36. Sin perdón
No está en el comedor, ni en el vestíbulo, ni con su madre, que me dice desde el sillón, sin que le pregunte: «Déjala, hija. Cuando era pequeña y perdía, se me escondía en la bañera vacía».
No es una bañera. Pero se le parece.
La encuentro a las nueve, en la piscina de calentamiento. Veinticinco metros, cuatro calles, detrás de la grande. Ya no queda nadie. Han apagado los focos; solo las luces de emergencia, verdes, y el resplandor del agua.
Está sentada en el poyete de la calle cuatro. Vestida, con el chándal del club, la capucha puesta. Descalza. Los pies dentro del agua.
Me quito las zapatillas. Me siento en el poyete de la cinco. Meto los pies.
El agua, plana. No es de nadie.
No dice nada. Yo tampoco. Tengo dos medallas en el bolsillo de la sudadera, y me pesan distinto.
Saco la de bronce. La dejo en el bordillo, entre los dos poyetes. En el palmo.
La mira.
—No me digas que lo sientes —dice. Tiene la voz ronca de haber llorado y de haber dejado de llorar.
—No lo siento.
Gira la cabeza. Me mira por primera vez desde la corchera.
—No te voy a pedir perdón, Leire. Me lo prohibiste tú, por teléfono, y además no sería verdad.
He nadado la carrera de mi vida. La que Bego me pide desde los diecinueve.
Y la he nadado porque tú estabas en la calle de al lado, tirando como una loca, y te vi la cara, y supe lo que querías que hiciera.
Le tiembla la barbilla.
—La seguí —dice—. A Rey. Bego me dijo que no, y la seguí como una cría de quince años.
Me entró el miedo en la salida y me fui detrás.
Pasé el cien un segundo por encima de lo mío.
—Se ríe, una risa sin aire—. Mi mejor marca.
Un cincuenta y ocho veinticuatro. Si hubiera nadado con la cabeza, hago cincuenta y siete.
Lo he perdido yo sola. No me lo has quitado tú.
—Te lo he quitado yo también.
—Sí. También. —Mira el agua—. ¿Y sabes lo peor?
Espero.
—Que en el último largo, cuando te vi venir, cuando me pasaste… Lo pensé. Un segundo. Pensé: que gane ella. —Se tapa la cara con las manos—. Quince años, Paula. Desde los doce. Y con la plaza delante, muriéndome, lo que pienso es que ganes tú. ¿Qué me has hecho? ¿En qué me has convertido?
No contesto. Tengo un nudo que no me deja.
Baja las manos. Tiene los ojos hinchados, la nariz roja. No la he visto nunca tan poco capitana.
—No voy a nadar el relevo.
—Leire.
—No voy a ir al Europeo de rebote. Colgada de tu posta, porque la de la cinco remonta. Como un premio de consolación. Tengo veintisiete años y me queda algo de vergüenza.
—No vas colgada de nadie. Sin tu tercera posta no hay relevo. Irati y Nahia nos dejan cuartas; tú nos pones delante. Yo solo tengo que no perder lo que tú me des. Es lo que hemos hecho siempre. Tú sales, yo remonto.
—Hoy has remontado tú sola.
—Hoy te he tenido de liebre doscientos metros. Bego lo dijo anoche: la que gane habrá ganado gracias a la otra. —Me vuelvo hacia ella en el poyete—. Y no voy a ir a ese Europeo sin ti. No sé nadar con otra en la calle cuatro. Lo intenté tres semanas con Irati y casi me ahogo.
Se le escapa algo, entre risa y sollozo.
La luz verde. El agua.
—Es el día de después —digo.
Se queda quieta.
—Casi. Faltan tres horas para las doce. Pero la final ya ha pasado. Me pediste que te lo dijera otra vez, con la cabeza fría, sin plazas, sin novio recién ido, sin ti como único sitio. —Respiro. Cuatro tiempos—. Pues escúchame.
No se mueve.
—He dormido. Anoche, de un tirón, con tu mano.
Tengo una habitación en Egia, con una ventana a las vías, que pago yo.
Se lo he dicho a mi madre, que ahora mismo está arriba compartiendo pipas con la tuya.
Llevo catorce días sin acostarme contigo y no me he muerto, ni he vuelto con nadie, ni he necesitado que me recogieras.
—Me tiembla la voz y la dejo—. Hoy he ganado lo que quería desde que tenía siete años.
Tengo la medalla en el bolsillo. Tengo la plaza.
No me falta nada, Leire. Por primera vez en mi vida no me falta nada y no le debo nada a nadie.
Se le están cayendo las lágrimas, sin ruido.
—Y sigue siendo verdad. No es hambre. No es la montaña. No es que no tuviera adónde ir. Te he quitado lo que más querías y tú me has dado las gracias en mi oído. No hay nadie más así. —Trago—. Estoy enamorada de ti, Leire Aramburu.
Silencio.
Luego, muy bajo, con la cara mojada:
—Has dicho mi nombre entero.
—Sí.
—Esa es la palabra de parar.
—Pues no pares.
Se rompe. Se dobla sobre las rodillas, en el poyete, y llora como no la he visto llorar, con todo el cuerpo, las cuatro centésimas, los quince años, los siete, la habitación individual. La dejo. No la toco todavía.
Cuando levanta la cabeza, se limpia con la manga.
—Yo también —dice—. Desde los veinte. Desde que Bego te puso en esa calle y sacaste la boca del agua y me miraste sin verme. —Hipa—. Te quiero tanto que me ha dado igual perder. Y eso no me lo perdono, pero es así.
Alargo la mano por encima del palmo. La medalla de bronce queda debajo.
La coge.
—Ya no hay metro —le digo.
