5. Chris
Las mañanas de sábado saben a menos. Menos tráfico. Menos ruido. Menos excusas.
El coche avanza por Queens y las casas menguan con cada manzana. Como si Manhattan se retirara en cuanto le doy la espalda. Mi chófer tiene el día libre. Los sábados conduzco yo. El control empieza en el volante.
He previsto veinte minutos. Saludar. Escuchar. Desaparecer. Una cita obligatoria como cualquier otra. Solo que sin contrato. Singapur espera a las diez. El entrenamiento, a las doce. Entre medias está Queens. Y una mujer que se toma mi agenda por una recomendación.
Aparco delante de una casa demasiado pequeña para todo lo que soporta. La valla lleva años perdiendo pintura. El jardín delantero está cuidado como un santuario. Mi madre está de rodillas entre los rosales arrancando malas hierbas, como si el mundo no tuviera otros problemas.
Rosas. Tenían que ser rosas.
Salgo del coche y la fragancia me golpea en plena mañana de sábado. Olor a rosas. Huelo a una mujer que no está aquí. Que no tiene nada que ver con mi vida. Y que, aun así, aparece. Maldita sea.
—Ahí está —dice ella secándose las manos en el delantal. Canas en los mechones. Tierra bajo las uñas—. La cita.
—El hijo.
—Los hijos no llaman al timbre —me abraza brevemente. Tierra sobre la cachemira. Lo permito—. Los hijos aparecen como el tiempo.
—El tiempo es impredecible.
—El tiempo no tiene excusas.
Me coge del brazo y me mete dentro. Veinte minutos. Miro el reloj. Ella ve que miro el reloj. Me agarra con más fuerza.
—Te quedas a tomar un café. —No es una pregunta. Sus preguntas son órdenes con azúcar.
La puerta de casa está abierta. Como siempre. Una invitación al mundo y una bofetada a cualquier sistema de seguridad. Llevo años diciéndoselo. Ella lleva años diciendo lo mismo. Quien entre a robar aquí lo necesita más que ella.
El salón no ha cambiado. El mismo sofá bajo una manta que no he comprado yo. Las mismas fotos en la pared. Sarah con aparato. Yo con un trofeo. Mi padre con media sonrisa. Como si ya supiera que no se iba a quedar.
Tengo siete años. La puerta se cierra de un portazo y las tazas tintinean en el aparador. El olor a tabaco se va con él. Veinte años después, llevo pachulí en la muñeca. Y nada más de él.
—Siéntate. —Se da cuenta de que miro la foto—. La miras como si te debiera dinero.
—Me debe veinte años.
—Es una foto. Un único instante. Nunca se te ha dado bien contar las cosas que no se pueden contar.
Me siento. Los muelles ceden como una mala conciencia.
Me pone un café delante. Solo. Sin azúcar. Lo sabe. Claro, sabe todo sobre mi vida, sobre cómo me he criado. Aunque mi vida haya cambiado mucho. Pero de eso no quiere saber nada.
—Pareces cansado.
—Duermo de forma eficiente.
—No se duerme de forma eficiente. Se duerme para recuperarse. —Se sienta frente a mí—. La señora Berger me preguntó ayer si sigues solo. Le he dicho que estás casado. Con un edificio de oficinas.
—El edificio es rentable. Las mujeres requieren tiempo.
—El edificio no vendrá a verte cuando seas viejo.
—El edificio estará vendido antes de que sea viejo.
Niega con la cabeza y se ríe. A su pesar. Sus mejores risas siempre son a su pesar.
—Sarah tiene a una amiga en casa. Han arrasado con media cocina y están trabajando en sus estudios.
Amiga. Vuelvo a oler a rosas, veo su cara ante mí, sus ojos. Un fantasma que merodea por mis pensamientos.
—Mejor para la nevera.
—La chica ha estado cantando en mi cocina hace un rato. Así, sin más. Mientras fregaba los platos. —Sus ojos se ablandan. Eso no me gusta—. Tu padre habría llorado.
—Mi padre lloraba con la cerveza.
—Con las buenas voces también. —Da un sorbo—. Tus vídeos lo muestran todo. Menos voces de verdad.
