Apnea 31. De hablar no dije nada
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31. De hablar no dije nada

—Hola.

Su voz. Baja, un poco ronca, de alguien que lleva rato a oscuras. Hace cinco días que no la oigo así, tan cerca, sin una piscina alrededor.

Se me cierra la garganta.

—Hola —susurro.

—¿Por qué hablas tan bajo?

—Estoy en el salón de Irati. Las paredes son de papel.

Se ríe, directa a mi oreja. Me encojo debajo de la manta.

—Qué manía tienes tú con las paredes.

—La tuya, que no te callas.

Silencio. La oigo respirar. Oigo, detrás, la lluvia en un cristal: la ventana del techo. Está en la cama. La veo: boca arriba, un brazo detrás de la cabeza, el pelo aplastado de un lado.

—No podía dormir —dice.

—Yo tampoco.

—Es la puesta a punto.

—Ya. Será eso.

Otra pausa. Larga.

—Irati me ha contado lo de tu madre.

Me quedo quieta.

—Y lo de Egia. Y lo de la nota. —Le cambia la voz, se le hace más pequeña—. Me lo contó ayer, en la pared, entre dos series. No pudo aguantarse. Ya sabes cómo es.

—Le dije que no te dijera nada.

—Eso también me lo contó. Que le hiciste jurar.

No sé qué decir. Me arde la cara en lo oscuro.

—¿Por qué no me lo has dicho tú?

—Porque si te lo decía, era para que me creyeras. Y no lo he hecho para eso. —Trago—. Lo he hecho porque tenía que hacerlo. Aunque tú no existieras, no podía seguir en esa casa.

No contesta. Pasa tanto rato que miro la pantalla, por si se ha cortado.

—Leire.

—Estoy aquí. —Tiene la voz tomada—. Estoy… Dame un segundo.

Se lo doy. La oigo sonarse.

—No me digas nada —dice luego, rápido, antes de que yo abra la boca—. Lo que me dijiste en el rellano. No me lo digas ahora. Eso, el día de después. Te lo pedí así y quiero que sea así.

—Vale.

—Ocho días.

—Siete. Ya es sábado.

Se ríe otra vez, mojada.

—Siete.

La lluvia. Su respiración. La mía.

—Hoy, en el vestuario —dice. Y ya es otra voz. Más baja. Más lenta—. Cuando has salido de mi ducha.

Se me para el aire.

—Tenías la boca mordida. Y las piernas… Te temblaban las piernas. He tenido que sentarme encima de las manos.

—No he terminado.

—Ya me lo has dicho. Llevo todo el día con eso en la cabeza. Que estabas ahí, a tres metros, al otro lado del vapor, tocándote. Y que has parado. —Coge aire entre los dientes—. ¿En qué pensabas?

—En el banco.

—¿Qué más?

—En tu mano en el pelo.

—¿Qué más?

—En tu lengua. Detrás.

Un sonido, del fondo del pecho. La conozco. Sé qué cara ha puesto.

—Dije que no nos tocáramos —susurra—. No dije que no pudiera tocarme yo. Ni tú.

—Leire.

—¿Dónde tienes las manos?

—Encima de la manta.

—¿Qué llevas puesto?

—Un pijama de Irati. De unicornios.

Se le escapa una carcajada. La oigo taparse la boca.

—No me hagas reír ahora, joder.

—Es lo que llevo.

—Pues métete la mano por debajo de los unicornios. —Y la risa se le va, de golpe—. Despacio. No hagas nada. Solo ponla. Y dime cómo estás.

Bajo la mano. Por debajo de la manta, del elástico. Estoy en un sofá ajeno, con un muelle en la espalda y un gato mirándome desde una mochila. Me da igual.

Me toco con dos dedos y se me cierran los ojos.

—Mojadísima.

—¿Mucho?

—Desde que he oído tu voz. Desde el «hola».

—Yo llevo así desde las seis de la mañana. —Se le oye tragar—. Estoy desnuda. Encima de la colcha. Tengo la mano donde la tienes tú. Y estoy pensando en tu boca.

Se me escapa el aire.

—Chsss. Las paredes.

Muerdo la manta.

