Atropéllame otra vez Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Lo intenté varias veces. Las dos primeras, el semáforo se puso en verde antes de que yo llegara, y la tercera se me cruzó un repartidor en moto que estuvo a punto de dejarme sin pies.

El jueves, por fin, conseguí plantarme junto a la ventanilla del conductor.

Estaba bajada apenas un palmo, lo justo para que yo viera unos ojos negros y oyera una voz de hombre que hablaba por teléfono sin admitir réplicas.

Golpeé el cristal con los nudillos y le señalé el cubo con una sonrisa.

Los ojos se volvieron hacia mí y me recorrieron entera, sin ninguna prisa.

Después la ventanilla subió, y acto seguido los chorros del limpiaparabrisas me empaparon de jabón azul desde el pelo hasta la cintura.

Tomás se rio tanto que tuvo que sentarse en el bordillo.

Yo no me reí. No me dolió el agua, que en el fondo era la misma que yo llevaba en el cubo.

Me dolió que alguien pudiera mirarme como a una mancha en el cristal y quedarse tan tranquilo.

—No vayas —me pidió Tomás cuando vio asomar el coche por el fondo de la calle.

—Solo quiero limpiarle el cristal.

—Eso dices tú, pero tienes cara de ir a la guerra. Déjalo estar, Eva. Esa gente no pierde nunca.

—Por eso mismo. Alguna vez tendrán que estrenarse.

El coche llegó puntual, y yo estaba nerviosa.

Estaba enfadada, y cuando me pongo así suelo hacer tonterías.

El semáforo se puso en rojo. Me acerqué por la izquierda, con el cubo en una mano y la rasqueta en la otra.

La ventanilla estaba subida del todo. Golpeé el cristal y esperé, pero no ocurrió nada.

Entonces hice algo de lo que me arrepentí después, aunque no tanto como cabría esperar: me planté delante del coche, entre el morro y el paso de cebra, y le eché agua al parabrisas.

Si no quería que se lo limpiara, que me lo dijera a la cara.

El cristal delantero no estaba tintado, de modo que por fin pude verlo.

Hablaba por teléfono con el ceño fruncido, la vista clavada en una pantalla que sostenía sobre el volante.

Ni siquiera levantó la cabeza. Pasé la rasqueta de un lado a otro, con mucha calma, para que tuviera tiempo de fijarse en mí.

Nada. Era la primera vez en mi vida que me sentía invisible a menos de un metro de alguien, y no me gustó.

Detrás de mí sonó un claxon. El semáforo se había puesto en verde y yo no me había enterado, porque estaba de espaldas a la luz.

Me agaché para recoger el cubo del suelo.

En ese momento él alzó la vista, me vio y algo no salió como debía.

Supongo que levantó el pie del freno por costumbre, porque el coche avanzó.

No fue un golpe fuerte. El parachoques me alcanzó a la altura de las rodillas y caí de espaldas sobre el asfalto.

Oí rodar el cubo hasta el carril de al lado mientras el agua con jabón se esparcía por el paso de cebra.

La rasqueta, no sé cómo, acabó encima del capó.

Me quedé tumbada. El cielo estaba de un azul limpio, sin una nube, y pensé con una claridad absurda que mi madre había acertado con lo del telediario.

Oí abrirse la puerta del coche. Unos zapatos negros se detuvieron junto a mi cabeza.

Después apareció él, agachado a mi lado, y lo primero que pensé fue que era más alto de lo que parecía dentro del coche.

Era moreno, con el pelo corto y una barba de pocos días que le endurecía la mandíbula.

Llevaba un traje oscuro sin corbata y la camisa abierta en el cuello. Tenía los ojos del jueves.

—¿Te has dado en la cabeza?

Lo preguntó de carrerilla. Estaba asustado, aunque hacía lo imposible por parecer molesto.

—Me ha dado usted con el coche, que es peor.

Me incorporé. Me dolían las rodillas, pero me puse de pie sola. Él hizo ademán de sujetarme del codo y le aparté la mano.

—Te has metido delante de un coche en un semáforo —me reprochó—. ¿Se puede saber qué se te ha pasado por la cabeza?

—En limpiarle el cristal. Ya sé que a usted le gusta más el jabón azul, pero el mío también limpia.

Frunció el ceño. Tardó en entenderlo, y cuando lo hizo no se disculpó.

—Eras tú.

—Era yo. La de la ducha.

—Yo no te pedí que me limpiaras nada.

—Ni yo le pedí que me atropellara. Ya ve que en esta vida nadie consigue lo que pide.

Él desvió la vista hacia el capó. La rasqueta seguía allí, y debajo había una raya fina, del largo de un palmo, sobre la pintura gris.

—Me has rayado el capó.

—Eso ya estaba.

—Este coche salió de mi fábrica el viernes —me aseguró—. Te garantizo que no estaba.

—¿De su fábrica? —Me crucé de brazos—. ¿Y allí no le enseñaron a frenar?

Soltó el aire por la nariz. Se llevó la mano al bolsillo interior de la americana y sacó una cartera de piel. Supe lo que pretendía antes de que la abriera.

—Mira, vamos a ahorrarnos el numerito —propuso—. ¿Cuánto?

—¿Cuánto qué?

—Lo que quieras para olvidarte del golpe. Doscientos, trescientos… Dime una cifra y cada uno a lo suyo.

Hice la cuenta sin querer. Trescientos euros eran casi medio mes de alquiler. Me dio rabia haberlo pensado siquiera. Y más rabia todavía que él lo hubiera dado por hecho.

—¿Cree que me he tirado delante de su coche para sacarle dinero?

—Creo que no serías la primera.

—Pues guárdese la cartera. Yo no estoy en venta, y mis rodillas tampoco.

Entonces sí que me miró a la cara. Supongo que no estaba acostumbrado a que le devolvieran la cartera sin abrirla.

Separó los labios para contestar, pero no le dio tiempo.

Para entonces se había formado un corrillo en la acera.

Los coches de detrás nos esquivaban a bocinazos, y una señora con un perro pequeño gritaba que había llamado a la policía. Tomás se abrió paso hasta mí.

—Eva —me avisó en voz baja—, los municipales. Están en la esquina.