Arrogant CEO (Los CEO de Manhattan nº 7) 17. Charlie
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17. Charlie

La cama es lo bastante grande para una familia con niños pequeños.

Estoy tumbada en ella como un erizo en una autopista. Pequeña. Fuera de lugar. Amenazada por cojines por todas partes. Hay más cojines que personas en esta suite. He dejado de contarlos. Contar se parece demasiado a pensar.

Su pregunta sigue flotando en el aire. ¿Qué somos? No la he contestado. Me la he llevado hasta la puerta corredera y la he dejado allí. Junto a él. Junto al sofá.

Por debajo de la puerta se cuela una rendija de luz. Una estrecha franja del salón. Al otro lado se mueve una sombra. En el sofá hay un multimillonario que se ha tumbado allí por voluntad propia. No ha negociado. No ha discutido. Ha cedido el mejor sitio para dormir de la suite como si nada.

Protector o propietario. Cuando me hizo la oferta, era un propietario. Esta noche es otra cosa. No termino el pensamiento. A los pensamientos de esa clase es mejor no darles cuerda antes de dormir.

De todos modos, el contrato ya sabe la respuesta. Se cumple la cláusula de los dormitorios separados. Enhorabuena a todas las partes implicadas. Mi cuerpo oye la cláusula y bosteza.

Me doy la vuelta. La sábana cruje como si quisiera opinar. Fuera, la sombra se agita. Pasea de un lado a otro. El hombre que toma decisiones sobre millones da vueltas alrededor de un sofá.

Duérmete, Charlotte.

Mi cabeza, en cambio, vuelve a repasar el día.

El taller. El hombre junto a la ventana, que escucha la madera como un médico ausculta unos pulmones.

La risa de Hoshino. La madera de zelkova.

«Su esposa hace las preguntas adecuadas, señor Williams», ha dicho Hoshino mientras Chris permanecía sentado en silencio a su lado.

Chris es bueno en lo que hace y ha acertado al traerme para que le ayude.

La rendija de luz sigue ahí. La sombra también. Mi corazón se niega a quedarse quieto.

Me rindo.

Fuera edredón. Pies al suelo de madera. Cálido y auténtico, este suelo. El diapasón está en la mesilla de noche. Me lo llevo sin pensarlo. Para mí es un gesto tan normal como para otros coger el móvil.

La puerta corredera se abre sin hacer ruido. En Japón todo se desliza en silencio para no molestar a nadie.

Chris está junto a la ventana. Camisa. Mangas remangadas. La ciudad a sus pies parece un vaso de purpurina volcado. Tiene el portátil cerrado sobre la mesa. Que no esté trabajando es una novedad.

—No duermes —dice sin volverse.

—Tú tampoco.

—Yo tengo una excusa. El acuerdo.

—Yo también. La cama. —Me acerco a la ventana y me pongo a su lado. No lo miro a él, sino la ciudad con él.

—El sofá es más cómodo de lo que parece.

—Entonces nos cambiamos.

—No.

—Chris.

—Charlotte. —Imita mi tono. Mal. Suena como si un ordenador hubiera encargado unos sentimientos y le hubieran enviado el modelo equivocado. Me echo a reír. Se me escapa sin más, en plena noche, en mitad de la suite.

—Duermo mal en camas ajenas —digo—. Desde siempre. En las excursiones del colegio me quedaba despierta como un perro guardián. Las habitaciones desconocidas hacen ruido. Aunque estén en silencio.

—¿Y dónde duermes bien?

—En casa. En mi viejo colchón. En mi casita, con el teclado debajo de la ventana. —Me oigo hablar y me detengo. Demasiada sinceridad para estas horas.

Va a la barra. Coge dos vasos para agua. Entonces vacila y vuelve a guardarlos. Luego abre un armario y encuentra un hervidor y unas bolsitas de té. Té verde. Claro, el hotel sabe dónde estamos.

—Después de la ceremonia del té de hoy, nos hemos ganado una taza en condiciones —dice—. Setenta por ciento de respeto.

—Has estado atento.

