Capítulo 3 #2
Entonces vi el gesto con el rabillo del ojo. Alejandro se había llevado la mano al bolsillo interior de la americana, el mismo donde guardaba la cartera el día anterior. No grité. Hablé muy bajo, porque sabía que si alzaba la voz se me rompería.
—Ni se le ocurra.
Él bajó la mano.
—Si saca esa cartera, no vuelve a pisar esta casa en su vida.
Me sostuvo la mirada, pero no tardó en retirar la mano del bolsillo.
Don Anselmo, que se había dado cuenta de todo, se quedó con un palmo de narices.
Se despidió de mi madre con mucha educación, le recordó que el mes acababa pronto y se marchó escaleras abajo.
Cerré la puerta y apoyé la frente en la madera.
Cuando me di la vuelta, Alejandro miraba el salón.
No me miraba a mí ni a mi madre. Miraba la casa.
Vi a través de sus ojos la mancha de humedad que se extiende por el techo sobre la ventana, que don Anselmo promete arreglar desde hace dos años.
Estaban también la manta de cuadros del sofá y el pastillero de colores sobre el aparador, junto a la foto de mi comunión.
Al lado quedaba el hueco en la pared donde antes colgaba una foto de boda que mi madre quitó el mismo domingo que se fue mi padre, y que nunca hemos vuelto a llenar.
Esperaba un comentario o una oferta, algo que me permitiera volver a enfadarme con él.
No dijo nada. Ese silencio me dolió más que la cartera, porque la cartera la podía rechazar, y el silencio de alguien que acaba de ver tu vida tal como es no se rechaza de ninguna manera.
—Váyase, por favor —le pedí.
Mi madre no protestó esta vez. Alejandro cogió la americana del brazo del sofá y se despidió de ella con una inclinación de cabeza, muy formal. Lo acompañé al descansillo y cerré la puerta del piso a mi espalda, para que mi madre no nos oyera.
—Tu madre es una mujer extraordinaria —comentó.
—Ya lo sé. No necesito que me lo diga usted.
—¿Por qué no le contaste lo de la carta?
—Porque ella no puede hacer nada, y yo sí.
—¿Qué puedes hacer tú?
—Limpiar cristales en un semáforo —contesté—. Bueno, podía, hasta que un idiota me pasó por encima.
Encajó el golpe sin pestañear. Tardó en responder, en el escalón, de modo que por una vez me quedaban los ojos a la altura de los suyos.
—Siento lo de ayer —murmuró—. No te lo dije en el hospital. Debí decírtelo.
No esperaba eso. Me desarmó más que los pasteles y la taza buena. Me había preparado para un hombre que pagaba, no para uno que pedía perdón.
—Disculpas aceptadas —le dije—. Ahora váyase.
—Me voy —accedió—. Pero ya sabes dónde estoy. Todo el mundo lo sabe, por lo visto.
Bajó las escaleras sin volverse. Lo oí cruzar el portal y, poco después, el ruido de un motor que no se parecía a ningún otro de la calle. Volví a entrar en casa. Mi madre seguía en la silla, junto a la mesa camilla, con la mano buena extendida hacia mí.
—Tráeme la carta, Eva.
Fui a la cocina, abrí el cajón de los cubiertos y se la llevé. Mi madre la desdobló con la mano derecha, sujetó la hoja contra la mesa con la izquierda, que ya no le cierra, y la leyó despacio, de principio a fin. Después la dejó sobre el hule y me miró por encima de las gafas.
—¿Hasta cuándo pensabas guardártela?
—Hasta que tuviera el dinero.
—¿Y de dónde lo ibas a sacar, de los cristales?
—De donde fuera, mamá.
—Te dije ayer que, si me escondías algo gordo, lo escondieras bien —me recordó—. Y tú me lo escondes en el cajón de los cubiertos. ¿Sabes cuántas veces al día me pide Luisa una cucharilla para el café?
Tardé en entenderlo. Me senté despacio en la silla de enfrente.
—¿Lo sabías?
