33. Un metro
El autobús a Sabadell sale un miércoles a las ocho, con niebla.
Me voy al fondo, a la última fila, la que bota. Dejo la mochila en el asiento de al lado. Irati sube detrás de mí, mira la mochila, me mira a mí, y se sienta tres filas más adelante sin decir nada.
Leire sube la última. Cuando faltan dos minutos. Con la capucha puesta y los cascos al cuello.
Se para junto al conductor. Mira el autobús: Bego en la primera fila, con su carpeta; las mellizas, juntas; Maialen, con la bolsa de hielo ya en la rodilla. Su sitio de siempre, el de capitana, segunda fila, ventanilla, está libre.
Pasa de largo.
Recorre el pasillo despacio, agarrándose a los respaldos. Todas la ven. Las mellizas se dan un codazo. Maialen levanta la vista de la rodilla.
Llega al fondo. Coge mi mochila, la sube a la rejilla y se sienta a mi lado.
No me toca. Entre su hombro y el mío queda un reposabrazos. Pero se ha sentado. Delante de siete personas y de Bego, que no se ha vuelto y lo ha visto todo por el retrovisor del conductor.
—Buenos días —dice.
—Buenos días.
—Son cinco horas y media. Te aviso de que hablo mucho.
Se me escapa la risa. Leire se pone los cascos y me ofrece uno.
Lo cojo.
Nadie dice nada. A la altura de Pamplona, una de las mellizas se da la vuelta, nos mira, con el cable del auricular tendido entre las dos, y le sonríe a Leire. Una sonrisa pequeña, torpe, de pedir perdón por algo.
Leire le devuelve dos dedos levantados.
Noto cómo se le sueltan los hombros contra el asiento. Siete años.
En el hotel, Bego reparte las llaves en el vestíbulo, sin mirar el papel.
—Mellizas. Maialen y Nahia. Irati con la pequeña. —Nos tiende una tarjeta—. Ibarra, Aramburu.
Leire no protesta. Yo tampoco.
—Lo de la montaña funcionó —dice Bego, seca—. No me pregunto por qué. Dos camas, un baño, cuatro días. A dormir. Y lo digo en serio: a dormir. El viernes son las eliminatorias y el sábado la final. Os quiero enteras.
Nos mira un segundo de más.
—Enteras —repite.
La habitación es la 307. Abro yo.
Dos camas de noventa, paralelas, con colchas granates. Entre las dos, una mesilla con un flexo. Mido el hueco con los ojos.
Un metro.
Leire entra detrás. Deja la mochila en el suelo. Mira las camas, la mesilla, el hueco, y se echa a reír, bajito, tapándose la cara con las dos manos.
—No me lo puedo creer.
—¿Ventana o puerta?
—Me da igual.
—Pues ventana yo.
Cierra con el talón. Estamos solas. Es la primera vez desde Egia que estamos solas con una puerta cerrada, y lo notamos las dos en el mismo segundo: el aire cambia, se espesa.
Se apoya de espaldas en la puerta.
—Normas —dice.
—¿Otra vez cuatro?
—Una. —Señala el hueco entre las camas con la barbilla—. Ese metro no se cruza. Ni tú ni yo. Hasta el sábado por la noche.
—¿Y la puerta del baño?
—La puerta del baño me da igual.
—¿Y pasearse en toalla?
Se le oscurecen los ojos.
—De mirar no dije nada.
Bajamos a soltar a la piscina del club local. Cincuenta metros, ocho calles, una grada que el sábado estará llena. Huele distinto: otro cloro, otra agua. Veintisiete grados, no veintisiete y medio. Mi cuerpo lo nota y se queja.
En la calle de al lado nada una chica alta, de brazos larguísimos, con un gorro que lleva su apellido en letras blancas. REY. Va sobrada. Hace los virajes como quien se da la vuelta en la cama.
Sale del agua al mismo tiempo que nosotras. Veinticuatro años, pecas, una sonrisa de dientes perfectos. Media grada de críos del club le grita el nombre.
—Las vascas —dice, escurriéndose la coleta—. Ibarra y Aramburu. Os he visto las marcas de altura. Muy bien, ¿eh? Muy bonito.
—Gracias —dice Leire.
—Lástima lo de las cuentas. —Sonríe—. Dos plazas. Y somos tres. Y yo nado en casa.
Se va, saludando a la grada.
—Qué simpática —digo.
—Es buena —dice Leire, mirándole la espalda—. Es muy buena. Ha bajado medio segundo este año.
