Atropéllame otra vez Capítulo 2
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Capítulo 2

Verde

En Urgencias del Doce de Octubre los coches de lujo no impresionan a nadie, y yo lo sabía antes que él, porque hace años que vendo flores en esa puerta.

Alejandro aparcó en la zona reservada a las ambulancias y rodeó el coche para abrirme antes de que yo encontrara la manilla.

No le dio tiempo a más. Paco, el vigilante de seguridad, salió de su garita con los pulgares metidos en el cinturón.

—Ahí no puede dejar eso, caballero.

—Traigo a una herida.

—Y yo le digo que ahí no puede dejarlo. —Se agachó para mirar dentro del coche y me reconoció—. ¡Anda, Eva! ¿Hoy no traes claveles?

—Hoy traigo moratones, Paco. Los tengo de oferta.

Alejandro nos miró a uno y a otro sin entender nada.

Supongo que en su mundo los vigilantes no tutean a los heridos, ni los heridos hacen chistes en la puerta del hospital.

Le expliqué que por las tardes vendía flores allí mismo, junto a la parada del autobús, y tardó un poco en responder.

Luego intentó cogerme en brazos otra vez.

Me negué en redondo. Ya respiraba con normalidad, aunque las rodillas me protestaban a cada paso, y no pensaba entrar en el hospital de mi barrio colgada del cuello de un desconocido trajeado.

Paco resolvió el asunto con una silla de ruedas.

A Alejandro le tocó llevarse el coche al aparcamiento de visitas, donde se paga por horas como todo el mundo, y la cara que puso me compensó una parte del golpe.

En el mostrador de triaje estaba Charo, una enfermera de Getafe con el pelo corto teñido de caoba.

Me compra un ramo de margaritas cada vez que pierde a un paciente, porque dice que las flores en el control le recuerdan que hay cosas que siguen vivas.

Me tomó la tensión y me hizo las preguntas de rigor con la vista fija en la pantalla.

Cuando Alejandro apareció detrás de mi silla, se le torció la boca.

—¿Y este quién es?

—El que me ha atropellado.

—Ah. —Charo lo repasó de arriba abajo—. Pues espere fuera, que aquí solo pasa un acompañante y usted no lo es.

—Soy el responsable —objetó él.

—Responsable habría sido frenar.

Alejandro abrió la boca y volvió a cerrarla.

Sospecho que hacía años que nadie lo dejaba sin respuesta, y aunque me dolían las rodillas lo disfruté a conciencia.

Se recompuso enseguida. Sacó el móvil y anunció que llamaría a su traumatólogo, el jefe de servicio de una clínica privada de la Castellana, que podía verme sin esperas.

Charo no se inmutó. Me puso en la muñeca una pulsera verde con mi nombre impreso, que en triaje quiere decir que no te mueres y que te toca esperar.

—Aquí no se llama a nadie, caballero. Aquí se espera.

—Puedo pagar lo que haga falta.

—Aquí tampoco se paga —replicó ella—. Por eso se espera.

Charo me miró a mí para que decidiera qué hacer con él. Podía mandarlo a su casa y no verlo nunca más, que era lo sensato. Lo dejé quedarse. Que pasara la mañana en aquellas sillas de plástico, esperando como todos. A ver qué le parecía.

—Déjalo pasar, Charo. Que espere conmigo, que le va a venir bien.

—Tú sabrás. —Charo se encogió de hombros—. Pero en la sala de verdes, nada de llamadas, que la gente se pone nerviosa.

La sala de espera de las pulseras verdes es un pasillo ancho con dos filas de sillas atornilladas al suelo.

En una esquina hay una tele colgada de la pared, con el telediario sin voz, y al verla pensé en mi madre y casi se me escapó la risa.

Había una abuela con un trapo de cocina sujeto en la frente y un albañil con la mano envuelta en cinta americana.

También había un niño que se había metido un garbanzo en la nariz y se lo contaba a quien quisiera escucharlo.

Alejandro se sentó a mi lado. Las sillas no estaban pensadas para hombres de su tamaño, de modo que acabó con las rodillas casi a la altura del pecho, y tuve que morderme la lengua.

El móvil le vibraba sin descanso dentro de la americana.

Lo sacó, leyó la pantalla y, para mi sorpresa, lo apagó.

—¿Y los alemanes? —le pregunté.

—Han venido desde Stuttgart para verme. Pueden aguantar un poco más.

—Qué suerte tienen. A mí nadie me espera tanto.

Yo también tenía que hacer una llamada. Saqué del bolsillo de la sudadera mi móvil, un teléfono viejo con la pantalla rajada en diagonal que se queda sin batería en cuanto refresca, y tuve la suerte de que aquella mañana aguantara.

Primero llamé a Luisa, la vecina del primero.

Le pedí que subiera a casa antes de lo habitual y que se quedara con mi madre hasta que yo volviera, sin explicarle el motivo.

Luisa tiene setenta y tantos años y ha enterrado a dos maridos, así que no hace preguntas cuando alguien le pide un favor con la voz rara. Después llamé a mi madre.

—¿Ya has hecho rico a algún rico? —me saludó.

—Me he liado, mamá. Tomás ha tenido que ir al médico y le cubro la esquina, así que tardaré en volver. Luisa sube ahora a hacerte compañía.

—¿Tomás, al médico? Si ese hombre no ha estado malo en su vida.