—Siempre estoy atento. Pero normalmente soy yo quien pone las reglas. Aquí no estoy acostumbrado.

El hervidor zumba. Mi cerebro quiere identificar la nota. Ahora no, cerebro.

Sirve el té. Mi taza primero. Hasta las tres cuartas partes. Vigila el nivel como si fuera una cuenta de resultados. Luego llena la suya. Ha aprendido a repartir el té según las normas japonesas.

—Perfecto —digo.

—Hoy he recibido una buena indicación.

—Solo he asentido.

—Con eso me ha bastado.

Bebemos. El silencio se sienta con nosotros como una tercera persona que no quiere nada. No pesa. Casi reconforta. Casi, Charlotte.

—Hoy, en el taller… —Deja la taza—. Has puesto el diapasón sobre la mesa como si fuera un documento de identidad.

—Es mi documento de identidad.

—Y en el avión. Durante el despegue. Tenías la mano en el bolsillo de la chaqueta. —Me mira—. También en el ático, cuando te hice la oferta. No sacaste el pulgar del bolsillo en ningún momento. Al principio pensé que era el móvil. Pero no llevabas ninguno.

Me quedo mirándolo. El hombre ha recitado mi vida a partir de un expediente y, al mismo tiempo, se ha fijado en el bolsillo de mi chaqueta. Da miedo. Es halagador. Es inquietantemente halagador.

—¿Me lo enseñas a mí también?

Miro mi mano. Ya lo tengo en ella. Lo he tenido todo este tiempo. Supongo que eso responde a su pregunta mejor que cualquier frase. Lo apoyo en la palma y se la tiendo.

Lo coge con cuidado, como si fuera algo frágil. Él, que hace malabarismos con millones, sostiene un diapasón como si fuera un huevo. Y noto sus dedos, cálidos y suaves.

—El tono de referencia —digo—. Cuatrocientos cuarenta hercios. Es el que has oído hoy.

—Has dicho que nunca miente.

—Cuando todo está desafinado, esa es la nota que suena bien.

Las orquestas la toman como referencia. Los instrumentos se afinan a partir de ella.

Después, todo suena en armonía. —Hago girar la taza entre las manos—.

Hago sonar el diapasón. Escucho hasta que la nota se desvanece. Entonces respiro. Y vuelvo a ser yo.

—¿Y si lo pierdes?

La pregunta sale deprisa. Demasiado deprisa para ser simple cortesía. Va en serio.

—Entonces recuerdo cómo suena.

Asiente. Despacio. Me devuelve el diapasón y nuestros dedos vuelven a rozarse. Apenas un instante. No es una descarga eléctrica. Más bien una oleada de calor. Los dos fingimos que, de repente, las hojas de té son interesantísimas.

Entonces está más cerca. No sé quién se ha movido.

Probablemente los dos. Probablemente ninguno.

El aroma a pachulí flota entre nosotros, cálido después de todo el día.

Levanta la mano. Despacio. Hacia mi cara.

Tengo un mechón sobre la frente. Quizá quiere apartármelo.

Quizá yo quiero que lo haga. No me aparto.

Se me acelera el pulso mientras mi mente llama al orden a las cláusulas. A todas a la vez.

Mi móvil vibra en la barra.

Nos separamos de golpe. Otra vez. Demasiado rápido. Demasiado sincronizados. Esta conexión tiene un talento especial para las retiradas.

—Joder —digo. Qué fina, señora Williams.

En la pantalla: Sarah. Un mensaje. Luego otro. Probablemente no se ha acordado de la diferencia horaria.

—Es Sarah —digo—. En Nueva York ahora es mediodía.

—Pues contesta a los mensajes o llámala.

—Es plena noche.

—Y estás aquí, despierta a mi lado, en el salón. —Se le mueve una comisura—. En mi salón alquilado temporalmente. Habla con ella. Yo intentaré dormir.

Hace ademán de ir hacia el sofá. Se detiene. Al final va. Para ser un hombre que marca el rumbo, anda bastante perdido.

Me llevo el móvil al dormitorio y cierro la puerta corredera a mi espalda. La rendija de luz desaparece. El pachulí se queda. Ahora vive en mi jersey.

