37. El relevo
Bego nos mira en el desayuno por encima del café.
Mira las ojeras. Mira a Leire, que se está comiendo tres tostadas después de dos días sin probar bocado. Me mira a mí, el cuello, la clavícula, donde hay un mordisco morado que el bañador de competición no va a tapar ni de broma.
Deja la taza.
—Enteras, dije.
—Estamos enteras —dice Leire con la boca llena.
—Ya lo veo. —Se le mueve algo en la comisura, que en cualquier otra persona sería una sonrisa—. Ibarra, ponte una tirita ahí, que hay televisión. Aramburu, ¿nadas?
—Nado.
—¿Tercera?
—Tercera.
Bego asiente, coge la carpeta y se levanta.
—No sé qué habéis cenado —dice—. No me lo contéis.
Un relevo de cuatro por doscientos son ochocientos metros y cuatro mujeres. No se parece a nadar sola. Sola, lo que haces es tuyo. En un relevo llevas en los brazos lo que te han dado las otras, y lo que tú sueltes lo tiene que recoger alguien.
Irati sale la primera. Nahia, segunda. Leire, tercera. Yo cierro.
Siempre ha sido así. Ella sale, yo remonto.
A las once menos cinco estamos las cuatro detrás del poyete de la calle cuatro. La grada, llena otra vez. En la calle cinco, el club local, con Carlota Rey de última posta, estirando los brazos, saludando.
Irati tiembla. Tiene veintidós años y no ha nadado nunca una final así.
—Voy a vomitar.
—No vas a vomitar —dice Leire. La coge por los hombros, le pone la frente contra la suya—. Escúchame. Tú haces tu doscientos. El tuyo, el de los entrenamientos, ni uno mejor. Me da igual que llegues la última. ¿Me oyes? Llega como llegues. Lo demás lo arreglamos nosotras.
—¿Y si la cago?
—Pues la cagas. Y te espero en la pared, como siempre.
Irati traga. Asiente. Sube al poyete.
Leire se vuelve hacia mí. No me toca. No hace falta. Me mira, con los ojos castaños, la mota más clara en el izquierdo.
—Medio cuerpo —dice.
—Medio cuerpo.
—No lo pierdas.
—No lo pierdo.
El silbato.
Irati no la caga. Tampoco hace un milagro. Nada su doscientos, el suyo, con los ojos apretados, y toca la sexta de ocho.
Nahia recoge. Es fuerte, tozuda, nada como quien empuja un armario. Pasa a dos. Toca la cuarta, a cuerpo y medio de la cabeza.
Leire ya está en el poyete.
La veo de espaldas. Agachada, los dedos en el borde, los ojos en la mano de Nahia que viene. Los dorsales, abiertos como dos alas.
Nahia toca. Leire vuela.
No la he visto nadar nunca desde fuera. Me doy cuenta ahí, de pie en la playa de la piscina, con el chándal todavía puesto. Siete años, y siempre la he tenido al lado, a trozos, una mejilla, una boca, un cristal ahumado. Nunca entera.
Es lo más bonito que he visto en un agua.
Sale medio cuerpo por delante de su propia sombra. Y entonces hace lo que ayer no hizo: no sigue a nadie. Tiene a tres por delante y no se va detrás de ninguna. Nada largo, suelto, con la cabeza. Pasa el cien cuarta todavía, y veo a Bego, en la grada, bajar el cronómetro y cerrar el puño.
Tercer cincuenta.
Donde no se puede mentir.
Le come los pies a la tercera. La cintura. La pasa.
Le come los pies a la segunda.
Me quito el chándal sin mirar. Me pongo las gafas. Subo al poyete. El agua me chorrea por las piernas; tengo las manos frías, el pecho caliente.
Último largo. De vuelta. Viene hacia mí.
La veo venir de frente. Eso tampoco lo había visto nunca. La cara, entera, saliendo del agua cada tres brazadas, la boca abierta, los dientes. Ha pasado a la segunda. Va a por la primera, la del club local, la que le tiene que entregar a Rey. Hombro con hombro. Diez metros.
La pasa.
La grada ruge, y no es por nosotras.
Cinco metros. Me agacho. Balanceo los brazos. Tengo los dedos de los pies agarrados al borde, y toda la piscina se ha reducido a una mano que viene hacia una pared.
Medio cuerpo. Me lo trae. Medio cuerpo exacto.
Su mano toca.
Mis pies se van.
Paso por encima de ella. Un instante, en el aire, estirada, la tengo debajo: la cabeza echada hacia atrás, las gafas, la boca buscando aire. Me mira desde el agua. Yo la miro desde arriba.
Luego el agua me coge.
Nado sola.
No está en la calle de al lado. En la calle de al lado está Carlota Rey, que ha salido medio cuerpo por detrás y viene como una fiera, con dos mil personas empujándola.
Primer largo. Viraje. Largo de vuelta.
Saco la boca del agua y no hay nadie. Una corchera, una calle vacía.
Me entra el miedo. Un segundo. Yo no sé nadar sin esa cara.
Y entonces la veo.