No dice lo demás. No hace falta. Carlota Rey tiene una de las dos plazas casi en la mano. La otra es para una de nosotras.
Una.
Por la noche, después de cenar, me ducho la primera.
No cierro la puerta.
Lo hago despacio, sabiendo. Me quito el chándal en el umbral del baño, de espaldas a la habitación. La sudadera. La camiseta. Me bajo las mallas, las bragas. Me recojo la melena con las dos manos, en alto, y la suelto.
No oigo nada detrás. Ni una página.
Me meto debajo del agua con la mampara abierta. Me enjabono. Los hombros, el lunar. Los pechos, despacio, con las dos manos. La tripa. Entre las piernas, lo justo, sin quedarme. Sigo afeitada; lo he mantenido estos once días, cada tres, sin saber muy bien para quién.
Sé para quién.
Cuando me vuelvo, está sentada en el borde de su cama, la de la puerta, de frente al baño. Vestida. Con las manos debajo de los muslos. Tiene la boca entreabierta y los ojos fijos, negros, y no los aparta, no finge mirar el techo como en la montaña.
Me mira de arriba abajo, sin prisa, como me miró la primera noche con la luz encendida.
Cierro el grifo. No cojo la toalla.
Salgo del baño desnuda, mojada, goteando en la moqueta. Cruzo la habitación por delante de ella, por el lado de fuera, sin entrar en el hueco. Me paro junto a mi cama. Me pongo de frente.
Un metro.
No nos tocamos. No me toco. Solo me quedo ahí, de pie, con los brazos a los lados, dejando que me vea. Me corre una gota desde el pelo, por la clavícula, por el pecho, se me queda colgando del pezón.
La sigue con los ojos. La veo tragar.
—Sigues sin nada —dice. Casi no tiene voz.
—Sí.
—¿Por qué?
—Ya lo sabes.
Se le escapa el aire. Aprieta las manos debajo de los muslos; se le marcan los tendones de los brazos.
—Date la vuelta.
Me doy la vuelta. Despacio. Le doy la espalda, el culo, las piernas. Noto su mirada como una mano abierta bajando por la columna.
—Inclínate. Las manos en la cama.
Me inclino. Apoyo las palmas en la colcha granate. Separo los pies. Estoy abierta, de espaldas a ella, a un metro, y sé lo que ve, y que brillo, y que no puede hacer nada.
Oigo un gemido ahogado. Los muelles de su cama: se ha movido. Ha estado a punto.
—No —dice. A sí misma—. No. Joder.
Me quedo así. Diez segundos. Veinte. Me late tan fuerte que me tiemblan los brazos. Me bastaría con que soplara.
—Vístete —dice al fin, ronca—. Por favor. O no respondo.
Me incorporo. Me pongo el pijama de espaldas, despacio, una prenda cada vez.
Cuando me vuelvo está de pie, ya en el umbral del baño. Tiene la cara roja y los ojos brillantes.
—Me toca —dice.
Se desnuda allí, mirándome.
Yo me siento en mi cama, con las manos debajo de los muslos.
El pelo corto. Los hombros, anchos. Los pechos pequeños, altos, con los pezones oscuros, duros antes de que les dé el agua.
La tripa. La línea estrecha de vello castaño.
Las piernas largas. Once días sin verla.
La he tenido cada mañana a un palmo, en bañador, y no es lo mismo; no tiene nada que ver.
Se ducha de cara a mí. Se enjabona despacio. Se pasa las manos por donde quiere que mire, y miro. Echa la cabeza hacia atrás, el agua le baja por la garganta, entre los pechos, por el vientre. Cierra los ojos un momento y se le mueven los labios. Mi nombre.
Tengo que morderme el carrillo por dentro.
Sale. Mojada. Viene hasta el borde del hueco, hasta la línea exacta de su cama. Se queda de pie delante de mí.
Un metro.
Estamos así no sé cuánto. Ella desnuda, de pie, goteando. Yo sentada, vestida, con las uñas clavadas en mis propias piernas. Mirándonos. No hay nada que mande ni nada que obedezca. Hay dos cuerpos tensos como dos gomas y una franja de moqueta.
Es lo más cerca que he estado de nadie.
—Nunca he deseado así —dice. Bajito—. En mi vida. Ni a los dieciséis. Quiero que lo sepas, pase lo que pase el sábado.
—Yo tampoco.
No se viste.
Retrocede un paso. Se sienta en el borde de su cama, de frente a mí, desnuda, mojada. Un metro.
—De mirar no dije nada —repite, muy bajo—. De tocarme, tampoco.
