Capítulo 5 #2
Se hizo un silencio en toda la planta. Alejandro apretó el picaporte hasta que le dolieron los dedos.
Estuvo a punto de salir. No lo hizo porque vio la cara de Eva, y en esa cara no había miedo ni humillación.
Había una calma que él ya había visto en el hospital, cuando ella le explicó lo del perito y el atestado.
—De una cuneta, no, señor Ferrer. De un semáforo.
—Volvió a sentarse delante del ordenador—.
Y le voy a decir una cosa que he aprendido en el semáforo.
Hay conductores que te bajan la ventanilla y te dan las gracias, aunque no te den ni un céntimo.
Otros te tiran la moneda al cubo sin mirarte.
Desde la acera, se nota muchísimo la diferencia.
—Le dedicó una sonrisa—. Mañana a las diez. ¿Le apunto o no?
Uno de los chicos de comunicación se tapó la boca con la mano.
Gonzalo miró a su alrededor. Comprendió que tenía público, y que el público no estaba de su parte.
Se dio media vuelta y se marchó hacia el ascensor con la carpeta azul bajo el brazo, sin contestar.
Antes de que se cerraran las puertas, Eva lo llamó en voz alta.
—¡Le apunto a las diez, entonces!
Alejandro volvió a cerrar la puerta del despacho y regresó a su mesa.
Solo cuando se sentó, al ver su propio reflejo en el cristal de la ventana, se dio cuenta de que sonreía.
Sonrió sin darse cuenta y se sorprendió haciéndolo.
Se la borró de un manotazo, con la mano en la boca, por si alguien de comunicación lo veía desde el otro lado.
Luego se quedó quieto en el sillón. No estaba orgulloso de ella, porque no tenía ningún derecho a estarlo.
Estaba celoso. Estaba celoso de la facilidad con la que aquella mujer sin estudios ni dinero se había plantado delante de Gonzalo Ferrer, algo que él no había conseguido hacer en doce años porque Gonzalo había sido el hombre de confianza de su padre.
Los alemanes llegaron sin avisar, al poco rato. Alejandro estaba en la sala de juntas, con el equipo de diseño, cuando Begoña asomó la cabeza por la puerta con la cara descompuesta.
—Alejandro, ha venido Herr Becker. Está en tu antesala. Dice que no se va sin verte.
Alejandro salió de la sala de juntas a toda prisa.
Klaus Becker era el consejero delegado del grupo de Stuttgart, un hombre de sesenta años, alto y seco, que había vivido una década en Barcelona y hablaba un castellano impecable con un acento duro.
Era famoso por no perdonar nada. Había volado a Madrid tres veces en un mes para firmar el acuerdo de suministro de motores, y las tres veces Alejandro lo había dejado plantado.
La última, por llevar al hospital a una limpiacristales.
Cuando Alejandro llegó a la antesala, se detuvo en seco.
Herr Becker estaba sentado en el borde de la mesa de Eva, con un vaso de agua en la mano, y se reía.
Alejandro lo conocía desde hacía cinco años y nunca le había visto reírse.
Eva le enseñaba algo en la pantalla del móvil, una foto, y Becker negaba con la cabeza, todavía con la risa en la boca.
—Ah, Castell. —Becker se puso de pie—. Su asistente me ha contado por qué me dejó usted plantado el lunes pasado.
Alejandro miró a Eva. Ella le sostuvo la mirada sin pestañear.
—Le he dicho la verdad —explicó—. Que el lunes me atropelló con el coche nuevo en un semáforo de Príncipe de Vergara, y que la culpa fue suya porque miraba el móvil.
Luego se pasó la mañana en Urgencias del Doce de Octubre, con las rodillas a la altura del pecho en una silla de plástico.
Le he enseñado el moratón de la cadera. Bueno, la foto.
—Es la primera excusa que me dan en treinta años que me creo de verdad —reconoció Becker—.
Y la primera vez que alguien en esta empresa me cuenta que su jefe es culpable de algo.
—Le tendió la mano a Alejandro—. Firmamos esta tarde, si le parece.
Pero conduzca usted con más cuidado. Los coches que llevan nuestros motores no pueden salir en los periódicos por atropellar a nadie.
Firmaron en la sala de juntas después de comer.
Alejandro comió, por cierto, en la hora que Eva le había reservado, sentado y con cubiertos, mientras Becker le contaba anécdotas de Barcelona.
Fue la primera vez en meses que comió sin mirar el móvil.
No se lo dijo a Eva. Tampoco hizo falta, porque cuando volvió a la antesala ella le echó un vistazo a la corbata, vio una mancha minúscula de salsa en la seda y asintió satisfecha.
—Ya ve que comer no mata —comentó.
—Has puesto en peligro un contrato de doscientos millones de euros contándole a mi socio que soy un conductor temerario.
