26. Irati
Cruza la calle sin mirar. Un coche le pita.
Se para delante de mí, con su bolsa de la pastelería apretada contra el pecho. Tiene veintidós años y de pronto no los aparenta.
—Hola —digo.
—Hola.
—¿Qué haces por aquí?
—Mi tía vive en Gros. Le traigo pasteles los martes. —Mira el portal por encima de mi hombro. El número. El telefonillo—. ¿Y tú?
—He venido a por unos apuntes.
—Paula.
—De fisio. Leire me está ayudando con una cosa del hombro y…
—Paula. Tienes el pelo mojado.
Me llevo la mano a la cabeza. Como una idiota.
—He estado tres veces en ese portal —dice Irati—. Ayudándola a subir la bici. Sé quién vive en el quinto.
No hay nada que decir. Se me han acabado las mentiras; debía de tener un número limitado y las he gastado todas con él.
Irati traga saliva. No está enfadada. Es peor. Tiene la cara de un crío al que le han contado algo de sus padres.
—Yo ya lo sabía —dice, bajito—. Bueno. Me lo imaginaba. En Sierra Nevada, la última noche, dormía a dos puertas. Se oía todo. Me puse los tapones y me dije que era la tele.
Cierro los ojos.
—Y luego volvimos, y Leire cantaba en la ducha. Leire. Que no canta ni en los cumpleaños. Y tú nadando como si te hubieran cambiado las pilas. No soy tonta, ¿sabes? Todo el mundo cree que soy tonta porque hablo mucho.
—Nadie cree que eres tonta.
—Ayer me encontré a Íñigo en el Eroski.
Me quedo helada.
—Me dio las gracias. Por lo del otro sábado.
Por invitarte a dormir, por la noche de chicas.
Me preguntó si me habían gustado las croquetas.
—Le tiembla la barbilla—. Y yo le dije que estaban buenísimas, Paula.
Me quedé ahí, en el pasillo de los yogures, y le dije que estaban buenísimas y que a ver si repetíamos.
Porque no sabía qué otra cosa decir. Porque eres mi amiga.
—Irati…
—¿Sabes cómo me sentí? Ese tío me hizo croquetas en Navidad. Me arregló la rueda de la bici. Y yo, mintiéndole a la cara al lado de los yogures.
Se limpia la nariz con la manga.
—No se lo voy a decir a nadie. No es por ti. Es por ella.
La miro.
—Maialen me contó lo que pasó hace años.
Con la otra, la que se casó. Me contó cómo la dejaron sola.
Yo no estaba, pero me dio una rabia… —Aprieta la bolsa—.
Leire me ha enseñado todo lo que sé. Me espera en la pared cuando llego la última.
Así que te lo digo una vez. Si le haces lo mismo que le hizo esa, si un día sale esto y tú dices que fue ella, que te lio, que tú no querías…
No te vuelvo a hablar en la vida. Y no voy a ser la única.
Me lo dice una cría con una bolsa de pasteles, en una acera de Gros, y es lo más serio que me ha dicho nadie.
Cuando salió a la luz no había nadie de mi parte.
Ahora sí hay alguien.
—No voy a hacer eso —digo.
—Ya. Pues deja de hacerle a él lo otro. —Se da la vuelta. Se para—. Y las mellizas ya hablan. Que lo sepas. Os vieron en la sauna con cara de susto.
Cruza la calle. Esta vez mira.
Bego nos llama al despacho al día siguiente. A las dos.
Es un cuarto sin ventana, con una mesa, un flexo y cuarenta años de fotos de equipo en la pared. Nos deja de pie. Ella tampoco se sienta.
—Voy a decir esto una vez y no voy a repetirlo. —No levanta la voz. Nunca la levanta—. En mi vestuario se cuchichea. No sé qué se cuchichea, ni lo he preguntado, ni quiero saberlo. Lo que hagáis de esa puerta para fuera es vuestro. Sois mayores.
Leire está muy quieta a mi lado. Tiene las manos a la espalda.
—Me importan dos cosas. La primera: quedan diecisiete días.
Tengo las dos mejores marcas del país en doscientos y un relevo que puede ganar.
Me da igual lo que hagáis, me da igual cómo estéis, si os queréis o si os tiráis los trastos.
No me rompáis el relevo. Lleváis siete años tirando la una de la otra. No me lo estropeéis ahora.
—No —dice Leire.
—No —digo yo.
Bego asiente. Se queda mirando una foto de la pared, vieja, con los colores comidos. No sé cuál es. Leire sí. La veo bajar los ojos.