—Pues hoy le ha tocado.

—Te noto rara, Eva.

—Será la cobertura, que aquí va fatal.

—Ya. —Mi madre se quedó callada un momento—. Ten cuidado, hija.

Colgué antes de que me hiciera más preguntas. Alejandro no me había quitado ojo durante toda la conversación, y tampoco se molestó en disimularlo.

—Le has mentido a tu madre.

—Le he ahorrado un disgusto.

—¿Y cuál es la diferencia?

—Que la gente miente para quedar bien, y yo no quedo bien con nada de esto —le expliqué—. Si le cuento que me ha atropellado un coche, se pasa el día pegada a la ventana. No puede bajar a la calle, así que lo único que puede hacer es preocuparse, y eso ya lo hace muy bien sin mi ayuda.

—¿Siempre decides tú lo que pueden soportar los demás?

—Alguien tiene que hacerlo. ¿Qué sabe usted de mi madre?

—Nada —admitió—. Por eso te pregunto.

No le contesté. Me había molestado la pregunta, aunque no por impertinente.

Me molestó porque mi madre me había dicho casi lo mismo esa mañana, mientras le recogía el pelo, y ahora me lo repetía un hombre que no me conocía de nada.

Clavé la vista en el telediario mudo para no tener que mirarlo a él.

Salía un incendio en algún monte de Galicia.

Después apareció un señor muy serio delante de unos gráficos que bajaban.

Mi madre tenía razón: en el telediario nunca sale nada bonito.

Entonces me acordé de algo que me había dicho junto al coche, y que con el susto se me había pasado por alto.

—Antes ha dicho que el coche salió de su fábrica el viernes.

—Así es.

—Yo lo veo parar en mi semáforo desde el primer lunes de octubre. O tiene usted dos iguales, o me ha mentido para que le pagara el capó.

Se echó a reír, esta vez sin disimulo. Tenía una risa grave y corta, que parecía sorprenderle a él más que a nadie.

—El de las otras semanas era el prototipo. El de hoy es el primero de la serie. Por fuera son idénticos.

—¿Y para qué quiere usted dos coches iguales?

—No los quiero. Los pruebo. Conduzco cada modelo nuevo durante un mes antes de que salga a la venta.

—¿No tiene pilotos para eso?

—Tengo a los mejores de Europa —aseguró—. Pero no me fío de lo que no compruebo yo.

—Pues ya ha comprobado que frena tarde.

—El coche frena de maravilla —me corrigió, y después bajó la voz—. El que frenó tarde fui yo.

Era lo más parecido a una disculpa que le había oído hasta entonces. No me ablandó. Me desconcertó, que con aquel hombre empezaba a parecerme bastante peor.

En la fila de enfrente, un chaval con un pie vendado y una sudadera del Rayo nos observaba desde hacía rato. Al final se inclinó hacia delante con los ojos muy abiertos.

—Perdona, tío. ¿Tú no eres Alejandro Castell? ¿El de Castell Motors?

—Depende de quién lo pregunte.

—¡Mi primo trabaja en la fábrica de Getafe! —exclamó el chaval antes de volverse hacia mí—. ¿Tú sabes lo que cuesta el coche más barato que hace este? Más que la casa de mis padres.

—No es verdad —puntualizó Alejandro—. Cuesta bastante más.

El chaval soltó una carcajada y la abuela del trapo nos mandó callar.

Yo no me reí. Hasta ese momento, Alejandro había sido un señor con un coche caro y malos modales al volante.

De pronto tenía un apellido que salía en la tele, una fábrica en Getafe y primos de desconocidos que trabajaban para él.

No sabía qué hacer con esa información. Lo que sí sabía es que los hombres como él tienen abogados, y que esos abogados no pierden nunca.

Tomás me lo había advertido aquella misma mañana.

Al poco se llevaron al chaval a la consulta. Alejandro se levantó y desdobló las piernas con un gesto de dolor que me pareció muy merecido.

—¿Quieres agua? Después de un ataque así deberías beber algo.

—No tengo sed.

—Tienes los labios blancos.

Se acercó a la máquina expendedora del fondo del pasillo.

Lo vi sacar una tarjeta negra de la cartera y buscar en la máquina un sitio donde meterla.

No lo había, porque aquella máquina solo acepta monedas, cosa que sabe cualquiera que haya pasado una noche en Urgencias.

Probó con un billete de cien que la ranura le escupió de vuelta.

Después rebuscó en los bolsillos del pantalón y se volvió hacia mí con una expresión que no le había visto hasta entonces.

Estaba avergonzado, aunque no le quedaba mal.

Metí la mano en el bolsillo de la sudadera y saqué la moneda de cincuenta céntimos que un conductor me había tirado al cubo esa mañana. Se la tendí desde mi silla, con el brazo estirado, para que tuviera que volver a buscarla.

—Tenga. Ahora el que me debe algo es usted.

—Te la devolveré.

—Con intereses.

Me trajo la botella de agua y me la dio abierta. Me la bebí entera sin respirar, porque tenía más sed de la que estaba dispuesta a reconocer. Él se sentó de nuevo a mi lado y estuvo un rato callado, con los codos sobre las rodillas.

—¿Por qué limpias cristales si vendes flores? —me preguntó al fin.

—Porque las flores no dan para todo.

—¿Para qué no dan?