25. San Juan de Luz
El segundo domingo, Íñigo se va a Bilbao con la cuadrilla, a un partido. Todo el día. Me pregunta tres veces si no me importa.
A las diez hay un Ibiza rojo en la esquina de mi calle, con las luces apagadas.
—¿Adónde vamos? —pregunto al subirme.
—A un sitio donde no nos conozca nadie.
Coge la autopista y dejamos atrás Irun, el peaje y el puente. Luego aparece un cartel azul con estrellas: France. Veinticinco minutos. No he pensado nunca en lo cerca que está.
Aparca en San Juan de Luz, junto al puerto. Barcos de colores, casas blancas con las contraventanas rojas, olor a mar y a mantequilla. Hace un sol frío, limpio, que no calienta.
Bajo del coche. Me quedo de pie en la acera, con las manos en los bolsillos del abrigo.
Leire rodea el coche. Se para delante de mí. Me mira la cara, los bolsillos.
—Aquí puedes —dice.
—¿El qué?
Me tiende la mano. Abierta, la palma hacia arriba, en mitad de la calle. Sin guantes esta vez.
Miro a los lados. No lo puedo evitar; es un reflejo, lo llevo en el cuerpo. Pasan una pareja de jubilados, un hombre con un perro y una chica en bici.
Nadie nos mira. A nadie le importamos nada.
Saco la mano del bolsillo. La pongo en la suya.
Cierra los dedos.
Echamos a andar. Por el puerto, por la calle peatonal, entre gente que habla en otro idioma.
Voy rígida los primeros cien metros. Me pesa el brazo.
Me noto la mano como si llevara en ella algo robado, a la vista de todos.
Cada vez que alguien viene de frente se me encoge el estómago, y espero la mirada, el codazo, la risa.
No llegan. Una señora mayor, con un cesto, nos ve las manos cogidas y me sonríe. Me sonríe a mí, a los ojos, como se sonríe a una pareja de novios un domingo.
Se me llenan los ojos de agua. En plena calle. Por una señora con un cesto.
—¿Qué pasa? —Leire me aprieta los dedos.
—Nada. Que es fácil.
—¿El qué?
—Esto. Ir así. Creía que iba a ser… No sé. Que se iba a caer el cielo.
—Aquí no se cae. —Mira al frente. Tiene la mandíbula apretada—. En casa, a veces sí.
Seguimos andando. Al final de la calle está el mar: una bahía redonda, cerrada, con un paseo sobre el muro. Subimos. El viento me echa el pelo a la cara.
Ella me lo aparta. Me lo coloca detrás de la oreja, con dos dedos, a la vista de todo el paseo.
La beso yo.
Ahí, encima del muro, con la bahía detrás. Corto, con sabor a sal. Nadie se para. Un crío en patinete nos esquiva sin levantar la cabeza.
Cuando me separo, tiene los ojos cerrados todavía.
—Siete años —dice— para un beso en un paseo marítimo. Y ha tenido que ser en otro país.
No sé si es una broma. No se ríe.
Comemos en una terraza, al sol, con los abrigos puestos.
El camarero nos llama mesdames y pone la cuenta en medio, sin dársela a ninguna.
Me compra un pastel vasco, de crema, y me da trozos con los dedos.
Hablamos de tonterías. De la planta que se le muere.
De que yo quiero un perro y nunca lo he dicho.
De que ella, de pequeña, quería ser socorrista en Hondarribia para pasarse el día mirando el agua.
Somos dos personas comiendo un pastel. Nadie manda. Nadie obedece. Me doy cuenta de que no la había visto nunca así, sin una piscina o una cama alrededor: riéndose con la boca llena, manchada de crema, guiñando los ojos por el sol.
Me gusta. Me gusta de una manera que no tiene nada que ver con lo que me hace.
Eso me da más miedo que todo el cajón.
Ha reservado una habitación. Encima del puerto, con un balcón. Para una noche, aunque solo vayamos a usarla cuatro horas.
—No quería que hoy fuera en mi cama —dice en la escalera, sin mirarme—. Ni en un coche. Quería una habitación con una ventana por la que entrara el sol. Como la gente.
Es pequeña, con las paredes blancas y una cama alta, de hierro. Abre el balcón. Entran el ruido del puerto, las gaviotas, las voces de la calle.
No cierra las contraventanas. Nos desnudamos a plena luz, sin prisa, cada una lo suyo, como dos personas que llevan años.
Saca algo de la mochila. Lo reconozco: las correas negras.
—He traído esto. —Lo deja en la colcha—. Pero no es para ti.
Tardo en entender.