—Y lo he salvado contándole que es usted un conductor temerario. —Se encogió de hombros—. Ese señor no venía a firmar. Venía a decirle a la cara que se iba con los italianos. Se le notaba en los zapatos.
—¿En los zapatos?
—Cuando la gente viene a pedir algo, trae los zapatos limpios. Cuando viene a cantar las cuarenta, no se acuerda de limpiárselos. Herr Becker traía barro de la pista del aeropuerto. —Volvió a mirar la pantalla—. Eso también lo aprendí en el semáforo.
Alejandro se apoyó en el marco de la puerta de su despacho sin quitarle ojo.
Pensó que nadie en aquella planta, con todos sus másteres y sus idiomas, se habría fijado en los zapatos de Becker.
Pensó también que no le había quitado la vista de encima en toda la mañana, y que tendría que dejar de hacerlo antes de que ella se diera cuenta.
Por lo que había visto hasta entonces, Eva Morales se daba cuenta de todo.
Ya se daba la vuelta para entrar en el despacho cuando sonó el móvil de ella. No era el teléfono de la empresa, sino el suyo, el viejo, con la pantalla rajada en diagonal. Eva lo miró y frunció el ceño, porque el número estaba oculto. Descolgó de todos modos.
—¿Sí? —Escuchó un momento—. Sí, soy yo.
Alejandro no oyó la voz del otro lado. Solo vio cómo le cambiaba la cara a medida que escuchaba.
—¿De qué aseguradora, perdone? —Frunció el ceño—. Yo no he reclamado nada. Ya se lo dije al agente en el hospital.
Se quedó callada. Primero la cara se le quedó en blanco, sin expresión. Después palideció de golpe, tanto que se le notaron las ojeras que había disimulado con maquillaje, y se puso de pie sin darse cuenta.
—¿Una testigo? —preguntó en voz baja—. ¿Qué testigo?
Escuchó un rato más. Alejandro vio que le temblaba la mano libre, la misma que le había temblado en el semáforo, encima del asfalto, antes de que no le entrara el aire.
—No tengo nada más que declarar —zanjó Eva—. Si quieren algo de mí, que me lo pidan por escrito.
Colgó. Dejó el móvil encima de la mesa, boca abajo, y apoyó las manos a cada lado y miró la pantalla del ordenador, aunque Alejandro estaba seguro de que no veía nada.
—Eva, ¿quién era?
—Nadie. Se han equivocado.
Lo dijo deprisa, sin mirarlo, y volvió a sentarse.
Cogió el lápiz y se puso a tachar algo en la libreta, pero Alejandro vio que no tachaba nada, que solo pasaba el lápiz por encima de una palabra ya tachada, una y otra vez, hasta que rompió la punta.
Ella también lo vio. Dejó el lápiz en la mesa y respiró hondo, despacio, como le había enseñado él en el semáforo.
Alejandro no insistió. Entró en su despacho y cerró la puerta.
Se sentó en el sillón y no hizo nada más.
No le hacía falta preguntar. Había oído las palabras «aseguradora» y «testigo», y con eso le bastaba para reconstruir la conversación entera.
Su aseguradora tenía que tramitar el atestado de un accidente con heridos aunque nadie reclamara nada, y algún perito concienzudo había encontrado a la señora del perro.
La señora del perro, por lo visto, sí había visto el cubo.
Si el perito tiraba del hilo, a Eva le caería una multa que no podía pagar.
A él le caería algo peor, porque había mentido a un agente de la Policía Municipal delante de un testigo, y ese testigo era ella.
Sabía distinguir una mentira cuando la tenía delante, porque se había criado entre ellas.
Lo que no sabía era por qué Eva le había mentido a él.
Le dio vueltas un buen rato, con la vista perdida en los tejados de Madrid, hasta que lo entendió, y entenderlo le sentó como un golpe en el estómago.
Eva no le había mentido para protegerse a sí misma.
Le había mentido para que él no moviera un dedo, porque sabía que si se lo contaba movería todos.
Le protegía de su propia mentira, y le protegía a su manera, que consistía en cargar sola con el problema.
No sabía qué hacer con aquel gesto de Eva.
Nadie lo había protegido de nada desde los ocho años, desde la mañana en que se despertó en la casa de La Moraleja y encontró la cama de su madre hecha, sin una arruga, porque nadie había dormido en ella.
Entonces aprendió que, si quería algo, tenía que conseguirlo él solo, y desde entonces no había hecho otra cosa.
Veintisiete años después, una limpiacristales de Usera le cubría las espaldas sin pedirle permiso, y él no sabía qué hacer con eso.
Descolgó el teléfono de la mesa y marcó el número del director general de su aseguradora. Sabía que Eva no se lo perdonaría si se enteraba. Mientras sonaban los tonos, se dijo que tendría que asumir el riesgo, porque a él tampoco le había pedido nadie permiso para empezar a preocuparse por ella.