38. En casa #2
La giro. Entrelazo los dedos con los suyos.
El autobús entra en la ciudad. Gros, el puente, el río. Para delante del club. Se encienden las luces del pasillo.
Bajo con su mano en la mía.
En la acera hay gente. Padres, novios, el conserje, que ha venido a abrir. Patxi nos ve bajar, ve las manos, ve las medallas.
—Ya era hora —dice. Y se pone a aplaudir con la fregona debajo del brazo.
Leire se echa a reír. Me levanta la mano, cogida, hasta su boca, y me besa los nudillos.
—Ya estamos en casa —dice.
—Sí.
El folio sigue en una caja, en Egia, entre dos toallas. No lo he tirado. No lo voy a colgar en ninguna nevera. Un día, cuando haya pasado el tiempo que tenga que pasar, se lo devolveré a quien lo escribió, y le diré que lo fui gracias a él también, y que lo siento, y no le pediré nada.
El domingo siguiente comemos patatas en salsa verde en casa de mi madre.
Leire lleva una camisa planchada y un hojaldre de la pastelería de Gros. Le sudan las manos. Mi madre la sienta a su derecha, le sirve dos veces, le pregunta si lo de fisioterapeuta tiene salida. Mi padre le enseña las fotos de cuando yo tenía siete años y manguitos.
Nadie dice la palabra. Nadie dice ninguna palabra. Pero al irnos, en la puerta, mi madre le pone a Leire un táper en las manos.
—Para la semana. Que estáis las dos en los huesos.
Leire mira el táper. Me mira a mí. Se muerde el labio para no reírse, y se le saltan las lágrimas, y mi madre no entiende nada.
Esa noche, en un quinto sin ascensor de la calle Zabaleta, debajo de una ventana por la que llueve, no hay cajón, ni gomas, ni nadie que mande.
Me desnuda despacio. Me besa el lunar del hombro, la marca que ya casi no se ve, la parte de dentro de los muslos, que es la piel más suave que hay en un cuerpo.
Tarda toda la noche. Me habla todo el rato.
Ya no me pregunto por qué con ella sí.
La primera noche que se queda en Egia es un martes.
Sube los cuatro pisos con una bolsa de la panadería. Mira la habitación: la cama blanca, la planta, que tiene una hoja nueva.
—La has regado poco —dice, tocándola.
—Me lo dijiste tú.
—Está enorme.
Dormimos en mi cama, a la derecha, las dos apretadas en el lado que no se hunde. Pasan los trenes. Ella se despierta con el primero, sobresaltada, y yo le pongo la mano en la tripa y le digo que no pasa nada, que es el de las once y cuarto.
Por la mañana me despierta su boca.
No abro los ojos. Entra un sol sucio por la ventana, a rayas. Estoy boca abajo, con la sábana por la cintura, y la tengo encima, besándome la espalda. Los omóplatos. La columna, hueso a hueso.
—Buenos días —dice contra mi piel.
—Mmm.
—Son las ocho. No hay entreno. Bego nos ha dado el día.
—Mmm.
—Voy a quedarme a desayunar.
Sonrío contra la almohada.
Baja. Aparta la sábana. Me besa los hoyuelos, el culo, despacio, con la boca blanda de recién despierta. No me muevo. No tengo que hacer nada. Me abre las piernas con una mano y se tumba entre ellas, y noto su aliento, tibio.
Me lo hace así, medio dormida yo, boca abajo, con el sol en la espalda. La lengua atrás, lenta, larga, como le gusta hacérmelo y como a mí me deshace. Ya no me da vergüenza. Levanto las caderas y me dejo. Me agarro a los barrotes de una cama que he pagado yo.
Pasa un tren. Tiembla el cristal. Tiemblo yo.
—Date la vuelta —susurra.
Me giro. Tiene el pelo de punta, una marca de la almohada en la mejilla, los ojos hinchados de sueño. Está más guapa que con una medalla.
Se sube encima. Encaja un muslo entre los míos y el mío entre los suyos. Sin nada. Piel, y lo mojadas que estamos las dos.
Nos movemos despacio. Es una cama de uno treinta, vieja, que cruje con cada vaivén; la vecina de abajo debe de estar oyéndolo todo. Me da igual. Le cojo el culo con las dos manos y la aprieto contra mí.
—Mírame —le digo.
Me mira. A un palmo. Los ojos castaños, la mota.
—Estás en mi cama.
—Estoy en tu cama.
—Y no te has ido.
—No me voy a ir.
Se le llenan los ojos. A ella. Se muerde el labio y sigue moviéndose, más hondo, y a mí se me cierra la garganta y la tripa a la vez.
El mercancías de las ocho y veinte. Largo, lento. El cristal no para de temblar.
Nos vamos juntas, con el ruido, sin dejar de mirarnos. Oigo el silbido contra mi boca.
Después se queda encima, pesando. El sol nos da en las piernas.
—Tengo hambre —dice.
—Solo tengo colacao.
—He traído cruasanes.
Desayunamos en la cama, desnudas, llenando las sábanas blancas de migas. Ella moja el cruasán en el colacao, que es una cosa que no le perdono. La planta, en la mesa, al sol, con su hoja nueva.
A las diez sigue ahí.
A las once también.
A las seis menos diez el agua todavía no es de nadie.
Me gusta llegar cuando la piscina está así, plana, con las corcheras tensas y la luz de los focos partida en el fondo. Huele a cloro y a calefacción recién encendida. Fuera, San Sebastián sigue a oscuras y llueve de lado.
Veintisiete grados y medio.
Me siento en el bordillo, con los pies en el agua. No miro la puerta. No me hace falta.
Entra Irati, bostezando. Las mellizas. Maialen, con su bolsa de hielo.
Cuando faltan dos minutos, el empujón de hombro. Las gafas colgando de dos dedos, el gorro en la otra mano. Cruza la playa de la piscina como quien cruza su salón.
—Buenos días, señoras.
—Serán para ti —dice Irati.
Se para delante de mí. Se agacha. Me besa en la boca, corto, sin ceremonia, con sabor a pasta de dientes, delante de todo el equipo, de Bego, de Patxi con la fregona.
—Qué asco —dice Irati—. Todas las mañanas. Yo así no puedo entrenar.
—Pues no mires.
—Es que os ponéis en medio.
Leire se ríe. La risa corta, de garganta. Se mete el pelo en el gorro de un solo gesto, escupe en las gafas, las aclara.
Calle cuatro. Yo, calle cinco.
—¡Seis doscientos! —Bego da dos palmadas—. Aramburu, Ibarra, vosotras marcáis. Y quedan diez semanas para el Europeo, así que no me miréis con esa cara.
Nos tiramos.
Largo de ida. Nuca contra nuca.
Viraje.
Largo de vuelta.
Hay una palabra para nadar sin respirar. La usamos en los últimos metros, cuando metes la cabeza y ya no la sacas hasta la pared. Se puede aguantar así un largo. Dos, si estás muy entrenada.
Yo aguanté veintiséis años. Con la cabeza dentro, haciendo lo que tocaba, sin saber que me faltaba el aire.
Tres brazadas.
Saco la boca del agua.
Ahí está su cara. La mejilla. La boca abierta. Y detrás del cristal ahumado, unos ojos que ya sé de qué color son, mirándome.
Respiro.