—Mis vídeos tienen cuarenta millones de visualizaciones.
—Las visualizaciones se pueden comprar. —Deja la taza—. Una gran voz, no.
Tocado. No sonrío. Sonreír sería una concesión.
Me escruta por encima del borde de la taza. De niño, esa mirada me hacía olvidar cualquier mentira. Sigue funcionando. Por desgracia.
—¿Y quién te da calor por las noches?
—El balance.
—El éxito no es una persona, Christian.
La frase queda suspendida en el aire como un mueble que no has pedido. Bebo. El café es fuerte. Tiene que serlo. Esta mujer infusiona la verdad en él.
—Tengo todo lo que necesito.
—Tienes todo lo que puedes comprar. —Me señala. No de forma acusadora. Peor. Con lástima—. No es la misma lista.
—En mi lista ahora mismo está Kioto.
—¿Qué es Kioto?
—Un acuerdo. Noventa millones. Un tipo que fabrica auriculares y quiere conocer a mi familia antes de firmar.
—A tu familia. —Se ríe. Luego deja de reír—. Tú no tienes familia. Nos tienes a mí y a Sarah, y una agenda.
—Gracias.
—¿Cómo es ese hombre?
—Viejo. Paciente. Construye cosas de madera con unas manos que son más viejas que mi empresa. —Pienso en la foto. Cuatro generaciones en fila—. Ha rechazado tres ofertas mejores. Dice que las otras estaban huecas.
—Entonces es listo.
—Entonces es difícil de comprar.
—No quiere que lo compren. Quiere ver una familia. Una esposa. —Su voz se vuelve neutra—. ¿Y tú qué haces? ¿Te compras una?
No digo nada. El silencio también es una respuesta. Como siempre, ella sabe leerlo.
—Christian.
—Sería un pacto. Un contrato con una duración determinada. Un accesorio.
—Sería un matrimonio.
—Un matrimonio con fecha de caducidad.
—Y esa mujer, ¿qué sabe de ti?
—Todo lo que necesita saber para el acuerdo. Hay una historia preparada.
—¿Sabe cómo te tomas el café?
—Eso no es relevante.
—En un matrimonio, eso es precisamente lo relevante. —Se echa hacia atrás—. Un hombre que huele las ofertas huecas olerá a una novia comprada a diez mil kilómetros de distancia.
—Por eso estará bien elegida.
—Pues dile la verdad. —Apoya la mano sobre la mesa—. Ve solo. Muéstrale tu cara.
—Mi cara tiene un sobrecoste.
—No. Tu máscara tiene un sobrecoste. Tu cara la vi por última vez en Navidad. Cuando creías que estaba dormida en el sofá.
Recuerdo la Navidad. Una manta. Sus piernas. Mis manos. Así que no estaba dormida. Mierda.
—No quiere ver una cara. Quiere ver unos cimientos.
—Pues constrúyelos. —Se levanta. Recoge las tazas. Sus manos necesitan estar ocupadas cuando su cabeza busca calma. Eso lo tenemos en común. Quizá sea lo único—. Pero no de dinero. Con dinero se construyen fachadas. No cimientos.
—Mamá, faltan dos semanas. No voy a construir una casa en ese tiempo.
—Voy a hacer té.
Desaparece en la cocina. Se oye el agua del grifo. El tintineo de la vajilla. Me quedo sentado y miro hacia el aparador. Un sobre rojo entre filtros de café y cupones. Segundo aviso. No está escondido. Ella nunca esconde nada. Yo lo escondo todo. En eso nos diferenciamos.
Cojo el sobre. Abro la aplicación. Escaneo. Importe. Referencia. Enviar. Hecho. Setecientos euros que en mi mundo no merecen ni una línea. En el suyo, son un invierno.
No es afecto. Es contabilidad. Afecto habría sido decírselo.
Vuelve con la bandeja mientras mi pulgar aún descansa sobre la pantalla. Su mirada va del aparador a mi móvil y luego a mí. No dice nada. Sirve. El vapor se eleva entre nosotros como una tregua. Lo sabe.
La taza que tengo delante tiene una grieta en el asa. Conozco esa grieta.
