38. En casa
Esa noche cenamos todos en un asador de Sabadell, en una mesa larga.
El equipo entero, con las medallas puestas. Bego en la cabecera. Y al fondo, juntas porque no quedaba otro sitio, las familias: mi padre con la gorra en la rodilla, mi madre con el abrigo bueno colgado del respaldo, y Arantxa, que no ha soltado el bolso.
Leire y yo estamos en medio, una al lado de la otra.
Al principio no sé qué hacer con las manos. Las tengo debajo de la mesa, en el regazo, como en un coche entrando en Donosti.
Ella pone la suya encima del mantel. Abierta. La palma hacia arriba, entre su plato y el mío.
No dice nada. No me mira. Corta el pan con la otra.
Miro la mesa. Irati, enfrente, hablando con la boca llena. Las mellizas. Mi madre, al fondo, que me está mirando.
Saco la mano de debajo de la mesa.
La pongo en la suya, encima del mantel, a la vista de quince personas.
Cierra los dedos.
No se cae el cielo. Maialen pide más vino. Nahia cuenta otra vez su posta. Mi madre baja los ojos al plato, y cuando los levanta le está preguntando a Arantxa cuánto se tarda de Errenteria a Donosti en el Topo.
—Veinte minutos —dice Arantxa—. Si no se para en Herrera.
—Pues eso no es nada.
—Nada. Yo voy y vuelvo todos los días.
—¿Y en qué trabaja usted?
—Limpio el ambulatorio. Treinta y un años.
—Yo, mercería. Veintiocho.
Se miran. Dos mujeres de la misma edad, con las mismas manos.
—Pues tendrá usted la espalda como la mía —dice mi madre.
—Deshecha.
—Su hija es fisio, me ha dicho la mía.
—Tiene el título. Otra cosa es que lo use.
—Ya. La mía tiene Empresariales.
Se ríen las dos. Poco. Lo justo.
Leire me aprieta la mano. Tiene los ojos brillantes y mira la chuleta con mucha atención.
A los postres, Bego da dos golpes en la copa con el cuchillo.
—No voy a hacer un discurso, que no sé. —Se levanta—.
Llevo cuarenta años en un bordillo. He visto pasar muchas nadadoras.
Buenas, muy buenas, algunas. Y siempre de una en una.
—Nos mira—. A una la tengo desde los doce años.
La otra me llegó hace siete temporadas, y las puse en calles pegadas porque no tenía otra libre.
Ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida, y la tomé sin querer.
Silencio en la mesa.
—Ninguna de las dos habría llegado sola a donde ha llegado. Eso no lo digo yo, lo dice el cronómetro. Así que lo que hagan fuera del agua… —Levanta la copa—. Mientras se sigan tirando la una de la otra, yo no tengo nada que decir. Por las cuatro. Por el Europeo.
Bebemos.
Mi padre, que no ha abierto la boca en toda la cena, se inclina hacia Leire por encima de las servilletas.
—Oye. Tú. La del tercer relevo.
—Dígame.
—Has nadado muy bien, chica. —Carraspea—. Muy bien. Me ha gustado cómo se lo has dado a la mía.
A Leire se le cae el tenedor.
En la 307, las dos camas siguen juntas.
Cierro la puerta. Me apoyo en ella. Leire está de pie en mitad de la habitación, con la medalla de oro encima del chándal.
Nos miramos. Y nos entra la risa.
No sé de dónde sale. Es toda la semana, el pacto, el metro, las cuatro centésimas, el beso delante de la grada, mi padre diciendo «la del tercer relevo». Nos reímos hasta doblarnos, hasta que nos duele la tripa, agarradas la una a la otra para no caernos.
—Tu padre —jadea ella.
—Tu madre preguntándome si como.
—Bego. «Yo no tengo nada que decir.» Lleva sin decir nada desde Sierra Nevada.
