Apnea 34. Calles cuatro y cinco
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34. Calles cuatro y cinco

El jueves por la noche nos afeitamos.

Cada una en su turno, con la puerta del baño abierta, porque de mirar no dijimos nada.

Yo la miro a ella pasarse la cuchilla por las piernas, sentada en el borde de la bañera, con el pie en el lavabo.

Ella me mira a mí. No hablamos. Es casi peor que lo de la ducha: es lento, es doméstico, es verla hacer una cosa que solo ha hecho delante de mí.

Luego llega la espalda.

Nos quedamos las dos de pie, cada una con su bote de espuma, a los lados del hueco.

—No —dice Leire.

—Ya.

—Si te pongo una mano en la espalda con espuma, se acaba el campeonato.

—Ya lo sé.

Se muerde el labio. Coge el móvil.

Diez minutos después estoy sentada en la bañera de Irati, dos habitaciones más allá, con Irati pasándome la cuchilla por los omóplatos y resoplando.

—Esto es ridículo. Estáis a un metro la una de la otra y me llamáis a mí.

—Es por la final.

—Es porque sois imbéciles. —Aclara la cuchilla—. Tienes una marca aquí. De dientes. Ya casi no se ve.

—Ya.

—No quiero saberlo.

A Leire se la hace Maialen. La oigo protestar por el pasillo, con la rodilla a rastras: que si tiene veintisiete años, que si a ella nadie le afeita nada, que si en este equipo cada día entiende menos.

Cuando vuelvo a la 307, Leire está tumbada boca abajo en su cama, sin camiseta, con la espalda recién hecha, rosada, nueva.

Me quedo mirándola desde la puerta.

—No me mires así —dice contra la almohada.

—¿Así cómo?

—Como si te la fueras a comer.

—Es que me la voy a comer.

Levanta la cabeza. Tiene las mejillas encendidas.

—El sábado.

—El sábado.

Las eliminatorias son el viernes por la mañana.

La cámara de llamadas es un cuarto con sillas de plástico donde te tienen veinte minutos antes de salir. Nadie habla. Ocho mujeres por serie, cada una con sus cascos, su capucha, sus manías. Hay una que reza. Otra se da palmadas en los muslos hasta ponérselos rojos.

Yo tengo doce días de goma tensada.

No sabía que servía para esto. Estoy sentada en una silla de plástico y me noto cada músculo lleno, a punto, con una electricidad debajo de la piel que no he tenido nunca antes de una carrera. Todo lo que no he gastado. Todo lo que llevo guardando para unas manos que no me han tocado.

Bego tenía razón. El que llega con hambre.

Nado la segunda serie. Controlo. Salgo bien, paso el cien cómoda, y en el tercer cincuenta, donde se decide, no tengo que mentirle a nadie: el cuerpo quiere más y le digo que no, que hoy no, que guarde. Toco la primera de mi serie con medio cuerpo.

Leire nada la tercera. La veo desde la zona de calentamiento, envuelta en la toalla. Sale como sale ella, medio cuerpo por delante de todas, y no vuelve a verles la cara. No se guarda nada. Nada enfadada, con miedo, con veintisiete años.

Carlota Rey nada la cuarta, con media grada gritándole. Va sobrada. Se deja ir los últimos quince metros, mirando el marcador de reojo, y toca sonriendo.

Salen los tiempos en el panel.

1. ARAMBURU, L. — 1:59.31

2. IBARRA, P. — 1:59.74

3. REY, C. — 1:59.90

Irati grita. Bego no; Bego mira el panel con los ojos entornados.

—Rey se ha dejado un segundo en el bolsillo —dice—. No os engañéis. Mañana nada dos menos.

Lo sabemos.

Pero el panel dice otra cosa, además, y la leemos las dos al mismo tiempo. Los tres mejores tiempos van al centro de la piscina. La primera, calle cuatro. La segunda, calle cinco. La tercera, calle tres.

Cuatro y cinco.

Leire se vuelve hacia mí. Tiene el gorro en la mano y el cerco rojo alrededor de los ojos.

—Como en casa —dice.

—Como en casa.

Siete temporadas. Cada mañana. Y la carrera que decide todo vamos a nadarla exactamente igual: ella en la cuatro, yo en la cinco, mirándonos la cara cada tres brazadas en los largos de vuelta.

No sé si es un regalo o una crueldad.

Por la tarde, en el vestíbulo del hotel, hay una mujer pequeña sentada en un sillón, con el bolso en las rodillas.

Tiene el pelo corto, castaño, con canas. Las manos enrojecidas, de lejía. Y unos ojos que conozco, con una mota más clara en el izquierdo.

Leire cruza el vestíbulo en tres zancadas.

—Ama. ¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras, que es un dineral el tren…

—He pedido el día. —La mujer se levanta. Le llega a su hija por el hombro—. Llevo quince años viéndote nadar en la tele del bar. Una final de estas no me la pierdo.

Se abrazan. Leire se dobla para abrazarla. Tiene la cara escondida en el cuello de su madre y los hombros le suben y le bajan.

Yo me quedo donde estoy, junto a los ascensores, sin saber si irme.

