Apnea 23. Lo de atrás
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23. Lo de atrás

Hay tardes que no se parecen a las demás. De esas dos semanas me quedo con dos, seguidas, que son la misma cosa por los dos lados: la más quieta y la más honda.

De lado.

Una tarde que Íñigo tiene partido. Llueve en el cristal del techo. Estamos cansadas; Bego nos ha metido ocho mil metros.

—Hoy, despacio —dice.

Se tumba detrás de mí, en cuchara. Me levanta una pierna, se la pasa por encima de la cadera. Entra desde atrás, de lado, poco a poco, y se queda quieta, dentro, abrazándome.

Follar no es la palabra; esto no tiene nombre.

Se mueve apenas, un balanceo, una ola pequeña.

Tiene un brazo debajo de mi cuello y con esa mano me acaricia los pechos; con la otra, delante, entre mis piernas, dos dedos que hacen círculos lentísimos.

Me besa la nuca. Me habla bajito, de cualquier cosa, de cuando me vio nadar la primera vez, de la planta que se le está muriendo.

Estamos así una hora. Puede que más. Me corro dos veces casi sin darme cuenta, suave, como quien se queda dormida, y la segunda me pilla llorando un poco, sin pena.

Es la tarde que más miedo me da de todas.

Lo de atrás.

Se lo pido yo. Es la primera cosa que pido.

Tardo tres tardes en atreverme. Tres tardes subiendo los cinco pisos con la frase en la boca y tragándomela en el rellano. Es ridículo. Me ha atado, me ha vendado los ojos, me ha tenido a cuatro patas en mitad de su cama, y lo que no soy capaz de decir es esto.

Porque no he pensado en otra cosa. Esa es la verdad. Desde el sábado, desde aquella primera vez, lo llevo encima a todas horas. En el agua, entre series. En mi cocina, poniendo la mesa. Me acuerdo de su aliento ahí, de la vergüenza dándose la vuelta, y tengo que agarrarme a la encimera.

No entiendo por qué me pone tanto. Lo he pensado mucho.

Creo que es porque es el último sitio. El que una no enseña, el que no se nombra.

Todo lo demás de mí lo ha visto alguien, lo ha tocado alguien, con cuidado y con permiso.

Eso no. Eso era mío y de nadie, y resulta que llevaba veintiséis años esperando a que alguien quisiera hasta eso.

La tercera tarde estoy desnuda en su cama, esperando, y cuando entra con la mano ya en el cajón le digo, sin mirarla:

—Hazme lo del otro día.

Se para.

—¿El qué?

—Ya sabes.

—No sé. Dímelo.

Me tapo la cara con el brazo.

—Lo de la lengua. Detrás.

No se ríe. Cierra el cajón sin sacar nada. Se sienta a mi lado, en el borde, y me baja el brazo con suavidad.

—¿Te gustó?

—No he pensado en otra cosa desde el sábado. —Me arden las orejas—. Me da una vergüenza horrible. Me pongo… No sé. Nunca me había puesto así con nada. Estoy muy cachonda solo de decírtelo.

Se le oscurecen los ojos. Le veo tragar.

—No te imaginas lo que me gusta que me digas eso. ¿Sabes cuántas me lo han pedido?

—No.

—Ninguna. Se dejaban, a veces. Pedirlo, ninguna. —Sonríe, despacio—. Date la vuelta.

Me pone boca abajo. Me mete un cojín debajo de las caderas, que me levanta el culo, y otro bajo la mejilla. Me abre las piernas con las rodillas. Me coloca los brazos a los lados de la cabeza.

—Hoy no te ato. Hoy quiero que te quedes quieta porque quieres.

Se tumba entre mis piernas. Noto su peso en el colchón, sus hombros contra mis muslos.

Empieza lejos. Muy lejos. Me besa la nuca y se me eriza la piel. Baja por la espalda con la boca abierta, húmeda, sin prisa: un omóplato, el otro, el canal de la columna. Se queda en los hoyuelos, encima del culo; les pone la lengua, uno y otro. Me muerde la cintura.

Yo ya estoy empujando las caderas contra el cojín.

—Quieta —murmura—. Tengo toda la tarde.

Las nalgas. Me las besa enteras, despacio, como me besó los pechos la primera noche: dando vueltas, cada vez más cerca, sin llegar. Me las muerde. Me las coge con las dos manos, llenas, y las aprieta, las separa, las suelta. Otra vez. Las separa. Noto el aire. Noto que me mira.

Me muero de vergüenza. Y debajo del cojín, estoy mojada.

—Qué bonito —dice, muy bajo—. Todo. No hay nada tuyo que no sea bonito.

Sopla. Un hilo de aire frío, justo ahí.

Se me escapa un gemido con la boca contra el cojín.

Y la lengua.

Ya no hay sorpresa, y es peor: ahora sé lo que viene y todo mi cuerpo lo espera. Empieza arriba, en el final de la espalda, y baja. Despacio. Un centímetro, otro. Pasa de largo, me lame por debajo, vuelve a subir. Me rodea. Círculos amplios, perezosos, mojados, que se van cerrando.

Cuando por fin me toca ahí, en el centro, con la lengua plana, caliente, me sale un sonido que no he hecho nunca: grave, largo, de la tripa.

—Eso —dice contra mi piel—. Eso quería oír.

No se parece a nada. Lo de delante es un placer que sube, que se junta, que estalla.

Esto no sube. Esto baja. Se me mete dentro, oscuro, hondo, y me va aflojando, la espalda, los muslos, las manos, hasta que no me queda un solo músculo apretado.

