Capítulo 5
Alejandro
Alejandro Castell llegó a la oficina aquel lunes antes que nadie, cosa que no ocurría desde la muerte de su padre.
El vigilante del vestíbulo se levantó de la silla de un brinco al verlo cruzar los tornos, y en la planta treinta y dos las luces del pasillo se encendieron a su paso, una detrás de otra, porque todavía no había llegado nadie para encenderlas.
Se dijo que había madrugado por los alemanes.
Era verdad solo a medias. Los alemanes de Stuttgart llevaban tres cancelaciones seguidas y amenazaban con firmar con un fabricante italiano, de modo que tenía motivos de sobra para estar en su mesa al amanecer.
Pero la verdad entera era otra, y Alejandro no estaba acostumbrado a mentirse a sí mismo, así que acabó por reconocerla mientras se servía el primer café de la máquina.
Había madrugado porque quería ver entrar a Eva Morales por aquella puerta.
No sabía si llegaría con la blusa de su madre o con la sudadera del semáforo.
No sabía tampoco si llegaría, y esa incertidumbre lo tenía más inquieto que cualquier contrato con Stuttgart.
Por costumbre, había parado en el semáforo de Príncipe de Vergara con Juan Bravo.
Tomás estaba en su esquina con una caja de pañuelos nueva y le saludó con la mano, muy sonriente, porque ya lo tenía por cliente fijo.
La esquina de Eva estaba vacía. Alejandro no esperaba encontrarla allí, puesto que él mismo le había dado un trabajo para que dejara de jugarse las rodillas entre los coches.
Aun así, el hueco le produjo una sensación desagradable que tardó en identificar.
No era alivio. Era una especie de nostalgia absurda por algo que solo había existido durante unas pocas mañanas, y que él había despreciado con el limpiaparabrisas.
Se sentó a revisar el correo y no consiguió leer ni uno entero.
Pensaba en ella. Pensaba, sobre todo, en lo que había pasado el miércoles en aquel mismo despacho, cuando Eva le tiró el sobre encima de la mesa y le explicó, sin levantar la voz, que su dinero valía menos que poder mirarse al espejo.
Llevaba treinta y cinco años rodeado de gente que le decía que sí.
Lo hacían los empleados, que dependían de su firma, y también las mujeres, que dependían de su apellido.
Hasta su padre, que nunca le había dicho que sí a nada, había acabado por dejarle la empresa entera en el testamento, porque no tenía a nadie más.
Eva Morales era la primera persona en mucho tiempo que lo miraba a la cara y le decía que no, y lo hacía con una tranquilidad que lo desarmaba.
Alejandro sabía que aquello le gustaba más de lo conveniente.
Lo que no sabía era qué pensaba hacer al respecto.
Llamaron a la puerta. Dos golpes cortos, con los nudillos.
Alejandro abrió la boca para decir «Espera», que era lo que decía siempre, por pura costumbre, a cualquiera que llamara a su puerta. Se dio cuenta a tiempo. Recordó la amenaza del miércoles, lo de los claveles y la quinta asistente en siete meses, y cerró la boca. Después carraspeó.
—Pasa.
Eva entró con unos vaqueros desgastados, un jersey verde de lana que le venía grande y una mochila al hombro.
Llevaba el pelo suelto, largo y liso, todavía húmedo por las puntas.
Alejandro la contempló más de lo debido.
Con la blusa de seda le había parecido guapa.
Con aquel jersey le pareció otra cosa, algo para lo que no tenía palabra y que le hizo apretar el bolígrafo entre los dedos.
—Buenos días —saludó ella—. Ha estado a punto de decirme que espere, ¿verdad?
—No.
—Se le ha notado en la boca.
—Te he dicho que pases.
—Porque se ha acordado a tiempo. —Dejó la mochila en una silla—. Por cierto, no me he puesto la blusa porque es de mi madre y la seda se gasta. Si en esta empresa hay que venir de traje, me lo dice y vengo, pero me lo descuenta del sueldo como lo del alquiler.
—Ven como quieras.
—Eso pensaba hacer.
Begoña, la directora de Recursos Humanos, se la llevó a firmar el contrato y a recoger la tarjeta de acceso.
Volvió con ella al cabo de un rato, con la cara de una mujer que acaba de perder una discusión sin saber cómo, y le entregó a Eva un dosier encuadernado de ochenta páginas.
Era el protocolo de la Dirección General, que había redactado una consultora carísima tres años antes y que todas las asistentes anteriores se habían aprendido de memoria.
Eva lo hojeó delante de la mesa de Alejandro, de pie, y leyó algunos títulos en voz alta.
—«Gestión de llamadas entrantes: tres niveles de filtrado». —Pasó la página—. «Protocolo de servicio de café: temperatura recomendada, entre sesenta y cinco y setenta grados». —Levantó la vista—. ¿Usted se toma el café con termómetro?
—Yo no he escrito eso.
