Atropéllame otra vez Capítulo 2 #2
10%

Capítulo 2 #2

—Para lo que a usted no le importa.

—Me importa desde que te he tirado al suelo.

—Pues haberlo pensado antes de mirar la pantalla.

Se calló. Me pareció que le había dolido, y me alegré solo a medias. La espera se alargó lo suficiente para que el niño del garbanzo pasara a consulta y saliera con el garbanzo metido en una bolsita, tan orgulloso que se lo enseñó a toda la sala. Entonces oí mi nombre por megafonía.

Un celador me llevó a hacerme unas radiografías de las rodillas y después a un box con una cortina de rayas por puerta.

Alejandro se quedó fuera. La doctora era una residente joven, con una coleta alta y ojeras de guardia, que me palpó las piernas con más cuidado del que yo esperaba.

No había nada roto. Tenía una contusión en cada rodilla, además de un moratón en la cadera que, según ella, se pondría de todos los colores antes de desaparecer.

Me recetó un antiinflamatorio y reposo relativo, que en mi caso quería decir lo que yo pudiera.

Luego se sentó en el taburete y cruzó los brazos.

—En el informe de triaje pone que has tenido un ataque de ansiedad en el lugar del accidente. ¿Te había pasado antes?

—Alguna vez.

—¿Cuántas son alguna?

—Las justas para saber lo que es.

—¿Lo has hablado con tu médico de cabecera?

—Mi médico de cabecera tiene cuatro minutos por paciente, y yo los gasto en las recetas de mi madre.

La doctora no insistió. Me dio una hoja con teléfonos de asociaciones del barrio: apoyo psicológico gratuito, grupos para familiares y otros recursos.

Rodeó uno con el bolígrafo y me pidió que llamara, aunque las dos sabíamos que no lo haría.

Me molestaba que Alejandro hubiera visto el ataque.

Hasta entonces solo Charo me había encontrado así, sentada en el suelo de un pasillo.

Cuando la doctora descorrió la cortina, el agente de la mañana esperaba fuera con una carpeta bajo el brazo.

Era el más joven de los dos, un chico rubio con el uniforme recién planchado.

Me explicó que en los accidentes con heridos tenían que levantar un atestado, de modo que necesitaba tomarnos declaración.

Llamó también a Alejandro, que se había apoyado en la pared de enfrente, y entraron los dos en el box.

Aquello era tan estrecho que el agente tuvo que sentarse en el taburete de la doctora, mientras Alejandro se quedaba de pie junto a la cortina, con los brazos cruzados.

Le dicté al agente mi nombre completo y el DNI de memoria. Luego me pidió el domicilio.

—Calle de la Madreselva, nueve, segundo izquierda. En Usera.

El agente lo apuntó todo con buena letra. Después tomó los datos de Alejandro, que se los dio sin mirarlo, porque no me quitaba la vista de encima. Cuando terminó con el papeleo, el chico rubio levantó la cabeza.

—Ahora necesito saber qué hacía usted en la calzada, delante del vehículo.

Me quedé callada. Si decía la verdad, podían multarme y no tenía dinero para pagar. Una mentira me costaba algo que todavía no sabía nombrar, pero que no me gustaba nada. No me dio tiempo a decidirme.

—Cruzaba por el paso de cebra —se adelantó Alejandro—. Se le cayó algo al suelo y se agachó a recogerlo. El semáforo cambió y arranqué sin verla.

—Tengo una testigo que asegura que la señora limpiaba cristales.

—¿La del perro? Estaba en la acera de enfrente, detrás de la marquesina del autobús. Desde allí no veía ni a su propio perro.

El agente me miró a mí.

—¿Es así?

Alejandro no añadió nada más, pero yo notaba su mirada sobre mí. Pensé en la carta del cajón de los cubiertos. Pensé en mi madre pegada a la ventana, a la espera de una hija que no volvía.

—Se me cayó una cosa, sí —contesté.

Era verdad, al menos en parte, porque cuando el coche avanzó yo estaba agachada para recoger el cubo.

El agente cerró la carpeta sin hacer más preguntas.

Me explicó que el atestado se enviaría a las aseguradoras, me dio una copia y se marchó por el pasillo.

Me quedé a solas con Alejandro en un box donde apenas cabíamos los dos, y por fin me salió la voz que llevaba guardada desde por la mañana.

—No le he pedido que mienta por mí.

—No he mentido. Se te cayó algo y te agachaste a recogerlo.

—Y antes le limpiaba el parabrisas sin su permiso.

—Eso no me lo ha preguntado.