—Esa es la taza de papá.
—Estaba en el armario.
—Todo lo suyo estaba en el armario.
—Ya no. —Se sienta—. Sostenla.
La sostengo. La taza es demasiado pequeña para mi mano. O mi mano se ha vuelto demasiado grande para esta casa.
—¿Cuánto era?
—No lo suficiente como para hablar de ello.
—No necesito tu dinero. —Me acerca el azúcar que nunca uso—. Te necesito a ti.
He oído frases que han movido mercados enteros. Ninguna ha dado tan en el clavo.
—Pero si estoy aquí.
—Estás presente. —Sostiene su taza con ambas manos—. No es lo mismo.
—Cuido de ti. Vengo todos los sábados.
—Me administras. —No con malicia. Solo con cansancio—. Como una cartera de valores.
Cartera de valores. Mi vocabulario. Su arma.
—No sé cómo se hace. —¿De dónde sale esta frase? No me la trago. Demasiado tarde—. Lo otro.
Me mira. Su rostro se suaviza por los bordes. El rostro que antes me leía cuentos mientras la lluvia golpeaba los cristales. Antes de que todo se convirtiera en citas.
—Tu padre se fue cuando tenías siete años.
—Me acuerdo.
—No. —Niega con la cabeza—. Te acuerdas del ruido de la puerta. Nada más. —Su voz no se quiebra. Nunca se quiebra—. Llevas veinte años huyendo de una puerta que hace mucho que está cerrada.
Astillas bajo la piel.
Tengo una respuesta para todo. Cursos. Contratos. Personas. Para esta frase, no.
Esta frase necesita un café. Voy a la cocina y me golpea. Olor a rosas y ella. Charlotte Miller. Está sentada frente a mi hermana en la mesa de la cocina. Lleva unos auriculares con el cable pegado con cinta adhesiva. Está absorta en una hoja con notas musicales. Sarah levanta la vista.
Me sirvo una taza de café y me voy.
De vuelta en el salón, me siento frente a mi madre y miro el reloj. Casi es la hora. Ella se da cuenta. Recoge la mesa, porque si no, el silencio gana. En la cocina, tintinea la vajilla. Vuelve con un táper y me lo pone en la mano. Caliente. Pesado.
—Lasaña. Para el balance.
Casi sonrío. «Casi» es lo máximo que esta casa puede ofrecer hoy.
—Ven el sábado que viene. —Me acompaña a la puerta—. Sin la agenda.
—Se lo preguntaré al balance.
—Dile al balance que se vaya abrigando.
En el umbral, me sujeta del brazo. Tiene la mano áspera del trabajo en el jardín.
—Esa amiga de Sarah. La cantante. —Duda. Solo un instante—. Necesitas a alguien así. Alguien que cante sin que nadie le pague.
Voy hacia el coche sin responder. Algunas frases no deben tener respuesta. Si no, salen caras.
La lasaña huele en el asiento del copiloto como un segundo pasajero. Queens se hace pequeño en el retrovisor. Manhattan crece en el parabrisas. Cristal. Acero. Reglas. Mi ciudad espera como un acreedor.
Suena el teléfono. Bodo. Nunca llama sin motivo. Probablemente ni siquiera respira sin motivo.
—He revisado la lista. —Sin un «hola». Bodo se ahorra la cortesía como otros se ahorran la calderilla—. Tres finalistas.
—Dispara.
—Primera. Modelo de Milán. Disponible a partir del lunes. Habla tres idiomas. Ninguno de ellos, japonés. No importa. De todas formas, tiene que hablar poco. Dos matrimonios a sus espaldas. Excelentes referencias.
—¿De quién? ¿De los maridos?
—De la agencia.
—¿Precio?
—Veinte al mes. Más vestuario. Más bloqueo de redes sociales.
Esposa con contrato de alquiler. Adelanto a una furgoneta y escucho a medias.
—Segunda. Influencer . Doscientos mil seguidores. Auténtica, dice la agencia. —La voz de Bodo permanece plana como un electrocardiograma durante el sueño—. De precio flexible.
—Auténtica y de precio flexible. Como ser vegano y comer chorizo.