Llamo a Sarah. Suena una vez.

—Estás despierta —exclama Sarah—. Lo sabía. ¿Es el desfase horario o mi hermano?

—Las dos cosas. El desfase horario es más inofensivo.

—Cuéntamelo todo. Estoy en mi pausa para comer y estoy preparada.

Le hablo del taller. De la madera. De Hoshino, que ha hablado más conmigo que con Chris. Y entonces se me escapa:

—Hoy Chris ha servido el té. Primero mal. Luego bien, porque le he hecho una seña con la cabeza. Hemos funcionado como un equipo perfectamente compenetrado, Sarah. Sin palabras.

Silencio. Luego, el sonido de alguien mascando chicle. Mascando chicle pensativamente.

—Hablas de él como si fuera una persona.

—Es una persona.

—Hace dos semanas era un gilipollas rico y pagado de sí mismo.

—Sigue siendo rico.

—Charlie.

—¿Qué?

—Tu voz está haciendo eso.

—¿El qué?

—Eso que hace siempre que hablas de tu melodía. Ese zumbido cálido.

—Es plena noche. Tengo la voz cansada.

—Tu voz no miente. Eso lo ha aprendido de ti.

Miro por la ventana del dormitorio. La ciudad parpadea. Mi reflejo en el cristal también. Sonríe. Sin mi permiso.

—Está durmiendo en el sofá —digo—. Por voluntad propia. Ese hombre negocia acuerdos millonarios y cede la cama sin pedir nada a cambio.

—Y tú no te enteras de nada.

—Me entero de todo. Ese es precisamente el problema.

—¿Te acuerdas de lo que te dije? —Su voz se suaviza. Eso es más peligroso que si gritara.

—Me has dicho muchas cosas. Hablas más que yo.

—Rompe corazones como quien rescinde contratos, Charlie. Sin ensuciarse y con un abogado.

—Lo sé.

—Y aun así estás ahí, con tu zumbido cálido.

Abro la boca. La cierro. Eso también es una respuesta.

—No sé qué es esto —digo por fin. Es la única respuesta que puedo darle. Es sincera.

Mastica el chicle más despacio.

—Entonces cuídate. Y, si al final surge algo entre vosotros, recuerda que es mi hermano. Tengo que aguantarlo para siempre. Así que, por favor, o la liáis bien liada o no la liéis. No soporto las medias tintas.

Me río. Casi parece un sollozo. Ya demandaré a mi risa más tarde.

—Dile que me conteste —dice. Con indiferencia. Demasiada indiferencia—. Le escribí hace días. No me ha respondido.

—Se lo diré.

—Gracias. Y ahora duerme. Suenas como si estuvieras a punto de componer una melodía contra la almohada.

Terminamos la llamada y la habitación vuelve a quedarse en silencio. Demasiado silencio.

Cuando regreso al salón, Chris está sentado en el sofá. Tiene el portátil sobre las rodillas. Finge que ha estado trabajando.

—¿Todo bien? —pregunta.

—Sarah te escribió hace unos días. Está esperando una respuesta.

Aprieta la mandíbula. Intenta disimularlo.

—Lo haré más tarde.

—Te ha invitado durante años a su cumpleaños, Chris. Y quien aparecía era una asistente con un regalo.

—Los regalos estaban bien escogidos.

—Por una asistente.

—Yo aprobaba la lista.

—Tú decides y das tu aprobación. Pero eso no le sirve a tu hermana. Quiere un hermano. Responderle es más fácil que todo esto.

Me mira. Sus ojos son de un marrón oscuro e inescrutable. Luego asiente. Una vez. No es una promesa. Es un acuse de recibo.

—Buenas noches, Charlotte.

—Buenas noches, Christian.

Levanta la cabeza de golpe. El nombre completo. Probablemente solo lo usa su madre. Agito el diapasón a modo de despedida y cierro la puerta corredera antes de que pueda responder. Un punto para mí. No llevo la cuenta de esas cosas. Al menos, no en ninguna lista que vaya a enseñarle.

