28. Ane
Ane tiene treinta años, una melena negra hasta la cintura y una risa que se oye desde la calle.
La oigo antes de verla. Subo los cinco pisos con una botella de vino que no voy a beber, porque quedan catorce días, y a la altura del cuarto ya me llega esa carcajada, abierta, de alguien que no le debe nada a nadie.
A Íñigo le he dicho que ceno con Leire y con una amiga suya de Bilbao. Es la primera verdad que le cuento en un mes. Me ha dicho que qué bien, que salga un poco.
Leire abre. Se ha puesto una camisa blanca. Está nerviosa; se le nota en que me besa en la mejilla, como a una prima.
—Pasa. Esta es Ane.
Ane está sentada en la butaca. En la butaca del muslo. Con una pierna encima del reposabrazos y una copa en la mano. Me mira de arriba abajo, despacio, sin ningún disimulo, y sonríe.
—Así que tú eres la de la calle cinco.
Me quedo con la botella en la mano.
—Dos años oyendo hablar de la calle cinco —dice, levantándose—. «No, si es una compañera.» «No, si tiene novio.» «No, si yo ni la miro.» Dos años me tuvo así, guapa. Dos años acostándome con una tía que nadaba cada mañana al lado de otra y volvía a casa con cara de funeral.
—Ane —dice Leire.
—¿Qué? Es verdad. —Me da dos besos. Huele a algo caro, a vainilla y a humo—. No te preocupes, que no te guardo rencor. La dejé yo. Una se cansa de ser la suplente.
No sé qué cara pongo. Ane suelta la carcajada.
—Ay, qué mona. Se ha puesto roja. Leire, se ha puesto roja.
Cenamos en la mesa pequeña, las tres, con las rodillas tocándose.
Leire ha hecho una merluza. Ane habla. Habla de Bilbao, de su trabajo en un estudio de arquitectura, de una novia que tuvo en Lisboa.
Come con las manos, se chupa los dedos, se ríe con la boca llena.
Es lo contrario de mí. Es alguien que siempre ha sabido lo que quería y lo ha cogido.
Yo la miro y cuento. No puedo evitarlo. Dos años. Setecientas noches. Esa mujer ha tenido a Leire setecientas noches en esta misma cama. Sabe cómo suena. Sabe lo del silbido.
Lo agrio de debajo del esternón me va subiendo hasta la garganta.
—¿Y contigo qué tal? —Ane me apunta con el tenedor—. ¿Te deja?
—¿Si me deja qué?
—Tocarla. —Sonríe, pero la pregunta va en serio—. A mí no me dejaba. Dos años. Ella a mí, todo, lo que quisieras, una máquina. Pero cuando me tocaba a mí devolverle el favor: «no hace falta». Así. «No hace falta, estoy bien.» La de veces que me dormí con las ganas de hacerle algo.
Leire se ha quedado mirando el plato.
—Me deja —digo.
Ane levanta las cejas, mira a Leire y vuelve a mirarme.
—¿Y hace ruido?
—Ane, joder.
—Sí —digo. Me sale más alto de lo que quería—. Conmigo hace ruido.
Silencio. Ane deja el tenedor. Se echa hacia atrás en la silla y nos mira a las dos un rato largo, y algo le cambia en la cara. Se le va la guasa.
—Vaya —dice, bajito—. Pues sí que era la de la calle cinco.
Levanta la copa hacia Leire.
—Me alegro, Aramburu. De verdad. Ya era hora de que alguien te abriera.
Leire tiene los ojos brillantes. Choca su vaso de agua con la copa.
Debería bastarme. Es una bendición, casi. La ex que se retira con elegancia. Pero yo sigo contando. Miro las manos de Ane, grandes, morenas, con anillos, y me las imagino encima de ella. Miro su boca. Pienso en una pared de hotel, en Madrid, y en una chica con rizos que dijo madre mía.