—Escúchame. No voy a tener prisa. Tú haces lo que yo te diga y nada más. Un dedo. Arriba. Círculos, pequeños. Muy lentos. Como te lo hago yo cuando quiero que supliques.

Lo hago. Es demasiado. Llevo casi una semana tensando la goma y basta un dedo para que me arda todo. Aprieto los muslos, me arqueo contra el muelle.

—Así. Te estoy viendo. Sé la cara que pones. Se te abre la boca y se te cierran los ojos, y frunces un poco el ceño, como en el tercer cincuenta. —Se le entrecorta la voz—. Yo hago lo mismo. Estoy muy mojada, Paula. Me oigo.

Yo también la oigo. Muy bajo, detrás de sus palabras: un ruido húmedo, pequeño, rítmico.

No he oído nada más excitante en mi vida.

—Dos dedos. Dentro. Hondo. Cúrvalos. Son los míos. —Respira—. Te echo de menos ahí. No sabes cuánto. Echo de menos cómo me aprietas.

—Estás dentro —susurro contra la manta.

—Estoy dentro. Muévete. Despacio. No hagas ruido.

Me muevo. El sofá cruje y me quedo quieta, con el corazón desbocado. Al otro lado del tabique, alguien tose. Sigo. Más despacio todavía, casi nada, un balanceo, con la palma apretada arriba.

Sube enseguida. No hay manera de pararlo. Casi una semana.

—Leire. Me voy.

—Para.

—No…

—Para. Quita la mano. Ahora.

La saco. Me cuesta un gemido que ahogo con los dientes. Me quedo temblando, vacía, con las caderas levantadas del sofá, buscando algo que no hay.

—Muy bien —dice. Jadea ella también—. Qué bien lo haces. Respira. Cuenta conmigo. Cuatro tiempos.

Cuento. Cuatro dentro, cuatro fuera. Como en la montaña, la primera noche, cuando me faltaba el aire.

—¿Ya?

—Ya.

—Otra vez. La mano.

Me lleva tres veces. Hasta el mismo borde, exacto, con la voz. Sabe cuándo; lo sabe por cómo respiro, igual que sabe por mis hombros cómo voy en una serie. A la tercera estoy llorando de ganas, sudando debajo de la manta, mordiéndome el antebrazo.

—No puedo más.

—Sí puedes. Eres la que más aguanta de las dos. Siempre lo has sido.

—Déjame. Por favor.

—No. —Con una ternura que me desarma—. Todavía no, mi vida. Siete días.

Me quedo jadeando, con la mano abierta sobre la tripa.

—Háblame —le pido—. No me toco. Te lo juro. Solo háblame.

—¿De qué?

—De lo que quieres. Del día de después.

La oigo respirar. La colcha.

—¿Sabes lo que quiero? —Baja la voz hasta casi nada—. Quiero una cama grande. No la mía, no un coche, no un banco. Una cama grande, con tiempo. Quiero desnudarte yo, despacio, sin que me ayudes. Quiero ponerte boca abajo y besarte la espalda entera, de la nuca a los talones, sin saltarme nada.

Cierro los ojos.

—Quiero quedarme en los hoyuelos. Ya sabes para qué. Quiero abrirte con las manos y ponerte la lengua ahí, donde te vuelves loca, hasta que me empapes las sábanas y me pidas por favor que te deje correrte. Y no dejarte. Todavía no.

Me muerdo el nudillo. Tengo las dos manos encima de la manta, cerradas.

—Quiero darte la vuelta y comerte los pezones media hora. Solo eso. Que me digas «chúpamelos» como me lo dijiste la primera vez, encima de un lavabo. Quiero oírtelo decir otra vez.

—Chúpamelos —susurro. Me sale solo.

Se le corta el aire.

—Joder. Sí. Así. —Traga—. Y luego quiero bajar.

Abrirte las piernas, mirarte, decirte lo mojada que estás.

Comerte despacio. Meterte los dedos y notar cómo me aprietas.

Y cuando estés a punto, cuando ya no puedas más, parar y subir y mirarte a los ojos y decirte que eres mi guarrita, y que te lo diga a la cara, y ver cómo te pones roja y te mojas más.

