Arrogant CEO (Los CEO de Manhattan nº 7) 13. Charlie
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13. Charlie

El registro civil huele a producto de limpieza y a papel.

Estoy sentada en el retrete el día de mi boda, con un diapasón apoyado en la rodilla. Una nota. Apenas audible bajo el zumbido de los fluorescentes. Se posa sobre mi pulso como una mano. Una respiración. Dos. Tres.

El espejo sobre el lavabo tiene manchas de cal. En él hay una novia. Vestido blanco. Sencillo. Hasta las rodillas. El mío.

Lo he comprado yo. Chris quería mandarme a la estilista. Me negué. Ni siquiera para una actuación me pongo un vestido que él ya haya visto. Mi lógica hace aguas por ahí. Un vestido no cambia nada del contrato. Pero es mío.

Es solo un trámite, Charlotte. Como un turno en el Marlow's. Vestirte. Sonreír. Aguantar.

Solo que en el Marlow's nunca me han puesto un anillo.

Hace tres días que hablé con mamá por teléfono. Y aún lo llevo metido en los huesos. No estaba enfadada conmigo. Quizá habría sido mejor que lo estuviera.

—¿Por qué tan deprisa, cariño?

—Simplemente ha surgido así.

—¿Por qué me entero por internet?

—Quería contártelo. Es que el momento oportuno estaba ocupado en otra cosa.

—¿Por qué sin mí?

Porque me mirarías y sabrías al instante que algo no va bien. Porque las madres se dan cuenta de más cosas de las que creen los hijos. Su madre dijo exactamente eso. Por lo visto, pasa en todo el mundo.

—Es solo la parte oficial —le dije—. La celebración de verdad será más adelante. Contigo.

Silencio al otro lado. De fondo, el ruido del desayuno. Después:

—Espero que merezca la pena, Charlotte.

Colgué y me quedé un buen rato mirando la pantalla apagada.

Mi mentira sobre el amor. Practicar no la hace más fácil.

Alguien sacude la puerta del retrete.

—Si ahí dentro te entran dudas, avisa. —La voz de Sarah—. He traído zapatillas. Huimos por la ventana. Está atascada, pero no me falta motivación.

—Solo estoy intentando tranquilizarme.

—Te escondes en el baño para no ir a tu propia boda.

—Es un baño muy espacioso.

—Sal de ahí, novia. Tu prometido ya está tasando el mobiliario. Seguramente ahora mismo le está haciendo una oferta por el edificio.

Abro la puerta. Sarah está ahí, con el pelo trenzado y una bolsa de confeti que se agita de pura impaciencia. Me examina de arriba abajo. Deja de mascar chicle.

—Vale —dice—. Pareces una novia de verdad.

—Soy una novia de verdad. Legalmente hablando.

—Sabes a qué me refiero.

Me abraza. Fuerte. Sin hacer ruido con el chicle. En Sarah, ese es el grado máximo de emoción.

—¿Todo bien? —me pregunta contra el pelo.

—Todo bien.

—Has dudado.

—Es que estoy respirando mucho. Una boda muy exigente físicamente.

Se aparta y me coge del brazo.

—Pues vamos. Cásate con mi hermano para que todos podamos volver a dormir.

La sala de ceremonias es una sala de espera con aspiraciones. Sillas de plástico en filas. Luz fluorescente. Una mesa con una flor que parece tener aquí un puesto fijo. En la pared cuelga una foto enmarcada de la ciudad. Torcida.

Brad está delante, grabándola.

—Estoy captando la esencia emotiva de la sala —dice.

—Estás grabando un cuadro torcido —dice Sarah.

—Una metáfora.

—Necesitas aficiones.

—Tengo aficiones. Grabo metáforas.

Bodo está en la entrada junto a un fotógrafo. Su traje cuesta más que toda la sala. Cuando me ve, su mirada hace un recorrido. Zapatos. Vestido. Pelo. En ese orden.

—Señorita Miller. Justo a tiempo. Cinco minutos antes de empezar.

—He practicado. Durante veintidós años.

—El fotógrafo está aquí para dar credibilidad —dice—. Las fotos de una boda civil parecen auténticas. A internet le encanta la autenticidad.

—A internet le encantan la sangre y la desgracia ajena.

—Ambas cosas se pueden planificar.

Se aleja hacia el pasillo. Eficiencia pura. Este registro no se lo merece.

Entonces entra Chris.

Traje. Oscuro. Sin séquito. Solo él y ese olor. El pachulí cruza la sala como si anunciara su llegada. Mi cuerpo acusa recibo al instante. Mi cabeza lo remite a las cláusulas. Mi cuerpo pregunta qué cláusulas.

Su mirada me encuentra y se detiene. Algo en su rostro se sale un milímetro de la fachada.

—Vas de blanco —dice.

—La gente se casa de blanco. Esa es la idea.

—El vestido es nuevo.

—Bien observado. Por algo eres el jefe.