—La segunda es para ti, Aramburu.
Silencio.
—Hace siete años pasó una cosa en este club.
Yo estaba delante. Una chica dijo algo de ti llorando, y yo, que te conocía desde los doce años, no abrí la boca.
Te puse en una habitación aparte y dejé que el vestuario hiciera lo que hace un vestuario.
Pensé que así se enfriaba. —Se le endurece la mandíbula—.
No estuve a la altura. Me lo he callado siete años. Te lo digo ahora.
Leire no respira.
—Esta vez no. Si alguien en mi equipo abre la boca para decir media palabra de ti, o de ti —me mira—, sale por esa puerta y no vuelve. Me da lo mismo que sea una melliza o que sea el presidente. ¿Estamos?
—Estamos —dice Leire. Se le ha roto la voz.
—Pues a comer. Y dormid, que tenéis una cara las dos que da pena veros.
En el pasillo, Leire se apoya en la pared. Se tapa los ojos con el antebrazo. Le tiemblan los hombros.
No puedo tocarla. Pasa Maialen con su bolsa de hielo, pasa Patxi con el cubo. Me quedo a su lado, a un palmo, con las manos en los bolsillos, mientras ella llora en silencio siete años de habitación individual.
Íñigo lo ve esa noche.
Salgo de la ducha con la toalla en el pecho, y él está en el lavabo, lavándose los dientes. Me doy la vuelta para coger el pijama. Lo oigo dejar de cepillarse.
—¿Qué tienes ahí?
—¿Dónde?
—En la espalda. Debajo del hombro.
No me hace falta mirar. Sé cuál es. Es de anteayer, redondo, perfecto, con la huella de cada diente.
—Un golpe.
—Paula. —Escupe. Se enjuaga. Se acerca despacio, con el cepillo en la mano—. Eso no es un golpe.
Me lo toca con un dedo. Con ese cuidado.
—Es Maialen —digo—. Haciendo el tonto en el vestuario. Me mordió de broma. Es una bestia.
—¿Maialen te muerde?
—Estábamos jugando.
Nos miramos en el espejo. Él detrás, yo delante. Lo veo pensar. Lo veo sumar: la corchera, la noche de chicas, las tardes de fisio, el jabón, que huele igual pero yo llego siempre recién duchada. Lo veo llegar hasta el borde de la suma.
Y lo veo no hacerla.
No es que no pueda. Es que no quiere. Elige creerme, ahí, delante de mí, con todo el esfuerzo del mundo, porque la otra cosa no le cabe.
—Vale —dice. Deja el cepillo en el vaso—. Dile que tenga más cuidado, que te ha dejado marca.
—Se lo digo.
—Paula.
—Qué.
—¿Estamos bien? Tú y yo.
Es el momento. Lo tengo servido. Solo hay que abrir la boca: no, no estamos bien, siéntate.
Diecisiete días. Un relevo. La cara de su madre cortando hojaldre.
—Sí —digo—. Estamos bien. Es el campeonato, que me tiene tonta.
Me abraza por detrás. Apoya la barbilla en mi hombro, justo al lado del mordisco, y nos mira a los dos en el espejo.
—Si te pasara algo me lo dirías, ¿verdad?
—Claro.
Me besa el pelo.
Me miro en el espejo. Tengo la cara de siempre y acabo de mentirle sin pestañear.
A las diez y media le escribo desde el baño, con el grifo abierto.
Sácame de aquí.
¿Qué ha pasado?
Ha visto un mordisco. Le he dicho que era Maialen. Me ha creído. No puedo respirar.
Baja en diez minutos. Esquina de tu calle.
Le digo a Íñigo que me he dejado las gafas buenas en la taquilla y que mañana hay test. Me dice que me lleva. Le digo que no, que voy corriendo y así me despejo. Me dice que coja el paraguas.
Ella está en la esquina, con las luces apagadas. Tiene un Ibiza viejo, rojo, que huele a cloro y a neopreno. Me subo. No me besa. Arranca.
No pregunta adónde. Sube. Ondarreta, la cuesta, las curvas de Igeldo entre los pinos, con la lluvia de lado en el parabrisas. Yo voy con la frente en el cristal. Abajo, entre los árboles, la bahía negra, con las luces de la Concha en fila.
Para en un apartadero, antes del faro. Apaga el motor. La lluvia tamborilea en el techo.
—Cuéntame.
Se lo cuento. Irati, el Eroski, los yogures. El espejo. ¿Estamos bien? Se lo cuento de un tirón, sin respirar, y cuando acabo estoy temblando.