—¿Para mí no?
—Para que te lo pongas tú.
Se me escapa la risa.
—Leire, yo no sé…
—Yo tampoco sabía dejarme. Y aquí estamos. —Está roja hasta el pecho. La capitana—. Te lo pido yo. No es una orden. Hoy no hay órdenes.
Me lo pongo. O lo intento. Es un lío de hebillas; me lo coloco del revés, se me tuerce, se me cae. Me miro en el espejo del armario: una mujer alta, pálida, con la melena suelta y eso ahí, apuntando, absurdo.
Me da un ataque de risa. Me tengo que sentar en la cama.
—Estoy ridícula.
—Estás ridícula —dice ella, riéndose también, arrodillándose delante de mí para ajustarme las correas—. Y me estás poniendo muchísimo.
Me aprieta la última hebilla en la cadera. Levanta los ojos. Ya no se ríe.
—Túmbate.
Me tumbo, boca arriba, en la cama de hierro. El sol me cae en la tripa.
Se sube encima. A horcajadas, de rodillas, con las manos en mis hombros. Se queda ahí, en el aire, mirándome, igual que me quedé yo sobre su muslo en una butaca.
—A tu ritmo —le digo. Sus palabras—. Yo no me muevo.
Baja.
Despacio. Con los ojos cerrados y la boca abierta. La veo recibirlo, centímetro a centímetro, con la frente arrugada. Se le tensa la tripa. Suelta el aire por la nariz.
Cuando termina de sentarse, se queda quieta encima de mí, con el sol en los hombros.
No noto lo que nota ella; lo que llevo no siente. Pero noto su peso. La base, que me aprieta justo ahí con cada movimiento. Y sobre todo la veo. Nunca la había visto desde abajo.
—Mírame —le digo.
Abre los ojos.
Empieza a moverse. Un balanceo, corto, tímido. Le pongo las manos en las caderas. No la llevo; la acompaño. Ella coge el ritmo, lo pierde, lo vuelve a coger. Se muerde el labio. No dice nada. Leire Aramburu, encima de mí, callada.
—¿Así? —le pregunto.
Se ríe sin aire.
—No me preguntes «así».
—Pues dime tú.
—Me gusta. —Le cuesta. Lo dice mirando al techo—. Me gusta tenerte dentro. Me gusta que me mires. No sabía que me iba a gustar.
Le subo las manos por la tripa. Le cojo los pechos. Aprieto los pezones, fuerte, como aprendí que le gusta, y da un quejido y se mueve más.
No necesito mandar. Le hablo, bajito, lo que veo.
—Estás preciosa. Con el sol. Se te ve todo. Se te ve cómo te entra.
Gime. Se inclina hacia delante, apoya las manos a los lados de mi cabeza. Tengo su cara encima, el pelo corto cayéndole en la frente. Se mueve de verdad ahora, hondo, con las caderas, y con cada bajada la base me aprieta y me arranca a mí otro gemido.
—Paula. Paula.
—Estoy aquí. Te tengo. Cógelo. Como quieras.
Levanto las caderas. Una vez, a contratiempo, para encontrarla.
Grita. Con el balcón abierto, con el puerto debajo. Se tapa la boca y le quito la mano.
—Aquí no nos conoce nadie.
Se suelta. Me monta sin vergüenza, con la cabeza hacia atrás, las manos en mis pechos, gimiendo alto, diciendo cosas en voz alta que no le había oído ni en una piscina de noche. Bajo una mano entre las dos y la toco donde nos juntamos, con el pulgar, en círculos.
Se rompe encima de mí. Larga, a sacudidas, con el sol en la cara. Se me cae en el pecho.
Y yo, que no he sentido casi nada dentro, que solo la he mirado, me corro con ella, del roce, de verla, de oírla, apretándola contra mí.
Nos quedamos así mucho rato. Las gaviotas. Un barco que entra.
—Nunca —dice contra mi cuello—. Con ninguna. No me lo había puesto nadie.
—¿Y?
—Y quiero otra vez.
Hay otra vez.
La segunda me la pide de otra manera. Se levanta, cruza la habitación desnuda, a contraluz, y se agarra con las dos manos a los barrotes de hierro de los pies de la cama. De espaldas a mí. Separa las piernas.
Me mira por encima del hombro.
—Así —dice—. Como me lo haces tú con la mano. Pero con eso.
Se me seca la boca.
Me pongo detrás. Le veo la espalda, la que le afeité yo en una bañera de montaña, los hoyuelos, el culo alto. Fuera, por el balcón abierto, el puerto, los barcos.