Una contracción junto a su boca. Casi una sonrisa. La archivo en «grietas en la fachada». La colección crece.

Entra la encargada del registro. Unos cincuenta y tantos años. Gafas. Una voz como un archivador perfectamente ordenado. Se coloca detrás de la mesa de la flor funcionaria.

—Christian Williams. Charlotte Miller. Desean contraer matrimonio.

—Ese es el plan —dice Chris.

—Estupendo. Vamos a darle validez legal al plan.

Nos ponemos frente a ella. Sarah y Brad ocupan sus puestos de testigos a nuestro lado. Juntos. Hombro con hombro. La sala está medio vacía. Podrían haber dejado un metro entre ellos. No lo hacen.

—Romántico como una inspección de Hacienda —susurra Brad.

Sarah se traga una risa. Se le nota que se odia por ello.

—Por cierto, no voy a grabar el certificado —susurra Brad—. Voy a grabaros las caras. El certificado es aburrido.

—Chist —hace la encargada con amabilidad.

Todos se callan. Hasta el chicle.

Ella lee. Palabras sobre el matrimonio, la responsabilidad y los caminos compartidos. Palabras bonitas. Se merecían una sala mejor. Y una pareja de verdad.

—Christian Williams, ¿quiere tomar por esposa a Charlotte Miller, aquí presente?

—Aceptado.

Silencio. Brad baja la cámara. Sarah mira fijamente a su hermano. La encargada nos observa por encima de las gafas.

Le doy un codazo a Chris.

—No se dice «aceptado». Se dice «sí».

—«Aceptado» es más eficiente.

—Te estás casando. No estás en una reunión del consejo.

—La eficiencia es una virtud.

—Chris.

Me mira. Sus ojos, de un marrón oscuro, no siguen ningún guion. Entonces se ríe. Brevemente. De verdad. Por primera vez hoy.

—Sí —dice—. Sí, quiero.

Suena poco ensayado. En él, todo suele sonar ensayado. Esa palabra, no. Suena como si acabara de inventarla.

Mi corazón hace algo irresponsable. Intento remitirlo a mi cerebro. Mi cerebro está cerrado por vacaciones.

—Charlotte Miller, ¿quiere tomar por esposo a Christian Williams, aquí presente?

La sala se queda muy quieta. Hasta los fluorescentes contienen la respiración.

Para ser solo un diez por ciento, resultas muy convincente, Charlotte.

—Sí —digo.

Mi voz suena sincera. Demasiado sincera. Debería haber ensayado antes. No habría servido de nada.

—Los anillos.

Brad nos entrega el estuche. Chris coge el anillo sencillo. Mi anillo. Sin piedra. Sin el precio de un coche pequeño. Parece una buena decisión.

Sus dedos están calientes. Los míos, helados. Me desliza el oro por el dedo y después me sostiene la mano demasiado tiempo. El anillo me queda perfecto. También me quedaba perfecto cuando me lo probé y cuando anunciamos el compromiso. Pero hoy es distinto. Parece real, demasiado real.

Luego me toca a mí. Su anillo. Mis dedos temblorosos. Mantiene la mano quieta y observa cómo el metal se desliza por su dedo.

Los dos nos quedamos mirando nuestras manos.

El oro brilla bajo los fluorescentes como si tuviera opinión propia. El vínculo queda sellado, lo digamos en serio o no.

—Precioso —dice la encargada—. Ya puede besar a la novia.

La frase queda suspendida en la sala como una tercera persona.

La cláusula está a su lado. Nada de besos sin acuerdo previo. Apartado uno. Firmado por los dos. Muy adulto. Muy estúpido.

El fotógrafo levanta la cámara. Sarah contiene el aliento. Brad graba. Hasta la encargada sonríe expectante. Lo ve diez veces al día. Aun así, no aparta la mirada.

Chris lo resuelve.

Se inclina hacia mí. Me pone la mano en la mejilla. Pienso: va a besarme. Todo mi cuerpo se declara listo. Mi cabeza pide auxilio.

Entonces me besa en la frente.

Despacio. Deliberadamente. Sus labios se quedan más tiempo del necesario. Pachulí. Calor. Un beso que no incumple ninguna cláusula y, aun así, se salta todas las normas. Ha encontrado el resquicio del contrato. Y ahora vive en él.

Un destello. El fotógrafo dispara como una ametralladora.

Me quedo ahí, sintiendo el lugar de mi frente donde me ha besado como una huella dactilar. Ardiente. Intenso. Por lo visto, a mi cuerpo nunca le llegó la cláusula. Está en el mismo cajón que mis buenos propósitos. En ninguna parte.

—Tengo el beso —dice Brad detrás de la cámara—. Parecéis una familia. Con esto haremos algo bonito.

Chris le lanza una mirada. La mirada dice: una palabra más.

—Enseguida, jefe —le dice Brad a su cámara.

La encargada nos acerca el certificado. Firmas. Su nombre junto al mío. Negro sobre blanco. Otra vez papel. Cuando algo va en serio entre nosotros, siempre hay papeles de por medio.

