27. Lo que tú quieras
El viernes, cuando llego a casa, hay velas.
No una, en el centro de la mesa. Muchas. En la encimera, en la estantería, en el suelo del pasillo, haciendo un camino hacia el dormitorio. Huele a cera y a algo dulce.
Íñigo sale de la cocina. Se ha puesto la camisa azul. Tiene las manos a la espalda y una cara que no le conozco: nervioso, decidido, como un crío antes de un examen.
—No digas nada —dice—. Déjame a mí.
Se me cae el estómago a los pies.
Pienso: un anillo. La ermita de Igeldo. Su madre cortando hojaldre. Pienso que voy a tener que decirle que no a un hombre con una caja en la mano, en un pasillo lleno de velas, y que no hay nada en el mundo para lo que esté menos preparada.
No es un anillo.
Saca las manos. Tiene una bolsa de papel, pequeña, negra, sin letras.
—He estado pensando —dice—. Toda la semana. En lo del otro día. Lo que me pediste, cuando volviste de la montaña.
No me sale la voz.
—Que te mordiera. Que te cogiera fuerte. Que te dijera… cosas. Y yo te dije que no me salía. —Se pasa la mano por el pelo—. Me quedé fatal, Paula. Pensé: llevamos cuatro años y es la primera vez que me pide algo, y voy yo y le digo que no. Soy un imbécil.
—No eres un imbécil.
—Déjame. —Respira—. Y desde entonces estás rara. Lejos. Llegas tarde, te duchas antes de cenar, no me miras. Y lo del mordisco. He pensado muchas cosas. Algunas no te las voy a decir porque me da vergüenza haberlas pensado.
Se me para el corazón.
—Pero luego pensé: a lo mejor es más fácil. A lo mejor es que se aburre. Que soy un soso, que siempre hago lo mismo, y ella necesita otra cosa y no sabe cómo decírmelo. —Levanta la bolsa—. Así que he ido a una tienda. A Bilbao, el domingo, antes del partido. Para que no me viera nadie de aquí.
El domingo. Mientras yo iba de la mano de otra por un paseo marítimo.
—Me atendió una chica muy maja. Le expliqué. Me puse como un tomate. —Se ríe, apurado—. Me recomendó esto.
Abre la bolsa. Saca unas esposas. De las de peluche, rosas. Un pañuelo de seda negro. Un bote de algo. Un libro pequeño, con una portada roja.
Lo pone todo encima de la mesa, entre las velas, en fila, con cuidado.
—No sé usarlo —dice—. Lo he leído por encima. Pero quiero aprender. Lo que tú quieras, Paula. De verdad. Dime qué quieres y lo hago. No me da igual; me da un corte que me muero. Pero prefiero morirme de corte a que te vayas.
Miro las esposas rosas.
Pienso en unas gomas de látex azul, atadas a un cabecero. En unas gafas tintadas.
No he sentido una pena así en mi vida.
—Íñigo…
—Vamos a probar. —Me coge la mano. La suya está sudada—. Sin compromiso. Si sale mal, nos reímos.
No sé decirle que no. No a esto. No a un hombre que ha ido a una tienda en otra ciudad, rojo como un tomate, por mí.
Lo sigo por el camino de velas.
Lo intenta. Dios mío, cómo lo intenta.
Me desnuda más deprisa de lo normal. Me empuja contra la pared del dormitorio; calcula mal y me doy con el interruptor en la espalda.
—Perdona. ¿Te he hecho daño?
—No.
—Vale. Vale.
Me besa con fuerza. Con los dientes, un poco. Me coge del pelo, y tira, y enseguida afloja, y me mira para ver si está bien. Me muerde el hombro. Suave. Luego más fuerte, cerrando los ojos, como quien se tira a una piscina fría.
—¿Así?
Cierro los míos.
Me lleva a la cama. Me pone a cuatro patas, él solo, sin que se lo pida. Me coge de las caderas. Aprieta. Noto sus dedos, grandes, clavándose, y debajo del apretón noto el miedo que tiene de dejarme marca.
