Apnea 30. Puesta a punto
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30. Puesta a punto

En las dos semanas antes de una gran carrera se nada menos.

Lo llaman puesta a punto. Se bajan los metros a la mitad, luego a un tercio.

Se quita el gimnasio. El cuerpo, que lleva meses machacado, de pronto descansa, y hace una cosa extraña: se llena.

Los músculos se cargan, duermes mal porque te sobra energía.

Andas por la calle con ganas de echar a correr.

Todo lo que has ido guardando a base de cansancio se queda dentro, apretado, esperando.

Bego dice que es como tensar una goma. No hay que hacer nada. Solo aguantar sin soltarla antes de tiempo.

Trece días.

El sofá de Irati tiene un muelle que se clava debajo del omóplato izquierdo, justo encima de un mordisco que se me está borrando.

El gato se llama Viraje. Me odia. Duerme en mi mochila.

Por las mañanas, a las seis menos diez, estoy en el bordillo con los pies en el agua. Veintisiete grados y medio. Entra Irati, conmigo, bostezando. Las mellizas, que ya no cuchichean cuando paso. Maialen.

A las seis menos dos, el empujón de hombro.

—Buenos días, señoras.

No me roza al pasar. Deja un metro. Lo ha medido.

Nadamos en la cuatro y en la cinco. Pocas series, cortas, rápidas, con mucho descanso. Entre una y otra nos colgamos de la corchera, a un palmo, mirando cada una su pared. Sales tú. Voy. Buen parcial. Compañeras hasta el poyete.

Pero en los largos de vuelta saco la boca del agua y ahí está su cara. La mejilla. La boca abierta. El cristal ahumado.

Me mira. Cada tres brazadas. No ha dejado de mirarme ni un solo largo.

Es lo único que tengo, y me agarro a eso.

Lo que hago esos días lo hago por mí. Tardo en entenderlo.

Al principio lo hago por ella: para demostrarle algo, para que vea.

Voy tachando cosas como quien cumple un plan de entrenamiento.

Pero a la cuarta o quinta me doy cuenta de que nadie me lo ha mandado.

Leire no me ha dicho qué tengo que hacer con mi vida.

Dijo que eso no entraba en el juego, que era mío.

El martes alquilo una habitación. Un piso compartido en Egia, con una enfermera y un estudiante de Erasmus. Tiene una cama, un armario y una ventana a las vías del tren. La pago con lo del cursillo. Firmo yo.

El miércoles voy a por mis cosas a la que fue mi casa. A mediodía, cuando sé que está en Hernani. Lleno dos maletas y una caja. No me llevo nada que hayamos comprado juntos. En la mesa de la cocina hay una nota, con su letra de ingeniero, pequeña y recta:

El alquiler de este mes está pagado. La fianza, a medias, cuando puedas. No tengas prisa. Deja las llaves en el cuenco.

Debajo, más torcido, como añadido después:

Mi madre pregunta por ti. No le he dicho por qué.

Me siento en la silla donde he desayunado cuatro años y lloro un rato. Luego dejo las llaves en el cuenco.

El folio doblado sigue encima de la mesa baja. CAMPEONA. Dudo. Me lo llevo. No sé por qué; no tengo derecho. Lo meto en la caja, entre dos toallas.

El jueves voy a casa de mi madre.

Es la que más miedo me da. Más que su cara. Está en la cocina, de espaldas, pelando patatas, con la radio puesta. Se lo digo de pie, junto a la nevera, porque si me siento no me levanto.

—He dejado a Íñigo.

El pelador se para.

—¿Cómo que has dejado a Íñigo?

—Me he ido de casa. Vivo en Egia, en una habitación.

Se vuelve. Se seca las manos en el delantal, despacio.

—¿Qué te ha hecho?

—Nada. No me ha hecho nada. He sido yo. —Trago—. Estoy con otra persona.

—¿Con quién?

—Con Leire.

No lo entiende. La veo no entenderlo. Busca en su cabeza un Leire, un chico, un nombre que se parezca.

—¿Leire? ¿Leire la del club? ¿La capitana?

—Sí.

Silencio. La radio dice el tiempo.

—Pero esa es una chica.

—Sí, ama.

Se sienta. Se queda mirando las patatas. Tiene cincuenta y ocho años, ha trabajado toda la vida en una mercería de la Parte Vieja, y no le ha pasado nunca nada que no supiera cómo llamar.

—¿Y ahora qué eres, entonces?

Ahí está. La frase. Me la sabía. La he temido dos meses.

Y resulta que tengo respuesta.

—No lo sé. La misma. No sé cómo se llama, ama. No he mirado nunca a otra mujer. Tampoco había mirado así a un hombre, la verdad. Solo sé que es ella. —Me tiembla la voz y la dejo temblar—. Estoy enamorada. No me había pasado nunca. Creía que sí, y no.

Mi madre no dice nada durante mucho rato.

—Pobre Íñigo —dice al fin.

—Sí.

—Con lo bueno que es.

—Sí. Es lo peor que he hecho en mi vida.

Asiente. Coge el pelador. Sigue con la patata, despacio, sacando la piel en una tira larga.

