preguntaste —replicó al fin, en voz baja—. Te enteraste de que yo podía meterme en un lío por tu culpa y decidiste cargar con él tú sola, sin decirme nada. Eso también es decidir por mí, Eva.