Me abro. Me abro como no sabía que podía abrirme.

Levanto el culo hacia su cara, sin pudor, como una gata, buscándola.

Ella no tiene prisa ninguna. Me lame en círculos. Luego de abajo arriba, larga. Luego la punta, dura, rápida, justo en el centro, y aprieta, y entra un poco, y yo muerdo el cojín. Hace ruidos, pequeños, de gusto, como cuando me come por delante. Me agarra las caderas y me acerca más.

—Mira cómo te pones —jadea—. Te está cayendo por los muslos. Solo con esto. No te he tocado nada más.

—Leire…

—Podría correrte así. Solo con la lengua aquí. ¿Quieres?

—Sí.

—Pídemelo.

—Córreme así. Por favor. No pares, no me toques delante, solo eso…

Gime contra mí. Y se entrega.

Pierdo la noción. Tengo la cara aplastada en el cojín, la boca abierta, babeando la funda, los dedos crispados en la sábana.

Ella detrás, con las manos abriéndome, la lengua moviéndose sin descanso, entrando, saliendo, rodeando.

De vez en cuando su voz, ronca, ahogada: así, qué bien, qué guarrita eres, cómo te gusta.

Cada palabra me cae encima como un azote.

Viene despacio. Desde muy abajo, desde un sitio que no conocía.

No se junta en un punto: se extiende. Me coge las piernas, la tripa, la espalda.

Cuando llega, no es un estallido. Es una rendición.

Me derrito, temblando, con un sollozo largo que no acaba, y noto cómo me contraigo contra su lengua una vez y otra, y ella sigue, suave, hasta el final.

Me quedo ahí, deshecha, sin huesos.

Sube por mi espalda besándome. Se tumba encima, todo su peso.

Me besa la nuca.

—¿Quieres más?

Asiento contra el cojín. No sé de dónde saco las ganas. Las tengo.

Abre el cajón.

Es pequeño. De silicona negra, con forma de gota y una base plana. Me lo pone delante de la cara, en la almohada, para que lo vea.

—Si quieres. Si no, lo guardo, y no pasa nada.

Lo miro. Tengo el pulso acelerado.

—Sí.

Mucho gel, frío; doy un respingo. Su dedo primero. Paciente. Entra apenas, espera, me deja respirar. Me habla bajito mientras lo hace, cosas tranquilas, respira, suelta, así, muy bien, como cuando me faltaba el aire en la montaña. Sale. Vuelve.

Luego eso. La punta, redonda. Empuja y para. Empuja. Hay un momento en que creo que no, que es demasiado, y entonces el cuerpo cede y entra entero, de una vez, y se queda.

Dejo de respirar.

—¿Bien?

—Sí. Dios. Sí.

Es una plenitud que no conocía. Lo noto con cada latido. Si me muevo, lo noto. Si aprieto, lo noto.

—Date la vuelta. Despacio.

Me giro. Boca arriba. Cada movimiento me lo recuerda. Me sube las rodillas al pecho, me las sujeta abiertas con las manos.

—Y ahora —dice, bajando la cabeza— te como.

Su boca delante. Eso detrás. Las dos cosas.

No hay nada mío que no esté ocupado, tocado, tomado.

Grito. Le agarro el pelo con las dos manos.

Me come despacio, con la lengua plana, y con cada pasada me contraigo alrededor de lo que tengo dentro, y eso me devuelve a su boca, y así, en círculo, sin salida.

Me corro tan fuerte que veo blanco. Y no para. Vuelvo a correrme encima de la primera, sin haber bajado.

Cuando levanta la cara tiene la barbilla mojada y los ojos negros.

—Una más —dice—. ¿Puedes?

No puedo. Asiento.

Se pone el arnés. El de las caderas, el negro. Me da la vuelta otra vez, a cuatro patas, con mucho cuidado, con una mano en mi tripa.

Entra por delante. Despacio, muy despacio, porque no hay sitio; porque ya estoy llena por el otro lado y ahora lo estoy por los dos. Se me va el aire. Me quedo quieta, con los codos temblando, sintiéndolo: todo, a la vez, apretado.

—Estás dentro —susurro. Es lo único que sé decir—. Estás dentro por todas partes.

—Te tengo. No me muevo hasta que tú me digas.

Soy yo la que empuja hacia atrás.

Se mueve. Lenta, corta, con las manos en mis caderas. Con cada golpe, su vientre empuja la base de lo otro, y es un latigazo doble que me sube por la columna. Me pone la mano abierta ahí, encima, y aprieta al ritmo. Con la otra me busca por debajo.

No dura. No puede durar. Me deshago por tercera vez, con la cara en la almohada, sin voz ya, solo un quejido roto, apretándola por delante y por detrás.

Me lo saca todo con una delicadeza que me hace llorar. Primero ella. Luego lo otro, despacio, respirando conmigo.

Después me lleva a la ducha en brazos, casi. Me sienta en el plato de setenta por setenta, me lava ella, con agua tibia, con la mano, sin decir nada. Me seca. Me mete en la cama y se tumba detrás de mí, en cuchara.

Tardo diez minutos en poder hablar.

—¿Qué me has hecho?

—Nada que no llevaras dentro.

—Nunca… Con nadie me habría atrevido.

—Ya lo sé. —Me besa el hombro, el lunar—. Por eso me lo has pedido a mí.

Es verdad. Me doy cuenta ahí, con su brazo por encima. No es el sitio lo que me pone tanto. Es a quién se lo dejo.