Atropéllame otra vez
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Capítulo 1
Rojo
Hay gente que nace con un plan bajo el brazo.
Yo nací con un cubo, aunque tardé veintinueve años en tenerlo en la mano.
Lo compré en un bazar de mi barrio a finales de agosto, junto con una rasqueta de goma y un bote de jabón que se gastó antes de lo previsto, porque el carrito de flores había dejado de bastarnos.
Dejé el instituto a los dieciséis y desde entonces he trabajado en lo que ha salido.
Muchas cosas las he aprendido a base de equivocarme.
Sé calcular de cabeza el cambio de un billete de cincuenta mientras regateo con una señora que quiere tres rosas por el precio de dos.
También sé cuánto tarda en ponerse verde el semáforo de Príncipe de Vergara con Juan Bravo, que es lo que ahora me da de comer.
Vivo en Usera con mi madre, en un segundo piso sin ascensor.
Desde el invierno pasado solo sale para las citas médicas imprescindibles, y cada salida es un problema: la escalera es estrecha y la silla de ruedas no gira en el último descansillo.
Para bajarla hace falta pasarla a una silla pequeña de evacuación y que la ayuden dos personas.
Se llama Carmen y tiene esclerosis múltiple.
Se lo diagnosticaron cuando yo tenía veinte años, después de una temporada en la que se le dormían las manos sin motivo y se le escurrían los platos al fregar.
Por aquel entonces limpiaba casas de sol a sol, de modo que cualquiera habría echado la culpa al cansancio.
Una neuróloga del Doce de Octubre nos lo explicó con mucha paciencia, con unos dibujos de neuronas que mi madre se guardó en el bolso.
Yo salí de aquella consulta sin saber cómo íbamos a arreglárnoslas.
Mi madre se empeñó en decir que seguiríamos como siempre. Durante un tiempo lo intentamos.
Mi padre no estaba allí para verlo. Se llama Ramón, aunque en casa nadie pronuncia su nombre desde que se marchó.
Yo tenía once años. Un domingo de septiembre bajó a por tabaco, que es lo que cuentan todos los chistes, con la diferencia de que el suyo no tuvo ninguna gracia.
Se llevó el coche y los ahorros de la cartilla.
También se llevó una maleta que tenía preparada de antes, porque mi madre encontró después el hueco en el altillo, limpio de polvo, y comprendió que aquello no había sido un arrebato.
Nunca llamó. Al principio yo lo esperaba cada tarde junto al teléfono del pasillo.
A los trece años dejé de esperarlo. Todavía me enfado cuando pienso en él, aunque ya no sea como antes.
No le guardo rencor por habernos dejado sin dinero.
Se lo guardo porque mi madre tuvo que reírse por las dos durante mucho tiempo, hasta que consiguió enseñarme a hacerlo a mí.
El carrito de flores me lo dejó la señora Remedios, una vecina del portal de enfrente que lo tuvo media vida a la puerta del Doce de Octubre.
Cuando se le hincharon las rodillas me lo vendió por cuatro perras, con su toldo de rayas verdes y una lista de proveedores escrita a lápiz que todavía conservo.
Me enseñó lo que no viene en ningún libro.
Los claveles aguantan más que las rosas, por ejemplo, y quien va a visitar a un enfermo compra con prisa y no regatea.
Durante años, el carrito nos dio para vivir.
Luego mi madre empeoró. Los medicamentos más caros los dispensa el hospital, pero hay otros que no entran, además de unas cremas que cuestan un riñón.
También está la fisioterapeuta que viene a casa dos veces por semana, porque la de la Seguridad Social tiene lista de espera hasta el año que viene.
En febrero se rompió la caldera, y en junio tuvimos que cambiar el cojín de la silla porque a mi madre le salían rozaduras.
Así se abrió el agujero de deudas, que desde entonces no ha dejado de crecer.
El piso es de alquiler. El dueño, don Anselmo, es un señor de bigote recortado que cobra en mano a primeros de mes y no se fía de las transferencias.
Llevamos tres meses sin pagarle. La semana pasada metió por debajo de la puerta una carta con membrete de abogado.
No pasé del segundo párrafo, que fue suficiente para encontrar la palabra desahucio, y la guardé en el cajón de los cubiertos, donde mi madre ya no llega.
Sé que hice mal. Sé también que, si ella la lee, se pasará la noche en vela con unas cuentas que no salen, y para eso ya estoy yo.
Hice números en el dorso de un recibo de la luz.
Con el carrito sacaba lo justo para la compra y la farmacia, de manera que el alquiler se quedaba fuera mes tras mes.
