Apnea 29. Demasiado lejos
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29. Demasiado lejos

Subo la cuesta a las seis y media, con el cielo poniéndose gris sobre Urgull.

Llevo la frase preparada. La he ensayado los cinco pisos de bajada y todo el paseo de la Zurriola: Íñigo, siéntate. Tengo que decirte una cosa y no hay manera buena de decirla. Voy a dejar que duerma. Voy a hacer café. Voy a esperar a que se levante, y entonces.

Meto la llave despacio.

La luz del salón está encendida.

Está en el sofá. Vestido, con la ropa de ayer, las manos entre las rodillas. La tele apagada. En la mesa baja, su móvil, boca arriba, y una taza de algo que se ha quedado frío.

No ha dormido. Lo sé antes de verle la cara.

—Hola —dice.

Se me van todas las frases.

—Hola.

—Son las seis y media.

—Ya.

—Te escribí a las doce. Y a las dos. Y a las cuatro llamé a Irati, porque pensé que había pasado algo. —Tiene la voz tranquila, gastada—. No me lo cogió. Me escribió luego. Me puso: «Íñigo, habla con Paula». Nada más.

Me quedo de pie junto a la puerta, con la mochila colgando.

—Así que he estado aquí sentado. Pensando. He tenido cuatro horas. —Levanta los ojos—. He hecho la suma, Paula. La que no hice el otro día, en el baño.

No digo nada.

—La corchera. Las tardes de fisio. Que llegas duchada.

Que ya no… Que desde que volviste de la montaña no me has buscado ni una vez, y la única noche que lo hicimos me pediste cosas que no me habías pedido nunca.

—Traga—. El mordisco. Maialen no muerde a nadie.

Maialen tiene treinta y un años y una rodilla hecha polvo.

—Íñigo…

—¿Es Leire?

Lo pregunta sin rabia. Como quien pregunta una dirección.

Ahí está. El día. Lo he temido tanto que creía que, cuando llegara, se me iba a cerrar la garganta, que iba a salir por donde salió Marina: no, qué dices, es ella, que me ha liado, yo no quería.

Lo tengo en la boca. Lo juro. Tengo la frase preparada, hecha, fácil.

—Sí —digo.

Cierra los ojos.

—Es Leire. Desde la montaña. Antes, en mi cabeza. Iba a decírtelo hoy. Venía a decírtelo. Sé que no me vas a creer.

—¿Hoy?

—Hoy.

—Qué casualidad.

No es sarcasmo. No sabe hacer sarcasmo. Es cansancio.

Se levanta. Va hasta la ventana. Se queda de espaldas, mirando la calle, con las manos en los bolsillos.

—Las croquetas —dice al cabo de un rato.

Se me hunde el estómago.

—Las croquetas eran para ella.

—Íñigo, por favor.

—Estuve dos horas. Cuarenta. Las fui contando. —Se ríe, un ruido corto, horrible—. Y el cartel. Dios. El cartel en el aeropuerto. Y ella pasó por detrás y yo le grité enhorabuena.

—No sigas.

—¿Le hizo gracia? ¿Os habéis reído?

—No. Nunca. Lloré, esa noche. Lloré con el táper en las manos.

—Qué bien. —Se vuelve—. Qué consuelo.

Nunca le he visto esa cara. Es la que llevo un mes temiendo, y es peor, porque no está enfadado. Está roto. Tiene los ojos rojos, la boca floja, la expresión exacta de un crío al que le han pegado sin saber por qué.

—¿Qué he hecho mal?

—Nada.

—Algo habré hecho. Cuatro años. Algo tuve que hacer mal para que te vayas con… —No le sale la palabra—. Dímelo. Te lo pido. Necesito entenderlo.

—No has hecho nada mal. Eres la persona más buena que conozco.

—Eso no es una respuesta.

—Es la verdad.

—Pues dime la otra.

Debería callarme. Debería decir «me he enamorado» y nada más; es verdad y es suficiente. Pero estoy sin dormir, tengo todavía el cuerpo lleno de la noche, y él me mira pidiéndome una razón, una sola, algo que pueda arreglar.

Y se la doy.

—Me tocabas como si me fuera a romper.

Se queda quieto.

—Siempre igual. El cuello, el hombro, la mano en la tripa.

«¿Así?» Cuatro años. Yo no sabía que había otra cosa; creía que era eso.

Y te lo pedí, Íñigo. Aquella noche. Te pedí que me mordieras, que me cogieras fuerte, que me dijeras algo, y me dijiste que me respetabas.

—Se me rompe la voz—. Ella no me pregunta «¿así?

