35. Cuatro centésimas
Me despierto con su mano en la mía.
Se nos han dormido los brazos. Los tenemos tendidos en el hueco, colgando, con los dedos todavía enganchados. Entra la luz por la rendija de la cortina. Ella ya tiene los ojos abiertos; me está mirando desde su almohada.
—Hola —dice.
—Hola.
Me aprieta los dedos. Una vez.
Luego los suelta, despacio, uno por uno.
—Hasta el poyete —dice.
Se levanta. Ya no es la que me cogió la mano. Es la capitana; la de anoche, la de la mano en el hueco, no existe. Se viste de espaldas. No me mira más en todo el día.
Yo tampoco a ella. Es lo que hay que hacer.
A las seis menos diez estoy sentada en una silla de plástico.
Las seis menos diez. No las de la mañana: las de la tarde. Me hace gracia y no se lo puedo contar a nadie.
La cámara de llamadas huele a linimento y a miedo. Ocho mujeres. Carlota Rey, enfrente, con los cascos puestos, moviendo los hombros, tan tranquila. Leire, dos sillas a mi izquierda, con la capucha hasta los ojos y las manos entre las rodillas.
No la miro. La noto. Sé cómo respira.
Yo tengo trece días dentro. Los tengo en los brazos, en las piernas, debajo del esternón. La goma, tensa hasta el límite. Me arde la piel recién afeitada contra el bañador de competición, que aprieta como una mano.
—Final femenina, doscientos libre. Por favor.
Nos levantamos.
El túnel. La luz. El ruido.
La grada está llena. Nunca he nadado con tanta gente. Gritan un apellido, el de la calle tres, a compás, con palmas. Me pongo las gafas para no ver, pero antes de ponérmelas los veo.
Arriba, a la derecha. Irati, de pie en el asiento, con una bandera que no sé de dónde ha sacado. Bego, sentada, con el cronómetro. Una mujer pequeña con el bolso en las rodillas.
Y al lado, tiesa, con el abrigo bueno, mi madre.
Se me para el corazón. No me dijo que venía. Mi padre está a su lado, con la gorra, buscándome entre las calles con la mano de visera.
Mi madre y la madre de Leire están sentadas juntas. No sé si lo saben. Arantxa le está ofreciendo algo de una bolsa. Mi madre lo coge.
Tengo que mirar al agua.
—Calle tres, Carlota Rey, Club Natació…
El rugido.
—Calle cuatro, Leire Aramburu.
Se quita la sudadera. Levanta una mano. No sonríe.
—Calle cinco, Paula Ibarra.
Levanto la mano. Oigo a Irati por encima de dos mil personas.
Me quito el chándal. El aire en la piel nueva. Me mojo los brazos, el pecho, la nuca. Estiro los hombros, los brazos en cruz.
A mi izquierda, ella hace lo mismo. Los mismos gestos, en el mismo orden. Siete años.
El silbato largo.
Subo al poyete. El agua me chorrea por las piernas. Tengo las manos frías y el pecho caliente.
A mi izquierda, Leire se agacha, agarra el borde, mete la cabeza entre los brazos. La espalda. Los dorsales como dos alas plegadas.
La veo. Viéndola.
—Preparadas.
El mundo se calla.
El silbato.
Entro bien. Lo sé antes de salir: el agujero pequeño, las piernas por donde la cabeza. El agua me coge, fría, viva, en cada centímetro. Me toca.
Cuatro patadas de delfín. Arriba.
Primer largo, de ida. Nuca contra nuca. No la veo. Veo, a su otro lado, una estela blanca que se va: Rey, que ha salido como un tiro. Y la sombra de Leire, medio cuerpo por delante de mí. Más explosión. Yo, más fondo.
Nuestra historia en una frase.
No la sigo. No sigo a ninguna. Nado lo mío, largo, suelto, sin gastar.
Viraje. Cincuenta.
Largo de vuelta.
Saco la boca del agua, y ahí está.
La mejilla. La boca torcida buscando aire. El cristal ahumado.
Está un metro por delante. Va fuerte. Va persiguiendo a Rey, la tiene al otro lado, a medio cuerpo. La conozco: ha salido a morir. Sabe que Rey es mejor en los primeros cien, y se le ha ido detrás, y lo va a pagar.
No la sigáis, dijo Bego. Vuestra carrera es el tercer cincuenta.
Ella la sigue. Tiene veintisiete años y es su último tren.
Viraje. Cien.
Largo de ida. No la veo. Tengo los brazos todavía míos. El ruido de la grada me llega debajo del agua como un trueno lejos.
Y empiezo a notar la goma.
No es fuerza. No sé explicarlo. Es que hay algo dentro, apretado, lleno, que lleva trece días esperando una mano, y la mano no ha llegado, y ahora pide salir por donde sea. Me sube por las piernas. Me entra en los hombros.
Viraje. Ciento cincuenta.
El último largo. De vuelta.
Aquí es donde el cuerpo pregunta si de verdad quieres seguir.
Saco la boca.
Su cara.
La he cogido. Estamos a la par, hombro con hombro. Detrás del cristal ahumado no se ve nada, y sin embargo lo veo todo: va rota. Se le ha acabado. Lo ha dado en los primeros cien y ahora nada con los dientes, con la rabia, con los quince años desde los doce.
Tres brazadas. Saco la boca.