No sé hacerlo. Lo de antes lo hizo ella; yo solo estaba tumbada. Ahora tengo que moverme yo, y no he movido así las caderas en mi vida. Es un gesto que no es mío.
—No sé —le digo.
—Yo tampoco sabía dejarme. Cógeme de las caderas. Fuerte.
La cojo. Tengo las manos en el sitio exacto donde las pone ella conmigo.
Entro despacio. La veo abrirse. La veo bajar la cabeza entre los brazos y soltar el aire.
—Dios. Sí. Quédate ahí.
Me quedo. Luego me muevo. Torpe. Demasiado corto, demasiado rápido; me salgo. Me da la risa, y a ella también, con la frente contra el hierro.
—Otra vez. Más largo. No pienses. Haz como cuando nadas: desde la cadera.
Desde la cadera.
Lo encuentro. De pronto lo encuentro: un vaivén largo, hondo, que sale del vientre. Es un movimiento que conozco. Lo hago diez mil veces al día, en el agua, en cada patada de delfín.
A ella se le doblan las rodillas.
—Eso. Así. Joder, Paula. Así.
No necesito más. Cojo el ritmo. La cama de hierro golpea la pared. La tengo sujeta por las caderas, clavándole los dedos, y la veo: las manos aferradas a los barrotes, la espalda arqueada, la nuca sudada. Me inclino. Le muerdo el hombro. Le hablo al oído.
—¿Así te gusta?
—Sí.
—Dímelo bien.
Se ríe y gime a la vez.
—Me gusta que me folles así. Más fuerte. No pares.
—Dime de quién eres.
—Tuya. Desde hace siete años. Más, Paula, más…
Le paso un brazo por delante. La toco, sin dejar de moverme. Y noto, por primera vez, lo que nota ella conmigo: lo que es tener a alguien deshaciéndose entre las manos por algo que le haces tú. Es casi mejor que lo otro.
Se corre agarrada al hierro, gritando hacia el puerto. Abajo, en la calle, alguien se ríe.
Nos caemos en la cama. Me quita las correas ella, con las manos temblando.
Nos dormimos al sol, con el balcón abierto, como la gente.
Volvemos al anochecer.
Conduce con una mano. La otra la tiene en mi muslo, y yo la mía encima. Hendaya. El puente. El cartel: España. El peaje de Irun.
No me doy cuenta de que lo hago.
A la altura de Pasaia, cuando empiezan las luces de Donosti, retiro la mano. La pongo en mi regazo. Luego en el bolsillo del abrigo.
Ella deja la suya en mi muslo dos kilómetros más. Sola.
Después la quita. La pone en el volante.
No dice nada hasta la esquina de mi calle. Para con las luces apagadas. Mira al frente.
—Ya estamos en casa —dice.
Se me encoge todo.
—Leire, yo no…
—No pasa nada. De verdad. —Se vuelve. Me sonríe, y es una sonrisa que le cuesta—. Ha sido el mejor día que he tenido en años. No me lo estropees pidiéndome perdón.
Me inclino para besarla. Miro antes por el retrovisor, por la ventanilla. La calle vacía.
Lo ve. Ve que miro.
Me besa igual.
Subo a casa. Íñigo no ha llegado. Me siento en el sofá, a oscuras, con el abrigo puesto, oliendo a mar y a mantequilla.
En Francia puedo ir de su mano. Aquí, a veinticinco minutos, la escondo en un bolsillo.
No es la distancia. Soy yo.
Quince días. No hemos repetido una tarde.
A las ocho menos diez me ducho en su baño. Me quito su olor con su jabón, que no es el mío; me he comprado uno igual que el de casa y lo tengo en su repisa. Me visto. Ella me mira desde la cama, desnuda, con las manos detrás de la cabeza. No me pide que me quede. Nunca me lo ha pedido.
Pero cada tarde, cuando me ato las zapatillas, la sonrisa le dura un poco menos.
—Mañana —le digo en la puerta.
—Mañana.
Bajo los cinco pisos. En el cuarto empiezo a pensar en la cena. En el tercero, en qué he dicho que hacía esta tarde. En el segundo ya soy la otra.
Un martes abro el portal y me paro en seco.
Enfrente, en la acera de la pastelería, con una bolsa de papel en la mano, hay alguien mirándome. Mirando el portal del que salgo, mi pelo mojado, la hora.
Irati.
Vive en Amara. No tiene nada que hacer en Gros un martes a las ocho.
Levanta la mano, despacio. No sonríe.
Y yo, que he aprendido a mentir fregando platos, me quedo sin una sola palabra.