Entra. Se mueve más fuerte que nunca. La cama golpea la pared.
Y entonces habla.
—Eres… —Se le atasca. Carraspea—. Eres mi guarra.
Lo dice con la voz de dar una dirección. Con todas las letras, bien pronunciadas, como quien lee una frase en un idioma que no sabe.
Se me encoge el cuerpo.
—Te voy a… Te voy a follar. Fuerte. —Una pausa—. ¿Te gusta que te lo diga?
No es su voz. No es él. Es un hombre bueno disfrazado de otra cosa, por mí, haciendo con todo su amor algo que le da asco de sí mismo. Lo oigo en cada palabra. Está muerto de vergüenza. Lo hace igual.
Y yo no siento nada.
Ni excitación, ni rechazo. Nada. Las mismas palabras que en otra boca me doblan las rodillas, aquí caen como piedras en un pozo seco. No eran las palabras. No eran las posturas, ni morder, ni el pelo.
Era quién.
Siempre ha sido quién.
—Íñigo. Para.
No me oye. Está concentrado, con los ojos apretados.
—Para. Por favor. Para.
Se detiene en seco. Sale. Me doy la vuelta, me siento en la cama, me tapo con la sábana.
Está de rodillas en el colchón, desnudo, jadeando, con la cara descompuesta.
—¿Lo he hecho mal? Dime qué he hecho mal. Puedo…
—No has hecho nada mal.
—¿Muy fuerte? ¿Lo de «guarra»? Lo ponía en el libro, yo no…
—No es eso. —Se me rompe la voz—. Tú no eres así. No quiero que seas así. No quiero que te conviertas en otra persona por mí.
—Pero es lo que me pediste.
—Ya lo sé.
—Entonces no lo entiendo. —Se sienta sobre los talones. Tiene los ojos brillantes—. Te juro que no lo entiendo, Paula. Me pides una cosa, te la doy, y me dices que pare. ¿Qué quieres? Dímelo. Lo que sea. Lo que tú quieras.
Lo que quiero no puedes dármelo tú. No es culpa tuya. No hay nada que puedas aprender.
Lo tengo en la boca. Es el momento. Otro. Llevo un mes dejándolos pasar.
Me echo a llorar.
No es una decisión. Empiezo a llorar, doblada, con la sábana en la cara, por él, por las esposas rosas, por la chica maja de la tienda de Bilbao, por los cuatro años.
Él no entiende nada. Hace lo único que sabe hacer. Se acerca, me rodea con los brazos, me aprieta contra su pecho, que huele a suavizante.
—Eh. Eh. Ya está. Perdona. Ha sido una idea de bombero. No tenemos que hacer nada de esto. —Me acaricia el pelo—. Lo guardo todo y no se vuelve a hablar. ¿Vale?
Lloro más.
—Soy yo —consigo decir—. No eres tú. Soy yo, que no estoy bien.
—Ya lo sé. Es el campeonato. Te está comiendo viva. —Me besa la cabeza—. Quedan dos semanas. Aguanta dos semanas. Y cuando acabe, nos vamos. Tú y yo. Unos días, adonde quieras. Sin piscinas. ¿Eh?
Dos semanas. Él también me da un plazo, sin saberlo. El mismo.
—Vale —digo contra su pecho.
Se levanta. Se pone el pantalón del pijama. Va apagando las velas una por una, por el pasillo, soplando con cuidado para que no salte la cera.
Cuando vuelve, ha recogido la mesa. No sé dónde ha metido la bolsa negra. No la vuelvo a ver.
Se acuesta a mi lado. Me pone la mano en la cadera.
—Te quiero —dice a oscuras—. Como eres. No hace falta que seas de otra manera tú tampoco.
Me quedo mirando el techo.
Mañana ceno con Leire y con una amiga suya de Bilbao.