Me mira.
No el vistazo ciego de quien respira. Me mira. Medio segundo, con la boca abierta y el agua resbalándole por los dientes.
Sé lo que me dice. Me lo dijo por teléfono, a oscuras. Como aflojes, no te vuelvo a mirar a la cara.
Me duele verla así.
Y suelto la goma.
Toda. De golpe. Trece días, tres meses, veintiséis años. No le miento a mi cuerpo: le digo la verdad, que la quiero, que voy a quitarle lo que más quiere en el mundo, que lo voy a hacer nadando de verdad porque es lo único que le debo.
Le como el hombro.
Tres brazadas. Su cara, un poco más atrás.
Le como la cabeza.
Tres brazadas. Ya no está. Donde estaba su cara hay agua.
Es la primera vez en siete años que saco la boca en un largo de vuelta y no la veo.
No respiro más. Los últimos quince metros los hago sin aire, con los pulmones ardiendo, la vista en túnel, los brazos que ya no son míos. Más allá, al otro lado, hay otra sombra, la de Rey, que se me viene, que se me va. No sé.
Estiro los dedos hasta el dolor.
La pared.
No veo nada. Estoy colgada del borde, con la frente en el antebrazo, y el pecho quiere salírseme del bañador. Arriba hay un ruido enorme, sin forma.
Tengo que mirar. No quiero mirar.
Me quito las gafas. Me vuelvo hacia el marcador.
1. IBARRA, P. — 1:58.02
Lo leo. No lo entiendo. Es mi apellido, arriba del todo, con un uno delante.
2. REY, C. — 1:58.20
3. ARAMBURU, L. — 1:58.24
Cuatro centésimas.
No una décima. Menos de la mitad. Lo que tarda en cerrarse medio párpado.
He ganado. Soy campeona de España. Me voy al Europeo. Llevo diecinueve años metiéndome en agua a veintisiete grados y medio para leer esto en un panel.
Y lo único que oigo, por encima de dos mil personas, es una respiración a mi izquierda.
Me vuelvo.
Está colgada de la corchera. Se ha quitado las gafas. Tiene el cerco rojo alrededor de los ojos, la boca abierta, y mira el marcador. No a mí: el marcador. La tercera línea. Lo lee una vez. Otra.
La veo entenderlo.
No llora. No hace nada. Se le va la cara, despacio, como se le va el agua a una bañera. Se queda vacía. Quince años, y cuatro centésimas, y la persona que se las ha quitado está a un palmo.
Al otro lado, Rey grita, golpea el agua, saluda a su grada.
—Leire —digo.
Gira la cabeza. Me mira.
Pienso que va a apartarse. Que va a meter la cabeza debajo del agua y salir por la otra escalera. Me lo dijo: no sé si voy a poder mirarte.
Se impulsa. Pasa por encima de la corchera, a mi calle. Delante de la grada, de los jueces, de las cámaras de la Federación.
Me abraza.
Mojada, con los dos brazos alrededor de mi cuello. Es la primera vez que me toca el cuerpo en trece días. Está temblando. Tiene la cara escondida en mi hombro y noto ahí algo caliente que no es agua de la piscina.
—No has aflojado —me dice al oído. Sin voz.
—No.
—Me has mirado y has apretado.
—Sí.
—Gracias.
Me aprieta un segundo más. Y me suelta.
—Enhorabuena, campeona —dice. Lo dice de verdad. Y se le rompe la cara al decirlo.
Se da la vuelta. Cruza la corchera. Sale del agua por la escalera, despacio, como una vieja, sin el salto. Coge la toalla. No mira a la grada, donde una mujer pequeña se ha puesto de pie.
Se va por el túnel.
Yo me quedo en el agua de la calle cinco, con un uno delante del apellido, y no he tenido menos ganas de celebrar nada en mi vida.
Me cuelgan una medalla. Suena un himno. En el podio, Rey me da dos besos y me dice al oído que no me había visto venir.
Busco en la grada. Mi madre llora con el abrigo bueno; mi padre agita la gorra. Irati se ha quedado sin voz. Arantxa sigue de pie, mirando la boca del túnel.
El tercer cajón del podio está vacío.
Leire no sube. Sube una juez, incómoda, y le deja la medalla de bronce a Bego.
Cuando bajo, Bego me espera con mi chándal en la mano. Me lo pone por los hombros ella misma, que no lo ha hecho nunca.
—Un cincuenta y ocho cero dos —dice—. Has hecho la carrera perfecta, Ibarra. La que te llevo pidiendo desde que tenías diecinueve.
—¿Dónde está?
—Déjala.
—Bego.
—Déjala una hora. —Me agarra de los hombros.
Tiene los ojos húmedos; no se lo había visto nunca—.
Ha nadado la mejor marca de su vida y no le ha llegado.
Eso no se consuela. Se pasa. Y mañana a las once la necesito en un poyete, de tercera posta, entregándote a ti el relevo.
Si ese cuatro por doscientos gana con mínima, van las cuatro al Europeo.
Ella también. Es la única puerta que le queda.
Contengo el aire.
—¿Y lo sabe?
—Lo sabe. Lo que no sé es si va a querer nadarlo. —Me suelta—. Eso ya no depende de mí.
Me da la medalla de bronce. Pesa en la mano, fría, con su cinta.
—Llévasela tú. Cuando pase la hora.