Capítulo 4
El trato
La blusa buena es de seda color crema y no es mía.
Mi madre se la compró para la boda de una prima de Albacete, hace casi veinte años, y desde entonces ha salido del armario tres veces.
A mí me queda un poco ancha de hombros, de modo que la remetí por dentro de la falda negra, la única que tengo sin bolitas, y me miré en el espejo del pasillo con los brazos en jarras.
Me pareció que daba el pego. Las bailarinas tenían la suela despegada por la punta desde el verano, así que les puse una gota de cola de contacto la noche anterior y las dejé secar debajo de la pata de la cama.
Mi madre me inspeccionó de arriba abajo desde la silla cuando fui a darle un beso.
—Estás preciosa —sentenció—. Pareces una abogada de las que salen en la tele.
—Las abogadas de la tele no llevan las bailarinas pegadas con cola.
—Por eso salen en la tele, porque se lo pueden permitir. Tú vas a lo importante.
Me guardé el sobre en el bolso, entre la cartera y un paquete de pañuelos de papel, y lo apreté contra el costado durante todo el viaje en metro.
Nunca había llevado tanto dinero encima.
Cada vez que alguien se me arrimaba en el vagón, pensaba que me lo iban a quitar, y luego pensaba que, si me lo quitaban, Alejandro Castell me lo reclamaría con intereses.
Me bajé en Santiago Bernabéu y caminé por la Castellana con la tarjeta de visita en la mano, para no perderme.
No hizo falta. El edificio era una torre de cristal azulado con el escudo plateado del capó en la fachada, tan grande que se veía desde dos manzanas antes.
Al acercarme descubrí por fin qué letra era la del escudo, la que no supe descifrar en el semáforo.
Era una C mayúscula, enroscada sobre sí misma, con las puntas afiladas.
Me pareció que le pegaba mucho a su dueño, aunque todavía no sabía si eso era bueno o malo, y tardé en cruzar la puerta giratoria, con el bolso bien sujeto bajo el brazo.
El vestíbulo tenía el suelo de mármol blanco, unos tornos de acceso metálicos y un mostrador de recepción largo y negro detrás del cual se sentaba una chica impecable.
Llevaba el pelo recogido en un moño tirante y una chaqueta entallada que, calculé, costaba lo mismo que nuestro alquiler.
Me miró la blusa con un vistazo rápido y profesional.
Supe que se había fijado en los hombros anchos, aunque fue lo bastante educada para no decirlo.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
—Vengo a ver a Alejandro Castell.
—¿Tiene cita?
—No.
—Entonces me temo que no va a ser posible. El señor Castell no recibe sin cita previa. Si quiere, puedo tomarle los datos y su asistente se pondrá en contacto con usted.
—Su asistente ya me conoce. Llamó al teléfono del coche el lunes, cuando él me llevaba al hospital después de atropellarme. —Le sonreí con toda la amabilidad de la que fui capaz—. Dígale al señor Castell que ha venido la de los cincuenta céntimos.
La chica me observó sin entender una palabra.
Aun así, descolgó el teléfono, quizá porque pensó que era más fácil quitarse el problema de encima que discutir conmigo.
Habló en voz muy baja y se quedó a la escucha.
Vi cómo se le arqueaban las cejas, que llevaba perfiladas con mucho cuidado, y cómo colgaba el auricular sin dejar de mirarme.
—Puede subir. Planta treinta y dos. —Me tendió una tarjeta de visitante con una pinza—. Le abro el torno.
En el ascensor subí con tres ejecutivos de traje gris que hablaban de márgenes y de no sé qué ronda de financiación.
Ninguno me miró a la cara, pero los tres me miraron las bailarinas.
Me bajé en la planta treinta y dos con las orejas rojas y el sobre apretado contra las costillas.
Al fondo de un pasillo enmoquetado había una antesala con una mesa de cristal vacía.
Junto a ella, una mujer de unos cuarenta años metía en una caja de cartón un cactus, una taza con la inscripción «La mejor jefa del mundo» y un marco de fotos.
La reconocí por la voz en cuanto abrió la boca.
—¿Eres la nueva?
—No. Vengo a devolver una cosa.
—Pues devuélvesela con fuerza. —Cerró la caja con dos tiras de cinta adhesiva—. Soy Marta. Bueno, era Marta. Desde hace un rato soy una mujer libre.
—¿Te ha despedido?
—Me he ido yo, que no es lo mismo, aunque en esta planta pocas veces se nota la diferencia.
Cinco meses he aguantado. Es un récord, ¿sabes?
A las tres anteriores las echó él antes de que cumplieran el trimestre.
—Se cargó la caja en la cadera y me miró con algo parecido a la compasión—.
Un consejo: si vas a entrar, entra sin llamar.
Si llamas, te dice que esperes, y en este edificio la gente espera hasta jubilarse.
Se marchó hacia el ascensor con su cactus y su taza. Delante de mí había una puerta doble de madera clara con el picaporte de acero. Pensé en llamar con los nudillos, por pura educación. Luego pensé en los ejecutivos del ascensor y en la recepcionista de las cejas perfiladas, y abrí sin llamar.
El despacho era más grande que mi casa entera.