No en el agua. Fuera. Ha salido, no sé cómo, de un salto, sin escalera, y corre por la playa de la piscina, descalza, con el agua cayéndole por las piernas, al lado de mi calle.
Al ritmo. Cada tres brazadas saco la boca y ahí está: no una mejilla, no un trozo.
Entera. Corriendo, gritando algo que no oigo, con el puño en alto.
Viraje. Cien.
Rey se me pega. La noto en la ola, pegada a mí. Me come la cintura.
Largo de ida. No veo a nadie. Solo el fondo, la línea negra.
Viraje. Ciento cincuenta.
El último. De vuelta.
Saco la boca.
Leire está de rodillas en el borde, al final de mi calle, encima de la placa de llegada. Con las dos manos golpeando el suelo. Irati y Nahia, detrás, colgadas la una de la otra.
Rey está a mi hombro.
Aquí es donde el cuerpo pregunta.
No me queda goma. La solté ayer en un panel y anoche contra una puerta. No tengo trece días guardados. Tengo las piernas de trapo y dos horas de sueño.
Tengo otra cosa. Tengo en los brazos lo que me han dado. El doscientos de Irati, con los ojos apretados. El de Nahia, empujando su armario. Y el de ella: quince años, cuatro centésimas, y medio cuerpo que me ha traído hasta la mano.
No lo pierdas.
Meto la cabeza. No vuelvo a sacarla.
Quince metros sin aire. Los pulmones me arden, se me cierra la vista, los brazos ya no son míos. A mi izquierda hay una sombra que no se va. No sé. No sé.
Estiro los dedos hasta que me duelen.
La pared.
No me da tiempo a mirar el marcador.
Hay una mano delante de mi cara. Abierta. La conozco: los dedos largos, la palma, los nudillos.
La cojo.
Tira de mí. Me saca del agua de un tirón, como me sacó una mañana de febrero, hace mil años, cuando yo no sabía nada. Me pone de pie en el borde. Estoy mojada de arriba abajo, sin aire, con las piernas dobladas.
—Mira —me dice. Me coge la cara, me la gira hacia el panel.
1. C. N. URGULL — 7:59.80
Por debajo de ocho minutos. La mínima. Por veintidós centésimas sobre el club local.
Las cuatro. Vamos las cuatro.
Va ella.
Irati se nos echa encima chillando. Nahia. Somos un nudo de brazos mojados. Oigo a Bego bajar las escaleras de la grada de dos en dos, a su edad.
Me suelto. Busco su cara.
Está riéndose y llorando, con el gorro en la mano y el pelo de punta, y me mira como me miró en una bañera, de rodillas, con una cuchilla en la mano.
Hay dos mil personas. Hay jueces, cámaras, una grada entera de un club que acaba de perder.
Hay una mujer pequeña con el bolso en las rodillas, y a su lado una mercera de la Parte Vieja con el abrigo bueno, y un hombre con gorra.
Hay, en algún sitio de Donosti, delante de una pantalla, un chico que me deseó suerte.
Después del campeonato, o esto se puede decir en voz alta, o no es nada.
No se lo digo. Hay demasiado ruido.
Le cojo la cara con las dos manos y la beso.
En la boca. Delante de todos. Un beso de verdad, largo, con sabor a cloro, con sus labios fríos y su lengua caliente. Se queda rígida medio segundo, de pura sorpresa, la que siempre deja un palmo. Luego me agarra por la cintura y me levanta del suelo.
El ruido cambia. No sé si es más o es menos. Me da igual.
Cuando me baja, tiene la frente contra la mía.
—Lo has dicho en voz alta —susurra.
—Más alto no sé.
Irati está gritando «¡por fin, joder, por fin!» con una voz que ya no tiene. Nahia aplaude. Una de las mellizas, desde la zona de calentamiento, silba con dos dedos.
Carlota Rey sale del agua de la calle cinco. Se quita el gorro. Nos mira, con los brazos en jarras, las pecas, los dientes perfectos.
—Ah —dice—. Vale. Ahora lo entiendo todo.
Y se echa a reír, y me da la mano, y luego a Leire.
Bego llega. Se para delante de nosotras, sin aire, con el cronómetro colgando. Nos mira a las cuatro. A las dos.
No dice nada. Le pone a Leire una mano en la nuca, la mano entera, y aprieta. Siete años tarde. Leire cierra los ojos.
Miro la grada.
Arantxa está de pie, aplaudiendo con las manos rojas de lejía por encima de la cabeza.
Mi madre no aplaude. Está sentada, muy tiesa, con el abrigo bueno, la boca apretada. Me mira. Yo la miro, con la mano de Leire en la mía, delante de todo el mundo.
Mi padre le dice algo al oído.
Mi madre suspira, coge el bolso y se levanta despacio para ponerse a aplaudir. No mucho. Lo justo. Como aplaude ella en misa cuando termina el coro.
Para mi madre, es una ovación.
En el podio somos cuatro. Suena el mismo himno que ayer, y esta vez lo oigo.
En el cajón de arriba no cabemos. Irati se me cuelga de un brazo; Nahia se agarra a la barandilla. Leire está a mi lado, pegada, con una medalla de oro encima del chándal, y por debajo de la cremallera, donde nadie ve, lleva otra, de bronce, que le colgué yo esta mañana.