Llevo dos meses con una pregunta clavada, y es esta: cómo es Leire con otra. Qué cara pone cuando manda. La oí una vez, a través de un tabique, con las manos debajo de la almohada. No la vi.
Los celos me queman. Y debajo de los celos, mezclado con ellos, hay otra cosa que late.
Me conozco ya lo bastante para saber cuál es.
A las doce Ane mira el reloj y dice que se va al hotel.
—No —digo.
Las dos me miran.
Tengo la boca seca. El corazón me golpea como encima del poyete. Esto no se lo he pedido a nadie; ni siquiera sabía que se podía querer.
—Quédate.
Ane ladea la cabeza. Leire se ha puesto muy quieta.
—Paula —dice—. ¿Qué estás haciendo?
—Quiero mirar.
Nadie respira.
—Quiero ver cómo se lo haces. —Me arde la cara. No bajo los ojos—. Te oí una vez. En Madrid, con la de los rizos. A través de la pared. No me toqué; me quedé con las manos debajo de la almohada y casi me muero. Llevo dos meses queriendo saber qué cara ponías.
Leire ha abierto la boca. No le sale nada.
Ane suelta el aire, despacio, y se ríe por la nariz.
—La de la calle cinco —repite, admirada—. Y parecía tonta. —Se encoge de hombros—. A mí no me miréis. Yo me apunto a lo que sea, y a esta le tengo ganas desde hace tres años. Pero esto lo decidís vosotras.
Leire se levanta. Viene hasta mí. Se agacha delante de mi silla, me coge las manos.
—Mírame. ¿Estás segura? Porque esto no se deshace. Mañana lo habrás visto.
—Estoy segura.
—¿Es por celos? ¿Para hacerte daño?
—Es por celos. —Trago—. Y me pone. Las dos cosas.
Se le oscurecen los ojos. La conozco: está asustada y está excitada, y le está ganando lo segundo.
—Si en cualquier momento quieres que pare, dices mi nombre entero.
—Leire Aramburu.
—Eso. Y paro, y ella se va, y no pasa nada.
—Vale.
Me besa. En la boca, hondo, delante de Ane. Luego me lleva de la mano hasta la butaca y me sienta.
—Pues mira —dice. Con la otra voz—. No te toques hasta que yo te diga.
No es como lo imaginé.
Imaginé que me dolería más. Que tendría que apartar la vista.
Leire desnuda a Ane de pie, junto a la cama, bajo la ventana del techo. Despacio. Le desabrocha la blusa, botón a botón. Le baja la falda. Ane tiene un cuerpo opuesto al nuestro: blando, lleno, con las caderas anchas y los pechos grandes, pesados, que Leire sostiene en las dos manos.
Y mientras lo hace, me mira a mí.
No a ella. A mí. Por encima del hombro de Ane, con los ojos clavados en los míos.
—Túmbate —le dice a Ane.
Una sola palabra. Grave, sin prisa. Se me eriza todo, igual que aquella noche con la oreja en el tabique.
Ane se tumba. Leire se arrodilla entre sus piernas, vestida todavía con la camisa blanca. Y empieza a hablar.
Ahí está. La voz de la pared. Ese murmullo oscuro, continuo, paciente. Solo que ahora veo de dónde sale: la veo inclinada sobre otra mujer, con la mano abierta en su vientre, diciéndole lo que le va a hacer antes de hacérselo.
—Despacio. He dicho despacio. No, todavía no. Abre las piernas.
Lo mismo. Las mismas palabras.
Ane gime, se arquea, le clava los anillos en los hombros.
Leire baja la boca a sus pechos. Yo me agarro a los brazos de la butaca hasta que me duelen los dedos.
Me arde el pecho de celos. Es mi boca, esa.
Son mis manos. Y a la vez, entre las piernas, tengo un latido tan fuerte que noto el pulso en las rodillas.
Porque no deja de mirarme. Ni un segundo. Le chupa un pezón a Ane con los ojos en los míos. Le mete la mano entre los muslos con los ojos en los míos. Y me habla. No a ella: a mí.