—Enhorabuena —dice—. Ya están casados.

Sarah vitorea demasiado alto para estar en un organismo público. Bodo teclea en el móvil. Seguramente el comunicado oficial. Eficiente incluso a la hora de casarnos.

—Y ahora —dice Sarah— viene lo mejor.

Fuera es noviembre y el cielo está gris. Sarah esparce confeti en la acera. Nos llueven papelitos de colores. Los transeúntes se detienen. Alguien reconoce a Chris. Los móviles se alzan.

—El confeti después de la ceremonia es obligatorio —dice Sarah mientras vacía una ración extra sobre la cámara de Brad—. Lo dice la ley.

—Mi objetivo está de fiesta —dice Brad.

—De nada.

La mano de Chris se posa en mi espalda. Para la prensa, me digo. Para las fotos. Pero los móviles bajan y su mano sigue ahí. Sube un centímetro. Protectora. No parece una actuación.

Él también se da cuenta. Lo veo en su mandíbula. Ninguno de los dos dice nada. Somos maestros en no decir nada.

—El coche espera —dice Bodo.

—Yo la llevo a la universidad —dice Chris—. Tiene un seminario a las dos.

Conoce mi horario. Por supuesto que conoce mi horario. Mi vida está en una carpeta sobre su escritorio. Debería molestarme. Me molesta. También me provoca otra cosa. De esa otra cosa prefiero no hablar.

En el coche, Bodo va delante y finge no estar. Un genio de la invisibilidad. Avanzamos en silencio entre el tráfico. Hasta que ya no aguanto más.

—Has sorteado la cláusula.

—La he cumplido —dice Chris—. Al pie de la letra. Nada de besos sin acuerdo previo. No ha habido ningún beso.

—Ha habido un beso.

—En la frente. Una zona gris del contrato.

—Te has instalado en esa zona gris.

—Tengo buenos abogados.

—Tú mismo eres un buen abogado. Eso es preocupante.

Me mira un momento.

—Podrías haberte opuesto.

—¿Delante de la encargada? ¿Y de todos los testigos? Habría llamado la atención.

—Así que ha sido por estrategia.

—Pura estrategia.

Los dos asentimos. Muy profesionales. Dos adultos con un contrato y un beso en la frente. A mi frente no le han hablado del profesionalismo. Sigue ardiendo.

Su mirada cae sobre mi mano.

—El anillo te queda bien.

—Elegimos el adecuado.

—Te favorece. Tus manos. Cuando firmamos el contrato. —Vuelve a mirar por la ventanilla—. Me fijo en las cosas.

Mi corazón pide la palabra. Lo pongo en espera. Allí tiene muy buena compañía: mi orgullo.

A mediodía estoy sentada con Sarah en una cafetería junto a la universidad. El vestido blanco me pincha bajo el abrigo. Por lo visto, el matrimonio pincha.

El comunicado oficial salió hace una hora. «Williams se casa con una desconocida». Debajo figura mi nombre, como una nota a pie de página. Charlotte Miller. Una desconocida. Hay cosas peores. Ahora mismo no se me ocurre ninguna.

Mi móvil no deja de vibrar.

—¿Quién es ella? —escribe alguien.

—Una cazafortunas. Está claro.

—Le doy tres meses.

—Pero si ese va cada semana con una modelo distinta.

Sigo desplazándome por la pantalla. Es como el Marlow's un sábado por la noche. Todo el mundo pide. Nadie deja propina.

Sarah me arrebata el móvil. Con brío. Con la autoridad que le confiere el chicle.

—Nueva ley —dice—. No vuelves a leer nada que empiece por «Williams».

—Son noticias sobre mí.

—Son comentarios de gente cuyo mayor riesgo es usar el pulgar. —Deja el móvil boca abajo sobre la mesa—. ¿Y ahora qué, señora Williams?

El nombre me golpea como una nota fuera de tono.

—No me llames así.

—Está en el certificado. Negro sobre blanco. Yo también lo he firmado. Soy testigo oficial.

—Sarah.

—Charlie. Cuéntame, ¿qué planes hay?

—Ha hablado de Japón. Un socio. Dos semanas. Seguro que Bodo me da instrucciones.

—Dos semanas en Japón con mi hermano.

—Dos semanas de trabajo.

—Repítelo sin ponerte roja.

—No estoy roja.

—Tienes el color de una sopa de tomate y probablemente también su temperatura.

Miro mi café. Me devuelve la mirada. No me ayuda.

Bajo el borde de la mesa, una nueva noticia ilumina la pantalla del móvil. No puedo leerla. El móvil se queda donde está. La ley de Sarah está en vigor. A la mierda los comentarios. Todos. También los amables.

Mi pulgar hace girar el anillo. Una vez. Se ha calentado. Por mi piel. O por su mano. Con el oro no hay forma de saberlo.

Estupendo. Ahora ya hablo hasta con las joyas.

El anillo me responde con un destello. Traidor.