Atropéllame otra vez Capítulo 3
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Capítulo 3

Madreselva

Aquella noche le conté a mi madre que me había caído por las escaleras del metro.

Me arranqué la pulsera verde en el portal y la tiré a la papelera de la esquina, porque llevaba mi nombre impreso y mi madre lee hasta los prospectos de las medicinas.

Subí los dos pisos agarrada a la barandilla, con un dolor sordo en las rodillas, y antes de abrir la puerta ensayé una sonrisa en el descansillo.

Luisa se marchó en cuanto entré. Al pasar a mi lado me echó un vistazo a las piernas que no me gustó nada, aunque se calló, porque Luisa no se mete donde no la llaman.

Mi madre me esperaba en la silla, junto a la ventana del salón, con la tele encendida y el volumen al mínimo.

Le enseñé el moratón de la rodilla antes de que me lo preguntara, porque una mentira se sostiene mejor cuando se adelanta a la pregunta.

Ella lo contempló un buen rato. Luego me miró a mí.

—Ya —dijo.

No añadió nada más en toda la cena. Yo tampoco.

Esa noche no pegué ojo, y no por las rodillas.

Cuando la oí respirar tranquila al otro lado del tabique, me levanté descalza, saqué la carta del cajón de los cubiertos y la leí entera por primera vez, sentada en el suelo de la cocina con la luz de la campana.

El abogado de don Anselmo nos reclamaba las tres mensualidades atrasadas.

Si no las pagábamos antes de que acabara el mes, presentaría una demanda de desahucio.

Lo decía con palabras muy educadas, pero iba a echarnos a la calle si no pagábamos.

La leí dos veces. Después la doblé y la guardé otra vez entre las cucharillas, y me senté junto a la nevera.

Pensé en muchas cosas. Pensé, sobre todo, en una voz grave que me había dicho junto a la parada del autobús que no solía olvidar las cifras, y me enfadé conmigo misma por acordarme de él a esas alturas de la noche, con lo que tenía encima.

Al día siguiente no fui al semáforo. Me dolían las rodillas y el cubo se había quedado con Tomás.

Tampoco me apetecía cruzarme con los municipales, que ya conocían mi cara.

Bajé a la farmacia de la plaza a por el antiinflamatorio y las cremas de mi madre, y pagué con el último billete de veinte que quedaba en el bote de la cocina.

Lourdes, la farmacéutica, me apuntó el resto en la libreta de fiar, que en mi barrio todavía existe aunque nadie lo diga en voz alta.

Me entretuve con ella más de la cuenta porque me preguntó por mi madre, y yo nunca sé contestar a esa pregunta en menos de diez frases.

Cuando volví, la puerta del piso estaba entornada.

Luisa la deja así cuando sube a media mañana y sabe que yo no tardaré, para que mi madre no tenga que arrastrar la silla por el pasillo.

Desde el descansillo oí a mi madre reírse a carcajadas.

Hacía meses que no la oía reírse así, y me detuve en el felpudo, con la bolsa de la farmacia en la mano.

Después oí una voz de hombre. La reconocí a la primera.

—Pues no, señora. Ni casado ni divorciado.

—¿Y eso? Con esa planta.

—No he encontrado a nadie que me aguante.

—Normal. Si atropella usted a las que le gustan, no le dura ninguna.

Entré en el salón hecha una furia. Alejandro estaba sentado en nuestro sofá, que es pequeño y tiene una manta de cuadros por encima para tapar un roto en el brazo, y le pasaba lo mismo que con las sillas del hospital.

No sabía dónde meter las piernas. Tenía en la mano una de las tazas buenas de mi madre, las de porcelana con el borde dorado que solo salen del aparador en Navidad y en los entierros.

Junto a la puerta, limpio y reluciente, estaba mi cubo. Dentro asomaba la rasqueta.

—¿Qué hace usted aquí?

—Traerte el cubo —contestó, y lo señaló con la barbilla—. La rasqueta se quedó en mi capó.

—Siéntate, hija, que te van a fallar las rodillas —me aconsejó mi madre con mucha dulzura—. Las que te destrozaste ayer en el metro.

Me volví hacia él. No hizo falta que le preguntara nada.

—Lo he intentado —se defendió—. Te juro que lo he intentado.

—Lo ha intentado muy bien, no te creas —terció mi madre—.

Pero ha cometido el error de traerme el cubo.

Mi hija llega a casa coja y me cuenta que se ha caído en el metro.

Al día siguiente se presenta un señor con un traje que vale más que mi silla para devolverme el cubo con el que mi hija limpia cristales en los semáforos. Blanco y en botella, Eva.

—¿Y cómo ha conseguido el cubo? —le pregunté a él.

—Tu amigo Tomás me lo dio esta mañana.

—Tomás no le da nada a nadie sin preguntarme.

—Me lo dio después de que le comprara todas las cajas de pañuelos —admitió—. Luego me dijo que me lo habría dado igual, gratis.

—Tiene el maletero lleno de pañuelos de papel —me informó mi madre, que disfrutaba de lo lindo—. Dice que se los regalará a sus empleados para cuando lloren.

No me reí. Me senté en la silla de la mesa camilla porque las rodillas no me aguantaban, y no por obediencia.

