28. Ane #2
—Mírame, Paula —dice Leire.
La miro. Tengo la boca de otra en el pecho, las manos de otra en las muñecas, y los ojos en ella.
—Esto te lo estoy haciendo yo. ¿Lo entiendes? Es su boca, pero soy yo. Yo le digo dónde.
—Sí.
—Abre las piernas.
No sé contarlo bien. Son cuatro manos. Dos bocas.
No hay un solo sitio de mi cuerpo que no esté tocado.
Ane me coge los pechos, los dos, y me los come con una boca blanda, generosa, distinta.
Leire baja. Sé adónde va. Me levanta las rodillas, y tengo una lengua delante y unos dientes en un pezón, y luego Leire me da la vuelta, de lado, contra el cuerpo lleno de Ane, y se va detrás.
Por delante, la mano de Ane, con sus anillos fríos. Por detrás, la lengua de Leire.
Grito contra un hombro que huele a vainilla.
—Eso te gusta, ¿eh? —Ane, en mi oído, riéndose bajito—. Qué callado te lo tenías.
—Le vuelve loca —dice Leire desde atrás, y su aliento ahí me arranca otro gemido—. Mírala. Mira cómo se abre.
Me corro entre las dos. Largo, deshecha, sin saber de quién es cada mano.
Y entonces Ane me levanta la cara y me besa.
Es una boca de mujer. Blanda, sabia, con sabor a vino. Besa bien. Besa muy bien. Me mete la lengua despacio, me muerde el labio.
Espero el vuelco.
No llega.
Me gusta. Es agradable, es excitante, estoy mojada y desnuda entre dos cuerpos. Pero no se me encoge el estómago. No se me va el aire. No hay ese golpe, esa caída, el badén del autobús.
Me separo. Vuelvo la cabeza. Leire está de rodillas a mi espalda, mirándonos, con una cara que no le he visto nunca: celosa ella, ahora. Pálida.
Solo de verla así, me da un vuelco el estómago.
Ahí está la respuesta. La que llevo buscando desde la montaña. No sé si es porque eres una mujer o porque eres tú.
Ane es una mujer. Guapísima, experta, en esta cama, con la lengua en mi boca.
Es ella.
No son las mujeres. Es Leire.
Y no es solo el cuerpo. Eso también lo entiendo ahí, de golpe, con la boca de otra todavía en la mía. Si fuera hambre, me valdría Ane. Si fuera curiosidad, estaría saciada. Si fuera que por fin alguien me folla como quiero, cualquiera con oficio me serviría.
No me sirve nadie más.
Quiero a la que canta en la ducha desde que volvimos.
A la que se sacó un título para que su madre la viera con bata blanca.
A la que lleva siete años dejando un palmo para no hacerme daño.
A la que me hizo un colacao después de follarme contra una encimera.
A la que me dijo «en la cama, lo que quieras; ahí fuera, no decido yo por ti».
Estoy enamorada de ella.
Lo pienso con esas palabras, desnuda entre dos mujeres, y no me da vértigo. Me da una calma rarísima, como cuando toco la pared y sé, antes de mirar el marcador, que la carrera ha salido.
—Ahora ella —digo.
Ane sonríe. Lo ha entendido antes que nadie.
—Ahora ella —repite—. Ya era hora. Túmbate, Aramburu.
—No hace falta, yo…
—Cállate —le decimos las dos a la vez.
La tumbamos. Le quitamos la camisa blanca entre las dos. Leire, boca arriba, desnuda, con los ojos muy abiertos, sin una sola orden que dar.
Ane le sujeta las muñecas por encima de la cabeza. Con suavidad, sonriéndole. Yo me pongo entre sus piernas.
—Tres años queriendo ver esto —dice Ane—. Enséñame cómo lo haces, calle cinco.
Se lo enseño. Con la boca. Despacio primero, como ella me enseñó a mí en una ducha de setenta por setenta.
Sé su cuerpo de memoria. Sé dónde, sé cuánto.
