Arrogant CEO (Los CEO de Manhattan nº 7) 15. Charlie
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15. Charlie

El jet privado huele a cuero y a dinero.

Estoy sentada en un sillón más ancho que mi cama. De color crema. Con las costuras mejor hechas que mis planes de futuro. El sillón ha costado más que un año de mis estudios. Seguramente, más que la carrera entera. Estoy sentada sobre mi préstamo. Mi préstamo es comodísimo.

El coche nos ha llevado hasta el avión. Hasta la pista.

Sin terminal. Sin colas. Sin ningún hombre que quiera inspeccionarme los zapatos.

Solo una escalerilla y un piloto que saluda a Chris con un apretón de manos.

Como a un viejo amigo. O a un buen cliente.

En el caso de Chris, la frontera parece difusa. Todo el mundo lo conoce por los medios.

He llevado yo misma mi bolso. El chófer ha querido quitármelo de las manos. Yo lo he agarrado con más fuerza. Cuando se tiene poco, no se suelta lo que es de una. El diapasón está en el bolsillo de mi chaqueta. En el izquierdo. Donde debe estar.

Chris está sentado a mi lado. Lleva traje, pero no la chaqueta.

Tiene las mangas remangadas. Lee unos documentos como si estuviéramos en su despacho.

Solo que su despacho tiene alas y una pista de despegue.

La chaqueta descansa sobre el respaldo del asiento contiguo.

Oscura. Hecha a medida. Parece que jamás haya conocido una arruga.

Al fondo de la cabina está Bodo. Con el portátil abierto y el móvil pegado a la oreja. Susurra. Hasta sus susurros suenan eficientes. Al subir me ha entregado una hoja. La distribución de los asientos. Plastificada. Por supuesto.

De Brad solo viaja el equipo. Él vendrá dentro de dos días. —Las maletas ya son mayorcitas —ha dicho. Así que pueden venir sin él.

Una auxiliar de vuelo trae las bebidas. Agua para mí. Café solo para él. Solo, por supuesto. Este hombre bebe café como quien bebe agua.

—Gracias —digo.

Ella sonríe como si yo fuera la primera persona a bordo que le ha dado las gracias.

Los motores empiezan a sonar más fuerte. El avión avanza por la pista. Mi estómago también se mueve.

Ya he volado antes. Dos veces. Para ir de vacaciones desde Minnesota con mamá. Aerolínea de bajo coste. Compañero de asiento con banda sonora propia. Entonces leí la tarjeta de seguridad como si fuera una carta de amor.

Aquí no hay tarjeta de seguridad. Aquí hay una auxiliar de vuelo que sabe cómo me llamo. Señora Williams. Casi me he dado la vuelta para ver a quién se refería.

El avión despega. Mi estómago se queda en tierra.

Mi mano busca el bolsillo de la chaqueta. Metal frío bajo el pulgar. El diapasón. No lo hago sonar. Solo lo sostengo. Ahora me basta con eso.

Con la otra mano me agarro al reposabrazos. Fuerte. Muy elegante, Charlotte. La mujer de un multimillonario aferrada al mobiliario.

Chris levanta la vista. Pasa de los documentos a mi mano. De mi mano a mi cara. No dice nada.

Cierra la carpeta.

—La primera vez que volé en un aparato de estos —dice—, me pasé doce horas fingiendo que trabajaba.

Lo miro.

—¿Y?

—No leí ni una palabra.

En él, la sinceridad llega por sorpresa. Como la lluvia en el desierto. Una se queda ahí, sin saber si alegrarse o buscar refugio.

—¿Tenías miedo?

—Tenía una reputación que mantener.

—¿En un avión privado?

—Nunca se sabe quién está mirando.

Me río. Se me escapa sin más.

—¿Te pasaste doce horas actuando para un público imaginario?

—No tenía nada mejor que hacer.

—Ventanilla. Nubes. Tenías muchas cosas mejores que hacer.

—Las nubes son vapor de agua.

—Y tú, un rayo de esperanza.

Se le mueve una comisura. Casi una sonrisa. Mi colección aumenta.

He soltado el reposabrazos. En algún momento, a mitad de conversación. Mi estómago ha vuelto a su sitio. Este hombre me ha distraído. ¿A propósito? Con él nunca se sabe qué es deliberado. Probablemente todo.

El vuelo se estabiliza. Abajo solo hay oscuridad. Entre medias, nubes como una alfombra mal extendida. Chris vuelve a sus papeles. Subo las piernas al sillón. La señora Williams se pone cómoda. La señora Williams no tiene ni idea de si eso está permitido.

Entonces el avión se sacude de arriba abajo.

Un buen meneo. El piloto dice algo por los altavoces. Turbulencias. La palabra suena a disculpa. Como si un conductor de autobús se disculpara por el mal estado de la carretera. Pero supongo que en los jets privados se estila. Sobre mi cabeza se ilumina la señal del cinturón.

Mi vaso de agua da un brinco. Su taza también. El agua cruza la mesa y va a parar justo a su chaqueta hecha a medida.

Me levanto antes de pensar. Cojo las servilletas de la mesa.

El montón entero. Seco la chaqueta a toquecitos.

Es oscura. Apenas se nota nada. Pero sigo dándole como una loca.

La auxiliar de vuelo mira preocupada la señal del cinturón.

Las normas de seguridad no se aplican a las emergencias con chaquetas.

—Solo es agua —dice Chris.

—La chaqueta está hecha a medida. Eso hace que el agua salga más cara.

—No funciona así.

—En tu caso, todo parece muy fácil.

De pronto me doy cuenta de la postura en la que estoy.

