Arrogant CEO (Los CEO de Manhattan nº 7) 15. Charlie #2
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15. Charlie #2

—Otra más —digo—. Una preguntita. ¿Cuál ha sido el momento más vergonzoso que has pasado este año?

—Esta noche. Un vaso de agua y mi mujer entra en pánico armada de servilletas.

—Estaba ayudando.

—Estabas dando toquecitos.

—Los toquecitos ayudan.

—Los toquecitos son un ataque con papel.

Me río. A carcajadas. Al fondo, Bodo levanta la cabeza. Bajo la voz. Chris finge no tener nada que ver. Su mandíbula lo delata.

—¿Así te imaginabas tu boda?

Suelto otra carcajada, pero entonces me doy cuenta de que nunca lo había pensado.

—La verdad es que no lo sé. Para mí lo importante siempre ha sido la música. No había pensado en cómo sería. Pero sí sabía qué tenía que haber: un vestido blanco que el novio no pudiera ver antes de la ceremonia y luego un «sí».

—Acepto.

—Esa es mi pregunta —digo—. Lo de «acepto» en el registro civil. Explícate.

—Era correcto.

—Era el momento de decir «sí». El momento en que se dice «sí». Y respondiste como un ordenador.

—Luego lo corregí. Dije «sí».

—Al segundo intento. Con el «sí» más importante de tu vida.

—No es el «sí» más importante de mi vida.

Espero. No dice nada.

—Eso sería otra pregunta —dice.

—Todavía te queda saldo de respuestas.

—Caduca al aterrizar.

—En tu mundo, todo caduca tarde o temprano.

La frase sale más cortante de lo que pretendía. Él lo nota. Yo también. El motor llena el hueco con su tono grave y constante.

—Por cierto, han sido más preguntas que horas de vuelo —dice al fin.

—La inflación.

—La última mía. ¿Por qué cantas en bodas si lo que quieres es componer?

—Porque en las bodas pagan en efectivo. Y porque allí nadie escucha. La novia llora. Los invitados bailan. Nadie analiza a la cantante.

—He visto el vídeo.

La risa se me congela.

—¿Qué vídeo?

—A capela salva el primer baile. Cuarenta mil visualizaciones.

Estupendo. Me he hecho viral. En la universidad alguien me habló del vídeo, pero no sabía que lo hubiera visto tanta gente. En internet. En este pueblo de siete mil millones de habitantes.

—Canté para la novia —digo—. No para un móvil.

—Precisamente por eso funciona.

Lo miro. Él me devuelve la mirada. Sin guion. Solo una frase cierta.

—Eso no era una pregunta —digo.

—Era la respuesta.

Se atenúan las luces de la cabina. La auxiliar de vuelo trae mantas. Una para mí. Otra para él. Al fondo, Bodo duerme con el portátil abierto. Hasta dormido parece estar siguiendo un orden del día.

Me recuesto. El sillón es más cómodo que cualquier mueble que haya tenido nunca. Mi cuerpo se da cuenta. Mi cuerpo quiere dormir. Mi cabeza quiere seguir despierta para distinguir qué ha sido real esta noche y qué ha sido parte del juego.

Hago girar el anillo en mi dedo. Está tibio por el calor de mi piel. Casada, Charlotte. Sobre el papel. En los documentos. A once mil metros de altura, el papel no vale gran cosa.

El motor zumba. Una nota larga y grave, sostenida. Mi cerebro quiere identificarla. Más cerca del la que del do. Tal vez las dos. Ahora no, cerebro.

No te duermas. No a su lado. Hay cláusulas: nada de besos sin acuerdo previo. Dormitorios separados. ...

Después pierdo el hilo. El motor suena más bajo. O soy yo la que se apaga. La cabeza se me inclina hacia un lado. Se apoya en algo cálido. Lo cálido huele a pachulí.

Levántate, dice mi cabeza.

Mi cuerpo no le hace caso. Mi cuerpo nunca ha entendido las cláusulas.

Lo cálido no se mueve. Permanece ahí. Sin más. Y yo también.

Me despierto porque el avión se inclina.

La luz ha cambiado. Gris en lugar de negro. Amanece sobre algún océano. Me duele el cuello. Tengo la mejilla apoyada en algo que se siente como tela y calor.

Su hombro.

Me he dormido sobre su hombro. No. Dormirme se queda corto. Me he quedado ahí. Durante horas. Y él no se ha movido. Ni una sola vez.

Me incorporo. Despacio. Como si pudiera deshacerlo todo con tal de no hacer ruido.

Chris mira fijamente por la ventanilla. Como si nada. Como si allí nunca hubiera descansado una cabeza.

—Buenos días —digo. Tengo voz de sueño y de remordimiento.

—Has dormido —dice él. Sin apartar la vista de la ventanilla.

—¿Y tú?

—He resuelto unos asuntos.

Por supuesto. Con una compositora apoyada en el hombro. Seguro que, de paso, ha comprado una empresa.

—Tu chaqueta —digo—. ¿Sigue viva?

—Ha sobrevivido. Tus toquecitos no sirvieron de nada, pero fueron entusiastas.

—Me quedo con «entusiastas». Suena a algo que acaba dando frutos.

Ahora sí me mira. Tiene los ojos castaño oscuro y cara de no haber dormido. ¿Habrá pegado ojo siquiera?

—Podrías haberme apartado —digo.

—Lo necesitabas.

No dice nada más. La frase me llena el pecho de calidez. La dejo instalarse.

Al fondo se cierra un portátil. Bodo se levanta. Fresco como si lo hubieran puesto a cargar durante la noche.

—Aterrizaremos en breve —dice—. Está confirmada la recepción con Hoshino. Esta tarde. En el taller, no en el despacho. Página doce de la carpeta, señora Miller.

Página doce. Por supuesto que tiene preparadas las carpetas para refrescarnos la memoria.

Miro por la ventanilla. Abajo aparece una costa. Japón. El país por el que se supone que debo hacer de esposa.

Arriba, a once mil metros, me ha hablado de su padre. De las facturas que paga a escondidas. Yo he dormido sobre su hombro. Él no se ha movido.

El juego se llama: fingimos estar casados.

Pero, en algún lugar por encima de las nubes, uno de los dos ha dejado de fingir.

Y no sé quién.