No llegamos a la cama.
La puerta de la 307 se cierra y me tiene contra ella antes de que suene el pestillo. No hay «despacio». Catorce días. Me besa con los dientes, con la cara todavía salada, y me arranca la sudadera por la cabeza, y las dos medallas caen al suelo con un ruido de monedas.
—Estoy muy enfadada —dice en mi boca.
—Ya lo sé.
—Contigo no. Con todo.
—Pues dámelo a mí.
Me baja las mallas de un tirón. Las bragas con ellas. Me levanta una pierna, se la engancha a la cadera, y me mete la mano.
Grito. No me tapa la boca.
Estoy tan llena, tan tensa, tan a punto desde hace dos semanas, que no hay nada que preparar. Tres dedos. De golpe. La cabeza se me va contra la puerta.
—Mira cómo estás. —Rota, ronca, pegada a mi oído—. Catorce días. Chorreando. ¿Lo has guardado todo?
—Todo.
—¿Para quién?
—Para ti.
—¿Ni una vez?
—Ni una. Paraba. Siempre.
Gime como si le doliera. Me folla contra la puerta con el brazo entero, con el hombro, con la rabia de las cuatro centésimas, y yo me agarro a su cuello y dejo que me la dé toda.
La puerta golpea el marco. Me muerde el cuello, el hombro, la clavícula, donde mañana no va a tapar el bañador y me da igual.
—Eres mía.
—Tuya.
—Dímelo otra vez.
—Soy tuya. Soy tu guarrita. Te quiero. No pares.
Se le escapa una risa en mitad del jadeo, incrédula, mojada.
—Las tres cosas a la vez.
—Las tres. Leire. Me voy.
No me dice que pare.
—Córrete. Suéltalo. Todo, mi vida, dámelo todo.
Suelto la goma.
No se parece a nada. Ni a la montaña, ni a Gros, ni al cajón entero.
Son catorce días de borde, de duchas frías, de manos debajo de los muslos, y salen de una vez.
Me coge desde las plantas de los pies y me levanta.
Grito con la boca abierta, sin voz al final, sacudida contra la puerta, apretándole los dedos con una fuerza que le arranca un «joder».
No se acaba. Viene otra encima, y otra, olas largas, y me doblo sobre su hombro, y noto que me corre por los muslos, que la mojo hasta la muñeca, y que me fallan las piernas.
Me sostiene. Me baja con ella hasta el suelo, despacio, las dos sentadas en la moqueta, yo encima, temblando como una hoja.
—Ya —me dice en el pelo—. Ya. Estoy aquí.
Tardo en volver. Cuando vuelvo, tiene la frente apoyada en la mía y los ojos cerrados. Sigue vestida. Sigue con la capucha.
Le bajo la capucha.
—Ahora tú.
—No hace falta. Yo estoy…
Le pongo un dedo en la boca.
—Hoy mando yo.
Abre los ojos.
—Has perdido una final —le digo, bajito—. Llevas toda la vida mandando, cuidando, aguantando. Dejando un palmo. Hoy no decides nada. Hoy te tumbas y me dejas.
Le tiembla la boca.
—¿Y si no sé?
—Sabes. Lo hiciste en una piscina, de noche. Dímelo.
Traga saliva. La capitana. La que nunca hace ruido.
—Mandas tú.
La levanto. La desnudo yo, de pie, despacio: la sudadera, la camiseta, el pantalón. La tumbo en su cama, la de la puerta. Empujo la otra con la rodilla, la mía, hasta que choca. Las dos camas juntas, sin hueco, con las colchas granates.
—Ya no hay metro —dice ella, mirándolo.
—Ni lo va a haber.
Me pongo encima. Con todo lo que me ha enseñado.
Empiezo por la boca. Mucho rato, blanda, sin ir a ningún sitio. Le beso los párpados hinchados. El cuello, donde otra le dejó una marca hace mil años; le dejo la mía. Los pechos. La lengua plana primero. Luego la punta. Y luego chupo, y se arquea con un quejido.
No le hablo como me habla ella. No sé mandar así. Le hablo como sé yo.
—Eres lo mejor que he visto nadar en mi vida. Hoy también. Hoy más. —Bajo por su tripa—. Te miré la espalda en el poyete y pensé que no hay nada más bonito.
—Paula…
Se ríe y llora. Le abro las piernas.
Le hago lo que me gustaría. Se la come despacio una boca que se la sabe de memoria.
Sé dónde, sé cuánto. Suave, en círculos, y luego quieta, dejándola latir.
Dos dedos, curvados hacia mí. Y cuando la noto subir, cuando empieza a buscar el silbido, lo contenido, lo suyo, le levanto las caderas con las manos y bajo la lengua más abajo. Atrás.
Da un grito.
—A ti también —le digo contra la piel—. Me lo callaste. Lo noté con Ane.
—Dios. Paula. No…
—¿No?
—Sí. Sí. No pares.
No paro. Le doy la vuelta, boca abajo, una almohada debajo de las caderas, como me puso ella.
Le abro. La lamo ahí, lenta, mojada, paciente, con la mano por debajo, y la oigo deshacerse contra la colcha.
No hay silbido. Hay gemidos, largos, sin vergüenza, y mi nombre, y palabras sueltas que no le he oído nunca.
Empuja hacia mi boca. Se agarra al cabecero con las dos manos.
—Fóllame —dice—. Por favor. Como sea. Te necesito dentro.
No tengo cajón. No hemos traído nada. Tengo las manos.
La pongo de rodillas. A cuatro patas, en mitad de las dos camas. Le cojo el pelo corto, lo poco que hay, en el puño. La otra mano, desde atrás. Tres dedos. Hondo.
Se le doblan los codos.