Apnea 24. Las dos
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24. Las dos

A la segunda semana empieza a cambiar algo, tan despacio que tardo en verlo. Sigo subiendo los cinco pisos, desnudándome, doblando la ropa en la silla. Sigue mandando ella. Pero lo que saca del cajón ya no es para hacerme cosas a mí. Es para las dos.

Encima.

—Hoy te sientas tú.

Está tumbada boca arriba, desnuda, sin almohada, con las manos detrás de la cabeza. No entiendo. Busco con los ojos el arnés, la butaca.

—Ven. Aquí. —Se toca la boca con dos dedos—. De rodillas, una a cada lado de mi cabeza. Agárrate al cabecero.

Me quedo de pie junto a la cama.

—Leire, no. Te voy a ahogar.

—Aguanto un cincuenta sin respirar. Ven.

—Peso sesenta y cuatro kilos.

—Y yo levanto ochenta en sentadilla. Paula. Ven aquí. Es una orden.

Me subo. Me arden las mejillas. Paso una rodilla por encima de ella y me quedo así, a horcajadas sobre su cuello, sujeta a los barrotes. Tengo sus hombros entre los muslos. Su cara, debajo, mirándome desde un sitio desde el que no me ha mirado nadie.

Me quedo en el aire. No me atrevo a bajar. Es lo más expuesto que he hecho: no hay sábana, no hay almohada donde esconder la cara. Estoy arriba, a la luz de la ventana del techo, y ella lo ve todo.

—Qué vista —dice, bajito, con los ojos brillantes—. No sabes lo que es esto desde aquí. Estás abierta, rosa, mojada, y más arriba tus tetas, y más arriba tu cara, que no sabe dónde meterse.

—No me mires.

—Te voy a mirar todo el rato.

Me coge de las caderas con las dos manos. Y me baja ella.

Su boca me recibe abierta.

Se me va todo el aire. Me agarro al cabecero hasta que crujen los barrotes.

Es lo mismo y es lo contrario. Estoy arriba, la tengo debajo, y sin embargo mando menos que nunca.

Sus manos me llevan. Me mueven, adelante y atrás, sobre su lengua plana, enseñándome el camino, y cuando lo aprendo, cuando empiezo a balancearme sola, me sueltan las caderas y suben por mi tripa hasta los pechos.

Me los coge con las dos manos. Me pellizca los pezones, me los retuerce un poco, justo lo que duele bien.

La miro. Solo le veo los ojos, entre mis muslos, negros, y las cejas. Se está riendo. Se le nota en los ojos.

Me muevo. Despacio primero, con miedo de hacerle daño. Ella gruñe, impaciente, y me da un azote en el culo.

Me muevo de verdad.

Me froto contra su boca. Contra su lengua, su nariz, su barbilla.

Sin vergüenza al final, buscando, usándola, como me dijo que la usara en la butaca.

Ella gime debajo de mí y el gemido me vibra dentro, me sube por la columna.

Saca la lengua, dura, y me deja follármela.

Cierro los ojos. Echo la cabeza hacia atrás.

—Leire. Leire. Leire.

Me clava los dedos en el culo. Me empuja las caderas hacia delante, un palmo, y echa ella la cabeza hacia atrás, y su lengua se va detrás. Ahí. Mojada, caliente, en círculo.

Se me doblan los brazos. Me quedo colgando del cabecero.

Vuelve delante. Va detrás. Delante. Me lleva de un sitio a otro con las manos, como quiere, y yo solo me dejo mover, sentada en su cara, gimiendo al techo.

—No puedo más —le digo a la ventana, al cielo gris de Gros.

Me aprieta contra ella con las dos manos y chupa.

Me corro en su boca, encima de ella, con los muslos cerrándose alrededor de su cabeza y un grito que rebota en el cristal. Me sostiene mientras dura. No me deja levantarme. Me lame despacio, suave, donde no duele, hasta que me escurro de lado y caigo en la cama, sin piernas.

Se incorpora sobre un codo. Tiene toda la cara mojada, hasta las pestañas. Se pasa la lengua por los labios.

—Un cincuenta y medio —dice, sin aire, feliz—. He mejorado marca.

Las dos.

Lo último que saca del cajón no tiene correas. Es largo, curvo, flexible, de un morado oscuro, con dos extremos.

Lo deja encima de la sábana, entre las dos.

—Esto no es para follarte yo a ti —dice—. Esto no se puede usar mandando. Es para las dos. O lo hacemos a la vez o no funciona.

Lo miro. La miro.