» a cada momento. Con ella me… Contigo no he sentido nunca, ni una sola vez, lo que…

Me callo. Tarde.

Lo veo llegarle. Lo veo entrar, despacio, y quedarse.

—Nunca —repite.

—No he querido decir eso.

—Ni una sola vez. En cuatro años.

—Íñigo.

—Y fingías.

—No. Antes no. Antes era… Estaba bien. Solo la última…

—La última fingiste.

No contesto. Es contestar.

Se sienta en el brazo del sofá, como si le hubieran quitado las piernas. Se tapa la cara con sus manos grandes, limpias.

Soy lo peor que le ha pasado en la vida. Le he quitado el futuro, y ahora, por si fuera poco, le he quitado también el pasado. Las cuatrocientas veces. Cada una.

Lo había hecho todo mal durante un mes, y aun así he encontrado la manera de hacerlo peor.

—Lo intenté —dice detrás de las manos—. El viernes. Había ido a Bilbao, a una tienda. Compré unas esposas rosas, Paula. Hice el ridículo por ti. Y me dijiste que parara. —Se le quiebra la voz—. Habría seguido intentándolo. Te quiero. Habría hecho lo que fuera.

—Ya lo sé.

—¿Entonces?

—No es solo eso. —Lo digo muy bajo—. No es solo la cama. Estoy enamorada de ella.

Baja las manos.

Eso sí lo entiende. Eso no se arregla aprendiendo nada. Lo veo en cómo se le van los hombros.

Pasa mucho rato. Fuera, un camión de la basura.

—Me voy a casa de mi madre —dice.

—No. Me voy yo. Es tu casa también, tú…

—No puedo estar aquí. —Se levanta. Mira alrededor, el sofá, la manta, la cocina—. Huele a ti. Quédate hasta que encuentres algo. Yo no… No puedo.

Coge las llaves del cuenco. La cartera. Se para delante de la nevera.

Está ahí, sujeto con un imán: el folio. CAMPEONA, con rotulador. Lo colgó él el día que volví.

Lo quita. Lo mira. No lo rompe; Íñigo no rompe cosas. Lo dobla por la mitad, con cuidado, y lo deja encima de la mesa.

—Suerte en el campeonato —dice. Y lo dice de verdad. Eso es lo que me mata.

En la puerta se vuelve.

—Una cosa. Lo de las croquetas. ¿Os las comisteis?

Podría mentir. Es la última oportunidad de ahorrarle algo.

—Sí.

Asiente. Despacio. Como si esa fuera, de todas, la que no esperaba.

Cierra sin dar portazo.

Me quedo de pie en mitad del salón, con la mochila todavía al hombro. Luego me siento en el suelo, con la espalda contra el sofá, y miro un folio doblado encima de una mesa hasta que entra el sol.

A las doce llamo al telefonillo de la calle Zabaleta.

Subo los cinco pisos de dos en dos. Tengo los ojos hinchados, la ropa de ayer, y por debajo de todo, de la culpa, de la pena, algo que casi me da vergüenza: alivio. Un alivio enorme, ligero, como soltar el aire después de un cincuenta sin respirar.

Ya está. Está hecho. No soy Marina.

Leire abre en pijama, con una taza en la mano y el pelo aplastado. Me ve la cara.

—¿Qué ha pasado?

—Se lo he dicho.

La taza se queda a medio camino.

—A Íñigo. Todo. Que eres tú, que es desde la montaña. Se ha ido a casa de su madre. —Me río, y lloro, las dos cosas—. Ya está, Leire. Ya no hay secreto. Trece días antes de tu plazo.

Espero que me abrace.

No me abraza.

Se ha puesto pálida. Deja la taza en la repisa de la entrada, muy despacio, como si pesara.

—¿Esta mañana?

—A las seis y media.

—Has salido de mi cama, de… de lo de anoche, sin dormir, y has ido a…

—Estaba despierto. Me estaba esperando.

Algo le cruza los ojos.

—¿Te estaba esperando?

—Llamó a Irati a las cuatro. Había hecho la suma. Me preguntó si eras tú.

—Te preguntó él.

—Sí, pero…

—Entonces no se lo has dicho, Paula. —Lo dice bajito, con una pena inmensa—. Te ha pillado.

Me quedo helada.

—No. No es eso. Yo iba a decírselo. Lo decidí anoche, mirándote dormir, te lo juro. Venía con la frase preparada…

—Marina también iba a decírselo. Siempre iba a decírselo la semana siguiente.

—No me llames Marina.

—No te llamo Marina. —Se apoya en el marco de la puerta.