Necesitaba algo que pudiera hacer por las mañanas, antes de montar el puesto, sin dejar sola a mi madre más de lo imprescindible.
Los limpiacristales de los semáforos siempre me habían parecido gente desesperada, hasta que me tocó serlo a mí y descubrí que hace falta más valor del que parece.
Elegí un cruce del barrio de Salamanca porque allí los coches son caros, y supuse que las propinas también lo serían.
Acerté a medias. Hay conductores que suben la ventanilla antes de que llegues.
Otros ponen en marcha el limpiaparabrisas para dejarte claro que no te han pedido nada.
Algunos días me llevaba a casa veinte euros, y otros apenas una mirada de asco con una moneda de cincuenta céntimos que alguien me tiraba al cubo.
Aquella mañana me levanté antes de que amaneciera. Mi madre ya estaba despierta. Duerme poco desde que empezó con los espasmos en las piernas, aunque ella sostiene que es porque dormir le aburre.
—¿Hoy también toca sacarle brillo a los ricos? —me preguntó en cuanto asomé por la puerta de su cuarto.
—Hoy le saco brillo a un Ferrari, si se deja.
—Ten cuidado, no te lleve en el capó y te veamos en el telediario.
—Si salgo en el telediario, que sea por algo bonito.
—Hija, en el telediario nunca sale nada bonito —replicó—. Por eso lo pongo, para sentirme afortunada.
Le acerqué la silla a la cama y la ayudé a pasar con la maniobra que nos enseñó la fisioterapeuta, que consiste en abrazarse fuerte y confiar en que la otra no te deje caer.
Mi madre pesa poco, cada vez menos, y eso me preocupa más que cualquier carta de abogado.
Mientras le recogía el pelo en una coleta, me buscó los ojos en el espejo del armario.
—¿Ha vuelto a subir don Anselmo?
—No.
—Ayer oí a alguien arrastrar los pies en el rellano, y la del tercero arrastra las zapatillas de otra manera.
—Sería el cartero.
—El cartero no sube, Eva. Deja las cartas en el buzón —me recordó—. Las que llegan hasta la puerta las trae alguien que quiere asegurarse de que las leemos.
No contesté. Le puse la goma con más cuidado del necesario, y ella me dio unas palmaditas con la mano izquierda, que ya no le cierra del todo.
—Si alguna vez me escondes algo gordo —dijo—, procura esconderlo bien. Así no me entero y dormimos las dos.
Me dio vergüenza que supiera que le mentía y aun así me dejara seguir.
Yo llevaba meses convencida de que la protegía.
Le dejé el desayuno en la bandeja, con las pastillas de la mañana en el pastillero de los días de la semana.
Luisa, la vecina del primero, sube a media mañana a ver cómo está, y yo vuelvo a la hora de comer antes de irme con el carrito al hospital.
Llevamos un mes y medio con este arreglo, y no sé cuánto más aguantaremos.
Cogí el metro con el cubo entre los pies y la rasqueta guardada en la mochila, para que no me miraran raro.
Me miraron raro igual. Cuando llegué al cruce, Tomás ya estaba en su esquina con las cajas de pañuelos de papel.
Es un sesentón de Vallecas que se quedó en la calle cuando cerró la imprenta donde trabajó media vida, y lleva tres años en ese semáforo.
Fue él quien me explicó las normas del sitio.
La más importante es que, cuando aparece un coche patrulla, hay que esfumarse, porque la ordenanza municipal prohíbe limpiar cristales en la calzada y las multas no perdonan.
La segunda es que a los taxistas no se les molesta nunca.
—Hoy viene tu amigo —me saludó.
—No es mi amigo. Es un señor que me dio una ducha gratis el jueves.
—Te la dio el coche, que no es lo mismo. Igual ni te vio.
—Me vio —repuse—. Le vi los ojos, Tomás. Me miró de arriba abajo antes de hacerlo.
El coche había aparecido el primer lunes de octubre.
Era un deportivo gris oscuro, casi negro, con el morro largo y los cristales laterales tintados.
No llevaba ninguna marca que yo conociera, solo un escudo plateado sobre el capó con una letra que no supe descifrar.
Paraba cada mañana en el carril de la izquierda, a la misma hora, justo cuando la farmacia de la esquina subía la persiana.
Yo no entiendo de coches, pero entiendo de dinero, y aquel trasto costaba más que el edificio entero donde vivo.
Me picó la curiosidad. Quería ver qué clase de persona conducía algo así a la hora en que la gente normal va al trabajo en metro.
Con suerte, alguna propina buena me arreglaría la semana.