Me limpio las lágrimas. La tengo delante, despeinada, con la cara roja de reírse. Campeona de España de relevos. Mía, en voz alta.
—¿Y ahora? —digo.
—Ahora no hay pacto.
—Ni metro.
—Ni plaza que quitarnos.
—Ni secreto.
Se quita la medalla. La hace girar en el aire, colgando de la cinta.
—¿Quién manda?
—No sé. Tú. Yo. —Me encojo de hombros—. Ya no sé cómo se hace sin que nos juguemos algo.
—A cara o cruz.
—Eso no tiene cara ni cruz. Tiene una nadadora por un lado y un escudo por el otro.
—Nadadora, mandas tú. Escudo, mando yo.
La tira al aire. La medalla da vueltas, con la cinta detrás, y cae en la moqueta, entre las dos.
Nos agachamos a mirar.
Ha caído de canto. Apoyada en un pliegue de la cinta, de pie, sin decidirse.
—No vale —dice.
—Sí vale. —La beso—. Vale más que nada.
Esta noche no lleva nadie a nadie.
No sé contarlo como las otras. No hay órdenes que repetir ni un borde donde quedarse.
Hay risa, sobre todo. Nos desnudamos a tirones, tropezando.
Se me engancha la cinta de la medalla en el pelo y me la tiene que desenredar ella, desnuda, concentrada, sacando la punta de la lengua.
Me caigo en el hueco que queda entre los dos colchones.
—Sí hay metro —digo desde abajo.
—Hay una raja.
—Sácame.
Me saca. Me tumba encima de ella.
Hacemos de todo y nada tiene nombre. La beso mucho rato, porque sí, porque puedo.
Me come los pechos como el primer día en un lavabo y yo le agarro el pelo corto.
Le hago lo mismo, y cuando muerdo, da ese quejido.
Nos tocamos a la vez, de lado, mirándonos, con las manos cruzadas. Se me sube encima. Me doy la vuelta.
—Pídeme algo —me dice al oído, con la mano en mi culo—. Lo que quieras. Hoy te lo has ganado.
No me da vergüenza. Ya no.
—Lo de atrás.
Se le escapa la risa contra mi nuca.
—Campeona de España. Y mira lo que pide.
—Calla y hazlo.
Me lo hace. Despacio, largo, con una almohada debajo de mis caderas, y yo gimo contra la colcha granate sin taparme, que oiga quien quiera, que oiga Irati dos puertas más allá y se ponga los tapones.
Luego se lo pido de frente, con su boca delante.
Luego ella me pide a mí. Me pide, con todas las palabras, sin que yo le tenga que decir «dímelo bien», y me pongo de rodillas entre sus piernas con una alegría que no me cabe.
Y luego me pide otra cosa.
Se levanta. Recoge del suelo las dos medallas de oro, la suya y la mía. Vuelve a la cama con ellas en la mano, las cintas colgando, rojas y amarillas.
Me las tiende.
—Átame.
Tardo en entender.
—¿Yo a ti?
—Tú a mí. —Está roja hasta el pecho, y no baja los ojos—. Me ataste tú sin cuerdas en Francia, en una piscina, anoche. Quiero saber cómo es con cuerdas. Nunca he dejado. Con nadie.
Se tumba boca arriba. Sube los brazos por encima de la cabeza, ella sola, y junta las muñecas.
Se las ato con las cintas. Una con otra, y las dos a la pata de la mesilla, que es lo único que hay. Las medallas quedan colgando, tintineando contra la madera.
Campeona de España, atada con su oro.
Tira. No puede bajarlas. La veo notarlo: se le abren los ojos, se le acelera el pecho.
—¿Bien?
—Sí. No. No lo sé. —Se ríe, nerviosa—. Me da un miedo que me muero.
—Si quieres que pare, me lo dices.
—No voy a querer que pares.