Me molestaba que mi madre se hubiera enterado por un desconocido, mientras yo estaba en la farmacia.

Habría preferido contárselo a mi manera, quitándole hierro, aunque seguramente tampoco me habría creído.

Él me había robado eso sin darse cuenta.

Lo peor es que, si me ponía a pensarlo con calma, yo misma le había dado la llave.

Había sido yo quien le había dictado mi dirección a un policía delante de sus narices.

—No tenía ningún derecho a venir —le reproché.

—Tenía tu cubo —replicó—. Me pareció mal quedármelo.

—También le pareció mal dejarme en paz, por lo que veo.

—Eva —me llamó al orden mi madre—, en esta casa a las visitas se las trata bien, aunque te hayan atropellado.

—¡Mamá!

—¿Qué? Me ha traído pasteles. —Señaló una caja abierta sobre la mesa camilla, con el lazo dorado de una pastelería de Serrano—. Y me ha dejado que le hiciera todas las preguntas que he querido, que es más de lo que haces tú.

—¿Y qué le has preguntado, si puede saberse?

—De todo un poco. Sé que tiene treinta y cinco años y que vive solo en un ático de Chamberí.

Tampoco sabe freír un huevo, aunque eso lo ha confesado él sin que se lo preguntara.

—Mi madre bajó la voz, aunque Alejandro estaba a un metro—.

Y sé que su madre se marchó de casa cuando él tenía ocho años, así que en eso estamos empatados.

No me esperaba aquello. Miré a Alejandro, que de pronto había descubierto algo muy interesante en el fondo de la taza, y luego a mi madre.

—¿Le has hablado de papá?

—Le he dicho que a mí también me dejaron plantada. No le he dicho cómo se llama ese sinvergüenza —replicó—. Una tiene su orgullo, hija.

—Su madre tiene un don, Eva —intervino Alejandro—. Debería trabajar en Hacienda.

—Mi madre tiene un don para meterse donde no la llaman.

—Lo dice la que limpia cristales a quien no se lo ha pedido nadie.

Tenía razón, y eso me fastidió más que todo lo demás junto.

No se me ocurrió qué contestarle. Él me miraba tan tranquilo que me sacaba de quicio.

Lo que más me desconcertó fue otra cosa.

Cuando mi madre había nombrado a su madre, a él se le había ensombrecido la cara durante un instante, y supe que acababa de ver algo que aquel hombre no enseñaba a cualquiera.

No sé por qué se lo había enseñado a mi madre. Sospecho que tampoco lo sabía él.

Abrí la boca para contestarle, pero en ese momento sonaron tres golpes secos en la puerta. Nadie en el edificio llama así salvo don Anselmo, que no usa el timbre porque dice que consume luz. Mi madre y yo nos miramos. Alejandro se dio cuenta, porque se le borró la sonrisa de la cara.

—No abras —susurré.

—Abre, hija. Nos ha oído reír desde la escalera.

Abrí. Don Anselmo es un hombre bajo, de setenta y tantos años, siempre con chaqueta de punto y el bigote recortado al milímetro.

Vive en el bajo del mismo edificio, que también es suyo, y cobra los alquileres en mano porque no se fía de los bancos desde que perdió unos ahorros en unas preferentes.

Me saludó con una inclinación de cabeza.

Cuando vio a Alejandro en el sofá, con la taza de porcelana en la mano, se le iluminaron los ojos.

—Buenos días. Veo que tienen visita.

—Es mi yerno —anunció mi madre.

—No es su yerno —me apresuré a corregirla.

Alejandro dejó la taza en la mesa, se puso de pie, y tuvo que agachar un poco la cabeza para no darse con la lámpara del techo. Le tendió la mano a don Anselmo con una seriedad que no le había visto hasta entonces.

—Alejandro Castell. Encantado.

—¿Castell? ¿El de los coches? —Don Anselmo se volvió hacia mi madre con una sonrisa que le ocupaba toda la cara—. Carmen, mujer, ¿por qué no me lo habías dicho?

—No es mi novio, don Anselmo —insistí—. Es el hombre que me atropelló ayer con el coche.

Don Anselmo parpadeó varias veces. Miró a Alejandro, después la caja de pasteles y, por último, las tazas buenas.

—¿Y le invitan a café?

—Es que es muy educado —explicó mi madre.

No sé cómo no me eché a llorar allí mismo. Don Anselmo se recompuso enseguida. Se aclaró la garganta, cruzó las manos delante de la barriga y adoptó el tono que usa para hablar de dinero, que es más bajo y más lento que el normal.

—Carmen, no quiero molestar, y menos con visita. Pero son tres mensualidades. Ya les mandé la carta del abogado.

—¿Qué carta? —preguntó mi madre.

Se hizo un silencio que pareció que no acabaría nunca. Yo no podía mirarla. Clavé los ojos en las baldosas del suelo, que tienen una greca marrón y una de ellas está rota desde que yo era pequeña.

—La que les dejé por debajo de la puerta la semana pasada —aclaró don Anselmo—. Si a final de mes no está el dinero, el abogado presenta la demanda. Yo no quiero llegar a eso, Carmen, usted lo sabe. Pero mi pensión no da para pagarles a ustedes el piso, y mi hija lleva dos años sin trabajo.