—Ha elegido creerme —digo—. Lo he visto. Lo ha tenido delante y ha elegido no verlo. ¿Qué clase de persona le hace eso a alguien?
No me contesta. No me dice que no pasa nada. Tampoco me dice lo que tengo que hacer.
Me coge la cara con las dos manos.
No hay juego. No hay voz de mandar. Me besa con la boca abierta y sabe a sal, porque yo estoy llorando, y a los tres segundos ya no es un beso de consuelo.
Me agarro a ella como a un bordillo. Me paso a su asiento, a horcajadas, de cualquier manera, con el freno de mano clavándoseme en la rodilla y la cabeza contra el techo.
—No me sueltes.
—No te suelto.
—Hazme algo. Lo que sea. Haz que no piense.
Me sube la sudadera. No me la quita: me la sube, hasta el cuello, y me muerde los pechos por encima del sujetador, por debajo.
Yo le desabrocho el pantalón con las manos torpes.
No hay sitio. Me doy con el codo en la ventanilla, ella con la rodilla en el volante.
Las mallas no bajan; me las baja a tirones, hasta medio muslo, y mete la mano.
Estoy mojada. Con el miedo, con las lágrimas, con todo. Me avergüenza y me da igual.
Dos dedos. Yo, encima, moviéndome con lo poco que me deja el techo. Le meto la mano a ella, por dentro de las bragas, sin arte, y la encuentro igual. Nos follamos así, la una a la otra, vestidas, torcidas, con las bocas juntas y los cristales llenándose de vaho hasta que no se ve la bahía.
No dice guarradas. No dice nada. Respira en mi boca, corto, roto, y me mira.
Unos faros.
Un coche sube la curva. La luz barre el parabrisas, blanca, nos cruza la cara. Me quedo helada, con el corazón en la garganta, sus dedos dentro. Podría ser cualquiera. Podría ser él, que ha salido a buscarme con el paraguas.
Leire me tapa la cabeza con el brazo, me aprieta contra su cuello.
—No te muevas.
Los faros pasan. Siguen hacia el faro. Se pierden.
Y el miedo, en vez de apagarme, me tira. Me corro ahí mismo, de golpe, contra su mano, mordiéndole el hombro por encima de la sudadera, con un espasmo seco, casi doloroso, que no tiene nada de dulce. Ella me sigue enseguida, con el silbido, los dientes apretados, la frente contra la mía.
Nos quedamos abrazadas en un asiento de Ibiza. Yo, con las mallas en los muslos. Ella, con mi mano todavía dentro.
La lluvia. El vaho.
—Esto no es vida —dice al cabo de un rato. Sin reproche. Como quien lee un parte—. En un coche, a escondidas, a los veintisiete años. Ya lo hice a los veinte.
—Ya lo sé.
—No te lo digo para apretarte. Te dije que hasta el campeonato y lo mantengo. Diecisiete días. Pero mírate. Te estás rompiendo tú, Paula. No él. Tú.
Me subo las mallas. Vuelvo a mi asiento. Dibujo una raya con el dedo en el vaho de la ventanilla.
—Hoy Bego te ha pedido perdón —digo.
—Sí.
—E Irati me ha amenazado con no volver a hablarme si te hago daño.
Se ríe. Una risa mojada, sorprendida.
—¿Irati?
—Con una bolsa de pasteles en la mano.
Apoya la cabeza en el reposacabezas. Mira el techo del coche. Le brillan los ojos.
—Todo este tiempo —dice—. Y resulta que no estaba tan sola.
Arranca. Baja las curvas despacio.
En Ondarreta, con el semáforo en rojo, habla sin mirarme.
—Otra cosa. El sábado viene Ane a Donosti.
—¿Quién es Ane?
—Mi ex. La única que duró. Dos años, hace tres. Vive en Bilbao, viene a un congreso y quiere cenar. —El semáforo se pone verde—. Te lo cuento porque no quiero secretos entre tú y yo. Ya hay bastantes alrededor.
Noto algo, pequeño y agrio, debajo del esternón. Lo conozco. Lo sentí delante de un corcho, mirando la palabra individual.
—¿Y vas a ir?
—Si tú me dices que no, no voy.
—No soy quién para decirte que no. Yo duermo todas las noches con otro.
Me mira de reojo. Casi sonríe.
—Pues ven tú también.
Me deja en la esquina. Subo a casa. Íñigo está en el sofá, con la tele baja.
—¿Las has encontrado?
—¿El qué?
—Las gafas.
Me miro las manos, vacías.
—No estaban —digo.