—¿Así hace usted los negocios?

—Así los gano —repuso sin pestañear.

Le había dejado mentir por mí delante del agente. Ahora sentía que le debía un favor, y eso me preocupaba más que la multa. Mi madre me había enseñado de pequeña que los favores de los ricos se cobran siempre. Lo que nunca me dijo es cuándo, ni de qué manera.

—¿Por qué lo ha hecho?

—Porque la multa la habrías pagado tú, y la culpa fue mía.

—La culpa fue de los dos.

—Entonces que pague el seguro, que para eso está —sentenció—. Mi aseguradora se pondrá en contacto contigo. Te corresponde una indemnización por las lesiones, y te aconsejo que no la rechaces.

—No la quiero.

—No es cuestión de querer. Es la ley.

—Mire, señor Castell. Si yo reclamo, su aseguradora mandará a un perito a revisar el atestado con lupa.

El perito buscará testigos, porque para eso le pagan, y encontrará a la del perro o a cualquier otro que me viera con el cubo en la mano.

Entonces su mentira se le cae a usted y la multa me cae a mí, con recargo.

Así que no, gracias. Me quedo con mis moratones, que no me los cobra nadie.

Me observó en silencio. No sé qué esperaba encontrar en mi cara, aunque imagino que buscaba alguna grieta.

—¿Has estudiado Derecho?

—He estudiado en la calle. Allí las clases salen más caras.

—Entonces deja que te compense yo. Sin seguros ni peritos. Dime qué necesitas.

Ahí se me acabó la paciencia. Había aguantado toda la mañana el miedo y el dolor sin quejarme, y aquel hombre insistía en arreglarlo todo con lo que tuviera a mano en la cartera.

—¿Sabe qué necesito? Que la gente como usted deje de pensar que todo se arregla con dinero. Tengo tres meses de alquiler sin pagar y una madre que no puede bajar la escalera de su casa. Si encima le debo algo a usted, ya no me quedará nada que sea mío.

En cuanto lo dije, quise tragármelo. No me arrepentía de haberle gritado, porque se lo merecía.

Me arrepentía de haberle enseñado el agujero, que hasta entonces solo conocíamos don Anselmo y yo, y que ahora conocía también el hombre que me había atropellado.

Alejandro no apartó la vista. Tampoco puso cara de lástima, y eso se lo agradecí, aunque no se lo dije.

—Tres meses —repitió.

—Olvídelo.

—No suelo olvidar las cifras.

—Pues haga una excepción. Por una vez no le pasará nada.

—Esta mañana me has dicho que no más veces que mi consejo de administración en todo el año —comentó con media sonrisa.

—Su consejo de administración cobra de usted. Yo no.

Me dieron el alta poco después. Charo me guiñó un ojo cuando pasé por delante del mostrador, y Paco me preguntó desde la garita si al día siguiente traería claveles.

Le dije que sí, porque a la puerta de un hospital las flores se venden aunque a la florista le duelan las rodillas.

Alejandro me alcanzó en la acera, junto a la parada del autobús donde monto el carrito por las tardes.

—Te llevo a casa.

—Vivo a un paseo de aquí.

—Con esas rodillas, no.

—Con estas rodillas he hecho cosas peores que andar.

—Dame al menos tu teléfono. Para saber cómo sigues.

—Usted siga con la vista en la pantalla del coche, que eso se le da muy bien.

Eché a andar sin despedirme. Las rodillas me dolían a cada paso, pero no pensaba darle el gusto de verme cojear, así que caminé muy derecha hasta el paso de cebra. Ya casi había llegado cuando oí su voz a mi espalda.

—Calle de la Madreselva, nueve. Segundo izquierda.

Me di la vuelta. Seguía junto a la parada, con las manos en los bolsillos y la cabeza un poco ladeada. No se reía, aunque le faltaba poco.

—¿Cómo sabe usted…?

—Se lo has dictado al agente. Yo estaba delante.

—Ni se le ocurra aparecer por allí.

—Demasiado tarde —replicó—. Ya se me ha ocurrido.

Me marché sin contestarle, y me costó más de lo que habría querido.

Por el camino me repetí que un hombre como aquel tendría asuntos más importantes que subir dos pisos sin ascensor en Usera para ver a una limpiacristales con las rodillas moradas.

No me lo creí. Tampoco me asustaba que viniera, porque a un hombre con traje se le cierra la puerta igual que a cualquier otro.

Me asustaba que una parte de mí, pequeña y bastante tonta, tuviera ganas de verlo aparecer, aunque solo fuera por el gusto de darle con la puerta en las narices.