Capítulo 1 #3
Miré hacia donde señalaba. Un coche patrulla acababa de detenerse junto a la farmacia, y de él bajaban dos agentes con la parsimonia de siempre.
Entonces se me vino todo encima. Según Tomás, las multas por limpiar cristales en la calzada eran caras, y yo no podía permitirme ninguna.
Pintar el capó de un coche como aquel debía de costar lo mismo que un año de alquiler, y yo tenía escondida en el cajón de los cubiertos la prueba de que no podía pagar ni tres meses.
Detrás de todo eso estaba mi madre, sola en un segundo sin ascensor, a la espera de que yo volviera para comer.
Se me cerró el pecho. Conozco esa sensación desde la tarde del diagnóstico, cuando me dio el primer ataque en un pasillo del Doce de Octubre y una enfermera me sentó en el suelo para explicarme lo que me pasaba.
Ataque de ansiedad, me dijo, sin darle más importancia que a un catarro.
Desde entonces he tenido unos cuantos. Sé reconocerlos, aunque saber lo que son no sirve para pararlos.
El aire dejó de entrarme. Se me llenaron las manos de hormigas, y el corazón me golpeaba tan fuerte que lo notaba en las orejas.
No tenía miedo de la policía. Tenía miedo de todo lo que venía detrás de una multa que no podía pagar, que era mucho más de lo que me cabía en los pulmones.
Las piernas se me doblaron. No llegué a desmayarme, pero me quedé sentada en el asfalto, con la boca abierta, sin conseguir que me entrara nada. Él se arrodilló delante de mí. Ya no quedaba ni rastro de la cartera.
—Eh, eh. Mírame.
—No… puedo… respirar.
—Claro que puedes. Si no, no me contestarías —objetó, y me cogió las dos manos entre las suyas—. Mírame a mí. Solo a mí.
Lo miré porque no tenía fuerzas para otra cosa. Ya no me miraba como el jueves. Parecía asustado de verdad, y por un momento no supe qué hacer con aquello.
—Coge aire conmigo. Despacio.
Lo intenté. Me salió un hipo ridículo.
—Así no. Otra vez.
—No me… dé órdenes.
—Si te queda aire para discutir, te queda aire para respirar —replicó con media sonrisa—. Otra vez.
Lo hice otra vez. El aire entró a medias, lo justo para no ahogarme, y salió a trompicones. Él no esperó a la ambulancia que alguien había pedido a gritos desde la acera. Me pasó un brazo por la espalda y otro por debajo de las rodillas, y me levantó del suelo sin esfuerzo aparente.
—El cubo… —protesté.
—¿Te preocupa el cubo?
—Me costó cuatro euros.
—Yo te lo guardo, Eva —intervino Tomás, que ya lo había rescatado del carril de al lado—. Tú vete con el señor.
Uno de los agentes llegó hasta nosotros cuando él me acomodaba en el asiento del copiloto.
Desde allí oí la conversación a trozos. Él se presentó como el conductor y explicó que el coche se le había ido al levantar el pie del freno.
Añadió que me llevaba al hospital, porque llegaría antes que cualquier ambulancia, y le tendió una tarjeta.
El agente la leyó, lo miró a él y asintió con un respeto que yo nunca le había visto a un policía.
Pensé que así funcionaba el mundo de la gente como aquel hombre.
Sacaban una tarjeta del bolsillo y las puertas se abrían solas, mientras que a las personas como yo nos las cerraban en la cara.
—¿Y la limpiacristales? —preguntó el agente.
—La señora viene conmigo —zanjó él.
Me hizo gracia que me llamara señora después de haberme tuteado desde el suelo. No tuve aire para decírselo. Cerró mi puerta y rodeó el coche hasta el asiento del conductor. Por dentro todo era de piel clara y estaba tan limpio que me dio apuro respirar encima.
—Al Doce de Octubre —conseguí decir.
—Te llevo a una clínica que conozco. Está más cerca y no tendrás que esperar.
—Al Doce de Octubre. A la Seguridad Social. No quiero deberle nada.
—Me debes un capó.
—Usted me debe dos rodillas. Estamos en paz.
Se le escapó una risa entre dientes. Arrancó con mucho más cuidado del que había tenido un rato antes y tomó la dirección de Usera. Al menos en eso me hizo caso. En la pantalla del salpicadero se encendió una llamada, y él la descolgó sin apartar la vista de la carretera.
—Alejandro, los alemanes ya están en la sala —anunció una voz de mujer—. ¿Dónde estás?
—Cancélalo, Marta.
—¿Otra vez? Es la tercera vez que…
—Cancélalo —repitió, y colgó.
Me pareció de una grosería espantosa, y se lo habría dicho si me hubiera quedado aliento para algo más que para seguir viva.
Me limité a mirarlo de reojo. Conducía con una mano, la mandíbula apretada, y de vez en cuando me echaba un vistazo para asegurarse de que aún me llegaba el aire.
En el primer semáforo en rojo, alargó la otra mano y me cogió la mía sin decir nada. Debería haberla apartado. No lo hice.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Ya lo ha oído. Eva.
—Alejandro.
—No se lo he preguntado.
—Ya lo sé —admitió—. Por si acaso.
Cerré los ojos. Mi madre tenía razón y había estado a punto de salir en el telediario, aunque no por nada bonito.
Lo que no me había advertido es que el golpe sería lo de menos.
No me gustaba aquel hombre. Me había atropellado después de empaparme de jabón, y encima había intentado comprarme con lo que llevaba en la cartera.
Y, sin embargo, no le había apartado la mano.