Apnea 36. Sin perdón #2
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36. Sin perdón #2

La follo como me folló ella en un banco de vestuario. Con todo el brazo, sin pedir permiso. Con el pulgar arriba, donde acabo de tener la lengua. Le muerdo la espalda, la que le afeitó Maialen, y le digo al oído lo que ella me enseñó a oír.

—Mírate. La capitana. A cuatro patas en un hotel de Sabadell. ¿De quién eres?

—Tuya.

—No te oigo.

—Tuya. Soy tuya. Desde hace siete años. Más. Más fuerte.

Se corre a gritos. Con la cara en la almohada y el cuerpo entero sacudido, apretándome los dedos, golpeando el colchón con la mano abierta, una, dos, tres veces.

La sostengo. La llevo hasta el final, hasta el último temblor, y no saco la mano hasta que se me cae de lado, vencida, jadeando, con los ojos cerrados y la boca abierta.

Me tumbo detrás. La abrazo. En cuchara, mi tripa contra su espalda.

—¿Bien?

Asiente. No tiene voz.

—¿Demasiado?

Niega. Me coge la mano, se la lleva al pecho, la aprieta ahí.

—Nadie —dice al cabo de un rato—. Nunca. Nadie me había cogido así.

—Ya lo sé.

—Siempre he sido la que…

—Ya lo sé. Se acabó.

Se da la vuelta entre mis brazos. Me mira. Tiene la cara deshecha y está más guapa que encima de ningún podio.

—Catorce días —dice— sin probarte.

Se me encoge el vientre.

—Leire, acabas de…

—Me da igual. No me he quedado tranquila. Contra la puerta no cuenta; tenía demasiada rabia. —Me besa la barbilla, la garganta—. Te lo quiero hacer bien. Despacio. Llevo dos semanas imaginándome a qué sabías.

Se desliza hasta el suelo. Se arrodilla en la moqueta, entre las dos medallas, y me arrastra por los tobillos hasta el borde de la cama. Me abre las piernas. Se las echa a los hombros.

La miro. Tiene el pelo revuelto, la cara todavía hinchada de llorar, de gritar. Está de rodillas en una moqueta de hotel, a las once de la noche del peor día de su vida deportiva, y me mira entre los muslos como si le hubieran puesto delante lo único que quiere.

—Mira cómo estás —dice, casi sin voz—. Ya te has corrido una vez y sigues así. Hinchada. Brillando. Y sin nada, toda lisa. —Me abre con los pulgares—. Catorce días, cada tres, afeitándote para mí sin saber si iba a verlo.

—Sí.

—Eres mi guarrita.

—Sí.

—Dímelo.

—Soy tu guarrita. Cómeme. Por favor. No puedo más.

Baja la boca.

La lengua plana. De abajo arriba. Entera. Sin prisa.

Me dejo caer hacia atrás en las colchas granates.

No se parece a lo de la puerta. Aquello fue soltar una goma.

Esto es lo otro, lo de la primera noche en la montaña: una marea.

Me come despacio, por todas partes, con ruido, con gusto, haciendo esos sonidos pequeños de quien lleva mucho tiempo con hambre.

Me bebe. Me rodea el clítoris sin tocarlo, una vuelta, diez.

Baja. Entra. Baja más, atrás, ahí, un momento, lo justo para que se me escape un sollozo, y vuelve.

—Te he echado de menos —dice contra mí, y la vibración me sube por la columna—. Esto. Cómo hueles. Cómo te mueves. En la final te miré la espalda en el poyete y pensé: si pierdo, que sea contra este cuerpo.

Le agarro el pelo con las dos manos.

Me mete dos dedos. Hacia ella. Y la lengua, quieta, caliente, encima, dejándome latir.

—No hay final —le digo. Me acuerdo. Me lo dijo ella.

—No hay final —repite. La noto sonreír.

Sube lento. Me llena desde los pies. No grito esta vez. Me arqueo, larga, callada, con los talones clavados en su espalda, y me deshago en su boca durante una eternidad. Ella no para. Me sujeta las caderas, baja el ritmo, espera, vuelve.

La segunda me pilla riéndome y llorando.

Cuando por fin sube, con toda la cara mojada, se tumba encima de mí y me besa, y sé a qué sé.

—Ahora sí —dice—. Ahora me he quedado tranquila.

Y entonces, despacio, sin mandar ninguna, vuelve a empezar.

Esa es la que no sé contar. No hay arriba ni abajo.

Estamos de lado, frente a frente, con las piernas trenzadas, su muslo entre los míos y el mío entre los suyos.

Nos movemos apenas. Una contra la otra, mojadas, resbalando, piel recién afeitada contra piel recién afeitada.

Su mano en mi culo, la mía en el suyo, apretándonos.

Las bocas juntas, respirando el mismo aire.

No hay juguetes, ni gomas, ni palabras de parar. Dos cuerpos de nadadora que se saben de memoria.

—Te quiero —dice. Contra mis labios, con los ojos abiertos.

—Te quiero.

—Otra vez.

—Te quiero, Leire.

Oigo el silbido. Por fin. Fino, entre los dientes, a un dedo de mi boca. El de los últimos quince metros.

Me lo bebo.

Nos vamos a la vez, despacio, largo, apretadas, sin gritar. Una sola ola para las dos.

A la una de la mañana estamos tumbadas en dos camas que ya son una, con las colchas en el suelo.

Le paso un dedo por el esternón.

—Bego dijo «enteras».

Se ríe. La risa corta, de garganta. Hacía dos semanas que no la oía así.

—Bego no sabe lo que dice.

—Bego habla de todo.

—Pues que hable. —Se estira, larga, con los brazos por encima de la cabeza. Le crujen los hombros—. Estoy mejor que en toda la semana. Me has descargado la espalda.

—Tengo un título de fisioterapeuta. No. Espera. Lo tienes tú.

Me da un manotazo.

Luego se queda callada, mirando el techo. Le veo el perfil. La mandíbula.

—Voy a nadar el relevo.

No digo nada. Me da miedo que se lo piense.

—A las once. Tercera posta. —Vuelve la cara hacia mí—. No de rebote. No colgada de nadie. Voy a salir cuarta, que es como me va a dejar Nahia, y te voy a entregar el relevo con medio cuerpo de ventaja. Y tú no lo vas a perder.

—No lo voy a perder.

Me río. La beso. Sabe a mí, a sal, a cloro, a ella.

En la moqueta, junto a la puerta, hay dos medallas. Una de oro y una de bronce, con las cintas enredadas.