Arrogant CEO (Los CEO de Manhattan nº 7) 3. Chris
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3. Chris

El bajo de anoche aún retumba bajo mis pies. Nebula nunca duerme del todo. El club que hay debajo de mi estudio solo dormita hasta la noche siguiente. Siento la vibración a través de las suelas y bebo café. Solo. Caliente. Sin azúcar. Sin debilidades.

Ante mí, Manhattan se extiende al otro lado del cristal. Desde aquí arriba, la ciudad parece una caja fuerte abierta. He llegado temprano. Siempre llego temprano. Quien llega primero pone las reglas.

Entonces vuelve a aparecer. Sin que nadie la invite. Sus ojos y su olor a rosas entre el humo y el tequila malo. Una risa sin etiqueta de precio. Una amiga de mi hermana pequeña.

Ahora no.

Dejo la taza. El recuerdo se va porque yo quiero. Así funciona esto. Así funciono yo.

Se abre la puerta. Pasos. Voces. El repiqueteo de las tabletas. El equipo entra en tropel y mi día comienza como siempre. Conmigo.

—Las ocho. —Me vuelvo—. Empecemos.

Mara deja su tableta sobre la mesa de reuniones. Veinte metros de ébano pulido. La compré porque hace que los compradores parezcan más pequeños.

—Primer punto. Sesiones en azoteas. —Desliza el dedo por la pantalla—. Conciertos acústicos en azoteas. Una cámara. Sin público.

—¿Presupuesto?

—Cuarenta por episodio.

—Veinte. —Señalo por la ventana—. Las azoteas no cuestan nada. Esta ciudad está llena.

—Las azoteas no son nuestras.

—Pues compra una. —La miro—. Siguiente punto.

Mara traga saliva y sigue pasando páginas. El ritmo es un arma. Quien se para a pensar pierde el compás. Y quien pierde el compás pierde el negocio.

—El fichaje de Brooklyn. La cantante de las tres canciones.

—¿Suena a dinero?

—Suena a corazón roto.

—Es lo mismo. —Asiento—. Fíchala. Empecemos con poco. El desamor tiene que demostrar lo que vale, como todo lo demás.

—El montaje del final del programa. —Vacila—. Dirección quiere cuarenta minutos.

—Doce.

—¿Doce? El programa final dura dos horas.

—La atención es la única moneda que no sufre inflación. —Doy un golpecito en la mesa—. Doce minutos. Quien quiera más tendrá que ganárselo.

Brad graba desde la ventana. Brad siempre está grabando. Su comentario llega desde fuera de plano.

—Acabas de convertir el arte en publicidad.

—El arte que nadie ve es un diario íntimo.

—Qué profundo. —Acerca el objetivo a mi cara—. Esto va al reel.

—Tú lo metes todo en el reel.

—Solo la verdad. Por eso mis reels duran horas.

Así es Brad. Lleva contradiciéndome desde que éramos niños.

Por entonces, una cámara. Un micrófono. Atrezzo sacado de nuestros dormitorios.

Ahora tenemos un estudio sobre los tejados y él sigue contradiciéndome.

Por eso somos mejores amigos. Está conmigo desde el principio y es el único que me habla así.

A nadie más se lo permito. Nadie más se atreverá jamás.

Me lanza una botella de agua sin mirar. La atrapo sin mirar. La costumbre.

Bodo está al otro extremo de la mesa. Traje sin una arruga. Tableta preparada. Me va poniendo contratos delante mientras Mara sigue hablando. Firmo. Él asiente. Ni un gracias. Tampoco lo espera.

Brad sabe cómo tomo el café. Bodo sabe cómo están mis cuentas. Las dos cosas son útiles. Solo una es amistad.

Se ilumina el móvil de Bodo. Le da la vuelta. Pantalla contra la mesa. Rápido. Demasiado rápido para ser casualidad. Tomo nota. Tomo nota de todo.

