Atropéllame otra vez Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—En este edificio es el único que importa.

—Yo no tengo estudios. Dejé el instituto a los dieciséis. No sé idiomas, y el ordenador lo uso para ver recetas y pedir citas en el centro de salud.

—El ordenador se aprende. Lo otro, no. Y para lo que no sepas, Begoña puede organizarte una formación.

—¿Qué es lo otro?

—Lo que acabas de hacer con Gonzalo. Lo mismo que me has hecho a mí con el sobre. —Señaló con la barbilla el dinero que seguía encima de la mesa—. En este negocio, la mitad del trabajo consiste en decirle que no a la gente adecuada sin que se ofenda demasiado. Tú lo haces sin despeinarte.

No me moví de donde estaba. Temía que aquello fuera otra manera de regalarme dinero sin llamarlo regalo.

Aunque la forma en que me hablaba no tenía nada que ver con la lástima.

No me miraba como a la pobre limpiacristales a la que había tirado al suelo.

Me miraba como a alguien que le resultaba útil, y por raro que parezca, eso me ofendía mucho menos.

Pensé en la carta del abogado y en el plazo que se acababa con el mes.

También pensé en mi madre, que me había dicho la noche anterior que del orgullo no se come.

—¿Esto es otra forma de darme el sobre?

—No. Esto es un trabajo, y te advierto que es un trabajo muy desagradable. Mi agenda es un infierno y yo tengo muy mal carácter. Pregúntaselo a Marta.

—Ya me lo ha contado.

—Entonces sabes dónde te metes.

Me senté en una de las sillas de piel que había delante de la mesa. No lo hice porque me fallaran las rodillas, que ya casi no me dolían, sino porque los negocios se hacen sentados, eso lo aprendí de la señora Remedios cuando me vendió el carrito.

—Si acepto, hay condiciones.

—Te escucho.

—Trabajo por las mañanas. Las tardes son del carrito, y el carrito no lo dejo.

—Mi día no termina a mediodía, Eva.

—El mío tampoco, pero el de su asistente sí. Si un día me necesita por la tarde, me avisa con tiempo y lo hablamos. Mi madre no puede quedarse sola todo el día, y la vecina que sube a verla tiene setenta y tantos años.

—¿Y por qué no dejas el carrito? Ganarás más aquí que con las flores.

—Porque si dentro de un mes me echa como a las otras, el carrito seguirá en su sitio. Usted, no lo sé.

Lo pensó un momento. Asintió.

—Sigue.

—Contrato de verdad. Con alta en la Seguridad Social y nómina a final de mes, no un sobre debajo de la mesa.

—Por supuesto.

—Y el mismo sueldo que cobraba Marta. Ni un euro más.

Me miró con extrañeza. Supongo que esperaba que le pidiera el doble, porque eso es lo que habría hecho cualquiera que supiera que él tenía más dinero del que podía gastarse.

—¿Por qué no más?

—Porque si me paga más de lo que vale el puesto, es caridad, y yo eso ya se lo he devuelto. —Señalé el sobre con un gesto de la mano—. Si me paga lo mismo que a ella, es un sueldo.

—Ni un euro menos, entonces.

—Ni uno menos. —Respiré hondo. La última era la que más me costaba decir en voz alta—. Y necesito un anticipo de la nómina para pagar a mi casero antes de final de mes. Usted me lo descuenta del sueldo, poco a poco, como a cualquier empleada que tenga un apuro.

Alejandro tardó en contestar. Tardó en contestarme, y parecía incómodo. Creo que comprendió lo que le pedía, que era lo mismo que había en el sobre, pero por el único camino que yo podía aceptar. Ese dinero me lo ganaría con mi trabajo, y se lo devolvería con mi sueldo.

—Hecho.

—No he terminado. —Levanté un dedo—. Nada de sobres en cubos ni de pagarle nada a mi casero a mis espaldas. Tampoco quiero que suba a mi casa sin avisar.

—Tu madre me invitó a volver.

—Mi madre invita a volver hasta al de la bombona de butano. Si quiere subir, me lo dice a mí primero.

—De acuerdo. —Se separó de la mesa y me tendió la mano—. Yo también tengo una condición.

—¿Cuál?

—Que dejes de llamarme de usted.

—Eso ya se verá —repuse—. Depende de cómo se porte.

Le estreché la mano. Tenía la mano grande y caliente, igual que en el coche camino del hospital, cuando me la cogió en el semáforo para que no me faltara el aire.

Esta vez la solté pronto. No quería que se diera cuenta de que me temblaba un poco, aunque no por la ansiedad.

Era por algo que todavía no sabía nombrar, y que tampoco tenía ninguna prisa por averiguar.

—Empiezas el lunes —anunció—. Recursos humanos te llamará para el contrato. Dales tu teléfono, ya que a mí no me lo quieres dar.

—A ellos sí, porque les va a hacer falta. A usted, de momento, no.

Recogí el bolso y me dirigí a la puerta. Antes de salir, me di la vuelta. Alejandro había vuelto a su sillón y tenía el sobre en la mano. Lo miraba sin abrirlo.

—Una cosa más —le dije—. El lunes, cuando entre en este despacho, voy a llamar a la puerta. Y usted me va a decir que pase.

—¿Y si te digo que esperes?

—Entonces me iré a vender claveles, y se buscará la quinta asistente en siete meses.

Salí antes de que pudiera replicar. En el ascensor bajé sola, y me miré en el espejo de la pared del fondo con la blusa ancha de hombros y las mejillas encendidas.

No me reconocí del todo. Al cruzar el vestíbulo, la recepcionista de las cejas perfiladas me siguió con la mirada hasta la puerta giratoria.

Le devolví la tarjeta de visitante con una sonrisa.

—Hasta el lunes —le dije.

Cuando llegué a casa, mi madre estaba en la silla, junto a la ventana, con la tele apagada, lo cual quería decir que llevaba toda la mañana pendiente de la escalera. Me miró las manos vacías y luego la cara.

—¿Se lo has devuelto?

—Se lo he devuelto.

—¿Y por qué traes esa sonrisa?

—Porque me ha ofrecido trabajo.

—¿De qué?

Me quité las bailarinas en el pasillo, que se me habían despegado otra vez por la punta, y me senté a su lado en la mesa camilla.

—De asistente personal. Por las mañanas, con contrato, y me adelanta lo del alquiler a cuenta del sueldo.

Mi madre se quedó callada un buen rato. Después se le humedecieron los ojos, aunque se los secó deprisa con el dorso de la mano buena, porque a mi madre no le gusta que la vean llorar.

—¿Y qué tiene que hacer una asistente personal?

—Por lo que he entendido, mamá, decirle que no a la gente.

—Entonces ese hombre ha contratado a la mejor —concluyó con una carcajada—. Llevas haciéndolo desde que naciste.

Me reí con ella, pero por dentro tenía un nudo que no se deshacía.

No me daba miedo el trabajo, ni siquiera Gonzalo con su carpeta azul.

Me daba miedo la mano de Alejandro Castell, que me había devuelto el aire dos veces en una semana.

Me daba miedo, sobre todo, que a partir del lunes la tendría al otro lado de una puerta cada mañana, y que yo, que me paso la vida diciéndole que no a todo el mundo, no estaba segura de saber decírselo a él.