No me ha dejado pasar; me doy cuenta ahora.

Estoy en el rellano—. Te digo lo que veo.

Veo a una tía que lleva un mes diciendo «dame tiempo», que anoche se metió en una cama con mi ex porque le comían los celos, que no ha dormido, y que a las seis de la mañana, cuando ya no había manera de negarlo, ha dicho que sí.

Y que ahora viene aquí, sin casa, con los ojos así, a decirme que ya está.

—Podía haber dicho que no. Podía haber dicho que me liaste tú. Lo tenía en la boca.

—Ya lo sé.

—¡Pues entonces!

—Pues entonces no eres ella. Eso ya lo sabía. —Se le llenan los ojos—. Pero yo no te había pedido que lo dejaras, Paula. No así. No hoy.

No entiendo nada. Tengo las piernas flojas.

—Me pediste que no fueras un secreto.

—Después del campeonato. Con la cabeza fría.

Habiéndolo decidido tú, dormida, comida, sin mí delante.

—Se limpia la cara con el dorso de la mano, brusca—.

No después de una noche así. Mírate. Estás temblando.

Has reventado tu casa hace seis horas y lo primero que has hecho es subir aquí.

¿Sabes lo que soy ahora mismo? El único sitio que te queda.

Y yo no quiero ser eso. No quiero que te quedes conmigo porque no tienes adónde ir.

—No es por eso. Estoy enamorada de ti.

Lo digo así, en un rellano, con mocos, a las doce de la mañana.

Se queda sin aire. La veo. Veo cómo le entra y cómo, durante un segundo, quiere creérselo.

Y veo cómo da un paso atrás.

—Eso también me lo dijeron —susurra—. El día antes.

—Leire.

—Y anoche. —Le tiembla la voz—. Anoche fui yo la que se pasó.

No tú. Me lo pediste y te lo di, porque te lo doy todo, porque me dices «quiero» y pierdo la cabeza.

Te até, te vendé los ojos, te metí a otra en la cama.

Hace un mes no habías besado a una mujer.

¿Y si te estoy llevando yo? ¿Y si mañana te despiertas y no sabes cómo has llegado hasta aquí, y me miras como me miró ella?

—No me estás llevando. Te lo pedí yo.

—Tú pides porque yo te enseñé a pedir.

No sé si es verdad.

Respira hondo. Se endereza. Cuando vuelve a hablar tiene la voz de capitana, la de dar los relevos, y sé que le está costando la vida.

—Quedan trece días. Vamos a hacer una cosa. No nos vamos a tocar. Ni Gros, ni vestuario, ni coche. Nada. Tú duermes, comes, buscas dónde vivir, y nadas. Yo nado. Somos compañeras hasta el poyete.

—No.

—Sí. Y después de la final, cuando ya no haya plazas, ni novio recién ido, ni yo como única puerta, me lo dices otra vez. Lo que me acabas de decir. —Se le quiebra—. Si entonces sigue siendo verdad, aquí estoy. Llevo siete años. Puedo trece días.

—¿Y si te lo digo ahora mil veces?

—No te voy a creer. Y quiero creerte, Paula. No sabes cómo quiero. Por eso.

Alarga la mano. Me toca la cara con las yemas, apenas, un segundo. La retira como si quemara.

—Vete a dormir.

—No tengo dónde.

Cierra los ojos. Sé que está a nada de abrir la puerta del todo.

No la abre.

—Irati tiene un sofá —dice.

La puerta se cierra. Despacio. Sin ruido.

Me quedo en el rellano del quinto, mirando la madera. Al otro lado no se oye nada. Ni pasos. Sé que está ahí, de pie, a un palmo, con la frente contra la puerta.

Lo sé porque yo estoy igual.

Irati vive en un cuarto de Amara con dos compañeras de piso y un gato. Abre con una camiseta de pijama de unicornios.

Me mira la cara. La mochila.

—¿Se lo has dicho?

Asiento.

—¿Tú o te ha pillado?

—No lo sé —digo. Y es la primera vez que lo pienso en serio—. Un poco las dos.

Se aparta de la puerta.

—El sofá es una mierda. Se te clava un muelle aquí.

—Me da igual.

—Y el gato muerde.

Entro. Dejo la mochila en el suelo. Irati se queda mirándome, con los brazos cruzados, muy seria, y de pronto me abraza, fuerte, torpe, oliendo a colonia de bebé.

—Al final sí que vas a dormir en mi casa —dice contra mi hombro—. Mira tú. Para una vez que no era mentira.

Me río. Me sale un sollozo en medio.