32. Egia
Me dan las llaves el domingo.
Irati me ayuda con la mudanza, que son dos maletas, una caja y un flexo. Subimos cuatro pisos. La habitación es más pequeña de lo que recordaba: una cama de uno treinta con el colchón desnudo, un armario, una mesa. La ventana da a las vías. Cada veinte minutos pasa un tren y tiembla el cristal.
—Es una mierda —dice Irati, con cariño.
—Es mía.
Lo digo y me doy cuenta de que es verdad. No he tenido nunca un sitio mío. La casa de mis padres, una residencia de deportistas, el piso de Íñigo, al que llegué con una maleta y me quedé cuatro años. Tengo veintiséis años y es la primera vez que firmo yo un papel.
Irati se va a las seis; tiene que devolverle el coche a su tía.
A las seis y diez llaman al telefonillo.
Sé quién es antes de contestar. Lo sé por cómo se me encoge el estómago.
Sube los cuatro pisos despacio. La oigo. Aparece en el rellano con una planta en los brazos, una maceta de barro con cuatro hojas verdes, grandes, brillantes.
—Es un esqueje —dice desde la puerta, sin entrar—. De la mía. La que se me moría. Resulta que no se moría; es que necesitaba otra maceta.
No sé si habla de la planta.
—No voy a pasar. Te la dejo y me voy. Solo quería… —Mira por encima de mi hombro: el colchón desnudo, las maletas—. Quería ver dónde vives.
—Pasa.
—Paula. Seis días.
—No te voy a tocar. Tú a mí tampoco. Pero no te voy a dejar en el rellano con una planta.
Entra.
Deja la maceta en la mesa, junto a la ventana. La gira un poco, buscándole la luz. Se queda de pie en mitad del cuarto, con las manos en los bolsillos de la cazadora. Es la primera vez que la tengo en un sitio mío. Ocupa mucho.
Pasa un tren. Tiembla el cristal.
—Tiene ruido —dice.
—Me gusta. Así sé que no estoy sola.
Se le mueve algo en la cara.
—No tienes la cama hecha.
—Iba a hacerla ahora.
—Te ayudo. —Saca las manos de los bolsillos—. Eso sí puedo.
Saco las sábanas de la caja. Son nuevas, blancas, todavía con los dobleces del paquete. Las he comprado yo, en el mercadillo de la Bretxa, con mi dinero.
Nos ponemos una a cada lado de la cama.
No sabía que hacer una cama entre dos podía ser así.
Sacudo la bajera. Se hincha en el aire, entre las dos, y cae despacio. Cada una coge sus esquinas. Tiramos. La tela se tensa de su mano a la mía; noto su fuerza a través del algodón, como se nota a la otra en una corchera.
Nos agachamos a la vez a meter el elástico. Se nos quedan las caras a un palmo, por encima del colchón.
No nos movemos.
Tiene los ojos castaños, con la mota. Le veo las pestañas, cortas, negras. La boca. Respira por ella, un poco abierta.
—No —dice. A las dos.
Se incorpora.
La encimera. La sacudimos. Esta vez, al estirarla, sus dedos y los míos coinciden en el mismo pliegue, en el centro de la cama. Un centímetro. Noto el calor.
Retira la mano como si quemara. Yo también.
Nos reímos. Nerviosas, sin aire, cada una a un lado de un colchón de uno treinta.
—Esto es ridículo —dice.
—Lo dijiste tú. Trece días.
—Ya. Soy imbécil.
Pone la almohada. La ahueca con las dos manos. Dobla el embozo con un cuidado que no le he visto ni con el material del club. Alisa la colcha.
Nos quedamos mirando la cama hecha. Blanca, tensa, sin una arruga. La primera cama que es mía.
—Hay que probarla —digo.
—Paula.
—Tú. Túmbate. Yo me quedo aquí. Quiero saber si el colchón es bueno y yo no tengo ni idea de colchones. Tú eres la fisio.
Me mira. Sabe lo que hago. Lo hace igual.
Se quita las zapatillas. Se tumba boca arriba, encima de la colcha, vestida, con la cazadora puesta y las manos cruzadas sobre el estómago. Cierra los ojos.
Yo me siento en la silla, al lado de la planta, con las manos debajo de los muslos.
La miro en mi cama. El pelo corto contra mi almohada. El pecho, que le sube y le baja. Las piernas largas, los calcetines grises.
No he deseado nada tanto en mi vida. No a ella desnuda, no lo del cajón. Esto. Verla ahí, un domingo por la tarde, vestida, con los ojos cerrados, en una cama que he pagado yo.
—Es duro —dice sin abrirlos—. Mejor. Para la espalda.