Inclinada sobre él, sobre su regazo. Y entonces lo huelo.

Pachulí. Cálido, cercano y demasiado agradable para estar a once mil metros de altura.

Su aliento me roza el cuello. Otra vez se me ha subido el pulso a la garganta. Mi cabeza lo declara fuera de control.

Mi mano se detiene en mitad de un toquecito.

La suya descansa sobre el reposabrazos. Junto a mi rodilla. Ninguno de los dos se mueve.

Al fondo, alguien se aclara la garganta.

Bodo.

Nos separamos de golpe. Demasiado rápido. Demasiado a la vez. Como dos adolescentes a los que acaban de pillar robando galletas. Caigo en mi asiento. Todavía tengo una servilleta pegada a la mano. La dejo ahí. Ya destruiré las pruebas más tarde.

Chris se alisa la chaqueta. Una vez. Como si así pudiera planchar también lo que acaba de pasar.

Silencio. El motor zumba. Bodo teclea. Mi pulso toca la batería.

Tengo que decir algo. Lo que sea. Antes de que mi cara haga más ruido que mi pulso.

—Una respuesta sincera por cada hora de vuelo —digo—. Obligatoria.

—No.

—Ni siquiera me has escuchado.

—Me basta con el título. La sinceridad por encargo es un riesgo legal.

—Estamos sobre aguas internacionales. Aquí rige la ley de los cielos. La sinceridad no está penada.

—Eso es un disparate jurídico.

—Los disparates bonitos son mi especialidad. Bueno, ¿qué querías ser de pequeño?

—He dicho que no.

—Esa era la prueba. Ahora viene la pregunta de verdad. ¿Qué querías ser de pequeño?

Me mira. Luego mira por la ventanilla. Espero. Esperar no es uno de mis fuertes. Me he hecho una lista. Punto uno: esperar. El punto dos es secreto.

—Brad y yo grabábamos vídeos —dice—. En nuestra habitación. Con una cámara más vieja que nosotros.

—Sarah me lo contó una vez. Pasabais horas grabando juguetes.

—Sarah cuenta demasiadas cosas.

—Sarah cuenta demasiado pocas. Por eso te pregunto.

—Queríamos hacer películas. Películas de verdad. De principio a fin. —Da media vuelta al vaso de café—. Brad ya se ocupaba de la cámara por entonces. Y yo daba las instrucciones. Al principio se trataba de dejar constancia de las cosas. Para mi padre. De todo lo que se perdía.

La frase queda suspendida entre nosotros. Pesa. Una tarea que suena a infancia demasiado madura.

—Se fue —dice Chris—. Yo tenía siete años. Después, la cámara fue la única que vio mi infancia. Empezó como un juego y enseguida tuve claro que iba a dedicarme a eso.

No sé qué se contesta a eso. Probablemente nada. Probablemente por eso me lo cuenta por encima de las nubes.

—Por cierto, ahora estás jugando —digo en voz baja.

—Estoy matando el tiempo hasta que aterricemos.

—Bienvenido al juego.

Aprieta la mandíbula de esa manera suya. Esa que parece indicar que está conteniendo la risa y que luego despedirá a alguien para compensarlo.

—Mi pregunta —dice.

—No has aceptado jugar. Has perdido el derecho a preguntar.

—Consulta a la directora del juego. ¿Por qué música de cine?

Sonrío de oreja a oreja. Está jugando. Está jugando y no lo reconoce. Un avance.

—Porque al componer música de cine puedes crear emociones sin necesidad de sentirlas tú.

Eso ha sido más sincero de lo previsto. Tomo nota. Revisar las reglas del juego.

—¿Y por qué el préstamo? —pregunta—. Tu madre podría haber...

—Mi madre lleva veinte años trabajando en una cafetería.

Hizo horas extras para comprarme el teclado.

Para que pudiera perseguir mi sueño. —Hago girar mi vaso de agua.

Está vacío. Como mis excusas—. Cree que estudio y trabajo unas horas de camarera.

Nunca debe enterarse de lo grande que es el agujero.

—El agujero tiene una cifra.

—Está en tu carpeta. Lo sé.

—En la carpeta figura la cantidad. No el motivo.

Lo miro. Habla en serio. Quiere saber el motivo. No la cifra.

—El motivo es el orgullo —digo—. El mío. Ella lo vendería todo. La casa. Trabajaría más y dormiría menos. No pienso permitírselo. Quiero salir adelante sola.

—La estás protegiendo.

—Alguien tiene que hacerlo. Es tradición familiar. Ella ya me ha protegido bastante tiempo. Ahora me toca a mí.

Asiente. Despacio. Como si acabara de introducir un código que encaja con él.

—Mi pregunta —digo—. ¿Qué haces con todo ese dinero? De verdad. No me refiero a las inversiones. A lo demás.

Vacila. En él, vacilar es insólito. ¿No lo sabe o no quiere decirlo?

—Pago facturas.

—¿Las tuyas?

—Las de la empresa y las de mi madre. Lo hago a escondidas. Yo también la protejo y asumo el papel de mi padre.

Ahí está. Estamos sentados en un avión que parece indicar que en este mundo no hay nada por lo que preocuparse. Pero, por mucho dinero que tenga una persona, hay cosas que no cambian. Proteger a nuestras madres. A cualquier precio. Con cualquier mentira.

—Mentir por amor —digo.

—Una transacción por cariño.

—Es lo mismo.

—Lo mío suena mejor.

—Lo tuyo suena más caro para mí. Contigo es lo mismo.

Casi una sonrisa. Esta vez, una entera. La archivo entre las rarezas. Junto a la sinceridad por encima de las nubes, donde no hay fronteras.