Dejo de respirar un segundo.
—Leire.
—Me lo dijiste por teléfono. «Si yo aguanto, tú aguantas.» Pues vamos a aguantar las dos. Con la luz encendida. —Abre las rodillas—. Mírame.
La miro.
Se pasa la mano por el cuello. Por un pecho, despacio; lo coge, lo aprieta, se pellizca el pezón oscuro. Lo hace mirándome, sin pudor, como no la he visto hacerlo nunca. Siempre me ha tocado a mí. Nunca la he visto tocarse a ella.
Baja la mano. Por la tripa, por el vello castaño, mojado. Se abre con dos dedos. Me lo enseña.
Está brillando.
—Esto es de mirarte ducharte —dice—. No me has puesto un dedo en once días y mira cómo estoy.
Se toca. Un dedo, arriba, en círculos lentos. Se le cierran un poco los ojos. Los abre a la fuerza.
—Tú también. No te desnudes. Mete la mano.
Meto la mano por debajo del pijama. Me encuentro mojada.
Nos miramos. Cada una en su cama, a un metro, con la moqueta en medio. Ella desnuda, abierta, tocándose despacio. Yo vestida, con la mano escondida y la cara ardiendo. Oigo su mano. Oigo la mía.
Es lo de la montaña, la noche de la tormenta. Solo que entonces estaba oscuro y creíamos que no pasaba nada. Ahora lo vemos todo.
Se mete dos dedos. La veo hacerlo: la muñeca, el antebrazo que se tensa, la tripa que se le encoge. Se muerde el labio.
—Cuando te tenga —dice, entrecortada—, lo primero va a ser esto. Tú delante, mirándome, como ahora. Sin moqueta.
Se le acelera la mano. Se le va la voz. Conozco cómo sigue: el aire corto, por la nariz, el cuello tenso.
Yo estoy igual. Me tiemblan las rodillas, sentada en el borde.
—Leire. Me voy.
—Yo también. —Le brillan los ojos—. Para.
—Tú primero.
—A la vez. A la de tres. Una. Dos.
No dice tres.
Sacamos las manos al mismo tiempo. Las dos. Las levantamos, abiertas, como dos atracadoras, a un metro la una de la otra, jadeando.
Tiene los dedos mojados. Yo también.
Se los mira. Me mira los míos. Se le escapa un quejido, de pura rabia, y cierra las piernas de golpe.
Se ríe. Se le saltan las lágrimas, sin más, de pura tensión. Se da la vuelta, se pone una camiseta, se mete en su cama.
Apago la luz.
A oscuras, las voces cruzan el metro solas. Como en la montaña.
—Irati dice que tu madre me ha invitado un domingo.
—No ha prometido nada.
—¿Qué hay de comer?
—Patatas en salsa verde. Siempre.
—Me gustan.
La colcha. Su respiración.
—Paula.
—Qué.
—Tengo miedo.
Me quedo quieta. No se lo he oído nunca. Ni encima del poyete.
—Tengo veintisiete años. Dentro de dos ya no estoy para esto. El sábado es el último tren; no hay otro. Si no saco esa plaza, me voy a casa siendo una fisio que no ha ejercido y una nadadora que casi. —Le tiembla la voz—. Llevo desde los doce. No sé qué soy sin eso.
«¿Y ahora qué eres, entonces?»
—Y la que me la puede quitar eres tú —dice—. Y quiero que vayas a por ella. Te lo dije y lo mantengo. Pero no sé qué me va a pasar por dentro si me la quitas. No te voy a mentir. No sé si voy a poder mirarte.
Se me encoge el pecho.
—Puedo…
—No. Ni lo digas. Como aflojes un metro, lo voy a notar. Te veo la cara cada tres brazadas.
—Ya.
—Prométemelo.
—No aflojo.
Silencio. Fuera, un coche.
Sale la luna, o una farola; no lo sé. Una raya de luz cae en el hueco.
Su mano está ahí. Fuera del colchón, colgando, la palma hacia arriba.
Saco la mía. La dejo caer.
Esta vez sí llego. Las camas están más juntas que en la montaña; podría cogérsela. Tengo sus dedos a nada, a un centímetro, noto el calor.
No la toco.
Ella tampoco a mí.
Nos quedamos así, con las dos manos abiertas en el aire, una encima de la otra, sin rozarse.
Es la norma. Y es otra cosa: es que las dos sabemos que, si nos tocamos ahora, el sábado nadamos distinto.
—Buenas noches, Ibarra.
—Buenas noches, capitana.