—¿Lo ves? Esto es lo que oías. Esto es lo que te tuvo despierta. Mira cómo se lo hago. ¿Sabes en quién pensaba esa noche, con la otra? ¿Sabes de quién era la cara que veía?
Se me escapa un sonido.
—Quítate la ropa, Paula. Despacio. Quédate en la butaca.
Me la quito. Me tiemblan las manos.
—Abre las piernas. Encima de los brazos. Que te vea.
Las subo a los reposabrazos. Abierta, desnuda, a dos metros de la cama. Ane vuelve la cabeza sobre la almohada y me mira también, con los ojos turbios, la boca entreabierta.
—Madre mía —jadea—. Leire. Mírala cómo está.
—Ya la veo.
—Tócate —me dice Leire—. Ahora sí. Lo mismo que yo le haga a ella, te lo haces tú. Es para ti. Todo esto es para ti.
Baja la cabeza entre los muslos de Ane.
Me toco. Con sus ojos en los míos, levantados por encima de un vientre que no es el mío.
Ane grita, se retuerce, le tira del pelo.
Yo hago círculos, despacio, luego rápido, siguiendo el ritmo de una boca que está en otro cuerpo.
Es lo más raro que he sentido nunca: celos y deseo, tan trenzados que no sé cuál me empuja.
Ane se rompe a gritos, con las caderas levantadas. Leire la sostiene. Y yo, en la butaca, me corro con ellas, mirando, mordiéndome el dorso de la mano.
—Ven aquí, anda —dice Ane, sin aire, tendiéndome una mano—. Que te vas a hacer daño ahí sola.
Miro a Leire.
Se ha incorporado. Tiene la boca mojada, el pelo revuelto. Me pregunta con los ojos. No manda: pregunta.
Me levanto. Me tiemblan las piernas. Cruzo los dos metros.
La cama es pequeña para tres. Me tumban en medio.
Estoy boca arriba, entre dos cuerpos. A mi izquierda, Ane, blanda, caliente, oliendo a vainilla, con la melena negra cayéndome en el hombro. A mi derecha, Leire, dura, conocida, con los ojos fijos en mi cara.
Nadie me toca todavía. Me miran las dos.
—Es preciosa —dice Ane, como si yo no estuviera—. Qué piernas. ¿Y dices que hace un mes no había besado a una tía?
—Menos.
—Madre mía. ¿Qué le gusta?
Leire no aparta los ojos de mí.
—Los pezones. Es lo suyo. Se corre solo con eso si sabes hacerlo. —Lo dice despacio, y yo noto cómo se me endurecen de oírla—. Le gusta que le hablen. Que le digan lo que le van a hacer. Y hay otra cosa, que te enseño luego.
Me arde la cara. Me están describiendo. Leire le está explicando a otra mujer cómo se me abre, punto por punto, como quien enseña un camino que conoce de memoria.
No he estado tan mojada en mi vida.
—¿Puedo? —pregunta Ane. A Leire. No a mí.
—Pregúntaselo a ella.
Ane me mira. Tiene los ojos pintados, risueños.
—¿Puedo, calle cinco?
Miro a Leire. Me sostiene la mirada. No manda; espera.
—Sí —digo.
Ane baja la cabeza. Tiene una boca distinta: más llena, más perezosa. Me coge un pezón entre los labios, sin dientes, y lo mece. Chupa largo, como quien saborea. No es Leire. No tiene su hambre ni su precisión. Es otra cosa, ancha, generosa.
Gimo.
—El otro —dice Leire, con la voz ronca—. Dale el otro también. Y aprieta con los dedos el que sueltes. Más. No se rompe.
Ane obedece, riéndose por la nariz.
—Sigues siendo una mandona.
—Sujétale las muñecas. Arriba. Le gusta no poder moverse.
Una mano con anillos me coge las dos muñecas y me las lleva por encima de la cabeza. Fríos, los anillos. Me arqueo.