—¿Lo has usado?

—Lo compré hace cuatro años. Con Ane. —Se encoge de hombros, y por primera vez en dos semanas la veo insegura—. No lo saqué de la caja. Para esto tienes que dejar que la otra te vea así, sin esconderte. Yo no sabía.

—¿Y ahora sabes?

—Ahora quiero aprender.

Nos sentamos en la cama, frente a frente, desnudas, con las piernas cruzadas. Hay luz todavía. No la apaga.

—Yo primero —dice—. Mírame.

Se echa un poco hacia atrás, apoyada en una mano. Abre las piernas. Con la otra mano coge un extremo, lo moja, se lo acerca.

No aparto los ojos. Me lo ha pedido.

La veo metérselo. Despacio, con los labios apretados y luego abiertos, con los ojos en los míos hasta que no puede y los cierra.

Se le tensa la tripa. Se le escapa el aire por la nariz.

Entra, centímetro a centímetro, y cuando llega al fondo se queda quieta, con la cabeza hacia atrás y la garganta al aire, respirando.

Es lo más excitante que he visto nunca, más que cualquier cosa que me haya hecho. Ella, sola, abierta delante de mí, dejándome verlo.

—Ven —dice, ronca.

Me acerco de rodillas. Me pasa una pierna por encima de la suya, la otra por debajo, hasta que estamos encajadas como dos tijeras, sentadas, cara a cara. El otro extremo queda entre las dos, saliendo de ella, apuntándome.

Lo coge con la mano. Me busca. Me mira.

—Despacio. Tú empujas hacia mí.

Empujo. Entra en mí lo que sale de ella.

Las dos soltamos el aire a la vez.

Nos quedamos quietas. Sentadas, encajadas, tan cerca que tengo sus pezones contra los míos y su aliento en la boca. Estamos unidas por abajo, por algo que no es de ninguna y es de las dos. Lo noto a ella a través de eso. Su pulso. Cuando aprieta, me llega.

—¿Lo notas? —susurra.

—Te noto. Te noto a ti.

Me abraza. Los brazos alrededor de mi espalda, los míos alrededor de la suya. Y empezamos a mecernos.

No hay quien manda. No puede haberlo. Si me muevo yo, lo nota ella; se le abre la boca, se le corta la respiración, y al contraerse me lo devuelve. Si se mueve ella, me entra más hondo. Cada gesto vuelve. No puedo hacerle nada que no me esté haciendo a mí.

Nos balanceamos despacio, pegadas, sudando. Pecho contra pecho, vientre contra vientre. Abajo, donde nos tocamos, estamos las dos mojadas, resbalando la una contra la otra.

Ella deja de hablar.

Se le va la voz, como siempre que la tocan. Pero no cierra los ojos. Me mira. A un palmo, con los ojos abiertos, castaños, con la mota más clara en el izquierdo. Me deja verlo todo: cómo le sube, cómo se le arruga un poco la frente, cómo le tiembla el labio de abajo.

—No te escondas —le digo.

—No me escondo.

—Dime algo.

Traga. Le cuesta. A ella, que no se calla nunca.

—Nunca he dejado que nadie me viera así. —Un hilo—. Ni Ane. Ni nadie. Siempre he estado encima, haciendo. Mirando yo.

—Pues mírame mirarte.

Se le llenan los ojos.

Nos movemos más. Sin prisa, pero más hondo, con las caderas, buscándonos. Le cojo el culo con las dos manos y la aprieto contra mí. Ella hace lo mismo. Gimo en su boca. Gime en la mía.

Oigo el silbido. Empieza a un dedo de mis labios, fino, entre sus dientes.

—Espérame —le pido.

—Te espero. Ven. Ven conmigo.

Voy.

Nos vamos a la vez. Por primera vez del todo a la vez, sin que ninguna lleve a la otra, sin borde, sin orden. La noto contraerse a través de lo que nos une, y eso me tira a mí, y lo mío la tira a ella otra vez. Me aprieta tan fuerte que me cruje la espalda. Yo le clavo las uñas.

No gritamos. Es largo, hondo, callado. Con las frentes juntas y los ojos abiertos.

Después no nos separamos. Seguimos sentadas, encajadas, abrazadas, hasta que se nos duermen las piernas.

—Esto no era del juego —dice al fin, contra mi cuello.

—No.

—Esto no sé qué era.

Yo sí lo sé. No lo digo todavía. Me da miedo asustarla, y me da miedo asustarme yo, que a las ocho y media tengo que estar en otra cocina poniendo dos platos.