La mujer me ve por encima del hombro de Leire. Me mira un rato largo, sin soltar a su hija.

—Tú eres la de la calle cinco.

Me pongo roja hasta las orejas.

—Sí, señora.

—Arantxa. —Se separa. Se acerca. Me coge las dos manos con las suyas, ásperas, calientes—.

Mi hija lleva siete años hablándome de ti.

Que si la de la cinco ha bajado marca. Que si la de la cinco tiene más fondo que nadie.

Que si la de la cinco tiene novio. —Me aprieta—.

Y hace casi dos semanas me llama a las tantas y me dice: ama, que ya no tiene novio.

—Ama, por favor —dice Leire, detrás, con la cara tapada.

—Calla tú. —No me suelta—. Mañana le vas a querer ganar.

No es una pregunta.

—Sí.

—Bien. Es lo que tienes que hacer. Ella, lo mismo. —Me mira con los ojos de Leire—. Pero luego, gane la que gane, no me la dejes sola. Que ya la dejaron una vez, y yo estaba fregando un ambulatorio y no me enteré hasta un año después.

Se me cierra la garganta.

—No la voy a dejar sola.

Asiente. Me da dos palmadas en la mejilla.

—Estás muy flaca. ¿No os dan de comer?

A las diez de la noche me vibra el móvil.

Estoy en mi cama, la de la ventana, con las piernas en alto contra la pared. Leire, en la suya, con los cascos, visualizando la carrera con los ojos cerrados; mueve los dedos, cuenta brazadas.

Es un número que me sé de memoria.

Mañana es tu final. Lo he mirado en la web de la Federación. Calle 5.

Se me para el aire.

No te escribo para nada. Solo quería decirte que lo vas a hacer bien. Llevas toda la vida para esto y te lo mereces, pase lo que pase con lo demás.

Y un minuto después:

Estoy mal. No te voy a mentir. Pero no te deseo nada malo. Suerte, Paula.

Lo leo tres veces. Se me emborronan las letras.

—¿Qué pasa?

Leire se ha quitado un casco. Me mira desde su cama.

Le tiendo el móvil por encima del hueco. Con el brazo estirado, sin cruzar. Lo coge por el otro extremo.

Lee. La veo leer. Se le mueve la mandíbula.

—Es mejor persona que nosotras dos —dice al fin.

—Sí.

—Contéstale.

—No sé qué ponerle.

—La verdad. Que gracias. Que lo sientes. —Me devuelve el móvil igual, por un extremo—. No le pongas más. No le pidas que te perdone, que eso es pedirle otra cosa.

Escribo.

Gracias. No me lo merezco. Lo siento, Íñigo. Todo.

Lo mando. Dejo el móvil boca abajo en la mesilla.

Lloro un poco, sin ruido, mirando el techo. Leire no dice nada. No me dice que no llore, que mañana hay final. Se queda de lado, mirándome, a un metro, dejándome.

Bego nos da la charla a las diez y media, en el pasillo, en zapatillas.

—Mañana, a las seis y cuarto de la tarde. Ya sabéis nadar. No os voy a decir nada que no sepáis. —Nos mira a una y a otra—. Rey va a salir como un tiro, con la grada encima. No la sigáis. Vuestra carrera es el tercer cincuenta. Las dos. Siempre lo ha sido.

Asentimos.

—Y otra cosa. —Baja la voz—. Lleváis siete años siendo la una la liebre de la otra.

Aramburu sale, Ibarra remonta. Por eso sois las dos mejores del país: porque os habéis hecho la una a la otra, largo a largo.

Mañana, eso no cambia. Usaos. La que gane habrá ganado gracias a la otra.

Que no se os olvide a ninguna cuando toquéis la pared.

Se va por el pasillo, arrastrando las zapatillas.

En la habitación, apago la luz.

No hay juego esta noche. Ni ducha con la puerta abierta ni nada. Estamos cada una en su cama, boca arriba, vestidas, con el corazón golpeando.

Pasa una hora. No dormimos.

—Paula.

—Qué.

—Pase lo que pase mañana.

—Pase lo que pase.

La raya de luz en el hueco. Su mano, colgando, la palma hacia arriba.

Saco la mía.

Las dejamos así, una sobre otra, sin rozarse, como la otra noche.

Y entonces baja un dedo. Uno. El meñique. Me toca el meñique con el suyo.

Me quedo inmóvil.

—Las manos no cruzan el metro —susurra—. Se quedan en medio.

Engancho su dedo con el mío.

Luego el siguiente. Y el otro. Despacio, como quien abre una puerta que cruje. Hasta que tenemos los dedos entrelazados, las palmas juntas, colgando en el hueco entre dos camas de hotel.

Es la primera vez que me toca en doce días. Una mano.

Ese contacto mínimo me recorre de arriba abajo. Noto su pulso en la muñeca, rápido. El mío.

Aprieta.

Aprieto.

No decimos nada más. Nos dormimos así, cada una en su cama, con los brazos tendidos y las manos cogidas en el aire, en mitad del metro.

Por primera vez en dos semanas, duermo toda la noche.