—Desde el martes. Luisa me la leyó en voz alta y la volvimos a dejar donde estaba, con las cucharillas por encima, para que no notaras nada.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
—Porque te hacía falta creer que podías con todo tú sola. —Se encogió de hombros con el hombro que todavía le responde—. Y porque yo tampoco sabía qué hacer, hija. Me ha dado mucha vergüenza no saber qué hacer.
Me eché a llorar a lágrima viva, allí mismo, encima de la carta del abogado.
No lloraba por don Anselmo ni por el desahucio.
Lloraba porque llevábamos una semana entera cuidándonos a escondidas, cada una con su miedo metido en un cajón, y ninguna de las dos se había atrevido a decirle a la otra que estaba asustada.
Mi madre me dejó llorar sin decir nada. Luego me pasó la mano por el pelo, con torpeza, porque la mano izquierda le tiembla, y esperó a que me calmara.
—Bueno —dijo cuando me vio sonarme la nariz con una servilleta de papel—. Y ahora cuéntame lo de mi yerno.
—No es tu yerno.
—Ya lo sé. Pero tendrías que haberle visto la cara cuando se lo he dicho a don Anselmo. No le ha disgustado nada.
—Mamá, ese hombre me atropelló ayer.
—Y hoy ha subido dos pisos con una caja de pasteles para devolverte un cubo de cuatro euros. Algo querrá decir.
—Quiere decir que tiene mucho tiempo libre.
—Un hombre así no tiene tiempo libre, Eva. Lo saca de donde no lo hay.
Cogí el cubo para llevarlo a la galería, donde lo guardo junto a la lavadora.
Fue al sacar la rasqueta cuando vi que había algo pegado al fondo con cinta adhesiva.
Era un sobre blanco, grueso, sin nada escrito por fuera.
Supe lo que contenía antes de abrirlo, del mismo modo que el día anterior adiviné las intenciones de Alejandro antes de que sacara la cartera.
Lo abrí de todas formas. Había más billetes de los que yo había tenido nunca en la mano, suficientes para pagarle a don Anselmo las tres mensualidades y las tres siguientes.
Encima de los billetes había una moneda de cincuenta céntimos y una tarjeta de visita con el escudo plateado del capó.
Por detrás, a mano, con una letra apretada y muy recta, había escrito una sola línea: «Te devuelvo los cincuenta céntimos, con intereses».
Sostuve el sobre en la galería sin saber qué hacer con él.
Durante un momento, apreté el sobre contra el pecho y pensé en la carta del abogado y en el bote vacío de la cocina, y me vi en el bajo de don Anselmo, con el sobre encima de su mesa.
Duró poco, pero duró. Luego me acordé de que yo le había dicho que no, alto y claro, delante de mi madre y de don Anselmo, y que él había bajado la mano del bolsillo con cara de haberlo entendido.
No lo había entendido. Había decidido que su voluntad valía más que la mía, y lo había escondido en el fondo de un cubo para que yo no pudiera devolvérselo a la cara.
Volví al salón y dejé el sobre encima de la mesa camilla. Mi madre lo abrió y silbó entre dientes.
—Hija, del orgullo no se come.
—Pero se paga, mamá. Y este hombre cobra intereses, aquí lo pone bien clarito.
—¿Y qué vas a hacer?
—Devolvérselo.
—¿Cómo? No tienes ni su teléfono.
Le di la vuelta a la tarjeta y le enseñé la dirección impresa debajo del escudo: un edificio de oficinas en el paseo de la Castellana, con un número de planta tan alto que me dio vértigo leerlo.
—Tengo esto. Mañana por la mañana le llevo su dinero.
Mi madre me observó un rato, con la cabeza ladeada y una sonrisa que no le había visto en meses.
—Pues ponte la blusa buena —me aconsejó—, que a los ricos se les devuelve el dinero bien vestida.
No pensaba arreglarme para él. Pensaba arreglarme para que, cuando le tirara el sobre encima de la mesa, nadie en aquel edificio pudiera pensar que había subido hasta allí a pedir.