—Crisis con Streamline. —Mara levanta la vista—. Amenazan con llevarse nuestros formatos. Una disputa contractual.

—¿Quién negocia?

—Su nuevo jefe. Quiere hablar contigo. Cree que tiene con qué presionarte.

—Pues llámalo. —Me aliso la chaqueta—. Dile que no tiene con qué presionarme. Lo que tiene es una opinión.

—¿Y la reunión?

—Aquí. En mi casa. —Señalo la mesa—. Quien quiera negociar, que se siente a esta mesa.

Mara teclea. Resuelto. Así funcionan las cosas aquí. Los problemas vienen a mí. Nunca al revés.

—Declaración para los patrocinadores. —Mara saca la última hoja—. Quieren verte la cara. Un minuto.

—Brad.

—Ya está todo listo. —Levanta la cámara—. Dame al visionario.

Me coloco bajo la luz. Los focos del techo me muerden la cara. Conozco este juego. Una cámara no es más que un ojo que no juzga.

—Williams Production representa la sinergia entre el artista y el alcance de su obra. —Esbozo mi sonrisa de negocios—. Entendemos la música de forma integral. Escalamos las emociones.

Brad baja la cámara. Su cara es un desierto.

—Di «sinergia» otra vez. —Se rasca la nuca—. Y ya tendré suficiente para el reel de tomas falsas.

—Ha sido perfecto.

—Ha sido un ataúd hecho de palabras. —Vuelve a levantar la cámara—. Otra vez. Esta vez, como una persona.

—No me pagan por parecer una persona.

—Sí. Precisamente por eso. —Acerca más el objetivo—. Enséñame al tío que antes hacía vídeos conmigo. Uno que quiera más a la música que al dinero.

—El tío de antes no podía pagar sus facturas.

—El tío era una persona, era auténtico.

Auténtico. La palabra se queda suspendida en la sala como el humo. Hago la segunda toma. Más corta. Más directa. Sin sinergia. Brad asiente detrás del objetivo.

—¿Ves? Casi pareces una persona.

—Cierra el pico, Brad.

—Jamás. —Cambia la batería y sonríe—. Anoche volviste a bajar. Después de la reunión.

El café se me ha enfriado. Bebo de todos modos. —Estaba en mi propiedad.

—Estuviste escuchando música hasta las cuatro. Solo.

—Investigación.

—Investigación. —Asiente con excesiva lentitud—. ¿Tiene nombre esa investigación?

Olor a rosas. Fuera de mi cabeza. —La investigación no tiene nombre. Tiene cifras.

—Eso pensaba. —Recoge el trípode—. Avísame cuando las cifras tengan nombre.

Mara se aclara la garganta.

—Último punto. Hoshino.

Bodo se mueve. Por primera vez hoy, con verdadero interés.

—De eso me encargo yo.

Miro el reloj.

—Se acabó la reunión. El resto puede esperar a mañana.

Se arrastran las sillas. Repican las tabletas. El equipo se retira como la marea al bajar. Mara me lanza una mirada. Asiento. Mi manera de felicitarla es asentir. Ella lo sabe.

Bodo se queda. Por supuesto. Brad también. Brad siempre se queda. Desmonta el trípode a cámara lenta y finge que la cosa no va con él.

La puerta se cierra de golpe. Bodo deja una carpeta sobre la mesa. Fina. Negra. Sin logotipo. Así son las cosas que cuestan más que una casa.

—Hoshino. —Baja la voz una octava—. Entrada en el mercado japonés a través de ti. Noventa millones.

La cifra se planta en la sala como un animal. No abro la carpeta. A las cifras de ese tamaño se las respeta sin moverse del asiento.

—¿Qué quieren?

—Tu cara. Tus canales. Tu público. —Bodo da un toque en la cubierta—. Hoshino fabrica auriculares. Artesanales. En un taller de toda la vida. La mejor calidad de sonido del mundo, si hay que creer los análisis.

—No creo en los análisis.