Y Ane, arriba, le besa el cuello, los pechos, le habla al oído, cosas que no oigo, y Leire se retuerce entre las dos, sujeta, abierta, sin poder devolver nada.
No hay silbido.
Gime. Alto, roto, sin taparse. Dice mi nombre. Levanta las caderas contra mi boca y yo la sujeto, y le meto dos dedos curvados, y bajo la lengua más abajo, ahí, donde ella me lo hace a mí, y da un grito que no le conocía.
—Dios —murmura Ane, con los ojos como platos—. En dos años no la oí ni respirar.
Se corre a gritos, sacudiéndose, con las muñecas en las manos de una y la boca de la otra. Cuando acaba está llorando. Me busca con los brazos. Ane la suelta, y Leire me sube, me aprieta contra ella, me besa la boca, que le sabe a sí misma.
—Tú —dice—. Tú. Tú.
Ane se queda mirándonos, apoyada en un codo. No hay rencor en su cara. Hay algo parecido a la pena, y a la alegría.
—Bueno —dice al rato, bajito—. Yo aquí ya sobro.
Se viste a las cinco, con el cielo todavía negro en el cristal del techo. Leire duerme boca abajo, con un brazo colgando. Yo la acompaño a la puerta envuelta en una sábana.
Ane se recoge la melena con una pinza. Se pone los anillos, uno por uno.
—Gracias —le digo. No sé por qué.
—De nada, guapa. Ha sido un placer, en todos los sentidos. —Me mira. La guasa se le va otra vez—. ¿Te puedo decir una cosa?
Asiento.
—Yo la quise. Mucho. Y nunca la tuve, ni un día, porque tenía la cabeza en una piscina. Tú la tienes entera. Lo he visto esta noche: la miras y se deshace. —Se abrocha el abrigo—. Así que deja a tu novio.
Se me para el aire.
—¿Cómo sabes…?
—Me lo ha contado ella. Y porque se te ve en la cara.
Llevas toda la noche mirando el móvil cada vez que vibra.
—Abre la puerta—. No te lo digo por él, que será un santo.
Te lo digo por ella. A Leire ya la escondieron una vez y ha tardado siete años en volver a bajar la guardia con alguien.
Si la escondes tú, que eres la que quería, no se levanta.
Me da un beso en la mejilla. Vainilla y humo.
—Y por ti, también. Que follas como si te fueras a morir mañana y luego te vas a casa a cenar con otro. Eso no hay cuerpo que lo aguante.
Baja las escaleras. La oigo reírse sola en el tercero.
Cierro. Vuelvo a la cama. Leire se mueve, dormida, me busca, me pasa un brazo por encima.
No me duermo. La miro.
Tiene la boca entreabierta, una marca de la almohada en la mejilla, el pelo corto aplastado de un lado. Respira despacio. Conozco esa respiración mejor que la mía; la he oído siete años al otro lado de una corchera sin saber qué estaba oyendo.
En la montaña le dije que a Íñigo lo quería y que a ella la deseaba.
Creía que eran dos cosas, cada una en su sitio.
Estaba equivocada. A Íñigo lo quiero como se quiere a alguien bueno que te ha cuidado.
Lo de ella empezó en el cuerpo, es verdad, en unas bragas mojadas y un pasillo.
Pero hace semanas que no es solo eso. Es que cuando me pasa algo, es a ella a quien quiero contárselo.
Es que nado mejor si está en la calle de al lado.
Es que esta noche he visto a otra mujer encima de ella y lo que me ha dolido no era que la tocara: era pensar que alguien la hubiera tenido dos años sin conseguir que se soltara.
Ya no es una experiencia. Ya no es deseo y nada más. Me he enamorado de Leire Aramburu, y lo sé con la misma certeza con que sé nadar.
Y si es amor, ya no tengo excusa. Por hambre se puede mentir un mes. Por amor, no. Por amor hay que subir esa cuesta y decir la verdad.
En la silla, encima de mi ropa, el móvil.
Buenas noches, cariño. Pásalo bien. No vuelvas muy tarde.
Son las cinco y diez.
Catorce días.