—Pero lo ha pagado. —Cerró el dosier—. Mire, voy a hacer una cosa. Me voy a leer esto entero, porque lo ha pagado y sería una pena tirar el dinero. Luego voy a hacer lo que me parezca sensato, y si algo no le gusta, me lo dice.
—¿Y si lo que te parece sensato no coincide con el protocolo?
—Entonces el protocolo estará mal. Ochenta páginas para que le digan que no a la gente es mucho papel.
Se instaló en la mesa de Marta, en la antesala, al otro lado del cristal.
Alejandro se puso a trabajar, o lo intentó.
Desde su sillón la veía de perfil, con el pelo detrás de la oreja, inclinada sobre la pantalla del ordenador, con el ceño fruncido y un lápiz entre los dientes.
Al principio tecleaba despacio, con dos dedos.
Al poco rato llamó a alguien del departamento de informática y le pidió, con mucha educación, que le enseñara a ver la agenda de su jefe.
Después la vio coger el teléfono varias veces.
No oía lo que decía, aunque se notaba que hablaba con mucha calma.
Al colgar, tachaba algo en una libreta de espiral que había sacado de la mochila.
A media mañana entró en el despacho sin llamar, con la libreta en la mano.
—¿No habíamos quedado en que se llamaba a la puerta?
—Habíamos quedado en que llamaba yo para entrar la primera vez —replicó ella—.
Si llamo cada vez que entro, nos pasamos el día con los nudillos.
Escuche: he revisado su agenda de esta semana.
Tiene treinta y una reuniones en cinco días.
Ninguna dura menos de una hora, y no hay ni un hueco para comer.
—Como en el coche.
—Ya me lo imaginaba. Por eso frena tarde, porque conduce con la vista en la pantalla y un bocadillo en la mano. —Le enseñó la libreta, llena de tachones—. He cancelado nueve reuniones.
Alejandro se incorporó en el sillón.
—¿Que has hecho qué?
—He cancelado nueve. Cuatro eran con gente que quería contarle lo mismo que le contó la semana pasada, según las notas de Marta. Tres eran para presentarle informes que ya tiene en el correo sin abrir. Las otras dos eran con el mismo señor de una agencia de publicidad, y con una de esas sobraba.
—Eva, no puedes cancelar reuniones sin consultarme.
—Por eso se lo consulto ahora.
—Después de cancelarlas.
—Bueno, es que si se lo pregunto antes, me dice que no, y entonces no comería en toda la semana.
—Arrancó una hoja de la libreta y se la dejó en la mesa—.
Le he dejado una hora libre todos los días a mediodía.
No es para que trabaje. Es para que coma sentado.
Si quiere, le vuelvo a meter las reuniones, pero entonces se busca usted otra asistente que no se preocupe de si come.
Se marchó antes de que él pudiera contestar.
Alejandro se quedó con la hoja en la mano.
En letra redonda y un poco infantil, Eva había escrito los cinco días de la semana y, debajo de cada uno, la palabra «COMER» en mayúsculas, subrayada dos veces.
No supo si reírse o despedirla. Al final no hizo ninguna de las dos cosas.
Dobló la hoja por la mitad y se la guardó en el bolsillo interior de la americana, en el mismo sitio donde llevaba la cartera.
La última persona que se había preocupado de si él comía o no era Paquita, la cocinera de la casa de La Moraleja, que le guardaba la cena caliente en el horno cuando volvía del internado los viernes por la noche.
Paquita se jubiló cuando él cumplió dieciocho años.
Desde entonces, nadie le había preguntado nada parecido, y él había llegado a convencerse de que no le hacía falta.
Aquella hoja doblada en el bolsillo le demostraba lo contrario, y no le gustó descubrirlo en su despacho, un lunes por la mañana, gracias a una mujer que había conocido tirada en el asfalto.
El incidente con Gonzalo ocurrió poco antes de mediodía, y Alejandro lo presenció entero a través del cristal.
El director financiero salió del ascensor con la carpeta azul bajo el brazo y se dirigió hacia la puerta del despacho, como hacía siempre, sin mirar a nadie.
Eva se levantó de la mesa y se le puso delante.
Alejandro no oía bien lo que decían, porque la puerta estaba cerrada.
Aun así, no necesitaba oírlo. Vio a Gonzalo señalarse el pecho con el dedo, en un gesto que conocía de memoria y que significaba «¿Tú sabes quién soy yo?
». Vio a Eva consultar la agenda en la pantalla y negar con la cabeza.
A esas alturas se habían acercado varias personas del departamento de comunicación, que tenía la mesa junto a la antesala, y miraban la escena con disimulo, de pie junto a la impresora.
Alejandro se levantó del sillón y entreabrió la puerta, sin salir. No quería intervenir. Quería oír.
—Hace doce años que entro en ese despacho sin pedir permiso a nadie —protestaba Gonzalo.
—Y yo llevo una mañana, así que entre los dos hacemos una media muy razonable —contestó ella—. El señor Castell está libre a partir de mañana a las diez. ¿Le apunto?
—Mira, bonita, no sé de qué cuneta te ha sacado Alejandro, pero aquí las cosas no funcionan así.