No me doy prisa. Me lo enseñó ella: tú no buscas, tú esperas. Me siento a su lado, sobre los talones, y la miro. Solo la miro. Mucho rato. Los hombros, estirados. Los pechos pequeños, altos, que suben y bajan. La tripa. Las piernas, que no sabe si cerrar.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como te miro yo a ti.
Le paso un dedo. Uno. Por la parte de dentro de la muñeca, debajo de la cinta, que sé que la vuelve loca. Por el brazo. Por la axila; se retuerce. Por el costado. Detrás de la rodilla, donde tiene cosquillas, y da una patada y suenan las medallas.
—Paula. Por favor.
—¿Por favor qué?
—No me hagas pedirlo.
—Tú a mí me lo haces pedir siempre.
Cierra los ojos. Traga.
—Tócame. Cómeme. Lo que quieras. Pero ya.
—Dímelo bien.
Abre los ojos. Me mira con una mezcla de rabia y de otra cosa que me derrite.
—Cómeme el coño, Paula. Por favor.
Bajo.
Se lo hago como me lo hace ella cuando quiere que suplique. Lejos primero: los muslos, las ingles. Soplando. Rodeando. Ella tira de las cintas, levanta las caderas, me busca. La sujeto contra el colchón. Cuando por fin le pongo la lengua, grita.
La llevo al borde. Paro.
—No. No, no, no. No pares…
—Todavía no.
—Hija de puta.
Tres veces. Una por cada medalla, y otra de regalo. A la tercera tiene los ojos llenos de lágrimas y dice mi nombre sin parar, bajito, como una pregunta.
La dejo. Con la boca, con dos dedos, con todo. Se corre atada, arqueada, tirando de las cintas hasta que la mesilla se mueve, con el oro golpeando la madera.
La desato. Le beso las muñecas, una y otra, donde ha quedado la marca.
—¿Qué tal?
Tarda en contestar. Se me abraza con brazos y piernas.
—Que no sabía —dice contra mi cuello— que se podía descansar tanto.
No llevamos la cuenta. En algún momento estamos sentadas, encajadas, abrazadas, meciéndonos, sin nada entre las dos más que las manos. En otro estoy encima, con las suyas en mis caderas. En otro nos da la risa otra vez, en mitad de todo, porque a ella se le ha dormido un pie.
El silbido lo oigo tres veces. Ya no lo esconde.
A las tres de la mañana estamos tumbadas de través, con las piernas colgando por un lado, sudadas, rendidas. Ella tiene la cabeza en mi tripa. Yo le paso los dedos por el pelo.
—Te quiero —dice. Al techo.
—Te quiero.
—No me canso de oírlo.
—Te quiero, Leire Aramburu.
El autobús sale a las cuatro de la tarde.
Nos sentamos en la última fila, la que bota. Nadie mira. O miran todas, y da igual. Irati, tres asientos más adelante, se vuelve una vez, nos ve, pone los ojos en blanco y se coloca los cascos.
A la altura de Lleida me duermo en su hombro.
No he dormido en un autobús en mi vida. Siempre voy tiesa, con la frente en el cristal. Me despierto en Zaragoza con la boca abierta y la mejilla marcada por la costura de su sudadera, y ella tiene el brazo dormido y no lo ha movido.
—Babeas —me informa.
—Mentira.
—Tengo la manga empapada.
Me vuelvo a dormir.
Me despierto del todo cuando el autobús baja hacia el mar. Pasaia. Las grúas del puerto. Y luego, de golpe, al doblar la curva, las luces de Donosti, todas, encendiéndose.
Tengo la mano en su muslo. La suya, encima.
Noto el momento. Lo noto en el cuerpo, exacto, igual que hace tres semanas en un Ibiza rojo: el tirón de retirarla, de meterla en el bolsillo. Ya estamos en casa. Aquí nos conocen. En esa parada puede haber cualquiera.
Ella también lo nota. Se pone un poco rígida. No me mira. Espera.
Dejo la mano donde está.