—A tu padre se lo dices tú.

—Vale.

—Y lo del Europeo ese. ¿Se paga o no se paga?

Me río. Se me saltan las lágrimas.

—Poco.

—Ya. —Otra patata—. ¿Vas a quedarte a comer?

Me quedo a comer.

Al irme, en la puerta, me coge del brazo.

—Esa chica. ¿Te trata bien?

—Mejor que nadie.

—Pues que venga un domingo. —Me suelta—. No te prometo nada. Pero que venga.

Bajo la escalera con las piernas flojas.

No se lo cuento a Leire. No le cuento nada de esto. Ni la habitación, ni la nota, ni mi madre. Podría, entre serie y serie, colgadas de la corchera. Sería tan fácil: mira lo que he hecho, mira qué bien, créeme ya.

No lo hago. Si se lo cuento, lo he hecho para ella.

Lo otro es el cuerpo.

La goma. Bego no sabe hasta qué punto.

Llevo un mes follando casi todos los días, a veces dos veces, a veces una tarde entera, y mi cuerpo se ha acostumbrado a esa descarga. Y de golpe, nada. Ni una mano. Ni un roce en el hombro.

Con menos metros, además. Con toda esa energía que no gasto.

A los cuatro días ando por el mundo como un cable pelado. Me rozan las costuras. Me molesta el sujetador. En el autobús, con el traqueteo, tengo que ponerme de pie. La veo salir del agua de un salto, sin escalera, chorreando, con las manos en la cintura, y se me doblan las rodillas en el bordillo.

Ella está igual. No lo dice; no nos decimos nada. Pero la conozco. Tiene los nudillos blancos en la corchera. Se le va la vista a mi boca y la aparta. Una mañana se me cae el gorro, me agacho a cogerlo, y cuando me incorporo está agarrada al poyete con los ojos cerrados.

El viernes me quedo la última en el vestuario.

No lo planeo. Me entretengo, estiro de más, y cuando entro ya no queda nadie. El vapor. Una ducha goteando. En el pasillo, lejos, la radio de Patxi.

El banco.

Me quedo mirándolo. La madera, gastada, clara en el centro. Ahí puse los codos. Ahí.

Me meto en la ducha del fondo, la suya, la que gotea. Abro el agua. Me quito el bañador. Apoyo la frente en los azulejos y me digo que solo voy a ducharme.

No me ducho.

Me basta con cerrar los ojos. Su mano en mi nuca, bajando por la columna.

El puño en el pelo. Calladita. Si haces ruido, paro.

Me toco y estoy tan mojada, tan hinchada, tan a punto, que el primer roce me dobla.

Casi una semana guardándolo. No voy a durar ni un minuto.

Lo noto subir ya, enorme, desde los pies, todo lo que no he gastado.

La lengua detrás. Las gomas en las muñecas. Su voz: córrete para mí, Paula.

Estoy en el borde. A un segundo. A una caricia.

Y paro.

Saco la mano. La pongo en la pared, abierta, con los dedos temblando. Me quedo así, jadeando, con el agua cayéndome en la espalda y el cuerpo pidiéndome que siga.

No es por el pacto. El pacto dice que no nos toquemos; no dice nada de mí.

Es otra cosa. Es que no quiero gastarlo aquí, sola, en una ducha, con un recuerdo. Quiero llegar a ese día con todo, con la goma tensada hasta donde dé, y soltarla en sus manos o no soltarla.

Bego tenía razón. No hay que hacer nada. Solo aguantar.

Cierro el agua caliente. Abro la fría. Me quedo debajo hasta que me castañetean los dientes.

Cuando salgo, envuelta en la toalla, hay alguien sentado en el banco.

Leire.

Vestida, con la mochila al hombro. Ha vuelto a por algo; tiene las gafas en la mano. Me mira. Me mira la cara, roja, los labios mordidos, el temblor. Mira la ducha del fondo. Lo sabe. Lo sabe todo, con solo verme, como siempre.

Se le va el color.

No dice nada. Yo tampoco. Estamos a tres metros, en el vestuario vacío, con una radio lejos.

Aprieta las gafas hasta que le crujen. Se levanta.

—Ocho días —dice. Ronca.

—Ocho días.

Pasa a mi lado hacia la puerta. Un metro. Huele a cloro y a ella.

En el umbral se para, de espaldas.

—¿Has terminado?

Sé lo que me pregunta.

—No. He parado.

Le veo los hombros. Suben, bajan.

—Yo también —dice—. Todas las noches.

Se va.

Esa noche, en el sofá, con el muelle en el omóplato y Viraje bufándome desde la mochila, no duermo.

A la una y veinte vibra el móvil.

¿Duermes?

Me incorporo tan rápido que el gato salta.

No.

Escribiendo…

Para.

Escribiendo…

Dije que no nos tocáramos.

Espero. El corazón me golpea las costillas.

De hablar no dije nada.

Suena. Su nombre en la pantalla. Leire capi.

Me meto debajo de la manta, con el teléfono, como una cría con una linterna, y descuelgo.