Tenía dos paredes de cristal desde el suelo hasta el techo, con Madrid entero a los pies, y en una esquina descansaba la maqueta plateada de un coche, metida en una urna.
Alejandro estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono en la oreja y la otra mano en el bolsillo del pantalón.
Se volvió al oír la puerta. Me vio, dijo «Te llamo luego» a quien estuviera al otro lado y colgó sin esperar respuesta.
Era la segunda vez que le veía hacer eso y seguía sin parecerme bien.
Crucé el despacho hasta su mesa, saqué el sobre del bolso y lo dejé caer encima de unos papeles. Hizo un ruido sordo que me gustó mucho.
—Se le olvidó esto en mi cubo.
Él miró el sobre. Después me miró a mí, de arriba abajo, con la misma calma que en el semáforo, aunque esta vez se le quedó la vista un instante de más en la blusa.
—Estás muy guapa.
—No he venido a que me diga eso.
—Ya lo sé. Te lo digo de todas formas, porque es verdad.
—Pues guárdese la verdad con el dinero. —Apoyé las dos manos en la mesa—.
Le dije que no delante de mi madre y de mi casero.
Usted bajó la mano del bolsillo, me miró a los ojos y yo me creí que lo había entendido.
Y resulta que el sobre ya estaba en el fondo del cubo antes de que subiera la escalera.
—Si te lo hubiera dado en mano, me lo habrías tirado a la cara.
—Exacto. ¿Y eso no le dice nada?
—Me dice que eres muy orgullosa.
—Le dice que no lo quería. —Me erguí—. Usted no me lo ha dado a escondidas para ahorrarme la vergüenza. Me lo ha dado así para que no pudiera negarme. Ha decidido por mí, en mi casa, delante de mi madre, y eso no se lo consiento ni a usted ni a nadie.
No parecía arrepentido ni enfadado. Me miraba con curiosidad, como si no acabara de entender por qué había ido hasta allí a devolverle el dinero.
—Tienes hasta final de mes para pagar o te echan a la calle con tu madre —me recordó con suavidad—. Explícame qué ganas devolviéndome ese sobre.
—Ganar, no gano nada. Pero tampoco pierdo lo único que me queda, que es poder mirarme al espejo.
—Eso no paga el alquiler.
—No. Pero lo que sí lo pagaría me lo cobraría usted toda la vida, aunque fuera sin darse cuenta. Cada vez que me mirase, yo sabría que vivo en mi casa porque usted quiso. Prefiero que me eche don Anselmo.
No sé si me creyó. Se le endureció la mandíbula, pero antes de que pudiera contestar se abrió la puerta del despacho sin que nadie llamara.
Por lo visto, en aquella planta no llamaba nadie.
Entró un hombre de unos cincuenta años, delgado, con gafas de montura metálica y una carpeta azul bajo el brazo. Al verme se detuvo en seco.
—Perdona, Alejandro. No sabía que estabas ocupado. —Me miró la blusa, después la falda, y por último las bailarinas, que a esas alturas ya me parecían un letrero luminoso—. Si quieres, vuelvo cuando haya terminado la señora de la limpieza.
Se me subió la sangre a la cara, pero no por la vergüenza. Había limpiado cosas toda mi vida, y no me avergonzaba de ninguna. Lo que me sacaba de quicio era el tono, el desprecio de la gente que no ha fregado un plato en su vida y se cree mejor por eso.
—La señora de la limpieza viene por las tardes —le contesté sin levantar la voz—. Yo vengo por las mañanas a devolver dinero. Si a usted le sobra algo, también le hago el favor.
El hombre de las gafas abrió la boca. Alejandro se le adelantó.
—Gonzalo, vuelve luego.
—Es el informe trimestral, Alejandro. Lo necesitas para el consejo del jueves.
—Luego.
Gonzalo se marchó con la carpeta azul bajo el brazo y una mirada que me prometía que no se olvidaría de mi cara. Cuando la puerta se cerró, Alejandro soltó una carcajada. Era la misma risa grave y corta del hospital, aunque esta vez le duró más.
—Es mi director financiero. Lleva doce años en la empresa y es la primera vez que lo veo sin respuesta.
—Pues no se ría tanto, que ha llamado señora de la limpieza a una persona que tenía usted delante y no ha dicho ni pío.
Dejó de reírse. Miró hacia la antesala a través del cristal de la puerta, donde se veía la mesa vacía de Marta. Después rodeó la suya, se apoyó en el borde con los brazos cruzados y me observó con una atención nueva, la misma con la que supongo que estudiaba los motores.
—Trabaja para mí.
Me eché a reír. No pude evitarlo.
—¿Qué dice?
—Que trabajes para mí. Necesito una asistente. La mía se acaba de marchar con un cactus en una caja de cartón.
—Ya la he visto. Me ha dicho que es la cuarta en seis meses.
—Marta exagera. Es la cuarta en siete.
—¿Y por qué iba yo a durar más que ellas?
—Porque no me tienes miedo —contestó sin dudarlo—. Todas eran muy competentes y hablaban varios idiomas. Tenían másteres que yo no sabría ni pronunciar. Pero me tenían miedo. Me decían que sí a todo, y cuando me equivocaba, nadie me lo decía hasta que era tarde.
—Eso no es un currículum, señor Castell.