Y esta vez me duermo.

La mañana llega sin despertador. Gris, luego dorada. Durante la noche, la cama ha dejado de parecerme ajena. Traidora.

El sofá del salón está vacío. El edredón descansa encima, cuidadosamente doblado, como una prueba que han intentado hacer desaparecer. Del baño llega el ruido del agua. Huele a café. Solo. Por supuesto.

Me acerco a la ventana envuelta en el albornoz del hotel. Es blanco y mullido, y disfruto acurrucada en él mientras miro hacia fuera. La ciudad se extiende plácida a mis pies y comienza un nuevo día.

Y yo tarareo.

Me sale sin más. Como respirar. La melodía que vive en mí desde aquella noche en el club. Dos segundos de contacto visual. Un «No la conozco». Primero rabia. Luego otra cosa para la que todavía no tengo nombre.

—Esa es nueva —dice a mi espalda.

Doy un respingo. Está en el umbral. Recién duchado. Café en la mano. El pachulí atraviesa la habitación como si anunciara su llegada.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—El suficiente. —Se coloca a mi lado, frente a la ventana—. ¿Qué es?

—Una pieza en la que estoy trabajando.

—¿Para la universidad?

—Para mí.

Sigo tarareando. Más bajito. Él no dice nada. Escucha. No la reconoce. ¿Cómo iba a hacerlo? Para él, aquella noche en el club fue un viernes más. Para mí, fue el principio de todo. Y esa melodía lo demuestra.

Aun así, la melodía le afecta. Lo veo en la mano con la que aprieta la taza. En su mandíbula. En su mirada, que ya no se dirige a la calle, sino a algún lugar al que yo no puedo seguirlo.

—Tiene algo —dice por fin—. Suena indecisa. Como si ni ella misma supiera si es rabia o anhelo.

Se me hace un nudo en la garganta. Este hombre resume en una frase lo que yo llevo semanas sin conseguir aclarar.

—Quizá sea las dos cosas —digo.

—Entonces escríbela. Antes de que se te escape.

—No se va a escapar. Vive aquí. —Me doy un golpecito en la sien—. Se me ha grabado a fuego. Sin pedirme permiso.

Esa casi sonrisa. Una grieta de un milímetro en su fachada. Mi estómago vuelve a hacer de las suyas.

Entonces llaman a la puerta.

Nos miramos. Estamos demasiado cerca. Yo sigo en albornoz; él ya lleva traje. La melodía aún flota entre nosotros.

Chris abre. Un botones del hotel. Una profunda reverencia. Un sobre sobre una bandeja de plata. Para entregarnos un mensaje. No puede ser de Bodo. Bodo lo habría plastificado.

Chris coge el sobre, lo lee y me lo pasa. Una tarjeta. Escritura a mano. Tinta.

«La ciudad los espera. El coche estará listo a las nueve. Traiga el diapasón. K. H.»

—«Traiga el diapasón» —leo en voz alta—. Este hombre ha incluido mi ritual en sus planes.

—Este hombre lo incluye todo en sus planes. —Chris dobla la tarjeta—. Tenemos una hora.

—Yo necesito veinte minutos.

—Las mujeres nunca necesitáis solo veinte minutos.

—Entonces este multimillonario nunca se ha encontrado con una mujer con diapasón y presupuesto.

Esta vez la sonrisa permanece. Se instala un momento en su rostro. Sin invitación. Bienvenida sea.

En el baño cierro la puerta y me apoyo en ella. En el espejo: una mujer despeinada. Un anillo en el dedo. Un albornoz tan mullido que una no querría quitárselo jamás. La mujer sonríe de oreja a oreja.

Sonreír así está terminantemente prohibido, le digo.

Ella sigue sonriendo.

Durante el día, alguien nos enseñará la ciudad. Esta noche cenaremos en casa de Hoshino. Y en algún punto entre ambas cosas hay una melodía que nos une.

Dos segundos. Su «No la conozco». Mi principio de todo.

Debería escribirla, de verdad.

Antes de que empiece a cobrar vida propia y se convierta en algo más.