—Vale.
—Se hunde un poco aquí, a la izquierda. Duerme a la derecha.
—Vale.
Pasa un tren. Tiembla el cristal. Tiemblan las hojas de la planta.
—Me gusta tu casa —dice, bajito.
—Es una habitación.
—Es tu casa. Se nota. Hueles tú. —Traga saliva—. He tenido muchas veces a alguien en mi cama. Nunca me he quedado a dormir en la cama de nadie. Me iba antes.
Abre los ojos. Mira el techo, la bombilla sin lámpara.
—Dentro de seis días —dice—, si me lo vuelves a decir, quiero quedarme a desayunar.
Se me cierra la garganta.
—Solo tengo colacao.
—Me vale.
Se levanta. Se pone las zapatillas, sentada en el borde, de espaldas a mí. En la colcha blanca queda la forma de su cuerpo, hundida, tibia.
En la puerta se baja la cremallera de la cazadora. Se quita la sudadera que lleva debajo, la gris, la de la capucha. Se queda en camiseta.
Me la tiende. Con el brazo estirado, por un extremo.
—Para que no pases frío. No tienes calefacción.
La cojo por el otro extremo.
—Leire.
—Seis días. —Sonríe un poco—. Riégala poco. Se ahoga si la quieres demasiado.
Baja las escaleras. La oigo los cuatro pisos.
Cierro. Me quedo de pie en mi habitación, con una sudadera gris en las manos.
Me la llevo a la cara.
Cloro. Su piel. El gel que usa. Todavía está caliente.
Me la pongo. Me queda corta de mangas y ancha de hombros. Me subo la capucha.
Esa noche duermo en mi cama por primera vez, a la derecha, dentro de su olor, encima de la forma que ha dejado. Tengo el pulso acelerado. Meto las manos debajo de la almohada.
No me toco.
A las tres pasa un mercancías, largo, lento. Tiembla el cristal.
No estoy sola.
El martes me la encuentro.
No a Leire. A ella no hay forma de no encontrármela; la tengo cada mañana a un palmo, con un gorro puesto.
Es en la Bretxa, a mediodía, delante de un puesto de verduras. Una mujer con un abrigo de paño y un carro de la compra, eligiendo puerros. La reconozco por la espalda. He comido su hojaldre.
Me doy la vuelta. Tarde.
—¡Paula! ¡Hija!
Viene hacia mí con los brazos abiertos. Me abraza. Huele a laca y a caldo. Me aprieta la cara entre las manos.
—Pero qué flaca estás. ¿No comes? Este hijo mío no me cuenta nada. Lleva nueve días en casa con una cara… Le digo: ¿habéis reñido? Y él: que no, ama, que es el trabajo, que Paula tiene el campeonato y le he dejado la casa para que descanse.
Mi madre pregunta por ti. No le he dicho por qué.
No puedo hablar.
—Vosotros veréis. Yo no me meto. —Me suelta la cara; me coge las manos—. Pero una cosa te digo: ese chico te quiere más que a su vida. No lo dejes escapar por una tontería. Las parejas pasan rachas. Yo con mi Joseba estuve un año entero sin hablarle, por un piso en Zarautz, y míranos.
Me mira. Espera que diga algo.
Podría dejarla así. Que se lo cuente él cuando pueda. Sería lo más fácil y hasta lo más piadoso.
Pero llevo dos meses dejando que otros se enteren por la cara que pongo.
—No es una racha —digo.
Se le para la sonrisa.
—He sido yo. Él no ha hecho nada. Ha sido bueno hasta el final; me ha dejado la casa, me ha deseado suerte. No tiene la culpa de nada. —Me tiembla la voz—. La que se ha ido soy yo. Y no voy a volver. Se lo digo para que no esté esperando. Para que no le diga a él que espere.
No me suelta las manos. Las suyas se han quedado frías.
—¿Hay otro?
—Hay otra persona.
No le digo más. Eso es suyo, de Íñigo, contarlo o no.
Me mira mucho rato. La veo pasar por todo: la sorpresa, la rabia, las ganas de decirme algo que duela.
Luego me suelta. Despacio.
—Cuatro años comiendo en mi mesa.
—Ya lo sé. Lo siento mucho.
—Con sentirlo no se arregla nada.
—No.
Coge el carro. Se endereza el abrigo.
—Come algo —dice, sin mirarme—. Que te vas a caer en esa piscina.
Se va entre los puestos, tirando del carro, con la espalda muy recta.
Me quedo delante de los puerros. Me tiemblan las rodillas.
Es la primera vez que digo la verdad sin que me la saquen.