—Entonces cree en las cifras. —Se recuesta—. Quieren llegar a Occidente. Tú eres la puerta de entrada.

—Noventa millones por una puerta.

—Por una puerta con treinta millones de seguidores.

—¿Duración?

—Cinco años. En exclusiva. Y una línea de autor con tu nombre.

—Mi nombre sobre su madera.

—Tu nombre en su madera. Grabado a fuego. A mano.

Noventa millones es dinero. Pero Japón es más que eso. El único mercado que hasta ahora me ha ignorado. Quien convence a Tokio, convence a cualquiera.

Abro la carpeta. Fotos de un taller. Manos entre virutas de madera. Un anciano con una lupa. Cables trenzados como si los hubieran hecho monjes. En la última foto hay una familia delante de una casa. Cuatro generaciones en fila. Ningún fotógrafo consigue una imagen así sin una paciencia de verdad.

—Katsuro Hoshino. —El dedo de Bodo se posa sobre el hombre del centro—. Director general. Habla un inglés perfecto. Conoce todas tus entrevistas. Ha rechazado tres ofertas mayores. Él ha preguntado por ti.

—¿Por qué?

—Porque las otras estaban vacías por dentro. —Pasa una página—. Son sus palabras.

Vacías por dentro. Tres competidores con más dinero. Rechazados. El hombre me interesa. A pesar de mi instinto.

—Quiere conocer al hombre que hay detrás de la marca. Quiere que vayas. Te recibirá en su casa. Él paga y te lleva en avión.

—¿Adónde?

—A Kioto. A su casa. Té. Jardín. Todas las formalidades. —El dedo de Bodo permanece sobre la foto familiar—. Os ha invitado a ti y a tu mujer.

Silencio.

El trípode de Brad deja de traquetear.

—No tengo mujer.

—Pues consíguete una. —La cara de Bodo no revela nada. Ese es su talento—. Faltan dos semanas para el vuelo. Podemos hacer un casting.

Saca una segunda carpeta de la primera. Fotos de modelos. Dientes. Pelo. Sonrisas calibradas. Candidatas empaquetadas como preservativos. Intercambiables. Higiénicas.

—La rubia habla japonés. —Señala la primera foto—. La morena ha estado casada dos veces. Las mejores referencias. La bajita de la izquierda es actriz. No sería más que un papel.

—Un papel.

—Te querrá. A cambio de unos honorarios.

—¿Quieres que grabe el casting? —Brad señala la carpeta—. Se me dan genial los vídeos de presentación. Con corazones y todo.

Bodo lo ignora. Bodo ignora todo lo que no sea una cifra.

—¿Por qué un fabricante de auriculares querría conocer a mi mujer?

—Porque cree que un hombre sin hogar no tiene cimientos. —Bodo lee una nota que ha tomado—. «Enséñame a tu familia y te diré si podemos hacer negocios».

—Eso es absurdo.

—Eso es Kioto.

Brad se acerca. Despacio. Le ha cambiado la cara. El humor ha desaparecido.

—Dime que es una broma.

—Noventa millones no son ninguna broma.

—No puedes comprar un matrimonio, tío.

Alzo la vista hacia él. Mira las fotos como si hubiera cadáveres encima de la mesa.

—Todo se puede comprar.

La frase queda entre nosotros. Fría. Precisa. La he pensado mil veces. Ahora la he dicho en voz alta. Y en voz alta suena distinta.

Brad me sostiene la mirada. Es el único capaz de hacerlo.

—Pues cómprate una brújula nueva. —Su voz es seca como el polvo—. La tuya se ha vuelto loca.

—Mi brújula señala hacia Kioto.

—Tu brújula señala una etiqueta de precio.

Bodo se aclara la garganta. Con discreción. Como un camarero que interrumpe el silencio.

—No sería un matrimonio de verdad. Un acuerdo. Un contrato. Un plazo. Una cláusula de confidencialidad.

—Con anillo.

—Con anillo.