—No he perdido el medio cuerpo —le digo sin mover los labios.
—Has perdido la mitad.
—Pero no entero.
—Pues no te dejo. De momento.
Nos reímos mirando al frente, con la bandera subiendo.
La habitación 307 tiene bañera. En cuatro días no la hemos llenado ni una vez.
Son las dos de la tarde. La cena es a las nueve. Bego ha dicho: «A dormir. Y lo digo en serio». Nadie le ha hecho caso; se oye a Irati cantando por el pasillo.
Leire abre los grifos. Echa medio bote del gel del hotel. Se queda mirando cómo sube la espuma, con la medalla todavía colgada del cuello.
—Me duele todo —dice—. Hasta el pelo.
—A mí también.
—Hemos nadado tres carreras en tres días, sin dormir. Y lo de anoche.
—Lo de anoche no cuenta como esfuerzo.
—Lo de anoche fue el esfuerzo más grande de mi carrera.
Se quita la medalla. Me la cuelga a mí, encima de la mía. Tintinean.
Nos metemos las dos. No cabemos; es una bañera de hotel. Ella detrás, con la espalda contra la porcelana, y yo delante, entre sus piernas, apoyada en su pecho. El agua nos llega por los hombros y se sale por el borde.
Cierro los ojos.
No es como las otras veces. No hay hambre. Estamos tan cansadas que no nos queda ni eso. Hay agua caliente, espuma, y su respiración en mi nuca.
Coge la esponja. Me lava.
Despacio. Los hombros, que me ha visto mover desde la grada. Los brazos, uno y otro, levantándomelos por la muñeca. Me pasa la esponja por el cuello, por la clavícula, por encima del mordisco, que hoy ha visto media España en una pantalla.
—Lo siento —dice, y no lo siente nada.
—Mi madre lo ha visto.
—¿Y qué ha dicho?
—Nada. Ha mirado a la tuya.
Se ríe en mi pelo.
Suelta la esponja. Sigue con las manos. Jabonosas, lentas. Me lava los pechos como me lavó la espalda aquella tarde en Gros: con cuidado, entera, sin buscar nada. Los pezones se me endurecen igual. Los rodea con las yemas. Yo dejo caer la cabeza en su hombro.
—No tengo fuerzas —le aviso.
—No hace falta. No tienes que hacer nada. Estás flotando.
Es verdad. Estoy flotando otra vez, sostenida por delante y por detrás.
Baja una mano por mi tripa. Por debajo del agua, por debajo de la espuma, donde no se ve. Me abre las piernas con las suyas, enganchándome los tobillos por dentro.
Me toca.
No me folla. No hay otra palabra para lo que hace y no es esa. Me acaricia. Con dos dedos, largos, perezosos, de abajo arriba, una y otra vez, al ritmo de mi respiración. Con la otra mano me sujeta por debajo del pecho, contra ella.
—Campeona de España —murmura.
—Tú también.
—De relevos.
—Es un oro.
—Es un oro. —Me besa detrás de la oreja—. Te lo he dado yo. Medio cuerpo.
—Y yo no lo he perdido.
—La mitad.
Me río, floja. Se me corta la risa, porque ha encontrado el sitio y se ha quedado.
Círculos. Pequeños, lentos, sin apretar. No sube el ritmo. No lo va a subir; lo sé. Me va a llevar así, al paso, sin prisa ninguna, como quien nada un largo de soltar.
El agua se mueve con su mano. Chapotea bajito contra la porcelana.
No hablamos. Ella, que habla siempre. Me respira en el cuello. Me besa el hombro, el lunar. Noto su corazón en mi espalda, despacio.
Viene de muy lejos. Casi no lo noto llegar. Es un calor que se extiende, sin borde, desde donde tiene los dedos hasta la punta de los pies. No me arqueo. No grito. Se me escapa el aire, largo, y me deshago contra su pecho, y ella me aprieta un poco más y sigue, suave, hasta que le cojo la muñeca.
Nos quedamos quietas. El agua se calma.
—Esto no lo había hecho nunca —dice al rato.
—¿El qué?
—Esto. Despacio. Sin querer demostrar nada. —Tarda—. Con las otras siempre tenía que ser la mejor. Que se acordaran. Contigo me da igual. Podría quedarme aquí hasta que se enfríe el agua sin hacerte nada, y estaría igual de bien.
Me giro como puedo. Se sale media bañera. La beso.
—Ahora tú.
—No ha…
La miro.
Se calla. Sonríe con media boca.
—Vale —dice—. Ahora yo.
Nos damos la vuelta, con mucho chapoteo, con codos, con risas. Ella delante, yo detrás. Le lavo el pelo. Se lo aclaro con las manos en cuenco, tapándole los ojos. Luego bajo la mano por debajo de la espuma, y la llevo al paso, sin prisa, hasta que oigo el silbido contra los azulejos.
Nos dormimos en la bañera. Las dos. Nos despierta el agua fría a las cuatro, con los dedos arrugados y las medallas en el fondo.