—Soy tu guarrita —digo contra la manta.

—Lo sé. Lo sé, mi vida. —Tiene la voz rota—. Y entonces sí. Entonces dejarte. Dentro de ti, con la boca en tu boca, que te corras mirándome. Y luego otra vez. Y otra. Hasta que se haga de día y no sepamos qué día es.

No me he tocado. Tengo las manos arriba, a la vista de nadie, y estoy otra vez en el borde, solo de oírla, latiendo contra el aire.

—Y después —dice, más bajo todavía— quiero quedarme a dormir. Y que cuando me despierte sigas ahí.

Y entonces la oigo a ella.

Ha dejado de hablar. Como siempre que se toca, como siempre que la tocan: se le va la voz. Solo queda la respiración, corta, rota, cada vez más rápida. El ruido húmedo, más deprisa. Un quejido que no quiere ser quejido.

Se está yendo. Sin mí. Se le ha olvidado el pacto.

El silbido. Lo oigo empezar, fino, entre los dientes.

—Para —le digo.

Se queda muda.

—Para, Leire. Quita la mano.

—Paula…

—Ahora. Tú también. —No sé de dónde me sale la voz; es la suya, baja, sin prisa—. Si yo aguanto, tú aguantas.

Un gemido largo, de pura rabia. Un golpe sordo: la mano contra el colchón.

Silencio.

—Hija de puta —jadea, y se ríe, sin aire, incrédula—. Me lo has hecho a mí. Estaba… Joder. Estaba ahí.

—Ya lo sé. Te he oído.

Nos quedamos calladas. Dos respiraciones rotas, cada una en su cama, a tres kilómetros. Poco a poco se van buscando. Van a la vez.

Me late todo el cuerpo. Me duele entre las piernas, un dolor dulce, lleno. La goma, tensa hasta donde da.

—No sé si voy a poder nadar así —digo.

—Vas a nadar como nunca. —Lo dice bajito, seria—. Bego dice que el que llega a una final con hambre gana a los que llegan comidos.

—Bego no hablaba de esto.

—Bego habla de todo.

Me río contra la manta.

La lluvia en su cristal. El gato, que se ha bajado de la mochila y me mira desde el brazo del sofá.

—Leire.

—Qué.

—En la final. Las dos plazas.

Tarda.

—Ya lo sé.

—Voy a ir a por ti. No voy a aflojar.

—Como aflojes, no te vuelvo a mirar a la cara. —Sin una sombra de broma—. Te lo digo en serio, Paula. Quiero esa plaza más que nada en el mundo. Llevo desde los doce años. Y si me la quitas tú, quiero que me la quites nadando de verdad. No me insultes regalándome nada.

—No te voy a regalar nada.

—Yo a ti tampoco.

—Compañeras hasta el poyete.

—Hasta el poyete.

La oigo moverse. La colcha.

—Duérmete —dice.

—No voy a poder.

—Ya. Yo tampoco. —Una pausa—. Mañana a las seis menos diez.

—En el agua.

—Paula.

—Qué.

Respira. Sé lo que tiene en la boca. Lo tiene igual que yo. Las dos lo oímos, enorme, en el silencio de la línea.

—Nada —dice—. El día de después.

Cuelga.

Me quedo con el teléfono caliente contra el pecho, debajo de la manta, mirando un techo que no es mío. Tiemblo. No me he corrido y estoy más excitada que después de cualquiera de las tardes del cajón.

Viraje salta del brazo del sofá. Me pisa la tripa con sus cuatro patas. Da dos vueltas. Y por primera vez desde que llegué, se me tumba encima, hecho una rosca, y se pone a ronronear.

Por la mañana, Irati sale de su cuarto con el pelo de punta y me mira por encima del tazón.

—La próxima vez, al rellano.

Me atraganto con el colacao.

—No he…

—«Estás dentro» —dice, con voz de falsete, y se tapa los oídos—. No quiero saberlo. No quiero saber nada. Tengo veintidós años y soy muy impresionable.

—Irati, lo siento.

—Un día —gruñe, echándose cereales—. Un día y me devuelves el sofá. Y que sepas que el gato no se sube encima de nadie. Algo le has hecho.