Cojo las fotos. Las hojeo. Todas guapas. Todas vacías. Sonríen a la cámara como si fuera un cajero automático. Conozco esa sonrisa. De fiestas. De barcos. De camas.

Devuelvo las fotos deslizándolas por la mesa. Resbalan como billetes de Monopoly podridos.

—No.

A Bodo le tiembla una ceja. Apenas un milímetro.

—¿No?

—Demasiado conocidas. Demasiado ensayadas. —Me levanto y voy hasta la ventana—. Sonríen por dinero y se les nota. Hoshino ha hecho pedazos tres ofertas vacías por dentro. Ese hombre huele lo falso a treinta metros. Y vosotros queréis colgarle una modelo del brazo.

Bodo recoge las fotos. Tranquilo. Demasiado tranquilo. Como si hubiera esperado precisamente esto.

—Hay otras maneras.

—Ahórratelas. —Abajo, un taxi traza líneas amarillas sobre el gris—. Me sobran las mujeres entre las que elegir que me adoran. Tengo el buzón lleno de candidatas. Solo tendría que escoger.

—Pero no quieres pasar con ninguna de ellas más de una noche.

La frase cae en la sala y se queda ahí. Se queda porque es verdad. La verdad es lo único que no se puede negociar hasta hacerlo desaparecer.

—Esas mujeres quieren tu nombre. —Bodo alinea la carpeta con el borde de la mesa—. Tu cuenta bancaria. Las vistas desde tu ventana. Hoshino necesita a alguien que te vea a ti. No todo esto.

—Pues búscame una actriz.

—Las actrices se enamoran. Del papel o de ti. —Niega una vez con la cabeza—. Las dos cosas acaban en la prensa. Tiene que ser alguien sin intereses propios. Una mujer que sepa interpretar el papel y que después desaparezca.

—Esa mujer no existe.

—Sí existe. Por dinero. —Señala la carpeta—. Buscaré una agencia discreta. Profesional. Que sepa guardar un secreto. Un contrato bien atado. Sin sentimientos incluidos.

Un matrimonio con número de artículo. Mi vida convertida en un pedido. Debería oponerme. Miro la foto de la familia. Cuatro generaciones. Una sonrisa que no parece dirigida al fotógrafo.

—Hazlo.

Bodo asiente. Sonríe. La sonrisa no le llega a los ojos. Nunca le llega. Coge la carpeta y se va. En la puerta se vuelve una vez más.

—La decisión correcta. Desde el punto de vista empresarial.

La puerta se cierra sin hacer ruido. Las puertas caras hacen eso.

La cámara de Brad hace clic. Lo ha grabado. Claro que lo ha grabado.

—¿A qué viene eso?

—Material para el documental. —Se cuelga la cámara del hombro—. Para cuando todo salga a la luz dentro de unos años. Título provisional: «El hombre que sacó a concurso su matrimonio».

—Lárgate, Brad.

—Ya me voy. —Abre la puerta y se detiene—. Solo una pregunta más. Si todo se puede comprar... —Señala con la barbilla la mesa vacía—, ¿por qué has apartado las fotos de las modelos?

No tengo respuesta. No doy ninguna respuesta. Callarse también es una decisión.

—Eso digo yo. —Su sonrisa es apenas una línea—. Ten cuidado con ese tío. No colecciona expedientes. Colecciona pruebas.

La puerta se cierra de golpe.

Me quedo junto a la ventana. Abajo, el club. Arriba, los negocios. Y entre los dos, yo. Pachulí en mi muñeca. El único olor al que se le permite entrar aquí sin llamar.

Esposa. La palabra no cabe en ninguna agenda. No cabe en ningún balance. No tiene indicador numérico. Y, sin embargo, ahora figura en mi calendario. Enmarcada por noventa millones.

Entonces vuelve. El olor a rosas. Sin que nadie lo invite. Imposible de comprar. Esta vez dejo que se quede. Un momento.

Dos semanas.

¿Tan difícil puede ser comprar algo auténtico?