—La autenticidad es una cuestión de precio.
—No en Kioto.
—Las tres tienen experiencia con acuerdos de confidencialidad. Cero escándalos. Cero exnovios con contactos en la prensa. Limpio.
Limpio. Como un hospital. Como un pedido.
—El avión sale en doce días. Hoshino ha confirmado la recepción. Ceremonia del té. Jardín. Todas las reglas. —Cruje un papel. Bodo hasta pasa las hojas de forma eficiente—. El anillo está encargado.
—¿Qué anillo?
—El de las fotos. Compromiso antes del vuelo. Si no, el matrimonio parecerá demasiado reciente.
Demasiado reciente. Como si un matrimonio fuera el lanzamiento de un producto. Como si el amor fuera algo que se saca al mercado a tiempo.
—¿Hay un tope de presupuesto para la candidata?
—No hay tope, Bodo. Pero nada de sentimientos en la oferta.
—Contemplaremos el divorcio directamente en el contrato.
El semáforo se pone en rojo. El coche se detiene. Y ahí está de nuevo. Sin ser invitado. El olor a rosas en medio del humo y del tequila malo. Sus ojos. Esa mirada desafiante. Sin asombro. Sin sonrisas a la carta. Una risa sin etiqueta de precio.
Sabía quién era yo. Todo el mundo sabe quién soy. No le importó.
—La tercera es actriz. Del método. —La voz de Bodo me devuelve al coche—. Se está preparando. Quiere un moodboard del matrimonio.
—Un moodboard del matrimonio.
—Es su condición.
Debería reírme. En lugar de eso, pienso en Charlie cantando en la cocina de mi madre. Sin que se lo pidieran. Tu padre habría llorado .
Detrás de mí tocan el claxon. Verde. Arranco.
Ni siquiera ha intentado impresionarme.
El pensamiento está ahí. Sin invitación. Sin acuerdo de confidencialidad.
Nada de sentimientos. Un casting .
Lo repito como un artículo de ley. Nada de sentimientos. Un casting . No ayuda. Nunca ayuda cuando ella se pasea por mi cabeza sin llamar a la puerta.
No quiere nada de mí. Eso debería tranquilizarme. No me tranquiliza.
Hay razones para elegirla. Es una desconocida. Sin agenda. Sin etiqueta de precio. Todo limpio. Podría justificarlo. No lo hago. Las justificaciones son para la gente que tiene que dar explicaciones.
—¿Chris? ¿Sigues ahí?
—Descarta la lista.
—¿La lista? —Por primera vez, Bodo suena como un ser humano. Casi.
—Tengo a alguien.
El verde se vuelve ámbar y luego rojo detrás de mí. El puente se extiende ante mí como un contrato que ya he firmado.
—¿A quién tienes?
—A Charlotte Miller. —Me aferro al nombre como a una acción a punto de dispararse—. La amiga de Sarah.
Al otro lado ya se oye teclear. Bodo no pregunta por qué. «Porqué» no es un indicador clave de rendimiento.
—Tu hermana hará preguntas.
—Mi hermana sabrá lo necesario.
—¿Hasta dónde quieres que investigue?
—Hasta el fondo. —Veo el skyline . Mi ciudad. Mis reglas—. Quiero saberlo todo sobre ella antes de que ella misma lo sepa.
—Entendido. El lunes tendrás el expediente en tu mesa. —Hace una pausa. Bodo nunca hace pausas—. Elección interesante.
Luego cuelga. Antes de que pueda preguntar qué tiene de interesante.
El coche se queda en silencio. La lasaña huele a hogar. Pachulí en mi muñeca. Y en mis pensamientos, mezclado con algo que no pertenece a este lugar. Olor a rosas, que no llama a la puerta y, aun así, entra por todas partes.
Pienso en puertas. Una lleva veinte años cerrada. Otra espera en Kioto. Y entre medias, una mujer canta mientras friega los platos en casa de mi madre, sin sospechar nada.
Mi madre quiere que deje de correr.
Yo acabo de empezar a ponerle nombre a un objetivo.
Nada de sentimientos. Un casting .
Lo repito hasta que sea verdad.